Acto II

Escena IV

[Entran el ARZOBISPO DE YORK, el joven DUQUE DE YORK, la REINA ISABEL y la DUQUESA DE YORK.]
ARZOBISPO.

Tengo noticias de que anoche durmieron en Stratford, esta noche en Northampton y mañana o pasado estarán aquí.

DUQUESA.

Ansío ver al príncipe de todo corazón; supongo que habrá crecido mucho desde la última vez que le vi.

ISABEL.

Pues yo he oído que no: dicen que mi hijito York casi le supera en altura.

YORK.

¡Ay, madre, espero que no!

DUQUESA.

¿Por qué, querido nieto? Es sano crecer.

YORK.

Abuela, el tío Rivers comentó, una noche cenando, que yo era más alto que mi hermano, y el tío Glóster dijo: "La hierba corta es muy bonita; la mala hierba crece deprisa." Y desde entonces yo no quiero crecer más, porque las flores bonitas tardan en salir pero la mala hierba lo hace rápido.

DUQUESA.

¡Vamos, vamos! Ese proverbio que te aplica no vale ni para él. ¡De pequeño era la cosa más repugnante! Y tardó tanto en crecer, que si el dicho fuera cierto ahora sería un dechado de virtudes.

ARZOBISPO.

Y lo es, sin duda, mi noble señora.

DUQUESA.

¡Ojalá lo fuera! Pero dejad que su propia madre sí lo dude.

YORK.

Si lo hubiese sabido, me habría burlado de sus virtudes y me habría reído más alto que él.

DUQUESA.

¿Cómo, jovencito? Te quiero oír.

YORK.

Dicen que a mi tío le salieron los dientes tan rápido que a las dos horas de nacer se lió a bocados con un mendrugo de pan. ¡Y yo tardé dos años en tener un solo diente! ¡Ese sí que habría sido un chiste muy mordaz!

DUQUESA.

¿Y eso quién te lo ha contado?

YORK.

Su nodriza.

DUQUESA.

¿Su nodriza? ¡No puede ser! Si murió antes de que tú nacieras.

YORK.

Pues si no fue su nodriza, no caigo en quién lo dijo.

ISABEL.

Eres demasiado incisivo y travieso.

DUQUESA.

No le riñáis.

ISABEL.

¡Las paredes oyen!

[Entra un MENSAJERO.]
ARZOBISPO.

Aquí llega un mensajero. ¿Qué noticias traes?

MENSAJERO.

Noticias que lamento tener que contar, mi señor.

ISABEL.

¿Cómo está el príncipe?

MENSAJERO.

Está bien, señora, goza de buena salud.

DUQUESA.

¿Cuáles son tus noticias entonces?

MENSAJERO.

Los nobles Rivers y Grey (y Vaughan) han sido detenidos y llevados a la prisión de Pomfret.

DUQUESA.

¿Quién dio la orden?

MENSAJERO.

Los poderosos duques Glóster y Buckingham.

ARZOBISPO.

¿De qué les acusan?

MENSAJERO.

Os he informado de cuanto sé; desconozco el motivo de su arresto, mi señor.

ISABEL.

¡Ay de mí! Presagio la destrucción de mi casa. Ahora el tigre ha cazado al tierno cervatillo. Su insultante tiranía se cierne sobre un trono ingenuo e impotente. ¡Bienvenidas destrucción, sangre y masacre! Ya distingo claramente el final de todo.

DUQUESA.

¡Malditos días de agitación y enfrentamiento! ¿Cuántos han pasado ya ante estos ojos? Mi marido perdió la vida por ganar la corona, y mis hijos dieron tumbos de aquí para allá mientras yo reía y lloraba sus éxitos y fracasos. Y una vez alcanzada una sonada victoria en la guerra civil, los vencedores se enzarzan, hermano contra hermano, sangre contra sangre, cada uno contra sí. ¡Oh furia subversiva y frenética, acaba con este odio maldito, o acaba conmigo para no ver más muertes!

ISABEL.

¡Ven, hijo mío! Me refugiaré en el santuario. Adiós, señora.

DUQUESA.

¡Esperad, os acompaño!

ISABEL.

No tenéis necesidad.

ARZOBISPO.

¡Id, señora! Y llevaos vuestros bienes. Por lo que a mí respecta, os hago entrega del Gran Sello de Inglaterra que el rey Eduardo IV me confió. ¡Que mi destino sea acorde con el afecto que os guardo! Yo os guiaré al santuario.