Acto I

Escena I

[Una calle de Londres]
[Entra RICARDO, duque de Glóster.]
RICARDO.

Ya el invierno de nuestro descontento se transforma en glorioso verano gracias a este sol de York. Y todos los nubarrones que se cernían sobre nuestra casa yacen disueltos en las entrañas del océano. Ya se adornan nuestras frentes con laureles de victoria, nuestras armas abolladas cuelgan como recuerdos, nuestros gritos de alarma se convierten en jocosas tertulias, nuestros coléricos desfiles en deliciosos bailes. La faz macabra de la guerra ha suavizado su ceño fruncido, y en lugar de montar caballos acorazados (para asustar a las almas de nuestros temerosos enemigos,) ahora brinca con ligereza en la alcoba de una dama, al son lúdico y lascivo de un laúd. Pero yo no estoy hecho para juegos sexuales, ni para cortejar a un espejo compasivo. Yo estoy lacrado toscamente, sin la majestuosidad amorosa para lucirme ante una ninfa impúdica y ramera. Yo carezco de proporción adecuada, timado en mi aspecto por la hipócrita naturaleza, deforme, sin terminar, enviado a este mundo palpitante antes de hora, medio hecho, y tan tullido y grotesco que hasta los perros me ladran si me paro a su lado. En esta plácida y armónica época de paz no me divierte perder el tiempo, sólo si espío el dibujo de mi sombra bajo el sol y compongo variaciones a mi propia distorsión. Y ya que no doy el tipo como amante entretenido en estos bonitos tiempos de galantería, me propongo hacer el papel de villano y odiar los fatuos placeres de estos felices días. Tengo argumentos, peligrosos prólogos, profecías de borracho, infundios y sueños para enfrentar con un odio encarnizado a mi hermano Jorge con el rey. Y si el rey Eduardo es tan justo y honesto como yo soy falso, sutil y traicionero, tal día como hoy enjaularán a nuestro hermano Jorge porque una profecía dice que la letra `G´ será la asesina de los herederos del rey. ¡Retruécanos, zambullíos en mi alma! Ahí entra (Clarence). [Entran JORGE, duque de CLARENCE, y BRAKENBURY, con la guardia.]
Hermano, buen día. ¿A qué viene esta guardia armada que escolta al duque de Clarence?

CLARENCE.

Su majestad, atendiendo a mi seguridad, les ha encargado que me guarden en la Torre.

RICARDO.

¿Por qué?

CLARENCE.

Porque mi nombre es Jorge.

RICARDO.

¡Por Dios, mi señor, la culpa no es vuestra! Debería encerrar a vuestros padrinos. ¡O quizá su majestad quiere bautizaros de nuevo en la Torre! ¿Pero puedo saber qué pasa, Clarence?

CLARENCE.

Cuando yo lo sepa, Ricardo; os prometo que aún no lo sé. He oído que hace caso de sueños y profecías que arrancan del abecedario la letra G. Dice que un mago le contó que la G arrebatará la herencia a sus hijos; y como mi nombre es Jorge y lleva una G, él piensa que yo lo haré. Este y otros juegos parecidos inducen a su majestad a encerrarme.

RICARDO.

Estas cosas pasan cuando las mujeres manejan a los hombres. No es el rey quien os envía a la Torre, Clarence; es la señora Grey, su esposa, quien le moldea hasta ese punto. ¿No son ella y su hermano, el conde de Rivers, quienes le incitaron a meter a Hastings en la torre (de donde le soltarán tal día como hoy)? ¡No estamos seguros, Clarence, no estamos seguros!

CLARENCE.

¡Cielos, nadie está seguro salvo la familia de la reina (y esos heraldos nocturnos que hacen de recaderos entre el rey y doña Shore)! ¿No oísteis a Hastings, humillado ante ella, suplicar que le liberaran?

RICARDO.

Haciendo un canto a su divinidad consiguió Hastings su libertad. Os contaré mi plan. Para que el rey nos mire con buenos ojos, la serviremos, vestiremos su uniforme. Desde que nuestro hermano la(s) hizo su(s) dama(s, tanto) esa viuda celosa y cascada (como ella) se ha(n) convertido en la(s) reina(s) comadre de nuestra monarquía.

BRAKENBURY.

Ruego a vuestras gracias que me disculpen: su majestad me ha dado órdenes estrictas de que ningún hombre, por mucho rango que tenga, converse en privado con su hermano.

RICARDO.

¿De verdad? Pues para complacer a su señoría, Brakenbury, os haremos partícipe de cuanto digamos. No tramamos nada, hombre; decimos que el rey es prudente y virtuoso, y su noble reina, algo madurita, guapa y nada celosa. (Y doña Shore) Tiene bonitos pies, labios de cereza, ojos atractivos y agradable lengua, y su familia es de renombre. ¿Qué decís, mi señor? ¿Podéis negar todo eso?

BRAKENBURY.

Mi señor, en eso yo no me meto.

RICARDO.

¿Meter en la querida reina (en doña Shore)? Te diré, compañero, que a quien, meta, salvo a uno, le conviene hacerlo a oscuras.

BRAKENBURY.

¿Quién es ese uno?

RICARDO.

Su marido, imbécil. ¿Me delatarías a mí?

BRAKENBURY.

Ruego a vuestra gracia me disculpe y dé por terminada su conversación con el duque.

CLARENCE.

Sabemos que es tu deber, Brakenbury, y obedecemos.

RICARDO.

Somos “sumisos” de la reina y la obedecemos. ¡Hermano, adiós! Ante el rey compareceré, y cualquier otra cosa que queráis, la haré; incluso llamar “hermana” a la viudita del rey (Eduardo). Entre tanto, sabed que esta discordia entre hermanos me hiere en lo más profundo de mi corazón.

[Se abraza a CLARENCE, sollozando.]
CLARENCE.

A nadie nos resulta agradable.

RICARDO.

Bien, vuestra prisión no durará. Yo os liberaré; y si no, ocuparé vuestro lugar. Mientras tanto, resignación.

CLARENCE.

¡Qué remedio tengo! ¡Adiós!

[Salen CLARENCE, BRAKENBURY y soldados.]
RICARDO.

Recorre el camino del que nunca regresarás. Ingenuo Clarence, te quiero tanto que pronto enviaré tu alma al cielo, si es que el cielo acepta un regalo mío. ¿Pero quién viene por ahí? ¿Han soltado a Hastings?

[Entra HASTINGS]
HASTINGS.

¡Buen día, mi querido señor!

RICARDO.

Lo mismo le deseo a mi noble señor. Bienvenido al aire libre. ¿Cómo ha soportado la cárcel su señoría?

HASTINGS.

Con la resignación, noble señor, que todo prisionero debe tener. Pero viviré para dar gracias a quienes me encarcelaron.

RICARDO.

Sin duda, sin duda, y Clarence también, porque sus enemigos son los vuestros, y le han humillado igual.

HASTINGS.

¡Qué triste que las águilas estén enjauladas mientras los halcones y las gallinas cazan en libertad!

RICARDO.

¿Qué noticias hay del extranjero?

HASTINGS.

No son tan malas como las de casa: el rey está enfermo, débil y melancólico, y los médicos temen por su vida.

RICARDO.

¡Por San Juan, sí que son pésimas noticias! Ha llevado mala vida mucho tiempo, exprimiendo en exceso su real persona. ¡Qué pena da pensarlo! ¿Dónde está? ¿En su cama?

HASTINGS.

Así es.

RICARDO.

Id delante, y yo os seguiré.
[Sale HASTINGS] Creo que no vivirá mucho tiempo, pero no morirá hasta que Clarence sea despachado al cielo con urgencia. Excitaré aún más su odio hacia Clarence con mentiras asentadas sobre argumentos de peso. Y si no fracaso en mi sutil empresa, a Clarence no le resta ni un día de vida. Hecho esto, que Dios reciba al rey Eduardo en su gloria y me deje a mí este mundo para brincar a mi antojo. Yo voy a casarme con Ana, la segunda hija de Warwick. ¡Yo, que maté a su marido y a su padre! ¡Y qué! ¡Así compensaré a esa ramera al convertirme en su marido, y su padre! Y eso haré, no con amor, sino con otros propósitos que conseguiré con esta boda. ¡Pero para el carro! Clarence aún respira, Eduardo vive y reina todavía. Sólo cuando se hayan ido contaré mi mercancía.