ACTO IV.

ESCENA II.

[ Otra parte del bosque.
Entran JAQUES y señores en traje de monteros. ]
JAQUES.

¿Quién mató al ciervo?

LORD 1.º.

Yo, señor.

JAQUES.

Presentémosle al duque como un conquistador romano; y no vendría mal el ponerle los cuernos del ciervo sobre la cabeza, como lauro de victoria. ¿No tenéis, montero, alguna canción adecuada al asunto?

LORD 2.º.

Sí, señor.

JAQUES.

Cantadla, y no importa que desafinéis, con tal que metáis bastante ruido.

Canción.
¿Qué dar al montero que mató al venado? Brindémosle el cuero; los cuernos también, para que con estos adorne su sién, y llevémosle en triunfo á su casa y entonémosle así el parabién.
Coro.
No te avergüence llevar un cuerno: naciste mucho más tarde que él. De padre en hijo fué adorno eterno; de suegro en yerno, no hay más segura luna de miel. ¡Pues viva el cuerno! ¡Fuerte y lozano! No lo desprecies, llévalo, hermano!
(Salen.)