ACTO IV.

ESCENA II.

[ Delante de la tienda de Bruto, en el campo cerca de Sardis.
Tambor.—Entran BRUTO, LUCILIO, LUCIO y SOLDADOS. TICINIO Y PÍNDARO se encuentran con ellos. ]
BRUTO.

¡Alto aquí!

LUCILIO.

Dad la voz y haced alto.

BRUTO.

¿Qué hay, Lucilio? ¿Está Casio cerca?

LUCILIO.

Va á llegar, y Píndaro ha venido á saludaros en nombre de su señor.

(Píndaro da una carta á Bruto).
BRUTO.

Me saluda bien. Vuestro señor, Píndaro, por mudanza en él, ó por malos oficiales, me ha dado algún motivo para desear que cosas que habían sido hechas se deshicieran; pero si está tan próximo, quedaré satisfecho.

PÍNDARO.

No dudo que mi noble dueño aparecerá tal como es, lleno de delicadeza y honor.

BRUTO.

No se duda de él. Una palabra, Lucilio. Quiero saber con certeza de qué modo os recibió.

LUCILIO.

Cortésmente y con bastante respeto; pero no con las mismas formas familiares, ni con el libre y amistoso trato que acostumbraba en tiempos anteriores.

BRUTO.

En ello habéis descrito á un caluroso amigo que se enfría. Advertid, Lucilio, que cuando el amor principia á debilitarse y decaer, usa siempre una ceremonia forzada. La fe honesta y sencilla no conoce disfraces.—Pero los hombres frívolos, como ciertos caballos fogosos al principio, hacen ostentación y alarde de su firmeza; pero luégo que sienten las sangrientas espuelas, agachan la cabeza como rocines mañosos y sucumben en la prueba. ¿Avanza su ejército?

LUCILIO.

Propónense acampar esta noche en Sardis. La mayor parte, las tropas de á caballo, han venido con Casio.

BRUTO.

¿Oyes? Ha llegado. Vé pausadamente á encontrarlo.

(Entran Casio y soldados.)
CASIO.

¡Alto!

BRUTO.

¡Alto! Pasad la voz.

DENTRO.

¡Alto!

DENTRO.

¡Alto!

DENTRO.

¡Alto!

CASIO.

Muy noble hermano. Habéis sido injusto hacia mí.

BRUTO.

Juzgadme ¡oh dioses! ¿Hago injusticia á mis enemigos? Pues si no la hago ¿cómo podría hacerla á un hermano?

CASIO.

Bruto, esta sobria apariencia vuestra encubre injusticias; y cuando las hacéis....

BRUTO.

Conteneos, Casio. Exponed vuestros agravios tranquilamente. Os conozco bien. Aquí bajo las miradas de nuestros dos ejércitos, que no deben ver entre nosotros sino buen afecto, no disputemos. Haced que se retiren y luégo en mi tienda, Casio, os espaciaréis sobre vuestras quejas y os daré audiencia.

CASIO.

Píndaro, pedid á los jefes que retiren un poco de este lugar sus tropas.

BRUTO.

Hacedlo también, Lucilio; y que nadie venga á nuestra tienda hasta que haya terminado nuestra conferencia. Que Lucio y Ticinio guarden la puerta.

(Salen.)