Entran ROSALINDA y CELIA. ]
Y ahora ¿qué decís? ¿No han dado ya las dos? Pues de Orlando, nada.
Te aseguro que, convertido todo él en amor y turbado el cerebro, ha tomado su arco y sus flechas y se ha ido á dormir. Pero mira quien viene.
Hermoso joven, para vos es mi recado. Mi gentil Febe me pidió entregaros esto. (Dándole una carta.) Ignoro su contenido; pero á lo que presumo por el adusto ceño y vehemente acción que mostraba al escribirla, debe ser de tenor colérico. Perdonadme: no soy más que mensajero sin culpa.
La paciencia misma se violentaría y saldría de juicio con esta carta. Soportad esto, y lo soportaréis todo. Dice que no tengo ni gallardía ni buenos modales; me llama orgulloso y asegura que no me amaría así fueran los hombres tan raros como el fénix. Pues tan singular es mi voluntad, que no es el amor de ella el blanco de mis tiros. ¿De qué le viene el escribirme tales cosas? Vamos, pastor, vamos: eres tú quien le ha sugerido esta carta.
No, no. Protesto ignorar el contenido. Es Febe quien la escribió.
Vamos, sois un tonto y enamorado de remate. Ví su mano, una mano de cuero, color de piedra, que me hizo pensar realmente que se había puesto sus guantes viejos. Pero no, eran sus propias manos: tiene manos de fregona. Mas no importa. Digo que ella jamás ha inventado tal carta. Esto es invención y escritura de hombre.
De seguro es de ella.
Cómo! Este es un estilo fanfarrón y cruel, estilo de perdonavidas. ¿Pues no me desafía, como un moro á un cristiano? El benigno cerebro de la mujer no podría destilar una invención tan enormemente grosera, ni tales palabras etiopes, más negras en su alcance que en su apariencia. ¿Queréis oir la carta?
Si lo tenéis á bien; pues nunca la he oído, aunque sí he oído mucho de la crueldad de Febe.
Hace de las suyas conmigo. Fijaos en el modo como escribe la tirana.
(Leyendo.) «¿Eres algún dios convertido en pastor, que así has abrasado el corazón de una doncella?»
¿Puede una mujer regañar así?
¿Llamáis á eso regañar?
«¿Por qué, olvidando lo que tienes de divino, te ensañas contra el corazón de una mujer?»
¿Habéis oído nunca semejante regaño?
«Muchas veces la mirada suplicante del hombre me habló de un amor que no podía conmoverme.»
Lo cual quiere decir que soy una bestia.
«Si el desdén de tus ojos basta para encender tanto amor en los míos, ¡ay! ¿qué no me harían sentir si me miraran cariñosos? Os amé mientras me ofendíais. ¿Á que no me moverían, pues, vuestros ruegos? El mensajero de esta queja amorosa, no sospecha que tal amor existe en mí. Confíale tu respuesta en pliego sellado, y dime en ella si tu juventud y tu condición aceptarán la leal oferta de mi persona y de cuanto soy y valgo; ó desecha mi amor y buscaré el modo de morir.»
¿Y esto también es regaño?
¡Ay, pobre pastor!
¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás á semejante mujer? ¡Qué! Servirse de ti como de un instrumento para burlarte mejor! Eso es intolerable. Bien: torna á su lado, pues veo que el amor te ha convertido en una serpiente mansa, y dile esto: que si ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, á menos que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no repliquéis palabra, porque viene gente.
Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del circuíto de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos?
Al oeste de este sitio, en la hondonada vecina, dejando á vuestra derecha la fila de mimbreras que está á orillas del arroyo, os encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en la casa, ni aun para cuidar de ella.
Si puede el ojo aprovechar de la lengua, debería yo conoceros por descripción. Tales trajes y tal edad. «El joven es de complexión clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero la joven es de baja estatura y más morena, que su hermano.» ¿No sois dueño de la casa por la cual preguntaba?
Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra.
Orlando me encarga saludaros á una y otro, y envía al joven á quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso vos?
Sí; pero ¿qué significa esto?
Algo de lo que me avergüenza, si queréis saber qué hombre soy, y cómo y por qué y cuándo fué manchado de sangre este pañuelo.
Referidlo, os ruego.
Cuando el joven Orlando se alejó de vos, hace poco, empeñó su palabra de volver dentro de una hora; y caminaba por el bosque, engolfada su fantasía en visiones ya tristes, ya risueñas, cuando ¡extraño suceso! al mirar á un lado observó ¿qué diréis? Un infeliz hombre cubierto de harapos, que yacía de espaldas dormido bajo un roble cuyo ramaje musgoso y encumbrada copa desnuda, dan testimonio de su antigüedad. Una sierpe color verde y oro se había enroscado á su cuello, y acercaba á sus labios entreabiertos la presta y amenazadora cabeza; pero de súbito al ver á Orlando se desenrolló y se deslizó sinuosamente á un matorral, á cuya sombra yacía agazapada con la cabeza en el suelo y en acecho como un gato, una leona con las ubres secas, aguardando que el hombre dormido se moviese. Porque es regio instinto de este animal no hacer presa en lo que parece muerto. Al ver esto, Orlando se acercó al hombre y halló que era su hermano, su hermano mayor.
Le he oído hablar de ese mismo hermano, y lo describía como al más desnaturalizado que había entre los hombres.
Y con justicia podía decirlo, porque bien sé que era desnaturalizado.
Pero Orlando, ¿lo dejó allí para ser devorado por la exhausta y hambrienta leona?
Dos veces volvió la espalda con ese propósito; pero la bondad, más noble que la venganza, y la naturaleza más fuerte que la ocasión oportuna, le hicieron luchar contra la leona, que no tardó en sucumbir. El ruido de la lucha me despertó de mi miserable sueño.
¿Sois su hermano?
¿Sois aquel á quien salvó?
¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida?
Era yo tal como fuí, no como soy. No me avergüenza confesaros lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el infeliz que soy.
¿Pero qué del pañuelo ensangrentado?
En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la manera como vine á este desierto; llevóme donde el buen duque, quien me dió vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me condujo al punto á su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había estado desangrando todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayarse llamó á Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su herida, y recobradas á poco rato sus fuerzas, me envió aquí, á pesar de ser yo extraño, á referiros el suceso para que podáis disculparlo de no haber cumplido su promesa, y á entregar el pañuelo mojado con su sangre al joven zagal á quien por juego llama su Rosalinda.
¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (Rosalinda se desmaya.)
Muchos hay á quienes la vista de la sangre ocasiona un vértigo.
Algo más hay en esto.—¡Primo! ¡Ganimedes!
Ya lo véis; vuelve en sí.
Quisiera estar en casa.
Te conduciremos allí.—¿Queréis, os lo suplico, sostenerlo por un brazo?
¡Ea! ánimo, jovencito.—¿Y sois un hombre?—No tenéis varonil el corazón.
Es verdad: lo confieso. ¡Ah, señor! cualquiera pensaría que esto estuvo bien fingido. Os ruego decir á vuestro hermano lo bien que lo fingí.
Esto no ha sido ficción. Demasiado testimonio da vuestro aspecto de que ello era un acceso verdadero.
Os aseguro que fué imitación.
Pues bien, entonces cobrad ánimo y tratad de pasar por hombre.
Es lo que hago; pero por cierto que debería haber sido mujer.
Vamos, palideces cada vez más.—Os ruego que os pongáis en camino.—Buen hidalgo, acompañadnos.
Así lo haré, pues debo volver llevando á mi hermano la respuesta sobre el modo cómo disculpáis á mi hermano, Rosalinda.
Ya discurriré algo. Pero os suplico que le hagáis presente mi pantomima. ¿Queréis venir?