Querida abuela, dinos, ¿está muerto nuestro padre?
No.
¿Y por qué lloras tanto, te golpeas el pecho, y gritas: “¡Oh, Clarence, mi desdichado hijo!”?
¿Por qué nos miras, mueves la cabeza y nos llamas huérfanos, infelices náufragos, si nuestro noble padre aún sigue vivo?
Mis dulces nietos, no me entendéis: lamento la enfermedad del rey, me angustia perderle, pero no su muerte. Lástima de dolor perdido por alguien que está perdido.
Entonces, abuela, acabas de decir que está muerto. Y mi tío, el rey, es el culpable. Incordiaré a Dios con mis sinceras oraciones para que se tome cumplida venganza.
Y yo también.
¡Calma, niños, calma! El rey os ama. Bisoños inocentes, no os podéis imaginar quién causó la muerte de vuestro padre.
Abuela, sí que podemos. Mi querido tío Ricardo me contó, entre sollozos, que el rey, inducido por la reina, tramó acusaciones para que le encarcelaran. Se apiadó de mí, me dió un beso, y me dijo que podía depender de él como de un padre, pues el me amaría como a un hijo.
¡Ay, que el engaño se apodere de una imagen tan gentil, y que el vicio se camufle con vestidos de virtud! ¡Es mi hijo, y por tanto mi vergüenza, aunque este engaño no lo mamó de mí!
¿Crees, abuela, que mi tío me engañó?
Sí.
No me lo puedo creer. ¡Escuchad! ¡Qué ruido es ése?)
¡Ah! ¿Quién me impedirá que gima y llore, que lamente mi suerte, que me atormente? Me uniré a la negra desesperación contra mi alma, me convertiré en mi propia enemiga.
¿Que significa esta escena de brutal exasperación?
La representación de un acto de trágica violencia: Eduardo, mi señor, tu hijo, nuestro rey, ha muerto. ¿Cómo pueden crecer las ramas cuando se arranca la raíz? ¿Por qué no se secan las hojas que necesitan su savia? Seguir viva es un lamento, una muerte rápida hará que nuestras almas ligeras alcancen a la del rey o, por lo menos, la sigan como súbditos sumisos a su nuevo reino de la noche eterna.
¡Ay! Tengo derecho a compartir el dolor por tu noble esposo. Ya lloré la muerte de un valeroso marido y seguí viva mirando sus vivos retratos. Pero ahora dos espejos de semblante monárquico se han roto en pedazos (con una muerte maligna), y como consuelo sólo me queda un espejo engañoso que me aflige al reflejarse en él mi vergüenza. Eres viuda pero madre, y aún te queda el consuelo de los hijos. Pero a mí la muerte me arrebató el marido de las manos, y ahora me arranca las dos muletas sobre las que me apoyaba: Clarence y Eduardo. ¡Tengo derecho, al no llegar tu tristeza ni a la mitad de la mía, a superar tu angustia y ahogar tu llanto!
Tía, no lloraste la muerte de nuestro padre. ¿Cómo quieres que te asistamos con lágrimas de familia?
Nuestra tristeza huérfana dejaste sin condolencia, por lo que tu viudo dolor se queda sin nuestras lágrimas.)
¡No me ayudéis a sufrir, puedo parir mis propios lamentos! Las corrientes de todos los ríos fluyen en mis ojos y la luna creciente hace brotar suficientes lágrimas para ahogar al mundo. ¡Ay, mi marido, mi querido Eduardo, mi único apoyo se ha ido!
¡Ay, Clarence, ay, Eduardo, mis únicos apoyos se han ido!
¡Jamás sufrió viuda tan costosa pérdida!
¡Jamás sufrió madre tan costosa pérdida! Yo soy la madre de estas tristezas; su dolor está partido, el mío está entero. Llora por Eduardo, yo también; lloro por Clarence, ella no. (Estos niños lloran por Clarence, yo también; lloro por Eduardo, ellos no. Así que, los tres,) ¡Derrama tus lágrimas sobre mí! Soy la nodriza de tu dolor, y lo mimaré con mis lamentos.
¡Tranquilizaos, querida madre! Dios se enojará si no acatáis su voluntad con gratitud. En este mundo terrenal, es de ingratos saldar de mala gana la deuda que una mano generosa nos confía. Y más aún con el cielo, que os reclama el préstamo real que os hizo.
Señora, como buena y cautelosa madre debéis acordaros de vuestro hijo, el joven príncipe. ¡Mandad por él, que le coronen, ahí reside vuestro consuelo! ¡Ahogad ese lamento en la tumba de un Eduardo muerto y sembrad vuestra ilusión en el trono de un Eduardo vivo!
Hermana, os acompaño en el sentimiento. Todos tenemos motivo para lamentar el eclipse de nuestro brillante sol pero nadie puede aliviar nuestra pena con quejidos. Señora madre, os ruego me disculpéis, no había reparado en vuestra presencia. Me arrodillo humildemente a pedir vuestra bendición.
Dios te bendiga con un corazón dócil, amoroso, caritativo, obediente y sinceramente sumiso.
Amén.
[Se levanta; aparte] y potente para morir de viejo, que es la coletilla en toda bendición de madre. ¿Por qué se la habrá comido?
Sombríos príncipes, descorazonados nobles que soportáis esta pesada carga común de tristeza, consolaos uno a otro con amor. Hemos agotado la cosecha de este rey; recojamos el fruto de su hijo. El rencor destructivo de nuestro inflamado odio, recién reventado, curado y cicatrizado, así se debe conservar, cuidar y mantener. Considero oportuno que un reducido séquito conduzca al joven príncipe (de Ludlow) hasta Londres para coronarle rey.
¿Por qué reducido, noble Buckingham?
Para evitar el peligro de que (con una multitud) la herida de rencor recién curada se abra sobre un pueblo inmaduro y falto de gobierno, y que cada caballo se haga con sus propias riendas y emprenda el camino que le plazca.
Espero que el rey haya hecho la paz con todos nosotros; para mí esa alianza es firme y sincera.
También lo es para mí, y creo que para todos. Pero como aún está muy tierna no debemos arriesgarnos a que rompa, lo cual sucedería con un séquito más amplio. Por tanto estoy de acuerdo con el noble Buckingham en que sólo unos pocos conduzcan al príncipe.
Y yo también.
¡Así sea! Decidamos ahora quién los recogerá (en Ludlow). Señora, hermana, ¿haréis los preparativos al respecto?
De todo corazón.
Mi señor, sea quien sea quien viaje con el príncipe, nosotros no debemos quedarnos en casa. Por el camino encontraré la ocasión para, como preludio a esta historia que estamos componiendo, arrebatarle el joven príncipe a la orgullosa camarilla de la reina.
Mi otro yo, mi concilio espiritual, mi oráculo, mi profeta, mi querido primo; yo, como niño que soy, me dejo conducir. ¡Vamos, que nos quedamos atrás!