UN MERCADER, ANGELO, UN OFICIAL DE JUSTICIA. ]
abéis que se debe la cantidad desde Pentecostés, y que desde ese tiempo no os he importunado mucho; ni lo haría aun hoy mismo si no partiese para Persia y no tuviese necesidad de guilder para mi viaje; así satisfacedme inmediatamente, ú os hago prender por este oficial.
Exactamente la misma cantidad de que os soy deudor, me es debida por Antífolo; y en el instante en que os he encontrado, acababa de entregarle una cadena. Á las cinco recibiré su precio: hacedme el placer de venir conmigo hasta su casa, donde os pagaré mi obligación, y os daré las gracias.
(Apercibiéndoles, á Angelo.) Podéis evitaros la molestia: mirad, he aquí que llega.
Mientras voy á casa del platero, vé, tú, á comprar un pedazo de cuerda; quiero servirme de ella para mi esposa y sus cómplices, por haberme cerrado la puerta en pleno día.—¡Pero despacio! Veo al platero.—Véte; compra una soga y tráemela á casa.
¡Ah! ¡Voy á comprar una soga!
¡Muy lucido queda un hombre cuando cuenta con vos! Había prometido vuestra visita y la cadena; pero no he visto ni cadena ni platero. Probablemente pensasteis que mi amor á mi esposa duraría demasiado tiempo si lo encadenabais; y por tanto, no habéis venido.
Con permiso de vuestro jovial humor, he aquí la cuenta del peso de vuestra cadena, hasta el último quilate, la ley del oro y el precio de la hechura: todo lo cual importa tres ducados más que lo que debo á este señor.—Os ruego, me hagáis el favor de cancelarme con él desde luégo, pues está próximo á embarcarse y no espera sino esto para partir.
No traigo conmigo la cantidad necesaria; por otra parte, tengo algunos negocios en la ciudad.—Conducid á este extranjero á mi casa; llevad con vos la cadena, y al entregarla á mi esposa, decidle que salde la suma; quizás estaré allí al mismo tiempo que vos.
¿Entonces llevaréis la cadena vos mismo?
No; tomadla con vos; no sea que yo llegue tarde.
Vamos, señor, está bien. ¿La tenéis con vos?
Si no la tengo, es porque vos la tenéis; sin lo cual, podríais volveros sin vuestro dinero.
Vamos, señor, os ruego que me déis la cadena. El viento y la marea esperan á este caballero y tengo que reprocharme el haberle retenido aquí tanto tiempo.
Señor mío, os valéis de este pretexto para excusar vuestra falta de palabra, al no haberla llevado al Puerco-Espín; es á mí á quien toca regañaros por esto. Pero, á fuer de astuto, principiáis por ser el primero en querellarse.
La hora avanza. Señor, os ruego que os déis prisa.
¿Véis cómo me importuna...? Pronto, la cadena.
¡Y bien! Llevadla á mi esposa, y recibid vuestro dinero.
Vamos, vamos; sabéis que os la he dado hace un momento. Enviad la cadena, ó entregadme alguna prenda.
Veo que lleváis la broma hasta el exceso. Veamos, ¿dónde está la cadena? Dejadme verla.
Mis asuntos no permiten estas tardanzas; caro señor, decidme si queréis satisfacerme ó no; si no queréis, voy á dejar á este señor entre las manos del oficial.
¿Yo, satisfaceros? ¿Y con qué satisfaceros?
Dando el dinero que me debéis por la cadena.
No os debo nada, mientras no la haya recibido.
¡Ah! Sabéis que os la he entregado hace media hora.
No me habéis dado ninguna cadena: mucho me ofendéis diciéndome esto.
Vos, señor, me ofendéis mucho más negándolo. Considerad cuánto interesa esto á mi crédito.
Vamos, oficial, prendedlo sobre mi demanda.
Os prendo y os intimo obedecer en nombre del duque.
Esto compromete mi reputación. (Á Antífolo.) Ó consentís en pagar la suma á mi saldo, ú os hago prender por este mismo oficial.
¡Consentir en pagar una cosa que no he recibido, jamás! Préndeme, loco, si te atreves.
He aquí los gastos. Prendedle, señor oficial... No perdonaría á mi hermano en semejante caso, si me insultaba con tanto desprecio.
Os prendo, señor; oís la requisición.
Te obedezco, hasta que te dé caución. (A Angelo.) Bribón, me pagarás esta broma con todo el oro que puede haber en tu tienda.
Señor, no dudo que obtendré justicia en Éfeso, para vergüenza vuestra.
Señor, hay una barca de Epidauro que no espera sino que llegue á bordo el armador, y se dará á la vela en seguida. He embarcado nuestro equipaje; he comprado aceite, bálsamo y aguardiente. El navío está aparejado; un buen viento sopla alegremente de tierra y no se espera sino al armador y á vos, señor.
¡Qué! ¿Te has vuelto loco? ¿Qué quieres decir, imbécil? ¿Qué barco de Epidamno me espera á mí, pícaro?
El barco al cual me habéis enviado para tomar nuestro pasaje.
Esclavo ebrio, te he enviado á buscar una soga, y te he dicho para qué y lo qué quería hacer con ella.
Es como si dijerais que me habíais enviado á ahorcarme. Me habéis enviado á la bahía, señor, á buscar un buque.
Examinaré este asunto más despacio y enseñaré á tus orejas á escucharme con más atención. Vé, pues, derecho á casa de Adriana, pillo, dale esta llave y dile que en el pupitre que está cubierto con una alfombra de Turquía, hay una bolsa llena de ducados; que me la mande; dile que me han prendido en la calle y que este dinero será una caución: corre pronto, esclavo: parte. Vamos, oficial, os sigo á la cárcel, hasta que vuelva el criado. (Salen.)
¡Á casa de Adriana! Quiere decir á casa de aquella donde hemos comido, donde Dulcebella me ha reclamado por marido: es demasiado gorda para que yo alcance á abrazarla; pero es preciso que vaya, aunque contra mi voluntad: pues es necesario que los criados ejecuten las órdenes de sus amos.