Entran BRUTO y CASIO y un grupo de ciudadanos. ]
Queremos satisfacernos! ¡Que se nos satisfaga...!
Pues bien: seguidme y escuchadme, amigos. Casio, id á la otra calle, y quede dividido el auditorio. Permanezcan aquí los que desean oirme, y acompañen á Casio los que quieran seguirle; y se darán públicamente las razones de la muerte de César.
Quiero oir hablar á Bruto.
Quiero oir á Casio, y comparar sus razones cuando hayamos oído á uno y otro. (Sale Casio con algunos ciudadanos. Bruto va al rostrum.)
El noble Bruto ha subido. ¡Silencio!
¡Tened paciencia hasta el fin, romanos, compatriotas y amigos! Escuchadme en mi causa, y guardad silencio para que podáis escuchar; creedme por mi honor, y respetad mi honor para que creáis: censuradme en vuestra sensatez, y despertad vuestros sentidos para juzgar mejor. Si hubiere en esta asamblea algún caro amigo de César, á él me dirijo para decirle que él no amaba á César más que Bruto. Y si ese amigo pregunta por qué se levantó Bruto contra César, he aquí mi respuesta: no porque amara menos á César, sino porque amaba más á Roma. ¿Querríais mas bien que viviera César y morir esclavos todos, que ver morir á César y vivir todos como hombres libres?—Puesto que César me amaba, le lloro; de que fué afortunado me regocijo; como á valiente le honro; pero como á ambicioso le maté. Hay lágrimas para su afecto, alegría para su fortuna, honra para su valor, y muerte para su ambición. ¿Quién hay aquí tan bajo que quisiera ser siervo? Si le hay, que hable; pues á ése he ofendido. ¡Quién hay aquí tan embrutecido que no quisiera ser romano? Si le hay, que hable; pues á ése he ofendido también. ¿Quién hay aquí tan vil que no ame á su patria? Si le hay, que hable; pues también le he ofendido. Me detengo para esperar respuesta.
(Hablan muchos á un tiempo.) Ninguno, Bruto, ninguno.
Entonces á ninguno he ofendido. No he hecho á César sino lo que haríais á Bruto. La cuestión de su muerte está inscrita en el Capitolio: no disminuída su gloria en cuanto era digno de ella, ni exageradas las ofensas por las cuales sufrió la muerte. (Entran Antonio y otros con el cuerpo de César.)—Aquí viene su cadáver escoltado por Marco Antonio. Ninguna parte tuvo éste en su muerte, y, sin embargo, goza del beneficio de ella, ocupando un puesto en la comunidad. ¿Y cuál de vosotros no lo obtendrá también? Y me despido protestando que si sólo por el bien de Roma maté al hombre á quien más amaba, tengo la misma arma para mí propio cuando la patria necesite mi muerte.
¡Viva Bruto! ¡Viva, viva!
Llevémosle en triunfo hasta su casa.
Erigidle una estatua junto á las de sus antepasados.
Hagámosle César.
Y lo que había de mejor en César será ahora coronado en Bruto.
Le llevaremos á su casa con vítores y aclamaciones.
Compatriotas míos...
¡Orden! ¡Silencio! Bruto habla.
Mis buenos compatriotas, dejadme partir solo, y por merced á mí quedaos aquí con Antonio. Haced honor al cuerpo de César, y á la oración de Antonio encaminada á la gloria de César. Hácela con nuestro beneplácito y le hemos dado permiso para pronunciarla. Os ruego que ningún hombre se ausente, excepto yo, hasta que Antonio haya hablado.
Quedémonos para oir á Marco Antonio.
Que suba á la tribuna pública y le oiremos. Noble Antonio, subid.
Por consideración á Bruto, me véis en presencia vuestra.
Lo mejor sería que no hablase aquí mal de Bruto.
Este César era un tirano.
No hay duda de ello. Es una bendición para nosotros que Roma se haya librado de él.
¡Silencio! Oigamos lo que puede decir Antonio.
Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención. Vengo á sepultar á César, no á ensalzarlo. El mal que los hombres hacen les sobrevive: el bien es á menudo enterrado con sus huesos. Sea también así con César. El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si tal ha sido, su falta fué muy grave, y la habrá pagado terriblemente. Ahora, con permiso de Bruto y los demás (porque Bruto es un hombre honorable, y honorables son todos ellos, todos) vengo á hablar en el funeral de César.—Amigo mío era, leal y justo para mí; pero Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honorable. Muchos cautivos trajo á Roma, y con sus rescates llenó las arcas públicas. ¿Pareció esto ambicioso en César? Las lágrimas de los pobres hacían llorar á César, y la ambición debería ser de índole más dura. Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso; y Bruto es un hombre honorable. Todos habéis visto cómo en la fiesta Lupercalia le presenté tres veces una corona real y cómo la rehusó tres veces. ¿Era esto ambición? Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso, y por cierto que él es un hombre honorable. No hablo para reprobar lo que habló Bruto; pero estoy aquí para decir lo que sé. Todos le amasteis un día y no fué sin motivo. ¿Qué causa os retiene, pues, para no llevar luto por él? ¡Oh discernimiento! Has ido á albergarte en los animales inferiores y los hombres han perdido la razón! Toleradme; porque mi corazón está allí en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que vuelva á mí.
Parece que hay mucho de verdad en lo que dice.
Bien pensado, se ha hecho grande injusticia á César.
¿En verdad, señores? Pues temo que en lugar suyo venga alguno peor.
¿Te has fijado en sus palabras? No quiso tomar la corona. Luego de seguro que no era ambicioso.
Si resulta así, alguien lo ha de pagar bien caro!
¡Pobre hombre! Tiene enrojecidos los ojos de llorar.
No hay en Roma hombre más noble que Antonio.
Observémosle ahora. Vuelve á hablar.
Sólo ayer, la palabra de César habría hecho frente al mundo todo: y hedle allí que yace ahora sin que haya uno solo bastante humilde para rendirle homenaje. ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto á conmover vuestros corazones y vuestra mente y arrastrarlos á la cólera y al tumulto, haría injusticia á Bruto é injusticia á Casio; y todos sabéis bien que son hombres honorables. No quiero ser injusto para con ellos. Prefiero serlo para con el muerto, para conmigo mismo y para con vosotros, antes que para con hombres tan honorables.—Pero tengo aquí un pergamino con el sello de César. Lo encontré en su retrete y es su testamento.—Permitid que oigan su última voluntad los ciudadanos (si bien, con vuestro permiso, no me propongo leerlo), é irán á besar las heridas de César muerto, y mojarán sus telas en su sagrada sangre; sí; y mendigarán uno solo de sus cabellos como memoria, y al morir lo mencionarán en sus testamentos como rico legado á sus sucesores.
Queremos oir el testamento. Leedlo, Marco Antonio.
¡El testamento! ¡El testamento! ¡Queremos oir el testamento!
Tened paciencia, benévolos amigos; no debo leerlo. No es oportuno que sepáis á qué punto os amó César. No sois leños, no sois piedras; sois hombres, y como hombres, al oir el testamento de César, os sentiríais inflamados, exasperados por la indignación.—No es bien haceros saber que sois sus herederos; pues á saberlo ¿qué no podría resultar?
Leed el testamento. Queremos oirlo, Antonio. Habéis de leernos el testamento, el testamento de César.
¡El testamento! ¡El testamento!
¿Queréis tener paciencia? ¿Permaneceréis tranquilos un rato? Me he dejado llevar más allá de mi intento, al deciros eso. Temo hacer mal á los hombres honorables cuyos puñales hirieron á César. Lo temo.
¡Eran traidores! ¡Hombres honorables!
¡El testamento! ¡La última voluntad!
¿Queréis forzarme, pues, á leer el testamento? Rodead entonces el cadáver y dejadme mostraros á aquel que hizo el testamento.—¿Me daréis permiso para bajar?
¡Bajad!
¡Descended!
Tenéis el permiso.
Hagamos rueda. Poneos alrededor.
Apartaos un tanto del cadáver y del féretro.
Haced lugar para Antonio, para el muy noble Antonio.
No os agolpéis tanto sobre mí. Teneos á distancia.
¡Atrás! ¡Haced sitio! ¡Retroceded!
Si tenéis lágrimas, preparaos á verterlas. Todos conocéis este manto. Recuerdo cuando César lo llevó por primera vez. Era una tarde de verano, en su tienda. Ese día venció á los Nervos. Ved: por aquí penetró el puñal de Casio. Mirad qué rasgadura hizo el envidioso Casca. Por esta otra hirió Bruto el bien amado. Y observad cómo al retirar su maldito acero, la sangre de César parece haberse lanzado en pos de éste, como para cerciorarse de si era Bruto en verdad quien le había abierto tan odiosamente la puerta. Porque Bruto, bien lo sabéis, era el ángel de César. ¡Juzgad, oh dioses, qué entrañablemente le amaba César! Esa fué la más cruel herida de todas. Porque cuando el noble César vió que él también le hería, la ingratitud más fuerte que los brazos de los traidores, lo abrumó completamente. Y estalló entonces su poderoso corazón; y envolviendo su rostro con el manto, cayó el gran César en la base de la estatua de Pompeyo, inundada de sangre. ¡Oh, qué caída, compatriotas! Allí, vosotros y yo caímos, y la traición sangrienta triunfó sobre nuestras cabezas. ¡Oh! Ahora lloráis: veo que la piedad os mueve, y esas lágrimas son bondadosas. Pero ¡qué! ¡Lloráis almas benévolas, cuando véis solamente la desgarrada vestidura de César! Mirad aquí, aquí está él mismo, acribillado por los traidores.
¡Qué triste espectáculo!
¡Oh noble César!
¡Oh desgraciado día!
¡Oh traidores! ¡Villanos!
¡Oh sangriento cuadro!
Seremos vengados: ¡Venganza! Buscad, registrad, incendiad, matad. ¡Que no quede un traidor vivo!
Quedaos, compatriotas.
Guardad silencio. Oigamos al noble Antonio.
Ciudadano 2.°—Le oiremos, y le seguiremos, y moriremos con él.
Buenos amigos, caros amigos, no anhelo agitaros con semejante irrupción de tumulto. Aquellos que han consumado ese hecho son honorables. Qué secretos agravios tenían para hacer esto ¡ay! no lo sé. Ellos son discretos y honorables, y, sin duda, os responderán con razones. No vengo, amigos, á seducir vuestros corazones. Yo no soy orador, como Bruto; y todos me conocéis como un hombre sencillo y rudo que amaba á su amigo. Y bien lo sabían los que me dieron públicamente permiso para hablar de él; porque no tengo el talento, ni la elocuencia, ni la valía, ni la acción, ni la fuerza de la palabra, para sublevar la sangre de los hombres.—Hablo sin rodeos, y sólo os digo aquello que todos sabéis: os muestro las heridas del afectuoso César, estas pobres, pobres bocas mudas, y les pido que hablen por mí. Que si yo fuera Bruto, y Bruto fuera Antonio, habría un Antonio que sublevaría vuestros ánimos y pondría una lengua en cada herida de César capaz de hacer moverse y amotinarse hasta las piedras de Roma.
¡Nos levantaremos!
¡Quemaremos la casa de Bruto!
¡Pues vamos! Busquemos á los conspiradores.
Oídme aún, compatriotas: oídme unas palabras más.
¡Silencio! Oíd á Antonio, al muy noble Antonio.
Pero, amigos, os lanzáis á hacer no sabéis qué. ¿Qué ha hecho César para merecer así vuestros afectos? ¡Ay! No sabéis aún, debo decíroslo, habéis olvidado el testamento de que os hablé.
Muy cierto. El testamento. Quedémonos á oir el testamento.
Hedlo aquí, y bajo el sello de César. Da á cada ciudadano romano, á cada un hombre, setenta y cinco dracmas.
¡Qué noble César! Vengaremos su muerte!
¡Qué regio César!
Escuchadme con paciencia.
¡Silencio! ¡Silencio!
Os ha dejado además todos sus paseos, sus parques particulares, y sus huertos recién plantados, en este lado del Tíber; los ha dejado á perpetuidad para vosotros y vuestros herederos, como parques públicos, para pasearos y solazaros en ellos.—Hed ahí lo que ha sido César. ¿Cuándo vendrá uno que se le parezca?
Nunca, jamás. Salgamos, salgamos; quememos sus restos en el lugar sagrado, y con los tizones incendiemos las casas de los traidores! Levantemos el cuerpo.
Id á traer fuego.
Derribad los bancos.
Derribad las molduras, las ventanas, lo que sea. (Salen los ciudadanos con el cuerpo.)
Y ahora, siga adelante la obra.—Ya estás en marcha ¡oh revuelta! Toma el camino que quieras.—¿Qué hay ahora, mozo? (Entra un criado.)
Señor. Octavio ha llegado ya á Roma.
¿Y en dónde está?
Él y Lépido están en casa de César.
Y allí voy inmediatamente á visitarlo. Viene como traído al intento. La fortuna está alegre, y en su buen humor nos dará no importa qué.
Les oí decir que Bruto y Casio escapan como locos furiosos fuera de las puertas de Roma.
Es probable que tuviesen alguna noticia del pueblo y de cómo yo lo había movido.—Condúceme donde Octavio.