¿Está en palacio Banquo?
No, señora, pero esta noche vendrá.
Dí al Rey, que quiero hablarle un momento.
Así lo haré...
¿De qué nos sirve haber logrado nuestros deseos, si no alcanzamos placer ni reposo? Es preferible la paz de nuestras víctimas, al falso goce que procede del crímen.
Esposo mio, ¿por qué te atormentan siempre tan tristes recuerdos? olvida lo pasado.
Hemos herido á la serpiente, pero no la hemos matado. Volverá á acometernos, mientras estemos cerca de sus dientes. ¡Húndase la tierra, arda el universo, antes que yo coma ni duerma en medio de tales espantos nocturnos! ¡Ojalá estuviera yo con mis víctimas, más bien que entregado á la tortura de mi pensamiento! Duncan no teme ya ni el hierro matador ni el veneno, ni la discordia, ni la guerra.
Esposo mio, alegra ese semblante, para que nuestros huéspedes no adviertan esta noche tu agitacion.
Así lo haré, amada mia. Fíjate en Banquo: muéstrate risueña con él, en la mirada y en las palabras. Todavía no estamos seguros: es preciso lavar nuestra honra en el rio de la adulacion, y convertir nuestros semblantes en hipócrita máscara.
¡Oh, basta, basta!
Mi alma es un nido de sierpes... ¡Todavía respiran Banquo y Fleancio!
No son inmortales.
Esa es la esperanza que nos queda. El hierro puede alcanzarlos. Antes que el murciélago abandone su claustro; antes que se oiga en el silencio de la noche el soñoliento zumbido del escarabajo, estará terminado todo.
¿Qué quieres decir?
Vale más que lo ignores, hasta que esté cumplido, y puedas regocijarte en ello. Ven, ciega noche, venda tú los ojos al clemente dia. Rompa tu mano invisible y ensangrentada la atroz escritura que causa mis terrores... Va creciendo la oscuridad: retorna el cuervo á la espesura del bosque: las aves nocturnas descienden anhelosas de presa... ¡Te horrorizan mis palabras! ¿Y por qué? Sólo el crímen puede consumar lo que ha empezado el crímen. Ven conmigo.