Acto V

Escena III

[El campamento británico, cerca de Dóver.]
[Entran en triunfo, con tambores y banderas, EDMUNDO, con el REY LEAR y CORDELIA como prisioneros, UN CAPITÁN, Oficiales, Soldados, etc.]
EDMUNDO.

Que algunos oficiales se los lleven y los tengan bajo buena guarda hasta que sea conocida la más alta decisión que ha de juzgarlos.

CORDELIA.

No somos los primeros que, con la mejor intención, han caído en la peor desgracia. Solo por ti, desventurado Rey, es mi aflicción; por mí... sé desdeñar los desdenes de la fortuna. ¿No veremos a esas hijas, a esas hermanas?

REY LEAR.

¡No, no, no, no! Vámonos a nuestra cárcel. Allí solos los dos, cantaremos cual pájaros en la jaula. Si me pides que te bendiga, seré yo quien me arrodille y te pida perdón. Así pasaremos nuestra vida rezando y cantando y narrando cuentos viejos, y riendo al ver las doradas mariposas y al oír las charlas cortesanas de esos pobres diablos... Y nosotros también charlaremos con ellos, de quién pierde y quién gana, quién entra, quién sale... Y sondearemos el misterio de las cosas, como si fuéramos espías de Dios, y entre los muros de nuestra prisión, nos tendrán sin cuidado las disensiones y las alianzas de los grandes, que ora crecen, ora menguan, según la fase de la luna.

EDMUNDO.

Lleváoslos.

REY LEAR.

Ante tales sacrificios, Cordelia mía, los dioses mismos queman incienso. ¿No te he encontrado? Quien pretenda separarnos, habrá de tomar una antorcha del cielo y cazarnos a fogaradas como a los zorros. Sécate los ojos. ¡La mala landre los devorará en cuerpo y alma antes que nos vean llorar! ¡Mas pronto les veremos morir de hambre! Vamos.

[Vanse el REY LEAR y CORDELIA custodiados por una escolta.]
EDMUNDO.

Oye aquí, Capitán, mira esta orden.
[Entregándole un papel] Acompáñales a la prisión. Un ascenso me debes. Si obras como aquí se ordena, te encaminas a la mejor fortuna. Ya sabes que es la ocasión lo que hace al hombre. La blandura de corazón no dice con la espada. Tu misión es importante y no admite discusiones. Di si la cumples, o ve de prosperar por otros medios.

CAPITÁN.

La cumpliré, señor.

EDMUNDO.

A la obra, pues, y ten por cierta tu ventura cuando esté cumplida. Atención, digo, y al momento. Ejecútalo tal como lo he escrito.

CAPITÁN.

Yo no podría tirar de un carro ni comer cebada, mas si es obra de hombre, la cumpliré.

[Vase. Música festiva. Entran EL DUQUE DE ALBANIA, GONERILA, REGANIA, otro CAPITÁN, Oficiales y Soldados.]
DUQUE DE ALBANIA.

[A EDMUNDO] Señor, bien habéis mostrado en este día cuál es vuestro denuedo, y bien os ha guiado la fortuna. Tenéis prisioneros a los que fueron nuestros adversarios en esta contienda; os pedimos que nos los entreguéis para decidir su suerte, según sea su merecido, y según igualmente convenga a nuestra seguridad.

EDMUNDO.

Señor, me pareció oportuno encerrar al viejo y miserable Rey en segura prisión, y bajo fiel vigilancia, pues su ancianidad, con el prestigio de la realeza, pudiera mover al pueblo en su favor, volviendo las lanzas de nuestras levas contra los mismos que las mandamos. Con él envié a la Reina, y por las mismas razones. Prontos están para comparecer mañana o más tarde ante vuestro Consejo. Ahora, vednos cubiertos de sudor y sangre; el amigo llora la pérdida del amigo; y aun en las luchas más afortunadas hay siempre en su calor quien siente y maldice sus estragos. La cuestión de Cordelia y de su padre requiere lugar más oportuno.

DUQUE DE ALBANIA.

Permitidme, señor, que os tenga como a simple vasallo en esta guerra, no como a hermano.

REGANIA.

Esto será según mi beneplácito, y pienso que debisteis consultarme antes de proferir tal arrogancia. Él manda mi ejército; representa mi autoridad y mi persona; bien puede, por tanto, tal poder darle tesón para llamarse vuestro hermano.

CORDELIA.

Modera tus ardores. Sus propios méritos pueden ensalzarle mucho más que tu favor.

REGANIA.

Al ostentar mis títulos con mi investidura, puede él ponerse al lado del más alto.

GONERILA.

Sobre todo su fuera él tu esposo.

REGANIA.

Las burlas a menudo resultan profecías.

GONERILA.

¿De esas tenemos? Bizcarían los ojos que tal creyeron ver.

REGANIA.

Señora, no estoy buena, de otro modo, daría suelta a mi corazón en mi respuesta. General, vuestros son mis soldados, mis prisioneros, mi patrimonio; disponed de ello y de mí misma. Vuestras son estas murallas. Testigo el mundo entero que yo te nombro aquí mi dueño y mi señor.

GONERILA.

¿Pretendes tú gozarle?

DUQUE DE ALBANIA.

[A GONERILA] Esto es lo que no depende de tu voluntad.

EDMUNDO.

Ni de la vuestra, señor.

DUQUE DE ALBANIA.

De la mía, ¡bastardo!

REGANIA.

[A EDMUNDO] Redoblen los tambores en prueba de que es tuya mi corona.

DUQUE DE ALBANIA.

Esperad aún y atended a razones. Edmundo, yo te arresto por alta traición, y, contigo, a esa dorada serpiente. [Señalando a GONERILA.]
[A REGANIA] Respecto a tu pretensión, mi bella hermana, he de oponerme en interés de mi esposa. Ella es la que secretamente se ha concertado con este noble señor, y yo, su esposo, he de alzarme contra vuestro desposorio. Si deseáis casaros, más os valdría hacerme el amor a mí; mi esposa está apalabrada.

GONERILA.

¡Vaya una farsa!

DUQUE DE ALBANIA.

Armado estás, tú, Glocester; suene el clarín, y si nadie comparece a sostener tus odiosas, manifiestas y múltiples traiciones, ahí está mi guante.
[Lo arroja.] Y no comeré un bocado hasta proclamar sobre tu corazón lo que aquí declaro.

REGANIA.

¡Me siento mal; desfallezco!

GONERILA.

[Aparte]Si así no fuera, perdería yo toda mi confianza en la medicina.

EDMUNDO.

Esa es mi respuesta.
[Arroja su guante.] Y quienquiera que en el mundo me llame traidor, miente como un villano. Suene tu clarín; contra aquel que se atreva, contra él, contra vos, contra cualquiera, yo mantendré firmemente mi honor y mi lealtad.

DUQUE DE ALBANIA.

¡Hola, heraldo!

EDMUNDO.

¡Heraldo, pronto, heraldo!

DUQUE DE ALBANIA.

Cuenta solo contigo, pues tus tropas fueron alistadas en mi nombre, y en mi nombre han sido licenciadas.

REGANIA.

Me invade la congoja.

DUQUE DE ALBANIA.

Se siente enferma; llevadla a mi tienda. [Vase REGANIA, sostenida por algunos.] [Entra UN HERALDO.]
Venid acá, heraldo. Suene el clarín, y pregonadme esto.

[Le da un cartel.]
CAPITÁN.

Suene el clarín.

[Suena el clarín.]
HERALDO.

[Lee:] “Si hay en las listas del ejército algún hombre de rango o calidad que se halle dispuesto a mantener contra Edmundo, supuesto conde de Glocester, que es un traidor consumado, comparezca al tercer llamamiento. Edmundo está pronto al combate.”

EDMUNDO.

Llamad.

[Primera llamada.]
HERALDO.

Otra vez.

[Segunda llamada.]
HERALDO.

Otra vez.

[Tercera llamada. Los clarines responden a lo lejos. A la tercera llamada entra EDGARDO, armado de punta en blanco y precedido de un clarín.]
DUQUE DE ALBANIA.

Preguntadle su intención y por qué acude al llamamiento.

HERALDO.

¿Quién sois? ¿Vuestro nombre? ¿Vuestra calidad? ¿Qué es lo que os mueve a responder al reto?

EDGARDO.

Sabed que he perdido mi nombre; el diente ponzoñoso de la traición lo ha desgarrado. Y sin embargo, soy tan noble como el adversario con quien vengo a competir.

DUQUE DE ALBANIA.

¿Sabéis quién es vuestro adversario?

EDGARDO.

¿Quién responde aquí por Edmundo, Conde de Glocester?

EDMUNDO.

Él mismo. ¿Qué le quieres?

EDGARDO.

Saca la espada, y ella te haga justicia si con mis palabras ofendo a un noble corazón. Mira, esta es la mía, este es el privilegio de mi honor, por mi juramento y mi profesión. Pues bien, sobre mi espada yo protesto, mal pese a tu poder, a tu juventud y a tu lugar eminente, a despecho de tu espada victoriosa y del nuevo sol de tu fortuna, de tu valor y de tu corazón, que eres traidor y perjuro contra los dioses, contra tu hermano y contra tu padre, alevoso contra este ilustres príncipe, y que, desde lo más alto de tu frente hasta el polvo bajo de tus pies, no eres sino un vil sapo traidor. Niégalo, y con esta espada, con este brazo, con mi alma entera, he de probarte sobre tu corazón, al cual yo me dirijo, que has mentido.

EDMUNDO.

En rigor debiera yo saber tu nombre; mas ya que tan gentil y aguerrida es tu apostura, y que tu lengua tal aliento de nobleza exhala, doy al olvido las reglas de caballería que para rehusarte me apoyaran, y a tu rostro devuelvo el baldón de traidor con que me afrentas. Ahogaré tu corazón con la infernal mentira que profieres, y aunque carezca ella de ardor en medio de su falso brillo, yo le abriré camino con mi espada hasta enterrarla en tu pecho para siempre. ¡Hablen los clarines!

[Alarma. Combaten y cae EDMUNDO.]
DUQUE DE ALBANIA.

[A EDGARDO] ¡Perdonadle, perdonadle la vida!

GONERILA.

[A EDMUNDO] ¡Fue una felonía, Glocester! Por ley de caballero no debías aceptar el combate con un desconocido. No fuiste vencido; fuiste atropellado con en engaño.

DUQUE DE ALBANIA.

Punto en boca, señora, si no queréis que con esta carta os la cierre.
[A EDMUNDO, dándole un pliego] Tened, señor.
[A GONERILA, que pretende arrancárselo de las manos] Y tú, monstruo, peor que cualquier nombre decir pueda, lee aquí tu propia infamia... ¡No lo rasguéis, señora! Bien se ve que sabéis su contenido...

[Da la carta a EDMUNDO.]
GONERILA.

¡Y aunque lo supiera! Las leyes yo las hago, no tú. ¿Quién se atreverá a juzgarme?

DUQUE DE ALBANIA.

¡Oh, colmo de monstruosidad! ¿Conoces tú este papel?

GONERILA.

No me preguntes lo que sé.

[Vase.]
DUQUE DE ALBANIA.

Seguidla; va desesperada. Contenedla.

EDMUNDO.

[A EDGARDO] Cuanto me has imputado fue obra mía, y más aún, mucho más. Con el tiempo se sabrá. Ya pasó él, y yo también. Pero ¿quién eres tú que así hubiste contra mi fortuna? Si eres noble, te perdono.

EDGARDO.

Hagamos cambio de perdón. Mi sangre no es menos noble que la tuya, Edmundo, y si es más noble, tanto más me has ofendido. Mi nombre es Edgardo; hijo soy de tu mismo padre. Los dioses son justicieros y hacen de nuestros gratos vicios el fiel instrumento de su justicia. El viejo y las tinieblas en que te engendrara le costó los ojos a nuestro padre.

EDMUNDO.

Bien dices; verdad es. La rueda de la fortuna dio la vuelta completa, y heme aquí.

DUQUE DE ALBANIA.

(A EDGARDO) Ya noté yo que tu mismo porte pronosticaba una real prosapia. Deja que te abrace. ¡Que el remordimiento destroce mi corazón, si jamás abrigué odio contra ti ni contra tu padre!

EDGARDO.

Bien lo sé, noble príncipe.

DUQUE DE ALBANIA.

¿Dónde te ocultaste? ¿Cómo supiste la desgracia de tu padre?

EDGARDO.

Velando por él, señor. Escuchad una breve historia, y cuando os la haya contado, ¡ojalá se rompiera mi corazón! Para escapar a la cruel proclama que tan de cerca me perseguía (¡oh, dulzura de la vida, que antes que morir de una vez, nos lleva a preferir la angustia de la muerte de hora en hora!), se me ocurrió disfrazarme con harapos como un loco, y era tal el parecido, que hasta los perros me desdeñaban. Bajo tal disfraz vine a dar con mi padre. Sangrientas sus órbitas como anillos que perdieras sus piedras preciosas, le serví de guía, conduciéndole por los poblados mendigando por él y salvándole de una muerte desesperada. Nunca, ¡oh, culpa mía!, quise descubrirme a él, hasta que poco ha, ya para este lance armado, dudoso, aunque esperanzado de mi éxito, fui a pedirle su bendición, y, punto por punto, le referí mis andanzas, pero, ¡ay de mí, que su carcomido corazón era harto débil para resistir el conflicto!, y entre los opuestos transportes de alegría y dolor, estalló sonriendo.

EDMUNDO.

Tu relato me ha conmovido, y será acaso por mi bien. Prosigue, que algo más, según parece, te queda por decir.

DUQUE DE ALBANIA.

Si ha de ser algo más doloroso, calla, que al escuchar lo que has dicho ya casi me sentí desfallecer.

EDGARDO.

Lo dije en forma ex profeso para los que no aman el dolor, pues con poca mayor ponderación, hasta el colmo os hubiera horrorizado. Cuando más fuertemente me exclamaba, llegose a mí un hombre, que antes, al verme en mi miserable estado, procuró evitar mi odiosa compañía, más ahora, viendo ya quién era el que tanto había padecido, con sus fuertes brazos enlazome el cuello, y rugiente, como si quisiera rasgar el cielo, dejose caer sobre el cuerpo de mi padre... Después me dijo del Rey Lear y de sí mismo la más triste historia que jamás hombre oyera; y, al repetirla, su dolor tanto acrecía, que las fibras de su corazón parecían romperse. Por dos veces sonó entonces el clarín, y allí tuve que dejarle en su desmayo.

DUQUE DE ALBANIA.

Pero ¿quién era ese?

EDGARDO.

El Conde de Kent, señor; Kent, el proscrito, que, disfrazado siguió a su adverso Rey, y le prestó servicios impropios de un esclavo.

[Entra UN CABALLERO con un puñal ensangrentado.]
CABALLERO.

¡Favor, favor, favor!

EDGARDO.

¿Qué pretendéis?

DUQUE DE ALBANIA.

¡Hablad, hombre!

EDGARDO.

¿Qué significa ese puñal ensangrentado?

CABALLERO.

Caliente está, ved cómo humea. Sale del corazón de... ¡Oh, muerta está!

DUQUE DE ALBANIA.

¿Quién ha muerto? ¡Habla, hombre!

CABALLERO.

Vuestra esposa, señor, vuestra esposa, que antes envenenó a su hermana. Así lo ha confesado.

EDMUNDO.

Concertado yo estaba con las dos; y los tres vamos a casarnos al instante.

EDGARDO.

Aquí llega el Conde de Kent.

DUQUE DE ALBANIA.

Traedlas aquí vivas o muertas. Este juicio del cielo que nos hace temblar, no por eso nos mueve a compasión. [Vase el CABALLERO.] [Entra EL CONDE DE KENT.]
[Reconociéndole] ¿Oh, es él? No es esta ocasión de cumplimientos, cual reclama la simple cortesía.

KENT.

Vengo a despedirme para siempre de mi señor, el Rey. ¿No está aquí?

DUQUE DE ALBANIA.

De lo que más importa nos olvidamos. decid, Edmundo, ¿dónde está el Rey? ¿Dónde Cordelia? [Entran algunos llevando a CORDELIA y REGANIA muertas.]
¿Veis esto, Kent?

KENT.

¡Horror! ¿Cómo fue?

EDMUNDO.

Edmundo era amado, sin embargo. La una envenenó a la otra por mi amor, y luego se dio muerte.

DUQUE DE ALBANIA.

Tal como dice; cubrid el rostro.

EDMUNDO.

Estoy agonizando. Algo bueno quisiera hacer, a pesar de mi maldad. Pronto, a toda prisa, enviad al castillo. Yo di orden para que quitaran la vida a Lear y a Cordelia. Enviad pronto, ¡por Dios!

DUQUE DE ALBANIA.

¡Oh, corred, corred, corred!

EDGARDO.

[A ALBANIA] ¿A quién, señor?
[A EDMUNDO] ¿Quién tiene la orden? Dadme alguna prenda como contraseña.

EDMUNDO.

Bien dices. Toma mi espada; dala al capitán.

DUQUE DE ALBANIA.

¡Date prisa, por tu vida!

[Vase EDGARDO.]
EDMUNDO.

Orden tiene de vuestra esposa y mía para ahorcar a Cordelia en su prisión, y propalar después que en su desesperación se dio la muerte.

DUQUE DE ALBANIA.

¡Los dioses la protejan! Llevadle de aquí.

[Llévanse a EDMUNDO.]
[Entra el REY LEAR, llevando en brazos a CORDELIA muerta, y siguiéndole EDGARDO, UN CAPITÁN y otros.]
REY LEAR.

¡Aullad, aullad, aullad! ¿Seréis de piedra? ¡Si yo tuviera vuestra lengua y vuestros ojos, me serviría de ellos hasta derrumbar la bóveda del cielo! ¡Se fue para siempre! Bien sé cuándo uno muere y cuándo vive. Muerta está, como la tierra. Traed un espejo, si su aliento empaña el cristal, es que aún vive.

KENT.

¿Será esto el fin del mundo?

EDGARDO.

¿O una imagen de su horror?

DUQUE DE ALBANIA.

¡Húndase, pues, y cese todo!

REY LEAR.

Esta pluma se mueve... ¡Vive! Si así fuera, asaz compensaría todas las penas que he sufrido.

KENT.

[Arrodillándose] ¡Oh, bondadoso señor...!

REY LEAR.

Aparta, te lo ruego.

EDGARDO.

Es el noble Kent, vuestro amigo.

REY LEAR.

¡Mala peste sobre vosotros! ¡Asesinos, traidores todos! Yo hubiera podido salvarla; ahora, muerta es por siempre. ¡Cordelia, Cordelia, aguarda un poco! ¿Eh? ¿Qué decías? Su voz era siempre dulce, afable y queda, preciosa cualidad en la mujer... Maté al miserable que te estaba ahorcando.

CAPITÁN.

Cierto es, señores; esto hizo.

REY LEAR.

¿No es así, amigo? Un tiempo fue en que mi mordiente cimitarra les hiciera brincar a todos. Soy viejo ahora, y estas desdichas me arruinaron.
[A KENT] ¿Quién sois? Mis ojos dejan mucho que desear. Os lo diré en seguida.

KENT.

Si la fortuna puede jactarse de dos hombres a los que aborreció después de amarlos, los dos aquí se miran.

REY LEAR.

¡Triste espectáculo! ¿No sois Kent?

KENT.

El mismo, vuestro servidor. ¿Dónde está vuestro criado, Cayo?

REY LEAR.

Era un buen hombre, te lo aseguro. Andaba listo para pegar; murió, y ya pudre.

KENT.

No, mi buen señor. Aquel soy yo.

REY LEAR.

Luego lo veremos.

KENT.

El mismo que, desde el principio de vuestras desventuras, ha seguido vuestros tristes pasos.

REY LEAR.

Seáis bienvenido en este lugar.

KENT.

No, ni yo ni nadie. Todo es desolación, muerte y negrura. Vuestras hijas mayores anticipáronse a su fin, desesperadas.

REY LEAR.

Sí, así lo creo.

DUQUE DE ALBANIA.

No sabe lo que dice; en vano es pretender que nos conozca.

EDGARDO.

¡En vano!

[Entra UN CAPITÁN.]
CAPITÁN.

Señor, Edmundo ha muerto.

DUQUE DE ALBANIA.

Tal noticia es aquí una bagatela. Señores y nobles amigos, sabed nuestra intención.
[Señalando a LEAR] Le ofrecemos cuanto pueda servirle de consuelo en su desgracia. Por nuestra parte, mientras viva su anciana majestad, en ella todo nuestro poder resignaremos.
[A EDGARDO y al CONDE DE KENT] Recobrad vosotros vuestros derechos, con cuantas creces por demás como vuestros servicios lo reclaman. Los leales amigos gustarán la merecida copa de sus penas. –¡Ah, ved, ved!

REY LEAR.

[En el delirio de la agonía] ¡Y mi pobre loquilla murió ahorcada! ¡No, no, no vive! ¿Por qué un perro, un caballo, un ratón han de vivir, y a ti te falta aliento? ¡No volverás nunca...! ¡Nunca, nunca, nunca, nunca...! Por favor, soltadme este botón. –Gracias, señor– ¿Veis esto? ¡Miradla, mirad... Sus labios, mirad, mirad!

[Muere.]
EDGARDO.

Desfallece. ¡Señor! ¡Señor!

KENT.

¡Rómpete, corazón; rómpete, por piedad!

EDGARDO.

¡Alzad la vista, señor!

KENT.

No inquietéis su espíritu. ¡Dejadle partir! Mucho le odia el que pretenda tenerle por más tiempo tendido sobre el potro de esta áspera existencia.

EDGARDO.

Ha muerto ya... Ved.

KENT.

El prodigio es que haya soportado tanto. No hacía más que usurpar su vida.

DUQUE DE ALBANIA.

Llevadle de aquí. No nos cabe ahora otra cosa que llorar.
[A KENT y a EDGARDO] Amigos del alma, gobernad los dos conjuntamente, y sed el sostén del reino desangrado.

KENT.

He de emprender la gran jornada en breve, señor; mi amo junto a él me llama, y a su voz no puedo yo negarme.

DUQUE DE ALBANIA.

Rindámonos a la pesadumbre de tiempos tan aciagos. Digamos lo que sentimos, no lo que decir debiéramos. El más anciano fue quien padeció más. No veremos los jóvenes tanto como él vio, ni viviremos tanto.

[Vanse al son de una marcha fúnebre.]