Temo que habéis de perder, señor.
No, yo pienso que no. Desde que él partió para Francia, no he cesado de ejercitarme, y creo que le llevaré ventaja... Pero... no podrás imaginarte qué angustia siento aquí en el corazón... ¿Y sobre qué?... No hay motivo...
Con todo eso, señor...
¡Ilusiones vanas!... Especies de presentimientos capaces sólo de turbar un alma femenil.
Si sentís interiormente alguna repugnancia, no hay por qué empeñaros. Yo me adelantaré á encontrarlos, y les diré que estáis indispuesto.
No, no... Me burlo yo de tales presagios. Hasta en la muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible. Si mi hora es llegada, no hay que esperarla; si no ha de venir ya, señal que es hora; y si ahora no fuese, habrá de ser después: todo consiste en hallarse prevenido para cuando venga. Si el hombre al terminar su vida ignora siempre lo que podría ocurrir después, ¿qué importa que la pierda tarde ó presto? Sepa morir.
ESCENA IX
Ven, Hamlet, ven y recibe esta mano que te presento. (Hace que Hamlet y Laertes se den la mano).
Laertes, si estáis ofendido de mí, os pido perdón. Perdonadme como caballero. Cuantos se hallan presentes saben, y aun vos mismo lo habréis oído, el desorden que mi razón padece. Cuanto haya hecho insultando la ternura de vuestro corazón, vuestra nobleza ó vuestro honor, cualquiera acción, en fin, capaz de irritaros, declaro solemnemente en este lugar que ha sido efecto de mi locura. ¿Puede Hamlet haber ofendido á Laertes? No. Hamlet no ha sido, porque estaba fuera de sí; y si en tal ocasión (en que él á sí propio se desconocía) ofendió á Laertes, no fué Hamlet el agresor, porque Hamlet lo desaprueba y lo desmiente. Pues ¿quién puede ser? Su demencia sola... Siendo esto así, el desdichado Hamlet es partidario del ofendido, al paso que en su propia locura reconoce su mayor contrario. Permitid, pues, que delante de esta asamblea me justifique de toda siniestra intención, y espero de vuestro ánimo generoso el olvido de mis desaciertos. Disparaba el arpón sobre los muros de ese edificio; y por error herí á mi hermano.
Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros á pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite pasar adelante, ni admitir reconciliación alguna, hasta que examinado el hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está sin mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el que me anunciáis, y os prometo de no ofenderle.
Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento, y en cuanto á la batalla que va á comenzarse, lidiaré con vos como si mi competidor fuese mi hermano... Vamos. Dadnos floretes.
Sí, vamos... uno á mí.
La victoria no os será difícil: vuestra habilidad lucirá sobre mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de la noche.
No os burléis, señor.
No, no me burlo.
Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuáles son las condiciones.
Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más débil.
No temo perder. Yo os he visto ya esgrimir á entrambos, y aunque él haya adelantado después, por eso mismo el premio es mayor á favor nuestro.
Este es muy pasado. Dejadme ver otro.
Este me parece bueno... ¿Son todos iguales?
Sí, señor.
Cubrid esta mesa de copas llenas de vino. Si Hamlet da la primera ó segunda estocada, ó en la tercera suerte da un quite al contrario, disparen toda la artillería de las almenas. El rey beberá á la salud de Hamlet, echando en la copa una perla más preciosa que la que han usado en su corona los cuatro últimos soberanos daneses... Traed las copas, y el timbal diga á las trompetas, las trompetas al artillero distante, los cañones al cielo, y el cielo á la tierra: ahora brinda el rey de Dinamarca á la salud de Hamlet... Comenzad, y vosotros, que habéis de juzgarlos, observad atentos.
Vamos.
Vamos, señor. (Batallan Hamlet y Laertes).
Una.
No.
Que juzguen.
Una estocada, no hay duda.
Bien; a otra.
Esperad... Dadme de beber. (Claudio echa una perla en la copa y bebe, alarga después la copa á Hamlet, y él rehusa tomarla. Suena á lo lejos ruido de trompetas y cañonazos). Hamlet, esta perla es pana ti, y brindo con ella á tu salud. Dadle la copa.
Esperad un poco. (Vuelven á batallar). Quiero dar este bote primero. Vamos... Otra estocada. ¿Qué decís?
Sí, me ha tocado: lo confieso.
¡Oh! nuestro hijo vencerá.
Está grueso y se fatiga demasiado. Ven aquí, Hamlet, toma este lienzo y límpiate el rostro... La reina brinda á tu buena fortuna, querido Hamlet.
Muchas gracias, señora.
No, no bebáis.
¡Oh! señor, perdonadme, yo he de beber.
¡La copia envenenada!... Pero... no hay remedio.
No, ahora no bebo, esperad un instante.
Ven, hijo mío, te limpiaré el sudor del rostro.
Ahora veréis si le acierto.
Yo pienso que no.
No sé qué repugnancia siento al ir á ejecutarlo.
Vamos á la tercera, Laertes... Pero bien se ve que lo tomáis a fiesta: batallad, os ruego, con más ahinco. Mucho temo que os burléis de mí.
¿Eso decís, señor? Vamos. (Batallan).
Nada: ni uno ni otro.
Ahora... ésta...
Parece que se acaloran demasiado... Separadlos.
No, no, vamos otra vez.
Ved qué tiene la reina... ¡Cielos!
¡Ambos heridos! ¿Qué es esto, señor?
¿Cómo ha sido, Laertes?
Esto es haber caído en el lazo que preparé... justamente muero víctima de mi propia traición.
¿Qué tiene la reina?
Se ha desmayado al veros heridos.
No, no... ¡La bebida!... ¡Querido Hamlet!... ¡La bebida!.... ¡Me han envenenado!
¡Oh, qué alevosía!... ¡Oh!... Cerrad las puertas... Traición... Buscad por todas partes...
No, el traidor está aquí. (Dirá esto sostenido por Enrique). Hamlet, tú eres muerto... No hay medicina que pueda salvarte: vivirás media hora apenas... En tu mano está el instrumento aleve, bañada con ponzoña su aguda punta... ¡Volvióse en mi daño la trama indigna!... Vesme aquí postrado para no levantarme jamás... Tu madre ha bebido un tósigo... No puedo proseguir... El rey, el rey es el delincuente.
¿Está envenenada esta punta? Pues, veneno, produce tus efectos.
Traición, traición.
Amigos, estoy herido... Defendedme.
¡Malvado, incestuoso, asesino! Bebe esta ponzoña... ¿Está la perla aquí? Sí, toma, acompaña á mi madre.
¡Justo castigo!... El mismo preparó la poción mortal... Olvidémonos de todo, generoso Hamlet, y... ¡Oh, no caiga sobre ti la muerte de mi padre y la mía, ni sobre mí la tuya! (Cae muerto).
El cielo te perdone... Ya voy á seguirte... Yo muero, Horacio... Adiós, reina infeliz... (Abrazando el cadáver de Gertrudis). Vosotros, que asistís pálidos y mudos con el temor á este suceso terrible.... Si yo tuviera tiempo... (Empieza á manifestar desfallecimiento y angustias de muerte. Parte de los manifestantes le acompañan y sostienen. Horacio hace extremos de dolor). La muerte es un ministro inexorable que no dilata la ejecución... Yo pudiera deciros... pero no es posible. Horacio, yo muero. Tú, que vivirás, refiere la verdad y los motivos de mi conducta á quien los ignora.
¿Vivir? No lo creáis. Yo tengo alma romana, y aun ha quedado aquí parte del tósigo.
Dame esa copa... presto... por Dios te lo pido. ¡Oh, querido Horacio! si esto permanece oculto, ¡qué manchada reputación dejaré después de mi muerte! Si alguna vez me diste lugar en tu corazón, retarda un poco esa felicidad que apeteces, alarga por algún tiempo la fatigosa vida en este mundo lleno de miserias, y divulga por él mi historia... ¿Qué estrépito militar es éste?