ACTO III.

ESCENA II.

[ El bosque.
Entra ORLANDO , con un papel. ]
ORLANDO.

Quedad aquí, versos míos, en testimonio de mi amor. Y tú, reina de la noche coronada de triple diadema, observa con tu casta mirada desde tu pálida y alta esfera el nombre de tu cazadora, que domina toda mi existencia.—Estos árboles ¡oh Rosalinda! serán mis libros, y grabaré mis pensamientos en su corteza, para que tus virtudes sean contempladas por todas partes por cuantos seres hay en este bosque.—Corre, corre, Orlando, y graba en cada árbol el nombre de la bella, la casta, la imponderable. (Sale.—Entran Corino y Piedra-de-toque.)

CORINO.

¿Y cómo os place esta vida de pastor, señor Piedra-de-toque?

PIEDRA.

Á la verdad, pastor, que considerada en sí misma es una vida buena, pero como vida de pastor no vale nada. Me gusta bastante porque es solitaria; pero siendo tan retraída, es una vida muy despreciable. Agrádame también por lo que tiene de campestre, pero me fastidia el que no sea en la corte. Y notad que cuadra bien á mi temperamento, porque es una vida económica; pero como no ofrece mucha abundancia, mi estómago no se aviene con ella. Pastor: ¿tienes algo de filósofo?

CORINO.

No más que lo suficiente para comprender que cuanto más enfermo está uno, peor se siente; que faltan tres buenos amigos á quien no tiene dinero, medios y satisfacción; que la lluvia moja y el fuego quema; que el buen pasto engorda al rebaño; y que entra por mucho el que no haya sol para que sea de noche; y que quien no adquirió ingenio por la naturaleza ó por el arte, puede quejarse ó de su educación ó de su mala estirpe.

PIEDRA.

Un hombre así es un filósofo natural. ¿Has estado alguna vez en la corte, pastor?

CORINO.

No, por cierto.

PIEDRA.

Pues entonces estás condenado.

CORINO.

Espero que no.

PIEDRA.

Condenado, en verdad. Te tostarán por un lado como huevo mal frito.

CORINO.

¿Por no haber estado en la corte? ¿Y por qué?

PIEDRA.

Es claro. No habiendo estado en la corte nunca has visto buenos modales; y no habiendo visto buenos modales, los tuyos tienen que ser muy malos; y lo malo es un pecado y el pecado se condena. En mal trance te veo, pastor.

CORINO.

Nada de eso, Piedra-de-toque. Tan ridículos son en el campo los buenos modales de la corte, como risibles en la corte las maneras del campo. Me habéis dicho que en la corte no saludáis sino que besáis las manos. Tal cortesía no fuera decente, si los cortesanos fuesen pastores.

PIEDRA.

Un ejemplo, pronto; vamos, un ejemplo.

CORINO.

Continuamente manoseamos nuestras ovejas, y sabéis que sus vellones son grasientos.

PIEDRA.

¡Pues qué! ¿No sudan las manos de los cortesanos? ¿Y no es tan saludable la grasa de un carnero como el sudor de un hombre? La razón que alegas es fútil. Dame un ejemplo mejor. Vamos á ello.

CORINO.

Además, nuestras manos son ásperas.

PIEDRA.

Así las sentirán más pronto vuestros labios. Otra futileza. ¡Ea! Veamos mejor ejemplo.

CORINO.

Y á menudo tenemos las manos embreadas con los remedios que aplicamos á nuestros rebaños. ¿Os gustaría besar brea? Las manos de los cortesanos están perfumadas con algalia.

PIEDRA.

¡Oh hombre insustancial! Eres comida de gusanos comparada con un buen pedazo de carne fresca.—Aprende de los sensatos y reflexiona. La algalia es de más baja estirpe que la brea: es una asquerosa secreción de un gato.—Vamos: mejora el ejemplo, pastor.

CORINO.

Tenéis, como cortesano, demasiado ingenio para mí.—Me callaré.

PIEDRA.

¿Quieres condenarte, pues? Dios te valga, hombre superficial! Dios te abra la mollera, porque no sabes nada.

CORINO.

Señor, soy un honrado labrador, que gano lo que como y lo que visto; que no aborrezco á nadie ni envidio la dicha de ningún hombre; que me alegro del bien de los demás y me resigno á mi propio daño; y mi mayor orgullo se reduce á ver pastar mis ovejas y amamantar mis corderos.

PIEDRA.

He ahí otro pecado de ignorancia en que caéis: juntar moruecos y ovejas, prometiéndoos ganar la vida por la cópula del ganado: servir de tercero á un carnero-guía, y sacrificar una ovejita de año entregándola á un morueco viejo, de patas torcidas, y de todos modos cornudo, faltando en ello á toda equidad y proporción. Si no te condenas por esto, á fe que no querrá coger nunca pastores el diablo. No veo por cuál otro motivo escaparías.

CORINO.

Aquí viene el joven señor Ganimedes, el hermano de mi nueva ama.

Rosalinda.—No hay desde Oriente á Poniente joya como Rosalinda. Do quiera lleva el ambiente la fama de Rosalinda. El cuadro más refulgente negro es junto á Rosalinda. Ni recuerde faz la mente sino la de Rosalinda.
(Entra Rosalinda, leyendo un papel.)
PIEDRA.

Pues yo os haré rimas por el estilo ocho años seguidos, exceptuando solamente las horas de almorzar, comer y dormir.

ROSALINDA.

¡Calla, loco!

PIEDRA.

Va de muestra:

Si falta al ciervo una cierva venga y busque á Rosalinda. ¿Su especie el gato conserva? Lo mismo hará Rosalinda. El forro el calor conserva: otro tanto Rosalinda. Quien siega ha de atar la yerba, y al carro con Rosalinda. Como en nuez dulce, se observa corteza agria en Rosalinda. La rosa de amor enerva y punza, cual Rosalinda.

Este es el fastidioso martilleo de los versos. ¿Por qué os contagiáis con él?

ROSALINDA.

¡Silencio, tonto! Los encontré en un árbol.

PIEDRA.

Á fe mía que da mal fruto.

ROSALINDA.

Pues lo ingertaré contigo, que será ingertarlo con un níspero, y así será el fruto más temprano del país; porque os habréis podrido antes de estar medio maduro, que es la condición propia del níspero.

PIEDRA.

Eso decís; pero si cuerdamente ó no, que lo decida el bosque. (Entra Celia, leyendo un papel.)

ROSALINDA.

Guardad silencio y haceos á un lado, que aquí viene mi hermana leyendo.

Celia.—¿Y habrá silencio en el desierto bosque porque nadie lo habita? No: que á cada árbol prestaré una lengua que bellas cosas diga. Una dirá cuán presto cruza el hombre la senda de la vida, de cuyo espacio el hueco de la mano encierra la medida. Y otra los olvidados juramentos de dos almas amigas. En las más bellas ramas y al extremo de las mejores líneas, grabaré embelleciendo mis sentencias un nombre: Rosalinda. Y cuantos lean notarán que el cielo quiso mostrar un día juntas en breve espacio, sus más bellas y nobles maravillas. Á la naturaleza dió el encargo de un cuerpo en que se anidan todas las gracias juntas y aumentadas; por eso ella combina la hermosa faz, no el corazón, de Helena: la majestad altiva de Clëopatra, el alma de Atalantoa, de Lucrecia la esquiva modestia; y con mil prendas quiso el cielo juntar en Rosalinda de corazones, rostros y miradas la suprema valía. Tan bellos dones quiso dar el cielo á su obra favorita para que siendo yo su esclavo siempre rinda á sus piés mi vida.
ROSALINDA.

¡Oh Dios de misericordia! ¡Y qué fastidiosa homilia de amor habéis hecho pesar sobre vuestros feligreses, sin daros la pena de decir siquiera: «¡Tened paciencia, buenas gentes!»

CELIA.

¿Qué es esto? ¡Atrás, amigos! Pastor, retírate un poco: y tú, vete con él, bellaco.

PIEDRA.

Ven, pastor. Pongámonos en honrosa retirada, si no con carros y bagajes, al menos con zurrón y cayado. (Salen Corino y Piedra-de-toque.)

CELIA.

¿Oiste esos versos?

ROSALINDA.

Sí: todos ellos y aun más; porque algunos tenían más piés que los que el verso admite.

CELIA.

Eso no importa: los versos podrán así caminar por sus piés.

ROSALINDA.

Bien; pero como eran piés quebrados, el verso no podía caminar con ellos, y por esto los piés hacían que los versos anduviesen cojeando.

CELIA.

¿Pero no te ha admirado el oir que tu nombre estuviese suspendido y grabado en estos árboles?

ROSALINDA.

Hacía ya una eternidad que me había pasado el asombro cuando vinisteis; porque, ved lo que encontré en el tronco de una palmera. Jamás había sido yo tan asendereada en versos, desde los días de Pitágoras, en que fuí una rata irlandesa, cosa que ya casi se me había escapado de la memoria.

CELIA.

¿Adivinas quién lo ha hecho?

ROSALINDA.

¿Un hombre?

CELIA.

Y que lleva en el cuello una cadena que fué tuya. ¡Cómo! ¿Cambiáis de color?

ROSALINDA.

¿Quién? Te lo suplico.

CELIA.

¡Válgame Dios! No es cosa tan fácil que dos amigos se encuentren; pero hasta las montañas si las traslada un terremoto, se encuentran.

ROSALINDA.

Pero ¿él? ¿Quién es él?

CELIA.

¿Es posible?

ROSALINDA.

Te vuelvo á rogar y más encarecidamente aún, que me digas quién es.

CELIA.

¡Asombroso, asombroso! Asombro de los asombros! ¡Y otra vez aún, prodigioso sobre toda ponderación!

ROSALINDA.

¡Por mi estampa! ¿Te imaginas que porque llevo un traje de hombre, tengo el alma vestida de pantalón y chaqueta? Un minuto más de demora, es todo un viaje al rededor del mundo. Ruégote decir ¿quién es? Pronto y habla aprisa. Desearía que tartamudeases, á ver si así echabas por la boca á este misterioso hombre, como el vino por el angosto cuello de la botella. Ó demasiado, ó nada. Te suplico que quites el corcho á tu boca para beber yo las nuevas.

CELIA.

Así podrías engullirte un hombre.

ROSALINDA.

¿Es hechura de Dios? ¿Qué especie de hombre? ¿Vale la pena su cabeza de que lleve sombrero? ¿Tiene cara como para barbas?

CELIA.

De barbas, pocas tiene.

ROSALINDA.

Pues Dios le enviará más, si él es agradecido. Déjame conocer su cara, y yo dejaré que le crezcan las barbas.

CELIA.

Es el joven Orlando; el que hizo dar á un mismo tiempo aquella voltereta al luchador Carlos y á tu corazón.

ROSALINDA.

¡Da al diablo las bromas! Habla seriamente y á fe de doncella de buena ley.

CELIA.

Pues á fe de tal, prima, que es él.

ROSALINDA.

¿Orlando?

CELIA.

Orlando.

ROSALINDA.

¡Desdichado día! ¿Qué voy á hacer ahora con mi justillo y mis bragas? ¿Qué hizo cuando le viste? ¿Qué dijo? ¿Qué aspecto tenía?¿Qué hace aquí? ¿Preguntó por mí? ¿Adónde vive? ¿Cómo se despidió de ti? ¿Y cuándo volverás á verle? Respóndeme en una palabra.

CELIA.

Primero, consigue prestada para mí la boca de Gargantua. La palabra que pides no cabría en ninguna boca de las que se ven en nuestro tiempo. Decir sí y no á todos esos detalles, sería más que responder al Catecismo.

ROSALINDA.

Pero ¿sabe él que estoy en este bosque y en traje de hombre? ¿Parece tan lozano como el día de la lucha?

CELIA.

Satisfacer las preguntas de los amantes, es tan fácil como contar los átomos. Consuélate con saber que le he encontrado, y saborea esta buena observación. Lo hallé en tierra al pié de un árbol, como una bellota caída.

ROSALINDA.

Árbol que deja caer tal fruto no puede ser sino el árbol de Jove.

CELIA.

Concededme audiencia, mi buena señora.

ROSALINDA.

Continúa.

CELIA.

Estaba acostado cuan largo es, como un caballero herido.

ROSALINDA.

Aunque es lástima ver semejante cuadro, debía venir bien á la decoración.

CELIA.

Ataja tu lengua, por Dios. Se pone á saltar fuera de tiempo. Vestía de cazador.

ROSALINDA.

¡Siniestro presagio! Viene á traspasar mi corazón.

CELIA.

Quisiera entonar la canción sin tropiezo; pero me haces desafinar.

ROSALINDA.

¿No sabes que soy mujer? Cuando pienso, tengo de hablar. Sigue, querida mía, sigue.

(Entran Orlando y Duque.)
CELIA.

Me sacáis de mis casillas. ¡Calla! ¿no es él quien viene?

ROSALINDA.

El es. Escóndete y obsérvalo.

(Celia y Rosalinda se retiran.)
JAQUES.

Gracias por vuestra compañía; pero en verdad me habría sido lo mismo estar solo.

ORLANDO.

Lo mismo que á mi. Sin embargo, por cumplir con la moda, os doy también las gracias por vuestra sociedad.

JAQUES.

Id con Dios. Procuremos encontrarnos lo menos posible.

ORLANDO.

Prefiero que seamos enteramente extraños cada uno para el otro.

JAQUES.

Y os ruego que no echéis á perder los árboles escribiendo canciones amorosas en su corteza.

ORLANDO.

Y os ruego que no echéis á perder mis versos leyéndolos con tan poca gracia.

JAQUES.

¿Es Rosalinda el nombre de vuestra amada?

ORLANDO.

Precisamente.

JAQUES.

No me gusta su nombre.

ORLANDO.

Sin duda no la bautizaron así para daros gusto.

JAQUES.

¿Qué estatura tiene?

ORLANDO.

La que llega hasta mi corazón.

JAQUES.

Siempre tenéis bonitas respuestas. ¿No habéis tenido amistad con esposas de joyeros, y habéis aprendido esas respuestas en las inscripciones de las sortijas?

ORLANDO.

Nada de eso. Os respondo como las telas pintadas, en las cuales habéis estudiado las preguntas.

JAQUES.

Tenéis el ingenio muy vivo. Parece que le hubieran sacado de los piés de Atalante. ¿Queréis que nos sentemos juntos? Echaremos pestes contra nuestras amadas, el mundo y todas nuestras desdichas.

ORLANDO.

No murmuraré de alma viviente en el mundo, sino de mí mismo, que es en quien más defectos advierto.

JAQUES.

El peor que tenéis es estar enamorado.

ORLANDO.

Pues no cambiaría tal defecto por la mejor de vuestras virtudes. Ya me habéis cansado.

JAQUES.

Á fe mía que andaba en busca de un necio cuando dí con vos.

ORLANDO.

Se había ahogado en el arroyo. Si os asomáis al agua le veréis la cara.

JAQUES.

Allí no veré sino la mía.

ORLANDO.

Pues tengo para mí que si es cara de algo es la de un tonto.

JAQUES.

No gastaré más palabras con vos. ¡Adios, señor don Cupido!

ORLANDO.

Gracias á Dios que os váis. Adios, señor don Quejumbres.

(Sale Jaques.—Celia y Rosalinda se adelantan.)
ROSALINDA.

Le hablaré como un paje impertinente, y así disfrazada le haré alguna travesura. ¿Oís?

CELIA.

Bien ¿qué queréis?

ROSALINDA.

¿Qué hora ha dado?

ORLANDO.

Deberíais preguntar qué hora es, no qué hora ha sonado. No hay reloj en el bosque.

ROSALINDA.

Es decir que no hay en el bosque ningún verdadero enamorado; porque á razón de suspiro por minuto y de gemido por hora, podría contar tan bien como un reloj el paso tardío del tiempo.

ORLANDO.

¿Y no sería más propio decir el paso veloz del tiempo?

ROSALINDA.

De ningún modo, señor. El tiempo camina con diferente paso para diferentes personas. Os diré para quién va con paso de andadura, para quién trota, para quién galopa y para quién se para é inmoviliza.

ORLANDO.

Os ruego me digáis ¿para quién trota?

ROSALINDA.

Á fe, trota duramente para la joven doncella desde el contrato de matrimonio hasta la bendición nupcial. Y aunque el intervalo no pase de siete días, se hace tan duro el paso del tiempo, que parece haber medido siete años.

ORLANDO.

¿Y para quién va á paso de andadura?

ROSALINDA.

Para el clérigo que no sabe bien el latín, y para el rico que no padece de la gota; porque aquel duerme bien no teniendo estudio que le desvele; y éste vive alegremente no sintiendo dolor. Falta al primero el peso de la faena con que la instrucción debilita y consume: al otro la fastidiosa carga de la pobreza. Para ambos va el tiempo á paso de andadura.

ORLANDO.

¿Y para quién galopa?

ROSALINDA.

Para el ladrón que va al cadalso; pues aunque vaya tan despacio como pueda ser movido el pié, siempre le parece que llega allí demasiado pronto.

ORLANDO.

¿Y para quién se detiene?

ROSALINDA.

Para los abogados en vacaciones; porque entre el punto que se cierra y el que se abre, se la pasan durmiendo y no perciben la marcha del tiempo.

ORLANDO.

¿Dónde vivís, lindo mancebo?

ROSALINDA.

Con esta zagala, hermana mía, en las faldas del bosque, como fleco de saya.

ORLANDO.

¿Es este vuestro lugar nativo?

ROSALINDA.

Soy en él como el conejo que véis habitar siempre el sitio donde nació.

ORLANDO.

Vuestra habla parece más refinada que la que puede adquirirse en tan remota habitación.

ROSALINDA.

Muchas personas me lo han dicho. Un anciano y devoto tío mío, me enseñó á hablar. Había sido cortesano en su juventud, y conocía demasiado las cosas de la corte, como que allí se había enamorado. Muchas veces le oí disertar contra el amor, y doy gracias á Dios de no ser mujer, por no verme manchado con las liviandades y defectos que echaba en cara á todo el sexo.

ORLANDO.

¿Podríais recordar algunos de los mayores males de que acusaba á las mujeres?

ROSALINDA.

Ninguno era mayor, sino tan parecidos é iguales todos como los ochavos. Cada pecado parecía monstruoso, hasta que venía á igualarlo el inmediato.

ORLANDO.

Ruégote que repitas algunos.

ROSALINDA.

No: no desperdiciaré mi remedio dándolo á quien no está enfermo. Por ahí anda un hombre que vagabundea en el bosque, maltrata nuestras plantas tiernas grabando Rosalinda en sus cortezas; cuelga odas en los espinos y elegías en las zarzas, y todo con el propósito de divinizar el nombre de Rosalinda. Si tropezara yo con este visionario, le daría un buen consejo, porque parece que le aqueja la fiebre cuotidiana del amor.

ORLANDO.

Soy yo quien está tan enfermo de amor y os suplico me digáis vuestro remedio.

ROSALINDA.

No veo en vos ni siquiera una de las señales que decía mi tío. Él me enseñó á conocer á los enamorados, y de seguro que no estáis aprisionado en su jaula de mimbres.

ORLANDO.

¿Qué señales eran esas?

ROSALINDA.

Mejillas enjutas, que no tenéis; ojos ojerudos y hundidos, que no tenéis; espíritu esquivo, que no tenéis; una barba descuidada, que no tenéis.—¡Ah! ¡Perdonad! el no tener barba es en vos herencia de hermano menor. Y luégo, debíais andar con las medias sin ligas, el sombrero sin cinta, las mangas sin botones, el calzado sin abrochar, y cada cosa de vuestra persona mostrando el abandono de la desolación.—Pero no sois tal hombre.—Antes bien parecéis esmerado en el vestir, como quien ama su propia persona mucho más que lo que pareciera amar á otra.

ORLANDO.

Hermoso joven, quisiera poder convencerte de que amo.

ROSALINDA.

¡Convencerme! Más fácil sería convencer á la que amáis; lo cual, os aseguro, ella no confesaría por más que lo creyera; y este es uno de los puntos en que las mujeres desmienten su conciencia.—Pero, en toda seriedad ¿sois vos quien cuelga en los árboles los versos en que se alaba tanto á Rosalinda?

ORLANDO.

Te juro, joven, por la casta mano de Rosalinda, que ese desgraciado soy yo, yo mismo.

ROSALINDA.

¿Pero estáis realmente tan enamorado como lo dicen vuestros versos?

ORLANDO.

No hay rima ni discurso que lo puedan expresar tanto como es.

ROSALINDA.

El amor no es más que una locura, y os aseguro que merece tanto una celda oscura y un látigo, como los otros alienados.—Y si alguna causa hay para que así no se les castigue y cure, es el ser la locura tan general que hasta los azotadores andan enamorados.—No obstante, estoy seguro de curarla con mis consejos.

ORLANDO.

¿Habéis curado así á alguien?

ROSALINDA.

Sí, á uno. Convenimos en que se imaginaría que yo era su amante, su Dulcinea, y le puse á hacerme la corte cada día; en cuya ocasión, yo, que era un chiquillo caprichoso, aparecía triste, afeminado, antojadizo, soberbio, fantástico, de mal humor, frívolo, inconstante, ya lleno de sonrisas, ya de lágrimas; dando algo para cada pasión, y verdaderamente todo para la carencia de pasión,—como que muchachos y mujeres son á este respecto ganado de la misma pinta; tan pronto gustaba de él como le aborrecía; ya buscaba su conversación, ya huía de su compañía; ora lloraba por él, ora le ultrajaba; de manera que lo hice pasar de su furiosa locura de enamorado, á una locura mansa, cual fué la de alejarse del torrente mundano para refugiarse en el arroyuelo monástico.—Así lo curé; y así me comprometo á curaros, dejando vuestro corazón más limpio que el de un borrego sano, sin que quede en él ni la más pequeña mancha de amor.

ORLANDO.

No querría ser curado, mancebo.

ROSALINDA.

Pues os curaré, si solamente consentís en llamarme Rosalinda, y en venir todos los días á mi ejido á hacerme la corte.

ORLANDO.

Bien. Á fe de mi amor, que lo haré. Decidme á dónde es.

ROSALINDA.

Venid conmigo y os le mostraré. Mientras caminamos, me diréis en qué parte del bosque vivís. ¿Queréis venir?

ORLANDO.

Con todo mi corazón, joven amigo.

ROSALINDA.

No. Tenéis que llamarme Rosalinda. ¡Ea! ¡Hermana! ¿Quieres venir? (Salen.)