Calmaos, señora, sin duda su majestad recobrará pronto su salud habitual.
Que pongáis mala cara le desmejora. Así que, por el amor de Dios, alegrad vuestro semblante y animad a su gracia con una dulce mirada.
¿Qué será de mí si muere?
Sólo sufriréis la pérdida de este caballero.
Perder a este caballero incluye todos mis sufrimientos.
El cielo os bendice con un hijo excelente que será vuestro consuelo cuando él os falte.
¡Ay!, es joven, y su edad le pone bajo la tutela de Ricardo Glóster, un hombre que no me quiere a mí ni a vosotros.
¿Se ha decretado ya que él sea el protector?
Se ha decidido, aún no se ha decretado. Pero así tendrá que ser si el rey fallece.
Aquí vienen los nobles Buckingham y Stanley.
¡Buen día a su gracia real!
¡Dios devuelva a su majestad su felicidad habitual!
(La condesa de Richmond, mi buen noble Stanley, no diría “¡amén!” a vuestra plegaria. Es vuestra esposa, y aunque no me quiera, tened la certeza de que no os guardo rencor por su orgullosa arrogancia.
Os ruego que no creáis las calumnias envidiosas de los falsos acusadores; y, aún si fuera cierto, achacadlo a las secuelas de una enfermedad pasajera, no de una maldad establecida.)
¿Habéis visto hoy al rey?
Venimos de verle.
¿Hay síntomas de recuperación?
Hay buenas perspectivas, señora; su gracia conversa alegremente
Dios le dé salud. ¿Hablasteis con él?.
Sí, señora; quiere reconciliar al duque de Glóster y a Hastings con vuestros hermanos. Y les ha convocado para que se presenten ante él.
¡Ojalá todo salga bien! Pero nunca ocurrirá; me temo que nuestra felicidad toca a su fin.
¡Me calumnian, y no lo voy a consentir! ¿Quiénes se quejan ante el rey de que tengo mal carácter, de que no les quiero? ¡Por San Pablo, poco deben querer ellos a su gracia cuando llenan sus oídos con una cizaña de rumores! Como no sé adular, gustar, sonreír a la cara, dar coba, engañar y engatusar, hacer reverencias con gestos afrancesados y cortesía afectada, me toman por un enemigo encarnizado. ¿No puede un hombre honesto vivir en paz sin que calumnien su sinceridad estos maliciosos, insidiosos y afeminados plebeyos?
¿A quién de los presentes se dirige vuestra gracia?
A ti, que no eres noble ni sincero. ¿Cuándo te injurié yo a ti? ¿Cuándo te hice algún mal? ¿O a ti? ¿O a ti? ¿O a cualquiera de vuestra camada? ¡Que una plaga caiga sobre todos vosotros! Su gracia real, a quien Dios guarde mejor de lo que deseáis, no puede dar ni un respiro sin que le angustiéis con vuestras quejas obscenas.
Hermano Glóster, confundís la cuestión. El rey, por su propia elección real y sin ser instigado por ningún acusador, intuye el odio interior de vuestra externa actuación contra mí, mis hijos y mis hermanos; y os manda llamar para saber los motivos de vuestra infecta insistencia y acabar con ella.
No tengo nada que decir; el mundo está tan mal que hasta los pardillos ya cazan donde las águilas no osan ni posarse. Desde que a los plebeyos ascienden a caballeros, más de un noble es tratado de plebeyo.
¡Vamos, vamos, que ya nos conocemos, hermano Glóster! Envidiáis mi ascensión y la de mi familia. ¡Quiera Dios que no os necesitemos!
¡Mientras tanto Dios quiere que sí os necesitemos! Nuestro hermano encarcelado por vuestra culpa, yo caído en desgracia, y la nobleza humillada porque a diario entran a formar parte de la realeza quienes hace dos días no valían ni un real.
Por aquél que me encumbró desde la grata posición donde me encontraba a esta grandeza de tanta responsabilidad, juro que jamás enfrenté a su majestad contra el duque de Clarence, sino que soy una tenaz defensora intercediendo por él. Mi señor, me injuriáis cínica y falsamente al albergar tan viles sospechas contra mí.
¿Negáis que fuisteis la causa del encarcelamiento del noble Hastings?
Lo niega, mi señor, ya que...
Lo niega, noble Rivers. ¿Pero quién sabe? Puede hacer más que negar, puede ayudar a vuestro ascenso, después negar que tuvo algo que ver y atribuirlo a vuestros grandes méritos. ¿Qué no es capaz de hacer? Virgen santa, vaya si es capaz...
¡Virgen santa! ¿De qué es capaz?
¿De qué es capaz la virgen? De casarse con un rey, un jovenzuelo soltero y guapo también. (Iwis, vuestra abuela, no sacó tan buen partido.)
Mi noble Glóster, he soportado por demasiado tiempo vuestros groseros reproches y amargas burlas. ¡Cielo santo, informaré a su majestad de los intolerables insultos que os tengo que soportar!
[Entra la vieja reina MARGARITA y queda aparte]
Antes preferiría ser una criada de pueblo que una gran reina en esta situación por lo mucho que se me desprecia, hostiga y atormenta. Pocas alegrías me da ser la reina de Inglaterra.
[Aparte]¡Y te ruego, Dios, que le des menos aún! Trono, rango y condición a mí me pertenecen.
¿Cómo? ¿Me amenazáis con denunciárselo al rey? Contádselo, no os privéis; refrendaré todo lo dicho ante él. Me atrevo a presagiar que acabaré en la Torre. Ahora es la hora de la palabrería, mis servicios prestados pasan al olvido.
[Aparte]¡Fuera, demonio! Yo los recuerdo muy bien. Tú mataste a mi marido Enrique en la torre y a mi pobre hijo Eduardo en Tewkesbury.
Antes de que fuerais reina y vuestro marido rey, yo era la bestia de carga de sus brillantes conquistas; el segador de mala hierba enemiga; el generoso premiador de hazañas amigas. Para ennoblecer su sangre derramé yo toda la mía.
[Aparte]Y otra sangre mejor que la suya, o la tuya.
Y durante todo ese tiempo, conspirabais junto a vuestro primer marido Grey a favor de la casa de Lancaster. Y vos, Rivers, también. (¿No murió vuestro marido en la batalla de Margarita en St. Albans?) Dejadme recordaros, por si lo olvidáis, qué erais antes y qué sois ahora; y también qué fui yo, y qué soy.
[Aparte]Un vil asesino, que aún sigues siendo.
El pobre Clarence renegó de su suegro Warwick, ¡que Jesucristo perdone su perjurio!,...
[Aparte]¡Que Dios vengue su ofensa!
...para ponerse de parte de Eduardo y luchar por la corona. Y como premio, el presidio. Le pediría a Dios que mi corazón se hiciera de piedra, como el de Eduardo, o blando y compasivo el suyo, como el mío. Soy un niño demasiado ingenuo para este mundo.
(Aparte) Pues deja este mundo y vete al infierno, espíritu maligno, ya que ése es tu reino.
Mi noble Glóster, en aquellos azarosos días, que ahora evocáis para acusarnos de enemigos, seguíamos fielmente a nuestro soberano rey. Igual haríamos si vos fuerais nuestro rey.
¿Si yo lo fuera? Nada más lejos de mis intenciones. Prefiero ser vendedor ambulante.
Si creéis que no os sentiríais feliz al ser rey de este país, imaginaos que poco feliz me siento siendo yo la reina.
[Aparte]La reina no se siente feliz porque la reina soy yo, y yo soy muy infeliz. ¡Y no me aguanto más! [Avanzando] ¡Oídme, piratas pendencieros que os despellejáis al repartiros lo que me saqueasteis! ¿Quién de vosotros puede mirarme a los ojos sin echarse a temblar? Ya que no os inclináis ante mí como súbditos, estremeceos ante mí como traidores por ser yo la reina que habéis depuesto. ¡Ah, gentil villano, no te alejes!
Bruja sucia y arrugada, ¿qué haces en mi presencia?
Hago memoria de lo que tú deshaces, y eso haré hasta que te permita salir.
¿No estás desterrada bajo pena de muerte?
Lo estoy, pero encuentro más dolor esperando en el destierro del que la muerte me pueda provocar aquí. Tú me debes un marido y un hijo, tú un reino, y todos lealtad. Mi dolor os corresponde por derecho, y todos los derechos que usurpasteis son míos.
La maldición que mi noble padre lanzó sobre ti cuando le pusiste en la cabeza una corona de papel y te burlaste de él hasta hacer fluir ríos de llanto en sus ojos, y para enjugarse le diste un trapo empapado en la sangre inocente de su joven hijo Rutland; las maldiciones que lanzó, desde la amargura de su alma, ya han caído sobre ti. Y es Dios, no nosotros, quien te castiga por aquel acto sangriento.
¡Qué justo es Dios con el desagravio del inocente!
El asesinato de aquel niño fue el más repugnante y despiadado crimen que se ha cometido jamás.
Hasta los tiranos lloraron cuando se les contó.)
Todo el mundo auguró una venganza.
Northumberland, allí presente, lloró al verlo)
¿Cómo? ¿Estabais todos gruñendo antes de que yo llegara, listos para lanzaros a la garganta del otro, y ahora dirigís vuestro odio contra mí? ¿La macabra maldición de York convenció a Dios para que compensara la desaparición de ese irritante mocoso con las muertes de Enrique y mi querido Eduardo, la pérdida de mi reino y mi destierro? ¿Las maldiciones atraviesan las nubes y llegan al cielo? ¡Pues dejad paso, negras nubes, a mis afiladas maldiciones! ¡Que muera vuestro rey, no en la guerra sino por sus vicios, así como murió asesinado el nuestro para que el vuestro fuera rey! ¡Que tu hijo Eduardo, príncipe de Gales, muera joven y con violencia, así como murió mi hijo Eduardo, que fue príncipe de Gales! ¡Y tú, que eres reina, sobrevive a tu gloria tan desdichada como yo, que fui reina! !Vive para llorar la muerte de tus hijos, para ver a otra mujer apoderarse de tus honores así como yo te vi apoderarte de los míos! ¡Que muera tu felicidad mucho antes de tu muerte y, después de un largo sufrimiento, caigas muerta tú sin ser madre, ni esposa, ni reina de Inglaterra! Rivers, Dorset, Hastings, os quedasteis mirando cuando apuñalaron sanguinariamente a mi hijo. ¡Le pido a Dios que ninguno de vosotros alcance su edad, que tronche vuestra vida algún accidente imprevisto!
¿Has acabado con tu maldición, repugnante bruja marchita?
¿Sin incluirte a ti? ¡Espera, perro, me vas a oír! Si el cielo guarda alguna plaga más infecta que las que yo te pueda desear, que la retenga allí hasta que maduren tus pecados para entonces arrojarla sobre ti, destructor de la paz de este pobre mundo. El gusano de la conciencia te roerá el alma. Sospecharás, mientras vivas, que tus amigos te traicionan y tomarás por amigos a los auténticos traidores. No dormirás al cerrar tus ojos asesinos, salvo cuando un sueño mortificador te atormente con un infierno de grotescos demonios. Tú, que tienes forma de duende, de aborto, hocico de puerco; tú, que fuiste lacrado al nacer como esclavo de la naturaleza e hijo del infierno; tú que fuiste un insulto al pesaroso vientre de tu madre, repugnante engendro de las criadillas de tu padre; tú, oveja negra, detestable...
¡Margarita!
¡Ricardo!
¿Sí?
No te estoy llamando.
Te ruego entonces que me disculpes, pues creía que me llamabas por todos esos amargos nombres.
Así te llamo, pero no espero respuesta. ¡Déjame acabar con mi maldición!
Para mí acabó ya con: “¡Margarita!”.
[A MARGARITA] Así que vuestra maldición acaba con vos.
Pobre boceto de reina, presuntuoso reflejo de mi grandeza, ¿por qué le das jalea a esa araña deforme, cuya tela mortal te tiene atrapada? Estúpida, estúpida; afilas el cuchillo con el que te ha de matar. Llegará el día en que me pidas ayuda para echarle una maldición a este venenoso sapo jorobado.
Falsa pitonisa, o acabas de una vez con tu ruin maldición o vas a acabar, para tu desgracia, con nuestra paciencia.
¡Que una sucia humillación caiga sobre vosotros, ya que todos provocasteis la mía!
Si se os hiciera justicia, se os diría qué debéis hacer.
Si se me hiciera justicia, vosotros haríais lo que yo dijera. Enseñadme a ser vuestra reina, y vosotros mis vasallos. Hacedme justicia, y aprended vuestro deber.
No discutáis con ella, está loca.
¡Callad, señor marqués, sois un insolente! Vuestra insignia recién acuñada apenas ha entrado en vigor. ¡Ojalá vuestra joven nobleza supiera ya que va a sufrir su pérdida! Mil ventoleras harán tambalearse a los que están arriba, y si caen se romperán en mil pedazos.
¡La madre de Dios, buen consejo! Apuntadlo, marqués.
Os afecta tanto como a mí, mi señor.
Sí, más aún, pero yo nací muy arriba. Nuestro nido de águilas está en lo más alto del cedro, jugueteando con el viento y burlándose del sol.
Y al sol transforma en tinieblas. ¡Ay, ay! Observa en la sombra de la muerte a mi hijo, cuyos destellos condenados a la oscuridad eterna se reflejan en tu nublada ira. Vuestro nido está apuntalado encima del nuestro. ¡Oh Dios omnipotente, no lo consintáis! ¡Cuanto ganaron derramando sangre que así lo pierdan también!
Callad, callad por vergüenza, si no puede ser por caridad.
No me pidáis vergüenza ni caridad. Ninguna caridad tuvisteis conmigo, mutilasteis mis esperanzas vergonzosamente. La única caridad el ultraje, la única vida mi vergüenza; y en esa vergüenza vive aún la ira de mi amargura.
¡Deteneos, deteneos!
¡Oh, Buckingham! Te beso la mano en señal de alianza y amistad. ¡Que no acontezca ningún mal sobre ti y tu casa! No has manchado tu ropa con nuestra sangre; a ti no te incluye mi maldición.
Ni a ninguno de los presentes. Las maldiciones nunca llegan más allá de los labios de quienes las profieren.
Espero que lleguen al cielo y despierten a Dios de la dulce paz de su sueño. ¡Oh, Buckingham, cuidado con ese perro! Cuando halaga, muerde; y cuando muerde, su diente envenenado infecta hasta la muerte. ¡No te mezcles con él, cuidate de él! Está marcado por el pecado, la muerte y el infierno, y sus ministros le obedecen.
¿Qué dice, Buckingham?
Nada que me afecte, mi querido señor.
¿Cómo? ¿Me desprecias por mi buen consejo y adulas al demonio de quien te salvo? Recuerda esto el día que te destroce de dolor el corazón, dirás entonces que la pobre Margarita lo presagió. Viviréis todos como súbditos de su odio, y él del vuestro, y todos del de Dios.
Me pone los pelos de punta escuchar sus maldiciones.
Y a mí también; no sé porqué anda suelta.
No la culpo; por la madre de Dios, lo ha pasado muy mal. Me arrepiento de haber participado en su dolor.
Yo nunca le hice nada, que yo sepa.
Pero todos sacasteis provecho de su hundimiento. Yo me excedí por querer ayudar a alguien que se muestra ahora muy frío para recordarlo. A Clarence sí le recompensan; ¡le enjaulan para que engorde por los servicios prestados! Dios perdone a quienes le hacen esto.
Un final cristiano y virtuoso es rezar por quienes nos hacen el mal.
Yo siempre lo hago - [Aparte]y con mucho tiento. Si ahora escupiera una maldición, me caería encima.
Señora, su majestad os llama, y también a vosotros, caballeros.
Ya voy, Catesby. ¿Venís conmigo, señores?
¡Os seguimos!
Soy yo quien hace el daño y el primero que se queja; acuso gravemente a los demás de las secretas infamias que yo mismo siembro. Entre sollozos mando a Clarence a la oscuridad, y con sencillos engaños convenzo a Stanley, Hastings y Buckingham de que son la reina y sus seguidores quienes enfrentan al rey con mi hermano. Ellos me creen, y me instigan a vengarme contra Rivers, Dorset y Grey. Pero yo suspiro y, citando las Sagradas Escrituras, les digo que Dios nos pide que hagamos bien por mal; así visto mi desnuda maldad con viejos harapos sacados del Evangelio y parezco un santo mientras hago de diablo. (Entran dos ASESINOS.) Pero alto, aquí vienen mis verdugos. Bien, mis robustos, valientes, resueltos amigos, ¿le vais a despachar?
Sí, mi señor, y venimos a por el salvoconducto para poder entrar donde está.
¡Bien pensado! Aquí lo tengo. Cuando hayáis acabado, venid a mi casa. Pero señores, sed breves y tajantes en la ejecución; no escuchéis sus súplicas. Clarence es de fácil palabra y podría conmover vuestros corazones si le prestáis atención.
¡Qué va, qué va, mi señor! ¡No nos quedaremos a charlar! Los bien hablados son malhechores; usaremos las manos, no las lenguas.
Vuestros ojos lloran piedras de molino mientras los tontos derraman lágrimas. Me gustáis, muchachos; id al grano, despachadle.
¡Sí, mi señor!