Entran ROSALINDA y CELIA. ]
Te suplico, mi dulce prima, que estés alegre.
Más alegría demuestro, querida Celia, que la que hay en mí.—¿Y querríais verme más alegre aún? Á menos que me enseñéis á olvidar á un padre desterrado, no debéis enseñarme á recordar ningún placer extraordinario.
En esto veo que no me amas con tanta consagración como yo á ti. Si mi tío, tu desterrado padre, hubiese desterrado á tu tío, el duque mi padre, con tal de que hubieses permanecido á mi lado, yo habría podido enseñar á mi afecto á tomar á tu padre por mío; y así lo harías si la realidad de tu amor hacia mí fuera tan bien templada como la de mi amor por ti.
Bien. Olvidaré las circunstancias de mi posición, para regocijarme en la tuya.
Sabes que mi padre no ha tenido ni es probable que tenga otros hijos que yo; y ciertamente, á su muerte, serás su heredera; porque lo que él tomó de tu padre por fuerza, te lo devolveré por afecto.—Te prometo por mi honor que lo haré, y sea yo convertida en un monstruo si quebranto mi juramento. Así, pues, mi dulce Rosalinda, mi querida Rosalinda, alégrate!
Lo haré en adelante, prima, é idearé pasatiempos. Veamos ¿qué pensaríais de improvisar unos amores?
Excelente, y te ruego lo hagas para divertirte; pero no ames con todas veras á hombre alguno, ni te dejes llevar de ese juego tan allá que no puedas salir de él libre y con honra á costa de un honesto sonrojo.
Pues entonces ¿cuál ha de ser nuestro pasatiempo?
Sentémonos, y con nuestras burlas echemos de su rueda á la buena matrona Fortuna, para que en adelante sus dones sean igualmente repartidos.
Desearía que así pudiera ser; porque sus favores están harto mal colocados; y la pródiga ciega se equivoca más á menudo en sus dádivas á mujeres.
Es verdad; porque rara vez da la honestidad á aquellas á quienes dota con la hermosura; y da muy pobre apariencia á aquellas á quienes hace honestas.
No. En esto equivocas la tarea de la Fortuna con la de la naturaleza. La Fortuna impera en los dones del mundo, no en los rasgos de la naturaleza.
¿No? ¿Pues no puede la Fortuna hacer que caiga en el fuego una criatura á quien ha hecho hermosa la naturaleza?—Y aunque esta nos ha dado ingenio para burlarnos de la Fortuna: ¿no es esta quien envía á este necio para dar al traste con el argumento?
En verdad que es la Fortuna demasiado dura para con la naturaleza, cuando se sirve de un natural idiota para imponer silencio al natural ingenio.
Quizás tampoco sea esto obra de la Fortuna, sino de la naturaleza; la cual advirtiendo que nuestro ingenio es demasiado obtuso para discurrir sobre semejante diosa, ha enviado á este idiota para estimularnos; ya que siempre la estupidez del necio es aguijón del discreto. Hola! Prodigio ¿adónde bueno?
Señora: debéis venir á donde vuestro padre.
¿Os tomó de mensajero?
No, por mi honor; pero se me encargó llamaros.
¿Dónde aprendiste ese juramento, bufón?
De cierto caballero que juró por su honor ser buenas las tortas y juró por su honor ser mala la mostaza. Ahora bien; yo sostengo que eran malas las tortas y buena la mostaza; y, sin embargo, el caballero no perjuró.
¿Y cómo lo pruebas, lumbrera de ciencia?
Sí, sí. Quita el bozal á tu ingenio.
Adelantad ahora las dos: tocaos las caras y jurad por vuestras barbas que soy un bribón.
Sí que lo sois, por nuestras barbas si las tuviéramos.
Sí, que lo soy, por mi bribonada si la tuviera. Pero si juráis por lo que no tenéis, no perjuráis; ni más perjuró ese caballero jurando por su honor, pues jamás lo tuvo; ó si lo tuvo lo había perdido á fuerza de jurar antes de haber visto nunca aquella mostaza, ni aquellas tortas.
¿Y te dignarás decirme á quién aludes?
Á uno á quien ama el viejo Federico, vuestro padre.
Para honrarle basta el amor de mi padre. Silencio! no hables más de él. No tardará mucho el que te azoten por maldiciente.
Tanto más lastimoso, que los necios no hablen discretamente de las necedades de los discretos.
Á fe que dices verdad: porque al haberse impuesto silencio al poco ingenio que tienen los necios, la poca necedad que tienen los discretos ha tomado mucho vuelo.—Aquí viene Monsieur Le Beau.
Con la boca llena de noticias.
Que nos administrará como las palomas dan el sustento á sus pequeñuelos.
Así quedaremos cebadas con noticias.
Tanto mejor: seremos más negociables.—Buenos días, monsieur Le Beau, ¿qué nuevas?
Hermosa princesa, habéis perdido muchos juegos interesantes.
¿Juegos? ¿De qué color?
¿De qué color, señora? ¿Cómo habré de responderos?
Como lo quieren el ingenio y la fortuna.
Ó como lo mande el destino.
Bien dicho. Eso se ha aplicado con llana.
Y aún más. Si no mantengo mi rango....
Estás perdiendo tu antiguo olfato.
Me admiráis, señoras. Habría querido contaros una buena lucha, cuyo espectáculo habéis perdido.
Con todo, decidnos cómo fué.
Os contaré el principio, y si os place, podréis ver vosotras mismas el fin, porque aún falta lo mejor; y vienen aquí, donde os halláis, para ejecutarlo.
Bien. Sepamos el principio, que ya está muerto y sepultado.
Ahí viene un anciano con sus tres hijos.
Yo podría referir un cuento añejo que principia de ese modo.
Tres jóvenes apuestos, de excelente vigor y presencia.
Con carteles en el pescuezo: «Sepan cuantos las presentes vieren.»
El hermano mayor luchó con Carlos, el luchador del duque, y en un momento fué aquel derribado y sacó tres costillas rotas, con lo cual pocas esperanzas le quedan de vida. Y otro tanto hizo con el segundo y con el tercero. Allí yacen, y el pobre anciano su padre se lamenta de tan lastimosa manera, que cuantos le ven simpatizan sollozando con él.
¡Ay, desdichado!
Pero, señor, ¿cuál es la diversión que han perdido las señoras?
Pues es claro; la que acabo de decir.
De este modo los hombres podrán crecer en sensatez de día en día. Es la primera vez que oigo decir que romper costillas es una diversión propia de señoras.
Como que sí; te lo aseguro.
¿Pero hay alguien más que tenga comezón porque le apliquen ese solfeo en los costados? ¿Hay algún otro tan apasionado al rompe-costillas? ¿Veremos esta lucha, prima?
Tendréis que verla si os quedáis; porque, he ahí el sitio destinado para la lucha, y ya están prontos los que deben tomar parte en ella.
Allí vienen, por cierto. Quedémosnos y veámosla. (Preludio. Entran el duque Federico, Lores, Orlando, Carlos y séquito.)
Venid. Pues el mancebo no da oído á súplicas, que su audacia responda de su peligro.
¿Es aquél el antagonista?
Él mismo, señora.
¡Ay, qué joven es! Sin embargo, parece como si hubiera de vencer.
¿Qué es esto, hija y sobrina? ¿Os habéis escurrido hasta aquí para ver la lucha?
Sí, mi señor, si os place darnos permiso.
Poca diversión tendréis en ella, os lo aseguro, siendo tan desiguales los luchadores. Por compasión á la temprana edad del joven, intentaría disuadirle, pero no quiere oir consejo. Habládle, niñas; ved si podéis influir sobre él.
Hacedle venir, monsieur Le Beau.
Hacedlo. Yo me apartaré. (El duque se va á un lado.)
Señor desafiador: las princesas quieren hablaros.
Estoy á sus órdenes con todo respeto y humildad.
Mancebo, ¿habéis desafiado á Carlos el luchador?
No, hermosa princesa. Es él quien hace un reto general. Yo no vengo sino como uno de tantos, para probar en él la fuerza de mi juventud.
Vuestro valor ¡oh joven! sobrepuja con exceso á vuestros años. Crueles pruebas habéis visto del vigor de ese hombre. Si pudiérais veros con nuestros ojos, ó juzgaros con nuestro discernimiento, el recelo de vuestra aventura os aconsejaría una empresa más proporcionada. Os rogamos, por vuestro bien, que penséis en vuestra seguridad y abandonéis esta tentativa.
Hacedlo, buen joven; que no por ello será rebajada vuestra reputación. Solicitaremos del duque que haga suspender la lucha.
Os suplico no me impongáis el castigo de pensar mal de mí, aunque me reconozco culpable de negar cosa alguna á tan bellas y eminentes señoras. Pero acompáñenme en la lucha vuestras hermosas miradas y benévolos deseos; que si he de ser vencido, no tendrá que avergonzarse sino uno que jamás fué favorecido; y si recibo la muerte, sólo sucumbirá uno que ya sobrado la desea. Ni causaré pesadumbre á mis amigos, desde que no tengo uno para deplorarme; ni mal alguno al mundo, en el cual nada poseo; y el lugar que en él ocupo, será ocupado mejor cuando yo lo deje vacío.
Quisiera añadir á vuestra fuerza la muy poca que hay en mí.
Y yo la mía para aumentar la suya.
Adios. Ruego al cielo estar equivocada en cuanto á vos.
¡Ojalá se cumplan vuestros deseos!
¡Ea! ¿Dónde está ese valeroso joven que tanto afán tiene por yacer en su madre tierra?
Presto, señor; pero sus deseos son más modestos.
Sólo probaréis una suerte.
Aseguro á vuestra alteza que no tendrá ocasión de rogarle para la segunda, después de haber intentado con tanto empeño disuadirle de la primera.
Pensáis burlaros de mí después. No deberíais burlaros antes. Pero probad como gustéis.
Que Hércules os asista, ¡oh joven!
Quisiera ser invisible para atrapar por una pierna á aquel hombronazo. (Carlos y Orlando luchan).
¡Oh extraordinario joven!
Si pudiera lanzar de mis ojos un rayo, ya sé quién había de caer.
Basta, basta.
Suplico á Vuestra Alteza que nos deje continuar. Aún no estoy bastante alentado.
¿Cómo te encuentras, Carlos?
Ha quedado sin habla, señor.
Llevadlo fuera. (Llevan á Carlos).—¿Cómo te llamas, mancebo?
Orlando, señor, el hijo menor de sir Rowland de Bois.
Habría preferido que fueses hijo de otro. Las gentes tenían á tu padre por honorable; pero, sin embargo, encontré en él un enemigo. Más me habría agradado tu proeza si hubieses descendido de otro linaje. Pero Dios te guarde. Eres un mancebo valiente. Me habría alegrado de que hubieses mencionado otro padre. (Salen el Duque, Federico, el séquito y Le Beau).
Á estar yo en lugar de mi padre, ¿haría esto, prima?
Á orgullo tengo ser hijo de sir Rowland, siquiera su hijo menor, y no cambiaría de condición así me adoptara el duque por heredero suyo.
Mi padre amaba con toda su alma á sir Rowland, y todo el mundo era del mismo modo de sentir. Si hubiese yo conocido antes á este joven, hijo suyo, le habría suplicado con lágrimas que no se aventurase de ese modo.
Vamos, querida prima, á darle las gracias y á animarlo. La índole áspera y envidiosa de mi padre me lastima el corazón. Sois digno de aplauso, joven. Si tan bien cumplís vuestras promesas de amor, como la que ahora habéis excedido, vuestra amante deberá ser muy feliz.
Caballero, llevad esto en recuerdo mío; que por contraria fortuna no tengo en la mano los medios de ofrecer todo lo que quisiera. ¿Nos iremos, prima?
Sí. Adios, gentil caballero.
—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.
—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.
¿No puedo daros las gracias? Me habéis abrumado en lo que hay de mejor en mí, y sólo quedo en vuestra presencia como un poste, como un mármol inerte.
Nos llama. Mi orgullo ha desaparecido junto con mi prosperidad. Le preguntaré lo que desea. ¿Nos llamasteis, caballero? Habéis luchado bien, y vencido aún más que á vuestros adversarios.
¿Nos vamos, prima?
Soy con vos. Quedad con Dios.
¿Qué pasión me ata la lengua? Ha querido que le hable y no he podido hablar.—(Vuelve á entrar Le Beau).—¡Oh pobre Orlando! Estás derribado. No Carlos, algo más débil te domina.
Amistosamente os aconsejo, buen señor, que abandonéis este lugar. Aunque habéis merecido altos elogios, aplausos y afecto, la índole del duque es tal que da mal sentido á cuanto habéis hecho. El duque es caprichoso; y lo que es él en toda verdad sería mejor que lo presumiéseis vos que el que yo os lo dijera.
Os doy las gracias, señor. Dignaos decirme ¿cuál de las dos damas que presenciaron la lucha es la hija del duque?
Ninguna, á juzgar por los modales; pero en realidad es su hija la menor en estatura. La otra es hija del duque desterrado, y la detiene aquí su tío el usurpador para que acompañe á su hija; y las liga un afecto más estrecho que el natural vínculo de las hermanas. Pero puedo aseguraros que de poco tiempo acá el duque ve con desagrado á su gentil sobrina, sin más motivo que el de alabar el pueblo las virtudes de ésta y compadecerla por amor á su buen padre. Y á fe mía, la mala voluntad del duque hacia ella estallará de repente. Quedad con Dios, señor. Desearía conoceros mejor y gozar de vuestro afecto en el porvenir en un mundo mejor que este.
Os quedo sumamente agradecido.—(Sale Le Beau).—¿Es decir que tengo que salir de las brasas para caer en las llamas? Del duque tirano al hermano tirano. ¡Pero, divina Rosalinda!