La señorita Crawford aceptó el papel de muy buena gana, y poco después de volver la señorita Bertram de la casa parroquial llegó el señor Rushworth, con lo que quedó adjudicado otro personaje. Le ofrecieron el de conde Cassel y el de Anhalt; al principio no supo cuál escoger, y pidió a la señorita Bertram que le aconsejase, pero cuando supo el diferente estilo de los personajes, cuál era cada uno, y después de recordar que había visto representar la obra en Londres, y que le había parecido que Anhalt era un individuo estúpido, se decidió enseguida por el conde. La señorita Bertram aprobó su decisión, porque cuanto menos tuviera que aprender, mejor; y aunque no coincidía con el deseo de él, de que el conde y Agatha pudieran actuar juntos, ni aguardaba con paciencia mientras él hojeaba el libro con la esperanza de descubrir una escena en que aparecieran a la vez, cogió amablemente el papel de él y recortó todas las intervenciones que podían abreviarse; señalándole además la necesidad de que fuera vistosamente vestido, y escogiéndole los colores. Al señor Rushworth le gustó la idea de engalanarse, aunque fingió desdeñarla, y se concentró demasiado en imaginar cuál sería su aspecto para pensar en los demás, sacar conclusiones, o sentir el desagrado que Maria medio temía.
Así, pues, quedaron resueltas muchas cosas antes de que Edmund, ausente toda la mañana, supiera nada del asunto. Pero cuando entró en el salón, antes de la cena, el tono de la discusión entre Tom, Maria y el señor Yates era acalorado; y el señor Rushworth acudió diligente a su encuentro para darle la grata noticia.
—Ya tenemos la obra —dijo—. Será Promesas de amantes; yo voy a ser el conde Cassel, y saldré primero con un traje azul y una capa de raso rosa, y después llevaré otro precioso disfraz a modo de traje de caza. No sé si me gustará.
Los ojos de Fanny siguieron a Edmund, y su corazón latió por él al oír estas palabras, y ver su expresión, y comprender cuáles debían de ser sus sentimientos.
—¿Promesas de amantes? —en un tono del más grande asombro, fue su única réplica al señor Rushworth; y se volvió hacia sus hermanos como recelando una desagradable contradicción.
—Sí —exclamó el señor Yates—. Después de todas nuestras discusiones y reparos, hemos llegado a la conclusión de que nada se adapta tan bien a nosotros, nada es tan apto, como Promesas de amantes. Lo asombroso es que no hayamos pensado en esa obra antes. Mi estupidez ha sido imperdonable, porque ahora contamos con la ventaja de todo lo que vi en Ecclesford; ¡y es enormemente útil tener un modelo!… Hemos repartido ya casi todos los papeles.
—Pero ¿qué van a hacer con las mujeres? —dijo Edmund con gravedad, mirando a Maria.
Maria se ruborizó a pesar de sí misma al contestar:
—Yo tengo el papel que debía hacer lady Ravenshaw, y —con mirada más decidida— la señorita Crawford hará Amelia.
—Jamás habría imaginado que esa clase de obra se iba a cubrir con tanta facilidad entre nosotros —replicó Edmund dirigiéndose a la chimenea donde estaban sentadas su madre, su tía y Fanny, y sentándose también, con expresión contrariada.
El señor Rushworth le siguió para decir:
—Yo entro tres veces, y tengo cuarenta y dos intervenciones. Es importante, ¿no? Aunque no me hace mucha gracia la idea de ir con esas elegancias. No me voy a reconocer, con un traje azul y una capa de raso rosa.
Edmund no le pudo contestar. Unos minutos después el señor Bertram fue reclamado fuera de la habitación para que aclarase unas dudas al carpintero; y dado que salió acompañado del señor Yates, y poco después le siguió el señor Rushworth, Edmund aprovechó la ocasión para decir:
—No puedo manifestar delante del señor Yates el juicio que me merece esa obra por respeto a sus amigos de Ecclesford; pero quiero decirte ahora, mi querida Maria, que me parece sumamente inadecuada para representarla en privado, y que espero que te abstengas de participar. Tengo la seguridad de que lo harás en cuanto la hayas leído atentamente. Lee sólo el primer acto en voz alta a tu madre o a tu tía, a ver si la aprueban. No hará falta remitirte al juicio de nuestro padre, estoy seguro.
—Tú y yo vemos las cosas de manera muy distinta —exclamó Maria—; te aseguro que conozco la obra perfectamente; y con unas pocas omisiones y demás que haremos, por supuesto, no veo que contenga nada reprochable; y no soy la única mujer que la encuentra apta para una representación privada.
—Pues lo siento —fue su respuesta—. Pero en esta cuestión, eres tú la que debe ir a la cabeza. Tienes que dar ejemplo. Si los demás han cometido un error, te corresponde a ti corregirles, y mostrarles cuál es la verdadera delicadeza. En todo lo que se refiere al decoro, tu conducta debe ser ley para el resto del grupo.
Esta descripción de su importancia tuvo cierto efecto, porque a nadie le gustaba más ir a la cabeza que a Maria; y desbordante de buen humor, contestó:
—Te lo agradezco mucho, Edmund; tienes muy buena intención, por supuesto… Pero de todos modos, creo que ves las cosas con demasiado rigor. Y desde luego, no voy a ponerme a discursear a los demás sobre un tema como éste. Sería lo más improcedente que se me podría ocurrir.
—¿Acaso crees que estoy pensando en una cosa así? No: que tu conducta sea tu único discurso. Di que, al estudiar el papel, no te sientes capaz para hacerlo, que has visto que hace falta más esfuerzo y más confianza de los que tú puedes poner. Dilo con firmeza, y será suficiente. Toda persona discreta comprenderá tus motivos. Renunciarán a esa obra, y tu delicadeza saldrá enaltecida como debe ser.
—No representes nada indecoroso, querida —dijo lady Bertram—. A sir Thomas no le gustaría… Fanny, toca la campanilla; ¡quiero la cena! Seguro que Julia estará ya vestida.
—Estoy convencido, señora —dijo Edmund, adelantándose a Fanny—, de que a sir Thomas no le gustaría.
—Vaya, querida, ¿oyes lo que dice Edmund?
—Si yo rechazo mi papel —dijo Maria con celos renovados—, lo cogerá Julia.
—¡Cómo! —exclamó Edmund—. ¿Conociendo tus motivos?
—¡Ah!, puede pensar en la diferencia que hay entre nosotras, en la diferencia de nuestras situaciones… pensar que no tiene por qué ser tan escrupulosa como yo. Estoy segura de que diría eso. No; perdona, pero no puedo volverme atrás. Está todo demasiado avanzado; decepcionaría a todo el mundo. Tom se enfadaría muchísimo; y si nos ponemos excesivamente escrupulosos, no representaremos nada.
—Lo mismo iba a decir yo —dijo la señora Norris—: si empezáis a poner reparos a cada obra, acabaréis por no representar nada… y habréis tirado el dinero de los preparativos; y estoy segura de que eso supondría un desdoro para todos nosotros. Yo no conozco la obra; pero como dice Maria, si tiene algo un poco demasiado subido (cosa que ocurre en casi todas las obras de teatro), se elimina y ya está. No debemos ser demasiado meticulosos, Edmund. Como el señor Rushworth actúa también, no habrá ningún mal en ello. Yo sólo habría deseado que Tom hubiera sabido lo que quería cuando empezaron los carpinteros; porque con esas puertas laterales se ha perdido medio día de trabajo. Sin embargo, las cortinas quedarán muy bien. Las criadas tienen muy buen gusto; y creo que podremos devolver unas docenas de anillas. No conviene ponerlas demasiado juntas. Yo espero ser de alguna utilidad, evitando gastos inútiles y haciendo la mayoría de las cosas. Debe haber siempre una cabeza firme que supervise a los jóvenes. Se me ha olvidado contarle a Tom algo que me ha ocurrido hoy mismo. He ido a echar una mirada al gallinero, y cuando iba a salir, he visto a Dick Jackson que se dirigía a la puerta de servicio con dos tablas de pino en la mano, que llevaba a su padre, seguro; la madre le había mandado con el padre, y luego el padre le había enviado a traer dos tablas porque no podía hacer no sé qué sin ellas. Yo sabía lo que quería decir todo esto, porque la campanilla de la comida sonaba en ese mismo momento sobre nuestras cabezas; y como detesto a esos aprovechados (los Jackson son de lo más aprovechados, siempre lo he dicho; son de esa clase de gente que saca todo lo que puede), le he dicho allí mismo al chico (un zoquete de diez años que debería avergonzarse de sí mismo): «Yo le llevaré las tablas a tu padre, Dick; así que vuelve corriendo a tu casa. El chico se ha quedado mirando embobado, y se ha marchado sin decir ni media palabra; aunque creo que tiene la lengua bastante viva. Y creo que eso le habrá curado de venir a merodear por la casa durante una temporada. Odio esa codicia; vuestro padre es demasiado bueno con esa familia, ¡dando empleo al hombre todo el año!».
Nadie se molestó en contestar; los otros volvieron poco después, y Edmund vio que su única satisfacción era haber hecho lo posible por ponerlos en el buen camino.
La cena transcurrió en una atmósfera opresiva. La señora Norris volvió a contar su triunfo sobre Dick Jackson, pero no se habló mucho de la obra ni de los preparativos, porque la desaprobación de Edmund la acusaba incluso su hermano, aunque no lo habría reconocido. Maria, sin el apoyo alentador de Henry Crawford, pensó que era mejor evitar el tema. El señor Yates, que intentaba hacerse agradable a Julia, encontró el malhumor de ésta menos impenetrable en cualquier tema que en el de su propio pesar por haberse separado de la compañía; y el señor Rushworth, que sólo tenía en la cabeza su propio papel y su vestimenta, agotó pronto cuanto podía decir de lo uno y lo otro.
Pero las cuestiones del teatro estuvieron en suspenso sólo una hora o dos; aún quedaban muchas cosas por resolver; y cobrando nuevo impulso el ánimo de la noche, poco después de reunirse todos en el salón, Tom, Maria y el señor Yates fueron a sentarse en comisión a una mesa separada, con la obra abierta delante; y se estaban enfrascando en el tema, cuando se vieron gratamente interrumpidos por la aparición del señor y la señorita Crawford, los cuales, pese a lo tarde y oscuro y embarrado que estaba, no quisieron dejar de ir; y fueron recibidos con la mayor alegría.
«¿Qué tal, cómo marcha todo?», y «¿Qué han acordado?», y «No podemos hacer nada sin ustedes», siguieron a los primeros saludos; y Henry Crawford se sentó inmediatamente junto a la mesa con los otros tres, mientras su hermana se acercaba a lady Bertram, a presentarle sus respetos con amable deferencia.
—Tengo que felicitar a su señoría —dijo—, porque al fin han escogido obra. Porque aunque la naturaleza la ha dotado de una paciencia ejemplar, estoy segura de que está cansada de todas nuestras discusiones y diferencias. Puede que eso satisfaga a los actores, pero los circunstantes agradecen infinitamente más que lleguen a una decisión; así que le doy con toda sinceridad esta alegría; y a la señora Norris, y a todos los que están en la misma situación —mirando medio con temor, medio maliciosa, más allá de Fanny, a Edmund.
Lady Bertram le contestó muy cortésmente, pero Edmund no dijo nada. No rechazó que se le considerase mero «circunstante». Tras conversar unos minutos con el grupo sentado ante el fuego, la señorita Crawford volvió al de la mesa; y de pie junto a ellos, pareció seguir interesada sus planes, hasta que, como acordándose de repente, exclamó:
—Mis buenos amigos, observo que están muy plácidamente enfrascados en esas casas y tabernas, interiores y exteriores… pero, por favor, díganme, ¿cuál es mi destino? ¿Quién va a ser Anhalt? ¿A qué caballero de entre ustedes voy a tener el placer de amar?
Durante un momento, se quedaron en suspenso; y a continuación se pusieron todos a contar la triste realidad: aún no tenían un Anhalt. El señor Rushworth iba a ser el conde Cassel, pero nadie había escogido el papel de Anhalt.
—Podía haberlo escogido yo —dijo el señor Rushworth—; pero he pensado que me gusta más el del conde… Aunque no me acaban de convencer las galas que me toca llevar.
—Ha elegido muy atinadamente, desde luego —replicó la señorita Crawford con expresión animada—. El de Anhalt es un papel difícil.
—El conde tiene cuarenta y dos intervenciones —dijo el señor Rushworth—: no es ninguna bagatela.
—No me sorprende que falte Anhalt —dijo la señorita Crawford, tras una breve pausa—. Amelia no se merece otra cosa. Una joven tan atrevida puede muy bien asustar a los hombres.
—A mí me encantaría hacer ese papel, si pudiera —exclamó Tom—. Pero por desgracia, el mayordomo y Anhalt intervienen juntos. De todos modos, no lo voy a descartar… veré qué se puede hacer… Echaré un vistazo otra vez.
—Debería hacerlo su hermano —dijo el señor Yates en voz baja—. ¿No cree?
—No se lo voy a pedir —replicó Tom con gesto frío y decidido.
La señorita Crawford se puso a hablar de otra cosa, y poco después fue a reunirse con el grupo de la chimenea.
—No me quieren con ellos —dijo sentándose—. No hago más que confundirlos, y obligarles a decir palabras corteses. Señor Edmund Bertram, puesto que no va a participar en la obra, puede hacer de consejero desinteresado; así que a usted apelo. ¿Qué podemos hacer con Anhalt? ¿Es factible que lo doble alguno de los otros? ¿Qué aconsejaría usted?
—Lo que yo aconsejaría —dijo Edmund con tranquilidad— es que cambiaran de obra.
—No me importaría —replicó ella—; porque aunque no me desagrada especialmente el papel de Amelia si está bien apoyado, o sea, si trabajamos todos bien, siento que se considere inconveniente. Pero nadie de esa mesa —mirando hacia allí quiere escuchar su consejo, y desde luego no lo seguirán.
Edmund no dijo nada más.
—De haber un papel capaz de tentarle, supongo que sería el de Anhalt —comentó la dama con astucia, tras una breve pausa—; porque es sacerdote, claro.
—Ese detalle no me tentaría en absoluto —replicó él—; ya que sentiría ridiculizar al personaje con mi mala actuación. Debe de ser muy difícil evitar que Anhalt parezca un predicador formalista y solemne; y el hombre que escoge esa profesión es, quizá, el último en querer representarla en un escenario.
La señorita Crawford se quedó callada. Y con cierto resentimiento y mortificación, acercó más la silla a la mesa del té, y concentró su atención en la señora Norris que la presidía.
—Fanny —exclamó Tom Bertram desde la otra mesa, donde proseguía atentamente la conferencia y la incesante conversación—, necesitamos tus servicios.
Fanny se levantó inmediatamente, esperando que le encargasen algún recado; porque aún no se había perdido la costumbre de emplearla de ese modo, pese a toda la oposición de Edmund.
—No, no hace falta que te levantes. No te necesitamos en este momento. Sólo será para nuestra obra. Harás de mujer del campesino.
—¿Yo? —exclamó Fanny, sentándose otra vez con la expresión más asustada—. Sinceramente deseo que se me excuse. No podría hacer ningún papel aunque me diesen todo el oro del mundo. No; decididamente no puedo.
—Lo siento, pero tendrás que hacerlo; no te podemos dispensar. No tienes por qué asustarte: es una pequeñez de papel, una insignificancia, con una docena de intervenciones todo lo más; y no importará mucho si nadie te oye decir una palabra; así que puedes ser todo lo apocada que quieras. Pero necesitamos que se te vea.
—Si le dan miedo media docena de intervenciones —exclamó el señor Rushworth—, ¿qué haría usted con un papel como el mío? Tengo que aprenderme cuarenta y dos.
—No me da miedo aprender de memoria lo que sea —dijo Fanny, asustada al ver que era la única que tenía la palabra en ese momento en la habitación, y notar que casi todas las miradas estaban puestas en ella—; es que no puedo actuar.
—Sí, sí; lo harás sobradamente bien para nosotros. Tú apréndete el papel, y ya te enseñaremos lo demás. Sólo tienes dos escenas, y yo seré el campesino; yo te introduciré y te sacaré; y lo harás muy bien, respondo de ello.
—De ningún modo, Tom Bertram; y perdóname. No lo comprendes. Me es absolutamente imposible. Si lo hiciera, lo único que conseguiría es decepcionar a todos.
—¡Vamos! ¡Vamos! No seas tan vergonzosa. Lo harás muy bien. Seremos todo lo comprensivos que haga falta. No esperamos que seas perfecta. Te pondrás un vestido marrón, un delantal blanco y una cofia, te pintaremos algunas arrugas y patas de gallo en los ojos, y harás una viejecita perfecta.
—Tienes que disculparme, de veras; tienes que disculparme —exclamó Fanny cada vez más colorada por la excesiva confusión, mirando con angustia a Edmund, que la observaba amablemente; pero como Edmund no quería exasperar a su hermano interviniendo, se limitó a dirigirle una sonrisa de aliento. Sus súplicas no tuvieron efecto alguno en Tom, que repitió lo que había dicho antes; y no sólo Tom: su petición fue apoyada por Maria, el señor Crawford y el señor Yates con una insistencia más amable y ceremoniosa que la suya, pero que resultaba absolutamente abrumadora para Fanny. Y antes de que pudiera replicar, la señora Norris completó el acoso diciéndole en un susurro a la vez irritado y audible:
—Vaya lo que estás armando por una bobada. Me avergüenza, Fanny, que hagas tan difícil complacer a tus primos en una tontería de esa clase. Con lo amables que ellos son contigo. Hazme el favor de aceptar ese papel de buen grado, y no se hable más del asunto.
—No le insista, señora —dijo Edmund—. No es justo presionarla de esa manera. Está viendo que no es de su agrado. Déjela decidir por sí misma como hacemos los demás. Su juicio es perfectamente fiable… No la apremie más.
—No la voy a apremiar —replicó la señora Norris con aspereza—; pero consideraré que es una terca y una desagradecida si no hace lo que le piden su tía y sus primos… Muy desagradecida, en verdad, teniendo en cuenta quién es y lo que es.
Edmund estaba demasiado enfadado para hablar; pero la señorita Crawford, tras mirar unos momentos a la señora Norris con ojos asombrados, y luego a Fanny, a la que empezaban a asomarle las lágrimas, dijo inmediatamente con cierta sequedad:
—No me gusta este sitio; hace demasiado calor aquí para mí. —Y corrió su silla hacia el otro lado de la mesa, cerca de Fanny, diciéndole en voz baja mientras se acomodaba—: No haga caso, señorita Price; es una noche de malos humores: todo el mundo se molesta y se enfada; pero no les hagamos caso. —Y siguió hablándole y tratando de animarla con gran amabilidad, a pesar de no estar ella misma demasiado animada. Con una mirada a su hermano, impidió que la comisión del teatro siguiera insistiendo. Y los sentimientos realmente buenos por los que casi puramente se regía le devolvieron rápidamente el poco favor que había perdido de Edmund.
Fanny no quería a la señorita Crawford; pero ahora le agradeció muchísimo su amabilidad. Y cuando, tras observar su labor y desear aprenderla ella también, y pedirle el patrón, y suponer que Fanny se estaba preparando para su puesta de largo, porque naturalmente sería presentada en sociedad cuando su prima se casara, la señorita Crawford le preguntó si tenía noticias recientes de su hermano el marino, y le dijo que tenía curiosidad por conocerle, y que le imaginaba un joven muy guapo, y le aconsejó que le pidiera que se hiciese un retrato antes de volver a la mar… no pudo por menos de reconocer que era un halago muy agradable, y escuchar y contestarle con más animación de la que hubiera querido.
Aún seguían las deliberaciones sobre la obra, y la señorita Crawford dejó de prestar atención a Fanny al decirle Tom Bertram con infinito pesar que le era imposible hacer de Anhalt además de mayordomo; había estado intentando seriamente hacer compatibles los dos papeles, pero no podía ser: tenía que renunciar.
—Pero no habrá dificultad en cubrirlo —añadió—. Haremos correr la voz, y tendremos candidatos de sobra para escoger. Ahora mismo podría nombrar lo menos a seis jóvenes, en un radio de diez kilómetros, que estarían encantados de formar parte de nuestra compañía; y hay uno o dos que no nos harían quedar mal. A mí no me daría ningún miedo confiar en Oliver o en Charles Maddox. Tom Oliver es muy despierto, y Charles Maddox es un joven caballeroso como el que más; así que cogeré el caballo mañana por la mañana, iré a Stoke, y se lo propondré a uno de ellos.
Mientras hablaba, Maria se volvió con inquietud hacia Edmund, esperando que se opusiera a semejante ampliación del plan, tan contrario a sus primeras protestas. Pero Edmund no dijo nada. Tras reflexionar un momento, la señorita Crawford replicó tranquilamente:
—Por mi parte, no tengo nada que objetar a cualquier solución que decidamos entre todos. ¿Conozco a alguno de esos caballeros? Sí, el señor Charles Maddox cenó un día en casa de mi hermana, ¿no es así, Henry? Un joven de aspecto tranquilo. Le recuerdo. Propóngaselo a él, por favor; me será menos desagradable que tener a un completo desconocido.
Charles Maddox sería el candidato: Tom repitió su decisión de ir a verle por la mañana temprano; y aunque Julia, que apenas había despegado los labios antes, comentó con sarcasmo, y dirigiendo una mirada primero a Maria y luego a Edmund, que «el Teatro de Mansfield iba a animar enormemente a la vecindad», Edmund siguió callado, y sólo mostró sus sentimientos con su obstinada gravedad.
—No me siento muy entusiasmada con nuestra obra —dijo la señorita Crawford en tono bajo a Fanny, tras meditar un momento—; y puedo decir, respecto al señor Maddox, que abreviaré algunas de sus intervenciones y gran parte de las mías, antes de que ensayemos juntos. Será muy desagradable, y de ningún modo lo que yo esperaba.