Acto III

Escena I

[Suenan trompetas. Entra el joven PRÍNCIPE EDUARDO, los duques de GLÓSTER y BUCKINGHAM, el CARDENAL BOURCHIER, CATESBY y otros.]
BUCKINGHAM.

¡Bienvenido, amable príncipe, a Londres, vuestra capital!

RICARDO.

¡Bienvenido, querido sobrino, dueño y señor de mis pensamientos! La pesadez del viaje os ha puesto triste.

PRÍNCIPE.

No, señor; unos problemas que se han cruzado en nuestro camino lo han hecho largo, pesado y agotador. Esperaba ver más tíos aquí para recibirme.

RICARDO.

Amable príncipe, la virtud inmaculada de vuestra juventud no se ha enturbiado todavía con la perfidia de este mundo, y así no sabéis distinguir, Dios sí lo sabe, que las apariencias raras veces coinciden con las intenciones del corazón. Esos tíos que queréis ver son peligrosos; vuestra gracia escuchó sus melosas palabras sin apreciar el veneno de sus corazones. ¡Dios os libre de ellos y de los falsos amigos!

PRÍNCIPE.

¡Dios me libre de los falsos amigos, pero ellos no lo eran!

[Entra el ALCALDE.]
RICARDO.

Mi señor, el alcalde de Londres viene a recibiros.

ALCALDE.

¡Dios bendiga a vuestra gracia con salud y felicidad!

PRÍNCIPE.

Os doy las gracias, mi señor; os doy las gracias a todos. Esperaba que mi madre y mi hermano se encontraran conmigo por el camino. ¡Ay, qué holgazán es Hastings, que no viene a decirnos si vendrán o no!

[Entra HASTINGS.]
BUCKINGHAM.

Y en el momento justo entra, sudoroso, el caballero.

PRÍNCIPE.

¡Bienvenido, mi señor! ¿Vendrá mi madre?

HASTINGS.

Dios sabrá, yo no lo sé, por qué la reina vuestra madre y vuestro hermano se han recogido en santuario. Él quería venir a recibiros, pero vuestra madre se lo impidió.

BUCKINGHAM.

¡Qué artimaña tan irritante y engañosa la suya! Señor cardenal, ¿podréis convencer a la reina para que envíe al duque de York a saludar a su noble hermano? Noble Hastings, id con él y, si se niega, arrancádselo de los brazos por la fuerza.

CARDENAL.

Mi noble Buckingham, si mi débil oratoria puede convencer a su madre para que permita venir al duque de York, aquí le tendréis. Pero si se mostrara reacia a mis (gentiles) ruegos, líbrenos Dios de profanar el refugio del santuario. Ni por toda esta tierra sería yo culpable de tan grave pecado.

BUCKINGHAM.

Sois demasiado obstinado, ceremonioso y tradicional sin motivo, monseñor. Con las atrocidades que se cometen en estos tiempos no profanáis ningún santuario si le traéis. El beneficio de estar tal sitio siempre se concede a quien hace méritos y a quien tiene la facultad de reclamarlo. El príncipe ni se merece ni ha reclamado estar en tal sitio; por tanto, en mi opinión, no debe estar en tal sitio. Así que sacarle del sitio donde no debe estar no supone violar ningún privilegio. (Siempre oí hablar de hombres de santuario, pero nunca de niños de santuario) .

CARDENAL.

Mi señor, por una vez me hacéis cambiar de opinión. Noble Hastings, ¿venís conmigo?

HASTINGS.

Ya voy, mi señor.

PRÍNCIPE.

Daos toda la prisa que podáis. [Salen el CARDENAL y HASTINGS.] Decidme, tío Glóster: ¿si viene mi hermano, dónde nos alojaréis hasta la coronación?

RICARDO.

Donde mejor le parezca a su alteza. Si me permitís un consejo, podéis descansar un día o dos en la Torre, y después donde consideréis más oportuno para vuestra salud y recreo.

PRÍNCIPE.

No me gusta la Torre. ¿La construyó Julio César, mi señor?

BUCKINGHAM.

Así fue, (mi señor,) y en épocas sucesivas se reconstruyó.

PRÍNCIPE.

¿Consta por escrito que la construyó, o lo han ido contando sus sucesores generación tras generación?

RICARDO.

Consta por escrito, mi señor.

PRÍNCIPE.

Y aunque no constara, yo creo que la verdad perdura por los siglos de los siglos hasta el día del juicio final.

RICARDO.

[Aparte]Se dice que a niños tan sabihondos Dios pronto les llama.

PRÍNCIPE.

¿Qué decís, tío?

RICARDO.

Que la fama, aunque no quede escrita, por el mundo extiende su llama. [Aparte]Como soy la perversa encarnación del vicio, a una misma palabra le encuentro dos servicios.

PRÍNCIPE.

Julio César fue famoso; su valentía alimentó su ingenio y su ingenio hizo que perdurara su valentía. La muerte no triunfó sobre este triunfador, pues su fama sigue viva aunque él no lo esté. Escuchad, Buckingham, lo que me propongo.

BUCKINGHAM.

¿Qué, mi señor?

PRÍNCIPE.

Si vivo hasta hacerme mayor, o restablezco nuestros derechos sobre Francia o moriré siendo soldado como viví siendo rey.

RICARDO.

[Aparte]A primavera temprana, corto verano.

[Entran el joven DUQUE DE YORK, HASTINGS y CARDENAL.]
BUCKINGHAM.

En buen momento entra el duque de York.

PRÍNCIPE.

¿Cómo está nuestro querido hermano?

YORK.

Bien, mi temido señor, pues ahora así os debo llamar.

PRÍNCIPE.

¡Ay, hermano, vuestra tristeza es la nuestra! Acaba de morir quien llevaba una corona, que ha perdido, con la muerte, su majestuosidad.

RICARDO.

¿Cómo está nuestro sobrino, el noble señor de York?

YORK.

Bien, gracias, amable tío. Os oí decir que la mala hierba crece mucho. Mi hermano el príncipe ha crecido más que yo.

RICARDO.

Sí que es verdad, mi señor.

YORK.

¿Entonces, es malo?

RICARDO.

Lindo sobrino, yo no lo diría.

YORK.

Entonces tenéis más respeto por él que por mí.

RICARDO.

Por ser mi soberano, él puede darme órdenes, y vos podéis pedirme lo que queráis por ser mi pariente.

YORK.

Por favor, tío, entregadme ese puñal.

RICARDO.

¿Mi puñal, pequeño sobrino? De todo corazón.

PRÍNCIPE.

¿Mendigáis, hermano?

YORK.

A mi bondadoso tío, porque sé que me lo dará. Al ser poca cosa no me dirá que no.

RICARDO.

Un regalo mayor le daré a mi sobrino.

YORK.

¿Un regalo mayor? ¡Una espada!

RICARDO.

Lo sería, si fuera más ligera.

YORK.

¿Sólo hacéis regalos ligeros? ¡Os piden algo de peso y decís que no!

RICARDO.

Si os doy la espada os va a pesar.

YORK.

Para mí no vale nada; ni siendo más pesada.

RICARDO.

¿Queréis probar mi espada, pequeño señor?

YORK.

Quiero daros las gracias.

RICARDO.

¿Por qué?

YORK.

Por llamarme pequeño.

PRÍNCIPE.

Mi hermano siempre juega con cruces de palabras. ¡Pero tío, sabréis soportarlo!

YORK.

Sí sabéis cómo he de portarme, pero no cómo soportarme. Tío, mi hermano se burla de los dos; dice que por ser tan pequeño como un mono, debéis soportarme sobre la espalda.

BUCKINGHAM.

¡Cómo razona su mente tan aguda! Para disimular la mofa hacia su tío se burla de sí mismo. ¡Tan joven y tan sabio! ¡Qué maravilla!

RICARDO.

Mi señor, podéis seguir aquí. Mi primo Buckingham y yo haremos saber a vuestra madre que puede ir a saludaros a la Torre.

YORK.

¿A la Torre?

PRÍNCIPE.

Mi señor protector lo cree oportuno.

YORK.

Yo allí no podré dormir tranquilo.

PRÍNCIPE.

¿De qué tenéis miedo?

YORK.

Del fantasma enojado de mi tío Clarence. Mi abuela me ha contado que le mataron allí.

PRÍNCIPE.

Yo no tengo miedo de ningún tío muerto.

RICARDO.

Ni de ningún tío vivo, espero.

PRÍNCIPE.

Si están vivos, espero que no haya nada que temer. Vamos, señor; con gran pesar en mi corazón les recordaré, e iré a la Torre.

[Salen todos menos RICARDO, BUCKINGHAM y CATESBY]
BUCKINGHAM.

¿No creéis(, mi señor,) que es su astuta madre quien instiga al pequeño parlanchín a burlarse de vos de una forma tan infame?

RICARDO.

Sin duda, sin duda. Es un niño charlatán, descarado, vivaracho, ocurrente, precoz y capaz. ¡Sale a su madre de pies a cabeza!

BUCKINGHAM.

Bueno, que descansen. ¡Ven aquí, Catesby! Te has comprometido tan incondicionalmente a ejecutar lo que planeemos como a ocultar lo que te contemos. Tú sabes los motivos que nos obligan a actuar así. ¿Crees que será fácil convencer a Hastings de que resulta indispensable que este noble duque ocupe el trono real de esta gloriosa isla?

CATESBY.

Por lealtad al padre quiere tanto al príncipe, su hijo, que será imposible convencerle para que actúe contra él.

BUCKINGHAM.

¿Y Stanley?

CATESBY.

Él hará lo que haga Hastings.

BUCKINGHAM.

Bien, no hay más que hablar. Catesby, sondea disimuladamente a Hastings sobre nuestros propósitos y cítale mañana en la Torre para una reunión sobre el acto de proclamación. Si le encuentras asequible, intenta convencerle explicándole nuestros motivos. Si se muestra esquivo, frío y poco dispuesto, selo tú también, pon fin a la conversación e infórmanos, ya que mañana convocaremos consejos separados en los que tú tendrás bastante que ver.

RICARDO.

Saluda a Hastings de mi parte e infórmale que mañana, en el castillo de Pomfret, correrá la sangre de la antigua camada de peligrosos adversarios que tenía. (Dile que para celebrarlo le dé a doña Shore un dulce beso de más.)

BUCKINGHAM.

Buen Catesby, cumple con tu encargo.

CATESBY.

Con toda eficacia, mis señores.

BUCKINGHAM.

¿Tendremos noticias antes de irnos a dormir?

CATESBY.

Las tendréis, mi señor.

RICARDO.

Nos encontraréis a los dos en mi casa.

[Sale CATESBY.]
BUCKINGHAM.

¿Y qué haremos si Hastings no accede a nuestra propuesta?

RICARDO.

¡Cortarle la cabeza, hombre! Algo habrá que hacer. Y cuando yo sea rey, pídeme el condado de Hereford y todos los bienes que allí tenía mi real hermano.

BUCKINGHAM.

Reclamaré lo que me habéis prometido.

RICARDO.

Y te será concedido muy generosamente. Vamos a cenar temprano para digerir mejor nuestra confabulación.

[Salen]