ANTÍFOLO de Éfeso, DROMIO de Éfeso, ANGELO y BALTASAR. ]
i buen señor Angelo, es necesario que nos excuséis á todos: mi mujer se pone de mal humor, cuando no llego á tiempo. Decid que me entretuve en vuestra tienda viendo trabajar en su cadena, y que mañana la llevaréis á la casa. Pero he aquí un canalla que quiere sostener en mi presencia que me ha alcanzado en la plaza, que le he golpeado, que le he confiado mil marcos en oro, y que he renegado de mi casa y mi esposa.—¿Qué quisiste decirme con esto, grandísimo borracho?
Decid lo que queráis, señor; pero yo sé lo que sé. Guardo todavía las señales de vuestra mano para probar que me habéis golpeado en la plaza. Si mi piel fuese un pergamino y vuestros golpes tinta, vuestra propia escritura atestiguaría lo que digo.
Yo, digo que eres un asno.
Por cierto que así parece por los malos tratos que recibo y por los golpes que sufro. Debería responder á un puntapié con una coz, y entonces os guardaríais de mis cascos y tendríais cuidado con el asno.
Estáis triste, señor Baltasar. Ruego á Dios que nuestro banquete responda á mi buena voluntad y á la buena acogida que recibiréis aquí.
Doy poco valor á vuestro banquete, señor, al lado del alto valor de vuestra buena acogida.
¡Oh! señor Baltasar, sea carne ó pescado, una mesa llena de buena acogida hace parecer pobre el plato más exquisito.
La buena vianda es común, señor; se encuentra hasta en la mesa de todos los rústicos.
Y una buena acogida es aún más común; porque no es nada sino palabras.
Mesa parca y buena acogida hacen una alegre fiesta.
Sí, para un huésped avaro y un convidado aún más mezquino. Pero, aunque mis provisiones sean exiguas, aceptadlas de buena gracia: podéis encontrar mejor festín, pero no ofrecido más de corazón.—Pero despacio, mi puerta está cerrada. (Á Dromio.) Vé á decir que se nos abra.
(Llamando.) Hola, Magdalena, Brígida, Mariana, Cecilia, Giulieta, Juana.
(Dentro.) Silencio, caballo de noria, capón, gañán, idiota! Aléjate de la puerta ó siéntate en el umbral. ¿Andas reclutando mozas que así llamas tal surtido de ellas, cuando con una sola hay ya una de más? Vamos, vete de esta puerta.
¿Qué belitre nos han dado de portero?—Mi amo espera en la calle.
Que se marche por donde vino, no sea que coja frío en los piés.
¿Quién habla ahí dentro? ¡Hola! abrid la puerta.
Bien, señor; os diré el cuándo si me decís para qué!
¿Para qué? Para sentarme á comer; no he comido hoy.
Ni comeréis hoy aquí; volved cuando podáis.
¿Quién eres para cerrarme la puerta de mi casa?
Soy portero por el momento, señor, y mi nombre es Dromio.
¡Ah! bandido! me has robado á la vez mi empleo y mi nombre. El uno no me ha dado jamás honra y el otro me ha traído amargos reproches. Si hubieses sido Dromio hoy y hubieses estado en mi lugar, habrías cambiado con gusto tu facha por un nombre, ó tu nombre por un asno.
(Del interior de la casa.) ¿Qué barullo es ese? ¿Dromio, qué gente es esa que está en la puerta?
Lucía, haz entrar á mi amo.
No, ciertamente: viene demasiado tarde; puedes decírselo á tu amo.
¡Santo Dios! Es necesario que ría.—Á vos el proverbio. ¿Debo colocar mi bastón?
Y á vos este otro; quiere decir ¿cuándo? ¿Podéis decirlo?
Si tu nombre es Lucía, Lucía le has respondido bien.
¿Oyes, tontuela? ¿Espero que nos dejarás entrar?
Pensaba habéroslo preguntado.
Y habéis dicho que no.
Vamos, bien, bien contestado; es golpe por golpe.
Ea! maula, déjame entrar.
¿Podríais decir para agradar á quién?
Señor, golpead fuerte en la puerta.
Que golpee, hasta que le duela á la puerta.
Te lo haré pagar caro, aunque tenga que echar abajo la puerta.
¿Quién se antoja de eso y de un cepo de piés en la ciudad?
(En el interior de la casa.) ¿Quién hace tanto ruido en la puerta?
Bajo mi palabra, que vuestra ciudad está embarullada por mozos turbulentos.
¿Estáis ahí, esposa mía? Podíais haber venido un poco más pronto.
¿Vuestra esposa, señor bribón? Ea! Marchaos de esta puerta.
Si tenéis que sufrir, señor, ese bribón no quedará bueno y sano.
(Á Antífolo de Éfeso.) Aquí no hay ni mesa puesta, ni buena acogida; ya quisiéramos tener una ú otra.
Discutiendo lo que se debe hacer, no perderemos una ni otra.
(Á Antífolo.) Estos señores están en la puerta, mi amo; decidles pues, que entren.
Algo de sospechoso sucede cuando no podemos entrar.
Vuestra sopa está caliente, adentro; y vos quedáis aquí expuesto al frío. Hay para poner á un hombre furioso como un gamo, cuando es engañado y burlado de este modo.
Vé á traer alguna cosa para derribar la puerta.
Romped alguna cosa aquí, y yo romperé vuestra cabeza de bribón.
Vamos, quiero entrar por fuerza; vé á traer una grúa.
¿Una grúa sin plumas, señor, es lo que queréis decir? Para un pez sin nadaderas, hé aquí un pájaro sin plumas; si un pájaro puede hacernos entrar, tunante, desplumaremos un cuervo.
Vé pronto á buscarme una grúa de hierro.
Tened paciencia, señor. ¡Oh! No lleguéis á tal extremidad. Hacéis mal á vuestra reputación y vais á poner al alcance de las sospechas el honor inmaculado de vuestra esposa. Una palabra más. Vuestra larga experiencia de su sensatez, de su casta virtud, de sus años y de su modestia alegan en su favor alguna razón que os es desconocida; no dudéis, señor; ella os explicará por qué se encuentran hoy cerradas para vos las puertas; dejaos guiar por mí, apartaos de este lugar con paciencia y vamos á comer juntos á la hostería del Tigre, y al caer la tarde volved solo para saber la razón de esta extraña sorpresa. Si queréis entrar por fuerza en medio del movimiento del día, se suscitarán sobre esto los comentarios del vulgo. Las suposiciones injuriosas á vuestra reputación, sin mancha aún, se deslizarán hasta vuestra tumba y se albergarán sobre ella cuando ya no existáis. La calumnia vive de herencias y se establece para siempre allí donde penetra una vez.
Habéis prevalecido. Voy á retirarme tranquilamente, y á despecho de la alegría, pretenderé estar alegre. Conozco una moza de humor encantador, bonita y espiritual, un poco extravagante, y, sin embargo, benigna. Comeremos allí; mi esposa me ha movido querella muy á menudo por ese motivo, pero inmerecidamente lo protesto. Iremos á comer donde ella. Volved á vuestra casa y traed la cadena. Sé que ha de estar terminada á esta hora. Llevadla, os lo ruego, al Puerco-espín, que es la casa. Voy á regalar esta cadena á mi hostelera, aunque no sea sino para hacer rabiar á mi esposa; querido amigo, daos prisa; puesto que mi esposa me cierra las puertas, iré á llamar á otra parte y veremos si me rechaza del mismo modo.
Iré á encontraros á esta cita dentro de una hora.
Hacedlo; esta broma me costará algún gasto.