Acto I

Escena II

[Una calle de Londres]
[Entra una escolta de SOLDADOS con el ataúd de ENRIQUE VI y ANA que lo vela.]
ANA.

Dejad en tierra vuestra honorable carga, si es que el honor puede amortajarse en un féretro, mientras yo velo un instante la prematura muerte del virtuoso Lancaster. Pobre gélida figura de un santo rey, pálidas cenizas de la casa de Lancaster, restos desangrados de aquella sangre real. Séame permitido invocar tu espíritu para que oiga los lamentos de la pobre Ana, esposa de tu Eduardo, de tu hijo asesinado, apuñalado por la misma mano que produjo estas heridas. Sobre estas ventanas por las que escapó tu vida vierto el inútil bálsamo de mis pobres ojos. ¡Oh, maldita sea la mano que os agujereó, maldito el corazón que fue capaz de hacerlo, maldita la sangre que derramó esta sangre! ¡Que sobre ese ser maligno que nos causa tanto mal con vuestra muerte caigan mayores desdichas de las que pueda yo desear a sapos, arañas, o víboras (o cualquier otro reptil venenoso)! Si alguna vez tiene un hijo, que sea un feto deforme, un monstruo prematuro que horrorice a su esperanzada madre. ¡Así sea la herencia de su fatalidad! Si alguna vez tiene esposa, que sea más desdichada por su muerte que yo por la de mi joven señor y la vuestra. Llevad ahora vuestra sagrada carga al monasterio (de Chertsey, llevada desde San Pablo) para enterrarla (allí). Pero estáis agotados por el peso; descansad mientras yo velo el cadáver del rey Enrique.

[Entra RICARDO]
RICARDO.

¡Alto, quienes lleváis el cadáver, dejadlo en tierra!

ANA.

¿Qué brujo maligno invoca a este demonio para que interrumpa este piadoso velatorio?

RICARDO.

¡Villanos! ¡Dejad ahí el cadáver o, por San Pablo, vuelvo cadáver a quien no obedezca!

SOLDADO.

Mi señor, apartaos y dejad que pase el ataúd.

RICARDO.

¡Perro patán, apártate tú cuando yo lo ordeno! ¡Quita esa lanza de mi pecho o, por San Pablo, te golpearé hasta que caigas a mis pies y te patearé por tu atrevimiento, piojoso!

ANA.

¿Cómo? ¿Tembláis? ¿Estáis asustados? ¡Ay! No os culpo, sois mortales, y los ojos de los mortales sucumben ante el diablo. ¡Fuera, sumo pontífice del infierno! Venciste su cuerpo mortal pero no puedes obtener su alma; por tanto, ¡vete!

RICARDO.

Dulce ángel, por caridad, no maldigáis.

ANA.

¡Fuera, ruin demonio, por Dios bendito no nos hostigues! ¡Has hecho de esta tierra feliz tu infierno, plagándolo de gritos blasfemos y graves calumnias! Si gozas viendo tus atroces hazañas, contempla aquí una de tus carnicerías. ¡Oh, caballeros! ¡Ved, ved cómo las heridas del difunto Enrique abren sus coaguladas bocas y vuelven a sangrar! ¡Avergüénzate, avergüénzate, bulto deforme de inmundicia, pues tu presencia hace manar esta sangre de sus venas heladas y vacías! ¡Tu acción inhumana y aberrante provoca este flujo antinatural! ¡Oh, Dios, que hiciste esta sangre, venga su muerte! ¡Oh, tierra, que bebiste esta sangre, venga su muerte! ¡Que el cielo le aplaste con un rayo, que se abra la tierra y le devore al instante, así como se traga la sangre de este buen rey, asesinado por su endemoniado brazo!

RICARDO.

Señora, no conocéis las reglas de caridad, que exigen dar bien por mal, bendición por maldición.

ANA.

¡Villano, no conoces ley divina ni humana! Cualquier bestia, por fiera que sea, tiene una pizca de compasión.

RICARDO.

Yo compasión no tengo ninguna; por tanto, no soy ninguna bestia.

ANA.

¡Oh maravilla, un demonio que dice la verdad!

RICARDO.

¡Aún más maravilla, un ángel que se enfada! Divina perfección de mujer, permitid que me declare inocente, dadas las circunstancias, de estos crímenes supuestos.

ANA.

Maldita infección de hombre, permite que te acuse, dadas las circunstancias, de estos crímenes probados.

RICARDO.

Mayor belleza que palabra alguna pueda expresar, dame un respiro para disculparme.

ANA.

Mayor horror que corazón ninguno pueda sentir, que te ahorques es la única disculpa posible.

RICARDO.

Tal desesperación me culparía.

ANA.

Y tal desesperación te disculparía por vengar en ti la muerte de los demás.

RICARDO.

¿Y si dijera que no los asesiné?

ANA.

Pues diría que no fueron asesinados. ¡Pero muertos están, esclavo del diablo, muertos por ti!

RICARDO.

Yo no maté a vuestro marido.

ANA.

Claro, por eso está vivo.

RICARDO.

No, está muerto, asesinado por la mano de Eduardo.

ANA.

¡Mientes por esa sucia garganta! La reina Margarita vió humear con su sangre tu espada asesina, la misma que habría atravesado su propio pecho de no haber desviado tus hermanos la punta.

RICARDO.

¡Me provocó su lengua infame, que cargó de culpas mis inocentes hombros!

ANA.

¡Te provocó tu mente sanguinaria, que sólo piensa en matar! ¿No asesinaste a este rey?

RICARDO.

Concedido, cierto.

ANA.

¿Concedido, cerdo? ¡Pues que Dios me conceda que yo te maldiga por esta vil acción! ¡Oh, era tan gentil, dulce y virtuoso!

RICARDO.

Tanto mejor para el reino de los cielos que ya esté allí.

ANA.

Él está en el cielo, donde tú nunca irás.

RICARDO.

¡Que me agradezca haberle enviado allí, donde encajará mejor que en la tierra!

ANA.

Y tú no encajas en ningún sitio, salvo en el infierno. Ric.- Sí, hay otro sitio, si lo queréis oír.

ANA.

¿Alguna mazmorra?

RICARDO.

Vuestra alcoba.

ANA.

¡Que la vigilia habite la alcoba donde yazcas!

RICARDO.

Así será, señora, hasta que yazca con vos.

ANA.

¡Así lo deseo!

RICARDO.

¡Así sea! Pero, dulce Ana, abandonemos esta desaforada controversia y adoptemos unas formas más pausadas. ¿No es tan culpable quien causó las prematuras muertes de estos Plantagenets, Enrique y Eduardo, como quien las ejecutó?

ANA.

Tú fuiste la causa y el maldito efecto.

RICARDO.

¡Vuestra belleza fue la causa de aquel efecto! ¡Vuestra belleza me acosaba entre sueños, incitándome a matar al mundo entero para vivir una sola hora en vuestro dulce seno!

ANA.

Si yo te creyera, asesino, estas uñas desgarrarían la belleza de mis mejillas.

RICARDO.

Estos ojos no soportarían la destrucción de esa belleza; no le haríais tal ultraje conmigo a vuestro lado. Vuestra belleza me ilumina, como el sol a todo el mundo. Es mi luz del día, es mi vida.

ANA.

¡Que la negra noche acabe con tu luz del día, y la muerte con tu vida!

RICARDO.

No te maldigas, bella criatura, tú eres mi luz y mi vida.

ANA.

¡Ojalá lo fuera, para vengarme de ti!

RICARDO.

Es una reacción antinatural vengarse de quien te ama.

ANA.

Es una reacción justa y natural, vengarme del asesino de mi esposo.

RICARDO.

Quien te privó de tu esposo lo hizo para darte otro mejor.

ANA.

No hay otro mejor sobre la tierra.

RICARDO.

Lo hay, y te ama más que aquél.

ANA.

Nómbrale.

RICARDO.

Plantagenet.

ANA.

Él lo era.

RICARDO.

Igual nombre, pero uno de mejores sentimientos.

ANA.

¿Dónde está?

RICARDO.

Aquí. [Ella le escupe] ¿Por qué me escupes?

ANA.

¡Ojalá fuera veneno mortal para ti!

RICARDO.

Nunca saldría veneno de tan dulce parte.

ANA.

Nunca hubo tanto veneno en tan repugnante sapo. ¡Fuera de mi vista! Me haces daño en los ojos.

RICARDO.

Tus ojos, divina dama, hacen daño a los míos.

ANA.

¡Ojalá fueran serpientes para darte la muerte!

RICARDO.

¡Ojalá lo fueran, para morir ahora mismo, porque me están matando con una muerte en vida! Esos ojos tuyos han hecho brotar lágrimas de sal en los míos, han humillado su aspecto con un manantial de gotas pueriles. Estos ojos míos jamás derramaron una sola lágrima de tristeza, (ni cuando mi padre York y Eduardo lloraron al escuchar a Rutland gemir lastimosamente cuando Clifford, con su negro rostro, blandió su espada ante él,) ni cuando tu (batallador) padre contaba, como un niño, la historia lamentable de la muerte del mío, deteniéndose veinte veces entre sollozos y gemidos, y haciendo que los presentes empaparan sus mejillas como sauces azotados por la lluvia. En aquel penoso instante mis ojos viriles no quisieron derramar ni una triste lágrima. Y lo que no logró tal desgracia lo consigue tu belleza, cegándolos con este llanto. Jamás supliqué, ni a amigo ni a enemigo, mi lengua nunca aprendió galantes palabras; pero ahora tu belleza me pasa su cuenta y mi orgulloso corazón le apunta a mi lengua lo que debe decir. [Ella le mira con desprecio.] No enseñes a tu labio a desdeñar; fue hecho para el beso, no para el desprecio. Si tu vengativo corazón no me perdona, te cedo esta espada de afilada punta. Ocúltala en este pecho sincero y haz salir de él el alma que te adora. Lo ofrezco desnudo ante el golpe mortal; humildemente te pido la muerte. [Se arrodilla y expone su pecho; ANA blande la espada hacia él.] ¡No te detengas, maté al rey Enrique; fue tu belleza la que me empujó! ¡Dame muerte ya, maté al joven Eduardo; fue tu dulce cara la que me guió! [ANA deja caer la espada.] ¡Toma la espada de nuevo, o tómame a mí!

ANA.

¡Levántate, farsante! Quiero tu muerte, pero no seré yo tu verdugo.

RICARDO.

Entonces pídeme que me mate, y yo lo haré.

ANA.

Ya te lo he pedido.

RICARDO.

Eso ha sido en un momento de enajenación mental. Dímelo otra vez y en seguida esta mano, que por tu amor mató a un amor tuyo, matará por tu amor a un amor más sincero; serás tú la causa de ambas muertes.

ANA.

¡Ojalá supiera lo que hay en tu corazón!

RICARDO.

Mi lengua lo dibuja.

ANA.

Temo que los dos sean falsos.

RICARDO.

Entonces jamás hubo un hombre sincero.

ANA.

Bien, bien, tomad vuestra espada.

RICARDO.

Di entonces que nos reconciliamos.

ANA.

Eso lo sabrás más adelante.

RICARDO.

¿Pero puedo vivir con esperanzas?

ANA.

Como todos, espero.

RICARDO.

Dígnate aceptar este anillo.

ANA.

Recibir no es ceder.

RICARDO.

Fíjate cómo mi anillo se ajusta a tu dedo, así como tu seno acoge a mi pobre corazón. Llévate los dos, pues los dos te pertenecen. Y si tu siervo devoto puede pedirle un favor a tu generosa mano, le habrás colmado de felicidad eterna.

ANA.

¿Qué queréis?

RICARDO.

Que dejéis ocuparse de estos dolorosos trámites a quien tiene más motivo para el luto. Dirigíos a mi casa (Crosby Place). Cuando haya enterrado solemnemente a este noble rey en el monasterio humedeciendo su tumba con lágrimas de remordimiento, iré presuroso a presentaros mis respetos. Os ruego me concedáis esta gracia.

ANA.

De todo corazón; me agrada veros tan arrepentido. Vosotros, (Tressel y Berkeley), venid conmigo.

RICARDO.

Dadme vuestro adiós.

ANA.

Es más de lo que merecéis. Pero como me habéis enseñado a halagaros, imaginad que ya os lo di.

[Sale ANA]
RICARDO.

Señores, llevaos el cadáver.

SOLDADO.

¿Al monasterio, noble señor?

RICARDO.

No, al convento carmelita (de Whitefriars); esperad allí mi llegada.
[Salen soldados con el cadáver.] ¿Se ha cortejado jamás a una mujer en tal estado? ¿Se ha conquistado jamás a una mujer en tal estado? La poseeré, pero no por mucho tiempo. Yo, que asesiné a su padre y a su marido, me la llevo con el odio más intenso de su corazón, con maldiciones en su boca, con lágrimas en sus ojos, frente al testigo sangrante de su odio hacia mí, frente a su Dios, su conciencia y su condena. Y yo, que no tengo amigos que defiendan mi causa, salvo el propio diablo y este aspecto de farsante, así y todo la conquisto. ¡Todo el mundo contra nada! ¡Ja! ¿Se habrá olvidado ya de ese príncipe valiente, Eduardo, su señor, a quien yo apuñalé rabiosamente hace tres meses en Tewkesbury? Un dulce y encantador caballero, tan generosamente dotado por la naturaleza, joven, intrépido, sabio, sin duda un soberano que este inmenso mundo no puede permitirse el lujo de perder. ¡Y ella fija sus ojos en mí, que segué el rosal en su máximo esplendor y la hice viuda de un lecho de angustia! ¡En mí, que todo yo no alcanzo ni a la mitad de él! ¡En mí, tan cojo y tan deforme! ¡Apuesto mis bienes contra un céntimo a que no hice justicia conmigo en todo este tiempo! ¡Por mi vida! ¡Que ella vea en mí a un hombre maravilloso, donde yo no lo veo! ¡Encargaré un espejo y me serviré de una veintena de sastres para que consigan ponerme de moda! Ahora que me llevo bien conmigo mismo, mantendré este estado agraciado con algún pequeño dispendio. Pero primero meteré al amigo en su tumba y volveré, compungido, a mi amor. ¡Brilla, bello sol, mientras compro un espejo, para ver en mi sombra mi propio reflejo!

[Sale]