Creía que el Rey tenía más afecto al Duque de Albania que al de Cornualles.
Así nos pareció siempre a nosotros, pero ahora, al repartir su reino, nadie advertirá a quién prefiere, pues las porciones son tan equilibradas, que la mayor suspicacia no sabría escoger entre una y otra.
[Señalando a EDMUNDO] ¿No es este vuestro hijo, señor?
A mi cargo tuve su crianza, y tantas veces me he sonrojado al reconocerle, que ya tengo curtido el rostro.
¡No puedo concebirlo...!
La madre de este mozo sí pudo, de donde se le originó cierta redondez en el vientre, y hallose, en verdad, señor, con un hijo en la cuna antes que con un marido en el lecho. ¿Sospecháis alguna falta?
No quisiera yo que hubierais dejado de cometer una falta que tan buen fruto ha producido.
Tengo también un hijo legítimo, algo mayor que este, pero no más querido. Aunque este bribón se entró por el mundo con cierto desenfado, sin que nadie le llamara, hay que confesar que su madre era muy bella, por lo que hubo grande holganza en su confección y el hideputa debió ser reconocido.
[A EDMUNDO] ¿Conoces tú a este caballero, Edmundo?
No, señor.
El Conde de Kent. Desde hoy tenle presente como un amigo por mí respetado.
A las órdenes de vuestra señoría.
Te ofrezco mi amistad, y quiero estrecharla con el trato.
Procuraré merecerla, señor.
Ha estado ausente durante nueve años y se irá pronto otra vez. El Rey llega.
Atended a los señores de Francia y de Borgoña, Glocester.
Tal haré, mi soberano.
Vamos ahora a expresaros nuestros más íntimos designios. Dadme aquel mapa.
[Le traen un mapa y lo despliegan ante él.]
Sabed que hemos dividido nuestro reino en tres partes, pues nuestra firme intención es descargar nuestra vejez de los desvelos y cuidados que la agobian, para confiarlos a más juveniles fuerzas, mientras Nos, así aliviados de tanto peso, nos arrastramos hacia el sepulcro. Nuestro hijo el de Cornualles y tú, no menos amado hijo, el de Albania: con firme propósito hemos decidido la pública donación de los respectivos dotes nuestras hijas, a fin de prevenir cualquier contienda en lo futuro. Los Príncipes de Francia y de Borgoña, estos grandes rivales en la conquista del corazón de nuestra hija menor, por largo tiempo hicieron en nuestra Corte amorosa estancia, y aquí están esperando la respuesta. Ahora decidme, hijas mías, puesto que ahora vamos a desprendernos de nuestra soberanía, a la vez que de las rentas de las tierras y el gobierno del Estado, ¿de cuál de vosotras podremos decir que más nos ama, a fin de que con mayor largueza llegue vuestra gracia allí donde más rivalice el mérito con el derecho de nacimiento? Gonerila, nuestra primogénita, habla tú la primera.
Señor, yo os amo más de lo que podría expresar con mis palabras; me sois más caro que la vista, el espacio y la libertad; os quiero por encima de lo más precioso, rico y raro; tanto como la vida con toda su gracia, su salud, su dignidad y belleza; como jamás un hijo amó a su padre; con amor al que es corto todo aliento, y pobre toda expresión; más allá de toda medida y comparación es mi cariño.
[Aparte]¿Qué hará Cordelia? Amar en silencio.
De cuanto encierran estos límites, desde esta línea a estotra, con sus selvas umbrías, fértiles campiñas, caudalosos ríos y dilatadas praderas, te hacemos la señora. Tuyo y de tu descendencia en el de Albania, sea esto para siempre. ¿Qué dice nuestra segunda hija, nuestra queridísima Regania, esposa del de Cornualles?
Yo, señor, del mismo metal estoy hecha que mi hermana, y en su valor me estimo. En el fondo de mi corazón hallé que sus palabras expresan la verdad misma de mi amor; pero aún fueron mezquinas, pues yo siento horror a todo otro goce que el más precioso don de vida puede ofrecer, y no me siento feliz sino en el cariño de vuestra amable alteza.
[Aparte]¡Pobre Cordelia! Mas no, pues yo sé que mi amor pesa más que mis palabras.
A ti y a tus herederos por siempre pertenezca este amplio tercio de mi hermoso reino, no menos vasto, rico y fértil que el conferido a Gonerila. Ahora tú, nuestra alegría, aunque la última, no la menor, cuyas primicias de amor con tanto empeño se disputan los viñedos de Francia y los pastos de Borgoña, ¿qué dirás para lograr más rica porción que tus hermanas. Habla.
Nada, señor.
¿Nada?
Nada.
De nada, nada puede salir. Habla otra vez.
Por mi desdicha, yo no sé asomar el corazón a la boca. Mi amor a vuestra majestad es el que debe ser, ni más ni menos.
¿Qué dices, Cordelia? Enmienda un poco tus palabras, no sea que malogres tu fortuna.
Mi buen señor, vos me habéis engendrado, me habéis criado y me habéis amado, y yo correspondo a cuanto os debo como es justo; os obedezco, os amo y os honro sobremanera. ¿Por qué tienen mis hermanas sus maridos si os amaban sobre toda otra cosa? Cuando, por ventura, yo me case, el dueño que reciba mi mano en prenda de mi fe, llevará con ella la mitad de mi corazón, la mitad de mis cuidados y deberes. Ciertamente, yo jamás me casaré como mis hermanas, para amar a mi padre sobre todo.
Pero ¿está tu corazón con lo que dices?
Sin duda, padre mío.
¡Tan joven y tan adusta!
Tan joven y tan veraz.
Bien está así; sea la verdad tu dote, pues, por los divinos rayos del sol, por los misterios de Hécate y de la noche, por todas las influencias de los astros bajo las cuales vivimos y morimos; desde ahora reniego de toda atención paternal para contigo. Rotos quedan los vínculos de la sangre, y como extraña a mi corazón y a mi persona te tengo a ti por siempre. El bárbaro escita, y el que despedaza a sus propios hijos para saciar con ellos su apetito, antes hallarán acogida, piedad y sosiego en mi regazo que tú, ¡la que un día fuiste mi hija!
¡Oh, mi buen soberano!
Silencio, Kent. No te interpongas entre el dragón y su furor. Ella era a quien más quería; a su dulce cariño esperaba confiar mi descanso en la vejez. –¡Lejos de aquí, y evita mi vista! – ¡No hallen reposo mis huesos en la tumba hasta que pueda arrancarla de mi corazón! Llamad al de Francia. ¿Nadie se mueve? Llamad al de Borgoña. Vosotros, el de Cornualles y el de Albania, colmad los dotes de mis dos hijas con este tercio. Cásese con ella el orgullo, al que llama sinceridad. Yo os doy la investidura de mi soberanía con todas las preeminencias y todos los grandes atributos que forman el séquito de la majestad. Con regular alternación, viviremos durante un mes con cada uno de vosotros, mediante reserva de cien nobles que debéis mantener a nuestro servicio. Solo el título real con todos sus honores retenemos. Vasallaje, tributos y gobierno, todo es vuestro, lo cual quiero confirmar partiendo entre los dos esta corona.
Lear augusto, a quien he siempre honrado como a un rey, amado como a un padre, obedecido como a un amo y hasta invocado como a un gran patrón en mis plegarias.
El arco está tendido, evita su dardo.
Podéis dispararlo, aunque penetre su punta en mi corazón. Falte Kent al respeto cuando a Lear le falta el juicio. ¿Qué estás haciendo, anciano? ¿Piensas que el deber tendrá miedo de hablar, cuando el poderoso se rinde a la lisonja? El honor obliga a la franqueza cuando la majestad desvaría. Revoca tu juicio y enmienda con mayor reflexión tu odiosa insensatez. Con mi vida te respondo de mi acierto. Tu hija menor no es la que menos te ama, pues no están vacíos aquellos pechos cuyos débiles latidos no retumban huecamente.
¡Kent, basta ya, por tu vida!
¡Mi vida! Pronto estuve siempre a jugármela contra tus enemigos, y no temí nunca perderla, tratándose de tu salud.
¡Lejos de mi vista!
No, antes mírame, bien, Lear, con tus propios ojos, y deja que siga siendo el blanco de sus dardos.
¡Por Apolo...!
¡Por Apolo! Rey, no jures en vano por los dioses.
¡Oh, vasallo perjuro!
¡Teneos, señor!
¡Sí, hiere! Mata a tu médico, y luego, invierte su paga en curarte de tu torpe achaque. Revoca tu juicio, o mientras quede un aliento en mi garganta, será para gritarte que haces mal.
Escucha, renegado; por ley de vasallaje has de escucharme. Puesto que has intentado hacerme quebrantar mi juramento (cosa a la cual yo nunca me atreviera), y puesto que con violenta arrogancia pretendes imponerte entre mi sentencia y mi poder (lo cual ni mi carácter ni mi estado permiten tolerar), ahora voy a probarte mi potencia. Toma tu recompensa. Cinco días te otorgo para proveerte de los medios de protección contra las inclemencias de este mundo. Al sexto día volverás tu execrable espalda a nuestro reino. Y si al décimo día tu proscrito cuerpo es hallado en mis dominios, aquel será el momento de tu muerte. ¡Lejos de aquí! ¡Por Júpiter! No será revocada esta sentencia.
Queda con Dios, Rey; puesto que así pretendes parecer, lejos de aquí está la libertad, aquí el destierro.
[A CORDELIA] Tómente los dioses bajo tu su dulce amparo, doncella, que tan bien piensas y tan bien hablaste.
[A GONERILA y a REGANIA] Y que vuestros profusos discursos sean confirmados por vuestras obras, a fin de que buenas acciones puedan florecer de amorosas palabras. De esta suerte, ¡oh, Príncipes!, se despide Kent de todos vosotros. A nuevas tierras llevará sus viejos hábitos.
Ved aquí al de Francia y al de Borgoña, mi noble señor.
Señor de Borgoña, a vos primero nos dirigimos, que sois rival de este Rey por amor a nuestra hija. ¿Qué pediríais cuando menos, por su dote, caso de no renunciar a vuestras pretensiones?
Soberana majestad, yo solo pido lo que ofrecisteis; ni vuestro amor otorgaría menos.
Muy noble de Borgoña, tan alto la tasábamos cuando la queríamos. Mas ahora ha desmerecido. Señor, vedla aquí. Si algo de su propio valor poco aparente, o su valor entero, con nuestra aversión por toda gracia, puede contentar a vuestra alteza, ahí la tenéis, tomadla.
No acierto a responderos.
Tal como la veis, con las flaquezas que son su patrimonio, sin amigos, recién adoptada por mi odio, con mi maldición por dote, y repudiada por mi juramento, ¿vais a aceptarla o renunciáis a ella?
Perdonadme, real señor, de ese modo la elección es imposible.
Dejadla entonces, señor, pues, por el poder celestial que me dio vida, ya os dije todo su valor.
[Al REY DE FRANCIA] En cuanto a vos, Rey poderoso, no quisiera malograr el amor que os tengo al uniros con lo que odio. Por tanto, yo os suplico busquéis a vuestro amor más digno objeto que esa miserable, que la misma naturaleza se avergüenza de tener por suya.
¡Mucho me extraña! La que fue hasta ahora vuestra predilecta, asunto de vuestras alabanzas, bálsamo de vuestra vejez, la mejor, la más querida, ¿cómo ha podido, en tan breve tiempo, cometer tan monstruosa acción para desvanecer tal colmo de favores? Preciso es que su falta sea de una enorme monstruosidad, o vuestra manifiesta afección de antes era solo aparente, pues tal cosa creer de ella, es fe que mi razón no admite, si no viene algún prodigio a convencerme.
Yo suplico a vuestra majestad –puesto que desconozco el arte del untuoso estilo para prometer lo que no he de cumplir, cuando, muy al contrario, lo que bien me propongo sé cumplir sin decirlo–, que hagáis saber no ha sido viciosa inclinación, ni homicidio, ni liviandad, ni acto deshonesto, ni paso deshonroso, lo que me priva de vuestro favor y vuestras gracias, sino la sola carencia (que ciertamente me enriquece) de un mirar solícito y un habla tal que felizmente me falta, aunque su falta me ha hecho perder vuestro cariño.
¡Más valdría que nunca hubieras tú nacido, si no habías de quererme mejor!
¿Y eso es todo? Cortedad natural que con frecuencia suspende en el mejor punto el relato de su buen propósito. Señor de Borgoña, ¿qué diréis a esta dama? No es amor el amor, cuando se mezcla con intereses que escapan a lo que es su esencia. ¿La queréis por esposa? Ella misma es todo un dote.
Rey Lear, dadle lo que le teníais prometido y aquí tomo a Cordelia por la mano como Duquesa de Borgoña.
Nada tendrá. Lo he jurado y lo mantengo.
[A CORDELIA] Deploro entonces que, así como habéis perdido un padre, debáis perder un esposo.
¡Vaya en paz el de Borgoña! Puesto que ansias de fortuna son su amor, no seré yo su esposa.
¡Hermosa Cordelia, más enriquecida cuando te empobrecen, más ensalzada cuando te abandonan y más amada cuando te desprecian! Yo te recojo con tus virtudes. Séame lícito tomar lo que otros arrojaron. ¡Oh, dioses! ¿No es extraño que esta frialdad y este desprecio enciendan en mi pecho ardiente amor?
[Al REY] Tu hija desheredada, oh, Rey, la que al azar me echaste, será mi Reina y de los míos y de mi hermosa Francia. Todos los Duques de mi húmeda Borgoña no podrían comprar esta inapreciable virgen tan despreciada.
[A CORDELIA] Diles adiós, Cordelia, aunque fueron crueles. Si algo aquí has perdido, allí mucho más ganarás.
¿Tú la quieres, Rey de Francia? Tuya sea. No tenemos tal hija, ni nuestros ojos han de volver a ver su rostro. Así, pues, partid sin nuestra gracia, sin nuestro cariño, sin nuestra bendición. Venid, noble Borgoña.
Despídete de tus hermanas.
¡Oh, joyas de nuestro padre, con lágrimas en los ojos, Cordelia os deja! Bien os conozco, pero soy vuestra hermana y me repugna llamar por su nombre a vuestras faltas. Cuidad bien a nuestro padre. A vuestros declarados sentimientos le confío. Pero, ¡ay de mí!, si me hallara yo en su gracia, mejor sitio le deseara. Adiós, hermanas.
No tienes que prescribir nuestros deberes.
Aprende antes cómo agradar al esposo que te acogió como quien limosna a un pordiosero. Faltaste a la obediencia, y bien mereces perder lo que has perdido.
El tiempo descubrirá lo que oculta la embozada astucia. Quien faltas encubre, viene un día que la vergüenza le descubre. Sea próspera vuestra suerte.
Vamos, mi hermosa Cordelia.
Hermana, no es poco lo que tengo que decirte de lo que tanto a las dos nos interesa. Según creo, nuestro padre partirá esta noche.
A buen seguro, irá con vosotros; con nosotros vendrá el mes siguiente.
Ya has visto a qué grandes mudanzas de humor le han traído los años. Bien hemos podido advertirlo. Nuestra hermana fue siempre su preferida, y es harto manifiesta la insensatez con que ahora la aborrece.
¡Chocheces de viejo! Verdad es que él nunca se ha conocido más que a medias.
Aun en lo mejor de su vida fue siempre violento. Dispongámonos ahora a sufrir de su vejez, no tan solo las imperfecciones profundamente arraigadas por el hábito, sino las caprichosas destemplanzas que la edad caduca trae consigo.
Estaremos sujetas a la inconstancia de sus impulsos, como en el destierro de Kent hemos visto.
Habrá más ceremonias con motivo de su despedida al Rey de Francia. Te ruego que nos pongamos de acuerdo. Si nuestro padre trae poder consigo, en la disposición en que se encuentra, su donación habrá sido en nuestro daño.
Hemos de pensar en ello con más cuidado.
Algo hemos de hacer, pero en caliente.