ACTO V.

ESCENA II.

[ La misma.
Entran ORLANDO y OLIVERIO. ]
ORLANDO.

¿Es posible que conociéndola apenas os hayáis prendado de ella? ¿Que la améis sólo con haberla visto? ¿Y amándola la pretendáis? ¿Y pretendiéndola haya ella consentido? ¿Y tendréis perseverancia en gozarla?

OLIVERIO.

No os preocupe lo súbito de mi afecto, ni la pobreza de ella, ni el corto trato y repentino galanteo que me ganaron su consentimiento; sino antes bien, decid conmigo: amo á Aliena; con ella, que me ama; y con los dos, que consentís para que gocemos cada uno del otro. Y ello será en beneficio vuestro; porque transferiré á vuestro favor la casa de mi padre, junto con todas las rentas que fueron del anciano sir Rowland, y yo viviré y moriré aquí como pastor.

(Entra Rosalinda.)
ORLANDO.

Tenéis mi consentimiento. Que sean mañana las nupcias. Á ellas invitaré al duque y á todos sus joviales secuaces. Id á preparar á Aliena, pues he aquí que llega Rosalinda.

ROSALINDA.

Dios os guarde, hermano.

OLIVERIO.

Y á vos, hermosa hermana.

ROSALINDA.

¡Oh mi querido Orlando! ¡Cuánto me duele verte llevar vendado el corazón!

ORLANDO.

Es mi brazo.

ROSALINDA.

Pensé que las garras de la leona te habían herido el corazón.

ORLANDO.

Muy herido está; pena por los ojos de una dama.

ROSALINDA.

¿Díjote tu hermano cómo fingí desmayarme cuando me mostró tu pañuelo?

ORLANDO.

Sí, y aun prodigios mayores que ese.

ROSALINDA.

Ya sé lo que queréis decir. Y en verdad que jamás hubo cosa tan repentina, á no ser el choque de dos carneros, y la famosa baladronada de César: «vine, ví, vencí.» Porque todo fué encontrarse vuestro hermano con mi hermana, cuando se vieron; apenas se vieron se amaron; no bien nació este amor, se dieron á suspirar; al primer suspiro se preguntaron el por qué; y en el instante de saberlo, buscaron el remedio; de modo que escalón por escalón han subido así un par de escaleras hacia el piso del matrimonio. Y lo escalarán incontinenti, so pena de ser incontinentes antes de entrar en él. Están en una verdadera furia de amor y quieren unirse. No los apartarán ni á garrotazos.

ORLANDO.

Se casarán mañana, é invitaré al duque á la boda. Pero ¡ay! ¡qué dura cosa es mirar la felicidad por la vista de otros hombres! Tanto mas sentiré mañana en mi corazón el colmo del abatimiento, cuanto más piense en la felicidad de mi hermano al obtener lo que desea!

ROSALINDA.

Pues entonces, ¿por qué no podré mañana hacer el papel de Rosalinda?

ORLANDO.

No puedo vivir más tiempo de ilusiones.

ROSALINDA.

Ya no os fatigaré mas con palabras ociosas. Dejadme deciros, pues (y hablo ahora con algún propósito), que os conozco por caballero bien educado. Y no lo digo por inspiraros buena opinión de mi discernimiento al expresar que os conozco así; ni tengo por objeto ganar vuestro aprecio más allá de lo necesario para que creáis aquello que podrá adquiriros algún bien más que á mí una gracia. Creed, pues, si os place, que puedo hacer cosas extrañas. Desde que tuve tres años de edad, he tratado á un mágico, eximio en su arte, y, sin embargo, no condenable. Si tan de corazón amáis á Rosalinda como parece declararlo vuestra actitud, os casaréis con ella al mismo tiempo que vuestro hermano con Aliena. Conozco bien las adversidades de fortuna en que se encuentra; y no es imposible para mí, si no os parece objecionable, hacerla aparecer en vuestra presencia mañana, en toda su humana realidad y sin peligro alguno.

ORLANDO.

¿Hablas seriamente?

ROSALINDA.

Te lo aseguro por mi vida, á la cual tengo un afecto muy tierno, aunque diga que soy mágico. Así, pues, vístete de gala, é invita á tus amigos; porque si quieres casarte mañana, te casarás; y con Rosalinda, si quieres. (Entran Silvio y Febe.) Mira, aquí vienen una que se ha enamorado de mí, y uno que se ha enamorado de ella.

FEBE.

Me habéis tratado con demasiada dureza, joven, mostrando la carta que os había escrito.

ROSALINDA.

Si lo he hecho, no me importa. Pongo especial cuidado en parecer adverso y rudo hacia vos. Un fiel pastor os solicita: miradle bien y amadle. Os adora.

FEBE.

Buen zagal, decid á este joven lo que es amar.

SILVIO.

Es volverse uno todo suspiros y lágrimas; como yo por Febe.

FEBE.

Y yo por Ganimedes.

ORLANDO.

Y yo por Rosalinda.

ROSALINDA.

Y yo por ninguna mujer.

SILVIO.

Tiene que ser todo fe y sumisión, como yo para Febe.

FEBE.

Y yo para Ganimedes.

ORLANDO.

Y yo para Rosalinda.

ROSALINDA.

Y yo para ninguna mujer.

SILVIO.

Tiene que ser todo fantasía, todo pasión, todo deseos, todo adoración, deber y observancia, todo humildad, todo paciencia é impaciencia, todo pulcritud, contradicción y obediencia, como yo por Febe.

FEBE.

Y yo por Ganimedes.

ORLANDO.

Y yo por Rosalinda.

ROSALINDA.

Y yo por ninguna mujer.

FEBE.

(A Rosalinda.) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?

SILVIO.

(A Febe.) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?

ORLANDO.

Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?

ROSALINDA.

¿De quién habláis al decir «tenéis a mal que os ame?»

ORLANDO.

De aquella que no está aquí ni me oye.

ROSALINDA.

Basta de esto, basta, os lo ruego. Se parece al aullido de los lobos irlandeses á la luna. (A Silvio.) Os ayudaré, si puedo. (A Febe.) Os amaría, si pudiera. Venid juntos á verme mañana. (A Febe.) Me casaré con vos, si he de casarme con alguna mujer, y me casaré mañana. (A Orlando.) Os daré satisfacción, si alguna vez he de haber podido darla á un hombre, y os casaréis mañana. (A Silvio.) Os dejaré contento, si os contenta lo que os agrada, y os casaréis mañana. (A Orlando.) Pues amáis á Rosalinda, venid á la cita. (A Silvio.) Pues amáis á Febe, venid á la cita. Y pues no amo á ninguna, vendré á la cita. Así, quedad con Dios. Ya os daré mis órdenes.

SILVIO.

No faltaré, si vivo.

FEBE.

Ni yo.

ORLANDO.

Ni yo.

(Salen.)