Fanny estuvo más cerca de acertar de lo que Edmund había supuesto. La empresa de buscar una obra apropiada para todos resultó no ser pequeña; y el carpintero, que había recibido instrucciones y tomado medidas, había sugerido y eliminado al menos dos tipos de dificultades, y había dejado clara la necesidad de ampliar el plan y el presupuesto, se había puesto a trabajar, aunque aún faltaba por encontrar la obra. Asimismo, se estaban llevando a cabo otros preparativos. De Northampton había llegado un rollo enorme de paño verde, que la señora Norris había cortado (ahorrando tres cuartas con su habilidad), y ahora las criadas estaban confeccionando el telón, aunque seguían sin tener seleccionada la obra. Y cuando ya llevaban tres días de esta manera, Edmund casi empezó a abrigar esperanzas de que no la encontraran.
En realidad, había tantas cosas que atender, tanta gente a la que contentar, tantas peticiones de buenos papeles, y sobre todo, tanta necesidad de que fuese a la vez tragedia y comedia, que no parecía haber mucha posibilidad de decidir nada, como todo lo que persigue la juventud y el celo puede ofrecer.
En favor de lo trágico se pronunciaron las señoritas Bertram, Henry Crawford y el señor Yates; en favor de lo cómico, Tom Bertram; aunque no del todo solo, porque era evidente que los deseos de Mary Crawford, aunque cortésmente guardados, se inclinaban en esa misma dirección; pero la determinación y vehemencia de Tom Bertram parecían hacer innecesarios los aliados; e independientemente de esta diferencia irreconciliable, querían una obra que tuviera muy pocos personajes, que todos fueran importantes, y que tres de ellos fueran femeninos. Hojearon las mejores obras en vano. Ni Hamlet, ni Macbeth, ni Otelo, ni Douglas, ni Gamester ofrecían algo que pudiese satisfacer a los trágicos; y El escándalo, La rueda de Fortuna, El heredero ante la ley, y un largo etcétera, fueron cayendo sucesivamente con más acaloradas objeciones aún. No se proponía ninguna obra que no tuviera para alguien alguna pega, y se oía repetir constantemente de un lado y de otro: «Ah, no; no puede ser. Nada de tragedias desaforadas. Demasiados personajes. No hay un solo papel femenino que valga la pena. Todo menos eso, mi querido Tom. Sería imposible cubrir todos esos papeles. No se puede esperar que nadie haga ese personaje. No es más que una bufonada de principio a fin. Ésa podría ser, quizá, si no fuera por los papeles bajos. Si quieren mi opinión, siempre he pensado que ésa es la obra más sosa de la lengua inglesa. No quiero ponerlo difícil, colaboraré encantado; pero creo que no podríamos escoger nada peor».
Fanny miraba y escuchaba; no dejaba de divertirle observar el egoísmo que, más o menos disimulado, parecía dominar a todos, y se preguntaba cómo acabaría. Para su propia distracción, podría haber deseado que dieran con algo representable, ya que nunca había visto ni siquiera media obra; pero todo lo que consideraba más elevado estaba en contra de ese plan.
—No llegaremos a nada —dijo Tom Bertram finalmente—. Estamos perdiendo el tiempo de la manera más lamentable. Hay que decidirse por alguna. La que sea; pero escoger. No podemos andar con remilgos. No tienen por qué temer que haya algún personaje de más. Podemos doblarlos. Debemos bajar un poco. Si un papel es insignificante, mayor será nuestro mérito al darle relieve. Desde este momento, no voy a poner ninguna pega. Acepto el papel que se me quiera asignar, con tal que sea cómico. Sólo pongo la condición de que sea cómico.
A continuación, por quinta vez lo menos, propuso El heredero ante la ley, dudando sólo si quedarse con el papel de lord Duberley o con el de doctor Pangloss, e intentando muy seriamente convencer a los otros, aunque sin éxito, de que había personajes bastante trágicos en el resto del reparto.
La pausa que siguió a este infructuoso esfuerzo concluyó al tomar la palabra Tom Bertram de nuevo, el cual, cogiendo uno de los muchos volúmenes de teatro que había sobre la mesa y hojeándolo, exclamó de repente:
—¡Promesas de amantes! ¿No podríamos representarla nosotros aquí, como los de Ravenshaw? ¿Cómo no se nos ha ocurrido? Creo que nos vendría como anillo al dedo. ¿Qué dicen ustedes? Aquí hay dos estupendos papeles trágicos para Yates y Crawford, y un mayordomo coplero para mí… si nadie lo quiere: un papel insignificante, pero de los que me gustan; y como he dicho, estoy decidido a aceptar lo que sea y a hacerlo lo mejor posible. En cuanto a los otros, los puede hacer cualquiera. Son sólo el conde Cassel y Anhalt.
La sugerencia fue bien acogida. Todo el mundo se estaba cansando de la indecisión, y lo primero que pensaron fue que hasta ahora no se había propuesto nada tan apropiado para cada uno. El señor Yates se sintió particularmente complacido: había estado soñando con hacer de barón en Ecclesford, había envidiado cada parlamento de lord Ravenshaw, y lo había repetido en su habitación. Tronar con el barón Wildenhaim era la cumbre de su ambición teatral; y con la ventaja de saberse ya la mitad de las escenas, se ofreció ahora con la mayor diligencia para dicho papel. Para hacerle justicia, no obstante, decidió no quedárselo sin más… porque, recordando que había muy buenos parlamentos en el de Frederick, profesaba igual deseo de hacer este otro. Henry Crawford estaba dispuesto a aceptar cualquiera de los dos. Se contentaría gustosamente con el que el señor Yates no quisiera; y siguió un breve intercambio de cortesías. La señorita Bertram, que sentía todo el interés de una Agatha en la cuestión, se encargó de decidirlo, haciendo ver al señor Yates que éste era un asunto en el que debía tenerse en cuenta la estatura y la figura, y que siendo la suya la más alta, parecía irle mejor hacer de barón. Reconocieron que tenía toda la razón, y tras ser aceptados los dos papeles conforme a eso, estuvo segura del propio Frederick. Había, pues, tres papeles adjudicados —sin contar al señor Rushworth que, siempre según Maria, haría con mucho gusto el que le diesen—, cuando Julia, que pensaba en hacer de Agatha como su hermana, empezó a sentir escrúpulos por la señorita Crawford.
—Esto no es portarse bien con los ausentes —dijo—. Aquí no hay suficientes mujeres. Maria y yo podemos hacer de Amelia y de Aghata, pero no va a quedar nada para su hermana, señor Crawford.
El señor Crawford rogó que se pensara en eso; estaba completamente seguro de que a su hermana no le apetecía actuar, aunque quizá echara una mano, y que no permitiría que contasen con ella en el caso presente. Pero a esto se opuso enseguida Tom Bertram, sosteniendo que el papel de Amelia le iría con toda propiedad a la señorita Crawford, si lo aceptaba.
—Le va de una manera tan natural como necesaria —dijo—; lo mismo que el de Agatha le puede ir a cualquiera de mis hermanas. No será ningún sacrificio por parte de ellas, ya que es bastante cómico.
Siguió un breve silencio. Las dos hermanas parecían inquietas, porque cada una pensaba que tenía más derecho que la otra al papel de Agatha, y esperaba que los demás le insistieran para que lo aceptase. Henry Crawford, que entretanto había cogido la obra y hojeaba el primer acto con aparente indiferencia, zanjó enseguida el asunto:
—Yo rogaría a la señorita Julia Bertram —dijo— que no escogiera el papel de Agatha, porque echaría a perder toda mi solemnidad. No lo escoja, de verdad —volviéndose a ella—. No soportaría verla con el semblante revestido de palidez y dolor. Indefectiblemente, me vendrán al pensamiento las muchas veces que nos hemos reído juntos, y Frederick y su mochila no tendrán más remedio que salir corriendo.
Lo dijo en tono simpático y cortés; pero la forma se perdió en la materia para los sentimientos de Julia. Le vio dirigir una mirada a Maria que confirmaba el agravio que le infligía: era un plan… una estratagema; la daban de lado; la preferida era María: la sonrisa triunfal que Maria intentaba reprimir delataba lo acertadamente que había comprendido, y antes de que Julia se dominara lo bastante para hablar, su hermano se pronunció en contra de ella también, diciendo:
—¡Sí!, Maria tiene que ser Agatha. Es la que mejor hará de Agatha. Aunque Julia dice que prefiere la tragedia, yo no confiaría en ella. No tiene nada de trágica. No tiene el aspecto necesario. Su rostro no es un rostro trágico, se mueve con demasiada viveza, habla demasiado deprisa, y no tiene seriedad. Haría mejor de vieja aldeana, de mujer del campesino. Es así, Julia. La mujer del campesino es un estupendo papel para ti, te lo aseguro. La vieja alivia la altisonante benevolencia de su marido con cantidades de buen humor. Harás de mujer del campesino.
—¿De mujer del campesino? —exclamó Yates—. Pero ¡qué dice! ¿El papel más trivial, miserable e insignificante, el más vulgar, sin una intervención que merezca la pena en toda la obra? ¿Hacerlo su hermana? Esa proposición es una ofensa. En Ecclesford debía hacerlo la institutriz. Todos coincidimos en que no se le podía ofrecer a nadie más. Un poco más de justicia, señor director, por favor. No merece usted el cargo, si no es capaz de apreciar mejor las aptitudes de su compañía.
—En cuanto a eso, mi buen amigo, hasta el momento de empezar a trabajar mi compañía y yo, debe haber un poco de tanteo; yo no pretendo hacerle ningún menosprecio a Julia. Pero no puede haber dos Agathas, y tiene que haber una mujer del campesino; y estoy seguro de haber dado ejemplo de modestia al conformarme con hacer del viejo mayordomo. Si el papel es breve, más mérito tendrá haciéndolo valer; y si está tan radicalmente en contra de todo humor, que diga el texto del campesino en vez del de la mujer del campesino, y que intercambien sus intervenciones; él, desde luego, es bastante solemne y patético. No afectaría a la obra; y en cuanto al campesino, dado que tendría los parlamentos de la esposa, lo puedo hacer yo de mil amores.
—Pese a todo su pronunciamiento en favor de la mujer del campesino —dijo Henry Crawford—, es imposible adaptar una cosa así para su hermana, y no podemos consentir que se abuse de su amabilidad. No podemos permitir que acepte ese papel. No hay que dejar que se conforme. Necesitamos su talento para el de Amelia. Amelia es un personaje incluso más difícil de representar que Agatha. La considero el personaje más difícil de toda la obra. Requiere grandes dotes y una gran finura para darle humor y sencillez sin caer en la extravagancia. Yo he visto fracasar a buenas actrices en ese papel. A decir verdad, la sencillez resulta inalcanzable para la mayoría de las actrices profesionales. Exige una delicadeza de sentimientos que no tienen. Exige ser una dama… una Julia Bertram. Lo hará, ¿verdad? —volviéndose a ella con una expresión de ferviente solicitud que la abochornó un poco; pero mientras Julia dudaba qué decir, su hermano intervino otra vez para proclamar que era mejor candidata la señorita Crawford:
—No, no; Julia no puede hacer de Amelia. Es un papel que no le va. No le gustaría. No lo haría bien. Es demasiado alta y robusta. Amelia ha de tener una figura pequeña, frágil, aniñada, saltarina. A quien le va es a la señorita Crawford y sólo a ella. Le encaja de maravilla, y estoy seguro de que lo hará admirablemente.
Sin hacerle caso, Henry Crawford siguió suplicando:
—Debe hacernos ese favor —dijo—; no tiene más remedio. Cuando haya estudiado el personaje, estoy seguro de que se dará cuenta de que le va. Usted podrá elegir la tragedia; pero desde luego, parece que la comedia la elige a usted. Tendrá que ir a verme a la prisión con una cesta de comida. No irá a negarme esa visita a la prisión, ¿verdad? Ya me parece verla entrar con la cesta.
Julia acusó el influjo de su voz. Titubeó; pero ¿trataba sólo de calmarla o aplacarla, y hacer que olvidara la anterior afrenta? No se fiaba de él. El desaire había sido de lo más evidente. Quizá ahora se estaba burlando de ella. Miró a su hermana con recelo; la expresión de Maria lo decidiría: si la veía fastidiada y alarmada… pero Maria estaba toda serena y satisfecha; y Julia comprendió que en este sentido no podía estar contenta sino a costa suya. Así que, con atropellada indignación, y con la voz temblorosa, le dijo:
—No parece tener miedo de no poder contenerse cuando entre con la cesta de comida, como cabría suponer; ¡sólo como Agatha le iba a provocar la risa!
Calló; Henry Crawford se sintió ridículo, y como si no supiese qué decir. Tom Bertram empezó otra vez:
—La señorita Crawford hará de Amelia. Será una excelente Amelia.
—No se preocupe si me quedo sin papel —exclamó Julia vivamente irritada—: no haré el de Agatha, ni desde luego ningún otro; y en cuanto a Amelia, es el personaje que peor me cae del mundo. No la soporto. Es una muchachita odiosa, impertinente, artificiosa y descarada. Siempre he rechazado la comedia, y la de ésa es de la peor especie. —Y dicho esto, salió precipitadamente, dejando confundido a más de uno, pero despertando muy poca comprensión, salvo en Fanny, que había sido oyente callada de todo el debate, y que no podía verla dominada por los celos sin una gran compasión.
Su salida fue seguida de un breve silencio; pero a continuación volvió su hermano al tema de Promesas de amantes, y se puso a hojear ávidamente la obra ayudado por el señor Yates para ver qué decorados harían falta, mientras Maria y Henry hablaban en voz baja; y la declaración con que empezó Maria de: «Por supuesto, yo le cedería con mucho gusto el papel a Julia; pero aunque es probable que a mí me salga mal, estoy segura de que ella lo haría peor», recibió evidentemente todos los cumplidos que reclamaba.
Después de seguir así un rato, se disgregó el grupo: Tom Bertram y el señor Yates se fueron juntos a continuar deliberando a la habitación que ahora empezaban a llamar el teatro, y la señorita Bertram decidió bajar a la casa parroquial para ofrecer el papel de Amelia a la señorita Crawford. Fanny se quedó sola.
El primer uso que hizo de su soledad fue coger el libro que habían dejado sobre la mesa, y empezar a familiarizarse con la obra de la que tanto había estado oyendo hablar. ¡Le había picado la curiosidad, y la leyó con una avidez sólo suspendida de vez en cuando por el asombro de que hubiese sido propuesta y aceptada para una representación privada! Le parecía que los papeles de Agatha y Amelia, cada uno por razones diferentes, eran absolutamente inadecuados para que se representasen en un hogar: la situación de la una y el lenguaje de la otra eran tan impropios de una mujer modesta que no podía imaginar que sus primas supieran dónde se iban a meter; y deseó que Edmund las previniera lo antes posible con la amonestación que sin duda les haría.