Entran ROSALINDA en traje de mancebo. CELIA vestida de pastora y PIEDRA-DE-TOQUE. ]
¡Oh Júpiter! ¡Qué fatigado está mi ánimo!
Poco me importaría el ánimo, si no tuviera cansadas las piernas.
Si me dejara llevar de mi corazón, deshonraría mi traje de hombre llorando como una mujer. Pero debo animar á la parte más débil; porque justillo y bragas han de ostentar valor ante una falda. Ánimo, pues, buena Aliena.
Te ruego que tengas paciencia conmigo. No puedo seguir adelante.
Pues por lo que á mí atañe, mejor querría llevaros en paciencia que llevaros en brazos; aunque llevaros á cuestas no sería llevar ninguna cruz; pues creo que andáis con la bolsa vacía.
Bien. Esta es la selva de Ardenas.
Sí, heme aquí en Ardenas, con lo cual soy doblemente idiota; pues mejor lugar tenía cuando estaba en casa. Pero los que viajan han de contentarse con todo.
Y así debéis hacerlo, buen Piedra-de-toque. Pero mirad quién viene. Son un joven y un anciano que conversan con solemnidad. (Entran Corino y Silvio.)
Ese es el camino para hacer que os desprecie todavía.
¡Oh Corino! ¡Si supieras cuanto la amo!
Algo de ello conjeturo; como que alguna vez he amado.
No, Corino. No puedes imaginarlo, siendo anciano, aunque hayas sido en tu juventud un amante tan verdadero, como el que en cualquier tiempo haya suspirado en el insomnio de la media noche. Pero si tu amor se parecía al mío (aunque estoy seguro de que jamás hombre alguno amó como yo) ¡á cuantas acciones soberanamente ridículas no te ha de haber arrastrado tu fantasía!
Á mil de ellas que ya ni recuerdo.
¡Oh! ¡Pues entonces jamás amaste tan de corazón! Si no tienes presente hasta la más insignificante locura en que te hiciera caer el amor, no has amado; ó si no te has sentado, como yo ahora, fatigando á tu interlocutor con las alabanzas de tu amada, no has amado: ó si no has abandonado bruscamente la compañía, como me obliga la pasión á hacerlo ahora, no has amado. ¡Oh Febe, Febe, Febe!
¡Pobre pastor! ¡Por buscar tu herida, he venido desgraciadamente á dar con la mía propia!
Y yo con la mía. Me acuerdo de que estando enamorado, quebré mi espada contra una piedra, y le dije que aguantara eso por venir de noche en busca de Juana Remilgos; y de cómo besé su batidera y los pezones de la vaca que ella había ordeñado con sus lindas manos agrietadas; y recuerdo, en fin, haber hecho la corte en lugar de ella á una vaina de guisantes, de la cual saqué dos y se los devolví diciendo con los ojos llenos de lágrimas: «Póntelos por amor á mí.» Nosotros, los que amamos de veras, damos en extrañas manías; pero así como todo muere en la naturaleza, toda naturaleza enamorada muere en la tontería.
Hablas con más sensatez de lo que piensas.
Ya lo creo: no he de caer jamás en cuenta de mi propio ingenio, hasta que me dé de narices contra él.
¡Oh Jove, Jove! La pasión de este pastor se parece mucho á la mía.
Y á la mía; pero ya se me va poniendo un poco rancia aquí dentro.
Os ruego que uno de vosotros pregunte á aquel hombre, si nos dará por oro algún alimento.
Estoy medio muerta de desmayo.
¡Hola! ¡á ti, villano!
Silencio, bufón: no es pariente tuyo.
¿Quién llama?
Tus superiores, pobre hombre.
Muy desvalidos han de ser, si son mis iguales.
Silencio, digo. Buenas tardes, amigo.
Y á vos, gentil caballero, y á todos vosotros.
Ruégote, pastor, que si el afecto ó el oro pueden comprar algún refrigerio en este desierto, nos procures algo con qué reposar y alimentarnos. He aquí una joven doncella fatigada en demasía por el viaje y que se desmaya por falta de socorro.
La compadezco, gentil señor, y quisiera por su bien más que por el mío que mis recursos fuesen mayores para aliviarla; pero soy pastor al servicio de otro hombre, y no trasquilo el rebaño que apaciento. Mi dueño es de carácter duro, y no se cuida de encontrar el camino del cielo por actos de hospitalidad. Por otra parte, su egido, sus ganados y sus pastos están en venta; y con motivo de su ausencia, no hay en nuestro cortijo cosa con que pudiérais alimentaros; pero venid y veréis lo que hay, que por mi parte seréis muy bienvenidos.
¿Y quién comprará sus rebaños y sus pastos?
Aquel joven zagal, que visteis poco há, y que tiene muy poco interés en comprar algo.
Te suplico que, guardando los fueros de la honradez, compres tú la casa, los pastos y rebaños. Te daremos con que pagarlos.
Y aumentaremos tu salario. Gústame el sitio, y de buena gana pasaría en él mi tiempo.
Que todo está para vender, es seguro. Venid conmigo, y si os agradan los informes sobre el suelo, las ganancias y este género de vida, seré vuestro fiel labrador, y lo compraré todo con vuestro oro sin perder momento.