Capítulo XXXII

No se había olvidado Fanny del señor Crawford, ni mucho menos, al despertar por la mañana; pero recordó el contenido de su nota, y no se sintió menos confiada en cuanto a su efecto que la noche anterior. ¡Ojalá se fuera el señor Crawford! Ése era su deseo más vehemente: que se fuera, y se llevara a su hermana con él, como debía hacer, y como había sido su intención al volver a Mansfield. Y no se le ocurría por qué no lo había hecho ya; porque desde luego la señorita Crawford no quería aplazar su marcha. Fanny había esperado que anunciara la fecha durante la visita de la víspera; pero el señor Crawford sólo dijo que no tardarían mucho en hacer ese viaje.

Estaba tan satisfecha en cuanto a la convicción que su nota transmitiría, que no pudo por menos de asombrarse al ver al señor Crawford, como le vio por casualidad, subiendo hacia la casa otra vez, y a la misma hora temprana que el día anterior. Quizá su llegada no tenía nada que ver con ella, pero debía evitarle en lo posible; y como en ese momento Fanny subía a su habitación, decidió quedarse allí durante toda su visita, a menos que la mandasen llamar. Puesto que como la señora Norris estaba todavía en la casa, parecía que había poco peligro de que la necesitaran.

Estuvo un rato nerviosísima, escuchando, temblando y temiendo que la llamasen en cualquier momento; pero ningún ruido de pasos se acercaba a la habitación del este, así que se serenó poco a poco, se sentó, y fue capaz de ponerse a hacer algo, y de esperar que el señor Crawford hubiera venido y se fuera sin tener que saber ella nada del asunto.

Había transcurrido casi media hora, y estaba ya bastante tranquila, cuando oyó de repente unos pasos regulares; unos pasos pesados, inusitados en esa parte de la casa: eran los de su tío. Los reconocía igual que la voz; había temblado igual de veces al oírlos, y empezó a temblar otra vez ante la idea de que subiera a hablar con ella, fuera cual fuese el motivo. Efectivamente, fue sir Thomas quien abrió la puerta, y preguntó si estaba ella allí y si podía entrar. A Fanny se le renovó el terror de sus antiguas visitas ocasionales a esta habitación, y se sintió como si fuera a interrogarla nuevamente en francés e inglés.

Fanny se mostró muy atenta, no obstante, despejando una silla para él y tratando de aparentar que se sentía honrada. Y dominada por la agitación, se le olvidaron por completo las carencias del aposento, hasta que él, deteniéndose de repente, dijo con gran sorpresa:

—¿Por qué no tienes hoy encendida la chimenea?

Había nieve fuera, y Fanny estaba con un chal. Vaciló.

—No tengo frío, señor. No suelo estar aquí mucho tiempo, en esta época del año.

—Pero ¿la tienes encendida normalmente?

—No, señor.

—¿Cómo es eso? Aquí debe de haber un error. Tenía entendido que utilizabas esta habitación para estar cómoda. Sé que no tienes chimenea en tu dormitorio. Aquí hay un malentendido que hay que corregir. No te conviene nada estar aquí, aunque sólo sea media hora al día, sin tener la chimenea encendida. No eres fuerte. Eres friolera. Seguro que tu tía no sabe nada de esto.

Fanny hubiera preferido guardar silencio, pero dado que estaba obligada a hablar, no pudo abstenerse de decir, en justicia de la tía que más amaba, algo en lo que destacaron las palabras «mi tía Norris».

—Entiendo —exclamó su tío recapacitando, y no deseando oír más—, entiendo. Tu tía Norris ha sido siempre partidaria, muy atinadamente, de educar a los jóvenes sin complacencias innecesarias; aunque todo tiene su justo medio. Es una mujer muy fuerte, lo cual influye naturalmente en su opinión sobre las necesidades de los demás. Y por otro motivo, también, puedo comprenderlo perfectamente. Sé cuáles han sido siempre sus sentimientos. El principio es bueno en sí mismo; pero quizá en tu caso se ha llevado, y creo que así ha sido, demasiado lejos. Sé que a veces, en determinadas cosas, se han hecho distinciones indebidas; pero tengo demasiado buen concepto de ti, Fanny, para pensar que puedas guardar resentimiento alguno por ese motivo. Tienes una comprensión que te impedirá ver sólo un lado de las cosas, y juzgar el caso con parcialidad. Mirarás el pasado en su conjunto, considerarás los momentos, las personas y las probabilidades, y comprenderás que no eran sino amigos los que te educaron y prepararon para esa condición mediocre que parecía ser tu destino. Aunque puede que al final su cautela se revele innecesaria, su intención era amable; y de una cosa puedes estar segura: que toda ventaja de la abundancia se doblará en virtud de las pequeñas privaciones y restricciones que se te hayan podido imponer. Estoy seguro de que no defraudarás la opinión que tengo de ti, dejando de tratar en ningún momento a tu tía Norris con el respeto y la atención que se merece. Pero ya está bien. Siéntate, querida. Debo hablar contigo unos minutos; no te entretendré demasiado.

Fanny obedeció con los ojos bajos y el color subido. Tras un momento de silencio, sir Thomas, tratando de reprimir una sonrisa, prosiguió:

—Quizá no sepas que he tenido una visita esta mañana. Hacía poco que me había encerrado en mi despacho, después de desayunar, cuando me han pasado al señor Crawford. Probablemente adivinas lo que le traía.

Fanny estaba cada vez más colorada. Y su tío, al verla turbada a tal punto que le era completamente imposible hablar o levantar los ojos, desvió los ojos también; y sin otra pausa, prosiguió su relación de la visita del señor Crawford.

El asunto que había traído al señor Crawford era declararse enamorado de Fanny, hacer decididas proposiciones matrimoniales y solicitar la sanción de su tío, que parecía ocupar el lugar de los padres; y lo había hecho todo tan bien, con tanta franqueza, tanta liberalidad y tanta corrección, que sir Thomas, pareciéndole además que sus propias respuestas y observaciones habían sido oportunísimas, se sentía muy feliz de darle los detalles de la conversación… E ignorante de lo que pasaba por la cabeza de su sobrina, imaginó que con dichos detalles le daba sin duda una alegría mucho mayor que la que él mismo sentía. Así habló durante varios minutos sin que Fanny se atreviera a interrumpirle: casi no sentía deseos de hacerlo. Tenía el cerebro demasiado confuso. Había cambiado de postura, y con los ojos clavados en una de las ventanas, escuchaba a su tío con enorme turbación y terror. Calló sir Thomas un momento, aunque ella apenas se dio cuenta, y dijo a continuación, levantándose de la silla:

—Y ahora, Fanny, una vez que he cumplido parte de mi misión, y te lo he expuesto todo sobre una base firme y satisfactoria, puedo cumplir la restante, y requerirte para que me acompañes abajo, en donde, aunque confío no haber sido un compañero inaceptable, debo reconocer que encontrarás a alguien más merecedor de que le escuches. El señor Crawford, como sin duda habrás adivinado, todavía está en casa. Se encuentra en mi despacho, esperando verte.

Hubo una mirada, un sobresalto, una exclamación, al oír esto último, que dejó asombrado a sir Thomas; pero cómo aumentó su asombro al oírla exclamar:

—¡Ah, no, señor! No puedo, no puedo bajar a verle. El señor Crawford debería saberlo…, debería saber que… Ayer le dije lo suficiente para convencerle; ayer me habló de esto, y le dije sin rodeos que me era muy violento, y que no está en mi poder corresponder a su buena opinión.

—No entiendo qué quieres decir —dijo sir Thomas, sentándose otra vez—. ¿No está en tu poder corresponder a su buena opinión? ¿Eso qué significa? Sé que ayer habló contigo, y (a lo que yo entiendo) recibió todas las esperanzas que una joven juiciosa se permitiría conceder. Me sentí muy complacido con lo que deduje que era tu actitud en ese momento; indicaba una discreción altamente encomiable. Pero ahora, cuando él ha hecho tan correcta y honrosamente sus proposiciones… ¿cuáles son tus escrúpulos ahora?

—Se equivoca, señor —exclamó Fanny; empujada por la ansiedad del momento, llegaba incluso a decirle a su tío que se equivocaba—. Se equivoca por completo. ¿Cómo puede decir el señor Crawford una cosa así? Yo no le di ninguna esperanza ayer. Al contrario, le dije… No recuerdo las palabras exactas, pero estoy segura de que le dije que no quería escucharle, que me era muy desagradable en todos los sentidos, y que le rogaba que no me volviera a hablar nunca más de ese modo. Estoy segura de que le dije todo eso y más; y le habría dicho más aún, si hubiera sabido que sus intenciones eran formales; pero no quería, no podía consentir que se imputase a mis palabras más de lo que querían decir. Pensé que lo daría todo por olvidado.

No pudo decir más; casi se había quedado sin aliento.

—¿Debo entender —dijo sir Thomas tras unos momentos de silencio— que piensas rechazar al señor Crawford?

—Sí, señor.

—¿Le rechazas?

—Sí, señor.

—¿Que rechazas al señor Crawford? ¿Con qué pretexto? ¿Por qué motivo?

—Yo… yo, señor, no le quiero lo bastante para casarme con él.

—¡Qué cosa más extraña! —dijo sir Thomas en un tono de sereno disgusto—. Esto es algo que no alcanzo a comprender. Aquí hay un joven que desea solicitarte, al que todo le hace recomendable, no sólo su posición social, su fortuna y su carácter, sino una afabilidad nada común, un trato y unos modales encantadores con todo el mundo. Y no es una amistad de ahora; le conoces hace tiempo. Su hermana, además, es íntima amiga tuya. Aparte de lo que ha hecho por tu hermano, que yo habría supuesto que casi era suficiente recomendación para ti, de no haber existido ninguna otra. Dudo mucho que mis gestiones hubieran podido ayudar a William a progresar. Él en cambio lo ha hecho.

—Sí —dijo Fanny con voz apagada, y mirando al suelo, ruborizada otra vez; y casi sintió vergüenza de sí misma por no amar al señor Crawford, después del retrato que su tío había descrito.

—Has debido de darte cuenta —prosiguió sir Thomas poco después—, has debido de darte cuenta de la especial actitud del señor Crawford hacia ti hace algún tiempo. No puede haberte cogido de sorpresa. Tienes que haber notado sus atenciones; y aunque siempre las has recibido con gran discreción (no tengo ninguna censura que hacer a ese respecto), nunca he notado que te resultaran desagradables. Casi me inclino a creer, Fanny, que no conoces bastante tus propios sentimientos.

—¡Ah, sí, señor! Claro que sí. Sus atenciones han sido siempre… lo que no me ha gustado.

Sir Thomas la miró con más grave sorpresa.

—Eso se me escapa —dijo—. Necesita una explicación. Dado que eres joven, y has tenido poco trato, es casi imposible que tus afectos…

Calló y se quedó mirándola fijamente. Vio que sus labios dibujaban un no, aunque no articuló el sonido. Pero su cara estaba roja. Esto, sin embargo, en una muchacha tan tímida, podía ser perfectamente compatible con la inocencia; y decidiendo aparentar al menos que se daba por satisfecho, añadió rápidamente:

—No, no. Sé que eso es imposible, totalmente imposible. Bueno, no hay nada más que hablar.

Y durante unos minutos no dijo nada. Se quedó meditabundo. Su sobrina estaba meditabunda también, tratando de cobrar fuerzas y prepararse para afrontar nuevas preguntas. Prefería morir antes que confesar la verdad, y esperaba, reflexionando un poco, fortalecerse lo bastante para no delatarse.

—Aparte del interés que parecía presentar la elección del señor Crawford —dijo sir Thomas, empezando otra vez, muy serenamente—, su deseo de casarse tan pronto es algo que, para mí, habla en su favor. Soy partidario de los matrimonios jóvenes cuando hay medios adecuados, y quisiera que todos los jóvenes con fortuna suficiente, una vez cumplidos los veinticuatro años, se casaran cuanto antes. Es tan firme mi opinión en eso, que lamento pensar cuán poco probable es que mi hijo mayor, tu primo el señor Bertram, se case pronto; de momento, a lo que puedo ver, el matrimonio no forma parte de sus planes o de sus pensamientos. Ojalá fuera más inclinado a establecerse. —Aquí lanzó una mirada a Fanny—. A Edmund le considero mucho más inclinado a casarse pronto que a su hermano. A decir verdad, me parece que últimamente ha conocido a la mujer que podría amar, cosa que no le ha ocurrido a su hermano mayor, estoy convencido. ¿No tengo razón? ¿No estás de acuerdo conmigo, querida?

—Sí, señor.

Lo dijo suave, pero serenamente; y sir Thomas se sintió aliviado por lo que tocaba a los primos. Pero no valió a su sobrina que depusiera su alarma: y al ver que seguía en su decisión de no explicarse, su disgusto aumentó. Se levantó y se puso a dar vueltas por la habitación, con un ceño que Fanny podía imaginar, aunque no se atrevió a levantar los ojos; y poco después, con voz autoritaria, dijo:

—¿Tienes algún motivo, criatura, para pensar mal del carácter del señor Crawford?

—No, señor.

Hubiera deseado añadir con vehemencia: «Pero sí de sus principios»; pero flaqueó ante la horrible perspectiva de discutir, explicar y probablemente no convencer. La mala opinión que tenía de él se fundaba sobre todo en observaciones que, por sus primas, no se atrevía a mencionar a su tío. Maria y Julia —especialmente Maria— estaban tan estrechamente implicadas en la conducta censurable del señor Crawford que no podía condenar su carácter, según creía ella, sin delatarlas. Había esperado que el simple hecho de reconocer ella que le producía aversión hubiera sido suficiente para un hombre como su tío, tan perspicaz, tan honorable, tan bueno. Para su infinito pesar, había descubierto que no era así.

Sir Thomas se acercó a la mesa donde ella estaba sentada temblando de angustia, y dijo con fría severidad:

—Veo que es inútil hablar contigo. Será mejor que demos por terminada esta penosa conferencia. No debemos tener esperando al señor Crawford. Añadiré solamente, porque creo que es mi deber decir mi opinión sobre tu actitud, que has defraudado todas las esperanzas que yo había concebido, y has revelado un modo de ser muy diferente del que yo te suponía. Porque me había formado, Fanny, como creo que debe haberte demostrado mi conducta, una opinión de ti muy favorable, desde mi regreso a Inglaterra. Te creía especialmente exenta de terquedad, de engreimiento y de toda propensión a esa independencia de espíritu que impera en estos tiempos modernos incluso entre las jóvenes, y que es en ellas más escandalosa y desagradable que ninguno de los defectos comunes. Pero ahora me has demostrado que puedes ser terca y perversa, que puedes y quieres decidir por ti misma, sin ninguna consideración ni deferencia a quienes sin duda tienen cierto derecho a guiarte, y sin pedirles siquiera consejo. Te has mostrado muy, muy diferente de cuanto yo había imaginado. En esta ocasión no parece que haya pesado para nada en tus pensamientos la ventaja o desventaja de tu familia, de tus padres, de tus hermanos. Para ti no significa nada lo que ellos podrían haberse beneficiado, lo que se habrían alegrado de tu unión… Sólo piensas en ti misma; y porque no sientes por el señor Crawford exactamente lo que una imaginación joven y ardiente imagina que es necesario para la felicidad, decides rechazarle sin más, sin querer pensarlo un momento siquiera, sin tomarte un poco más de tiempo para meditarlo con tranquilidad, y para analizar de verdad tus propias inclinaciones; y en un arrebato de desatino, arrojas por la borda una oportunidad de situarte en la vida de una manera deseable, honorable, noble, como probablemente no se te volverá a presentar. Aquí hay un joven con juicio, carácter, temperamento, modales y fortuna, sumamente prendado de ti, y que aspira a tu mano de la manera más correcta y desinteresada; pues deja que te diga, Fanny, que puede que vivas dieciocho años más en el mundo sin ser solicitada por un hombre con la mitad de fortuna de Crawford, o la décima parte de sus méritos. Con gusto habría otorgado yo a cualquiera de mis hijas. Maria está noblemente casada; pero de haber solicitado el señor Crawford la mano de Julia, se la habría dado con más sincera satisfacción que concedí la de Maria al señor Rushworth. —Tras guardar silencio un momento—: Y me habría sorprendido muchísimo si cualquiera de ellas, al recibir en un momento dado una proposición de matrimonio sólo la mitad de deseable que ésta, hubiera respondido inmediata y perentoriamente, y sin hacer caso de mi opinión ni tener la atención de consultarme, con tan clara negativa. Mucho me habría sorprendido, y dolido, ese proceder. Lo habría considerado una grosera violación del deber y el respeto. no tienes por qué ser juzgada con la misma regla. No tienes conmigo las obligaciones de una hija. Pero, Fanny, situ conciencia puede absolverte de ingratitud

Calló. Fanny lloraba tan amargamente que, pese a lo irritado que estaba, no quiso seguir por ese camino. ¡Casi le había destrozado el corazón con el retrato que había hecho de ella, con sus acusaciones tan fuertes, tan múltiples, tan crecientes en espantosa gradación! Terca, obstinada, egoísta, desagradecida. Todo esto pensaba de ella. Había defraudado sus esperanzas; había echado a perder su buena opinión. ¿Qué iba a ser de ella?

—Lo siento muchísimo —dijo con voz temblorosa, entre sollozos—. Lo siento muchísimo, muchísimo.

—¿Lo sientes? Sí, espero que lo sientas; y probablemente tendrás motivos para sentir durante mucho tiempo las transacciones de este día.

—Si me fuera posible hacer otra cosa —dijo, con otro gran esfuerzo—; pero estoy totalmente convencida de que jamás podré hacerle feliz, y que yo sería desdichada.

Volvió a prorrumpir en lágrimas; pero a pesar de las lágrimas, y a pesar de la negra y tremenda palabra desdichada que sirvió para iniciarlas, sir Thomas empezó a pensar que quizá tenían que ver con algún ablandamiento, algún cambio de inclinación, y un buen augurio para las solicitudes del propio joven. Sabía que era muy tímida y extremadamente nerviosa; y pensó que no era improbable que se hallara en un estado de ánimo tal que un poco de tiempo, un poco de presión, un poco de paciencia y un poco de impaciencia, una mezcla discreta de todo esto por parte del enamorado, pudieran producir el efecto acostumbrado. Si el caballero perseverara, si estaba lo bastante enamorado para perseverar… Sir Thomas empezó a abrigar esperanzas; y una vez que le pasaron estas reflexiones por la cabeza, se animó.

—Está bien —dijo en un tono de correcta gravedad, aunque menos irritado—; está bien, criatura. Seca tus lágrimas. Llorar no sirve de nada; no te puede sentar bien. Ahora debes bajar conmigo. El señor Crawford lleva ya demasiado rato esperando. Debes darle tu propia respuesta; no podemos esperar que se contente con menos; y sólo tú puedes explicarle la razón de esos sentimientos equivocados que, desgraciadamente para él, ha despertado en ti. Yo no soy capaz.

Pero Fanny mostró tal aversión, tal angustia ante la idea de bajar a verle, que sir Thomas, tras meditar un momento, pensó que era mejor dejarla. Con lo cual se le hundieron un poco sus esperanzas respecto al caballero y la dama; pero cuando miró a su sobrina, y vio el estado en que el llanto le había dejado la cara y la tez, pensó que quizá una entrevista inmediata haría que se perdiera lo ganado. Así que, tras unas palabras sin significado especial, se marchó solo, dejando a su pobre sobrina llorando lo sucedido y sintiéndose muy desdichada.

Tenía el espíritu completamente alterado. El pasado, el presente, el futuro, todo era terrible. Pero lo que más le dolía era el enojo de su tío. ¡Egoísta y desagradecida! ¡Haberle parecido eso a él! Sería eternamente desventurada. No tenía a nadie que la defendiera, la aconsejara o hablara en su favor. Su único amigo estaba ausente. Él podía haber aplacado a su padre; pero todos, todos quizá, la juzgarían egoísta y desagradecida. Quizá tendría que soportar el reproche una y otra vez; podría oírlo, o verlo, o saber que estaba allí perenne en todos los que la rodeaban. No pudo por menos de sentir cierto rencor hacia el señor Crawford. Pero ¿y si la amaba verdaderamente, y era desgraciado él también? Todo sería desdicha.

Un cuarto de hora después regresó su tío. Casi estuvo a punto de desmayarse al verle. Pero se dirigió a ella en tono sereno, sin severidad, sin reproche; y eso la animó un poco. Había consuelo también en sus palabras, así como en su actitud; porque empezó:

—El señor Crawford se ha ido; acaba de despedirse. No necesito repetir lo que ha pasado. No quiero añadir más dolor al que debes de estar sufriendo, contándote lo que ha sentido él. Basta que sepas que se ha portado de la manera más noble y generosa; me ha confirmado la opinión sumamente favorable acerca de su juicio, su corazón y su carácter. Al explicarle tus angustias, inmediatamente, y con la mayor delicadeza, ha dejado de insistir en verte de momento.

Aquí Fanny, que había alzado los ojos, volvió a bajarlos.

—Naturalmente —prosiguió su tío—, no cabe suponer sino que pedirá hablar contigo a solas, aunque sólo sea unos minutos; petición muy natural, y derecho demasiado justo para negárselo. Pero no ha fijado tiempo alguno; puede ser mañana, o cuando tu ánimo se haya serenado lo suficiente. De momento, lo único que tienes que hacer es tranquilizarte. Reprime esas lágrimas; no harán sino agotarte. Si, como quiero suponer, deseas mostrarme algún acatamiento, no te abandonarás a esas emociones, sino que te esforzarás en alcanzar una mayor presencia de ánimo. Te aconsejo que salgas; el aire te sentará bien; sal a pasear una hora por el camino de grava, tendrás los arbustos para ti sola, y el aire y el ejercicio harán que te sientas mejor. Y, Fanny —volviéndose otra vez un instante—, no mencionaré abajo lo ocurrido; no se lo diré ni siquiera a tu tía Bertram. No es momento de propagar la decepción; no digas nada tú tampoco.

Ésa era una orden que iba a obedecer encantadísima: fue un gesto de amabilidad que a Fanny le llegó al corazón. ¡Ahorrarle los interminables reproches de tía Norris! Sir Thomas la dejó con cierto rubor de gratitud. Cualquier cosa sería más soportable que esos reproches. Incluso ver al señor Crawford sería menos abrumador.

Salió inmediatamente como le había recomendado su tío, y siguió su consejo en todo lo que pudo: reprimió las lágrimas, y trató sinceramente de serenar su ánimo y fortalecer su espíritu. Quería demostrarle que deseaba complacerle, e intentó ganarse su favor; y al mandarle que evitara que sus tías se enterasen del asunto le había dado otro poderoso motivo de esfuerzo. No despertar sospechas con su expresión o su actitud era ahora el objetivo que debía conseguir; y se sentía con fuerzas para casi todo lo que pudiera salvarla de su tía Norris.

Se quedó estupefacta, completamente estupefacta, cuando, al volver del paseo y entrar otra vez en la habitación del este, lo primero que descubrieron sus ojos fue un fuego encendido y animado. ¡Un fuego! Le pareció demasiado; tener con ella semejante consideración precisamente en un momento como éste le despertó una gratitud incluso dolorosa. La sorprendió que sir Thomas pudiera tener humor para pensar en tal insignificancia otra vez; pero no tardó en averiguar, por información espontánea de la criada que entró a atenderlo, que así iba a ser todos los días. Sir Thomas había dado órdenes en ese sentido.

—¡Tendría que ser una bruta, si de verdad fuera desagradecida! —dijo hablando consigo misma—. ¡Dios me libre de ser desagradecida!

No volvió a ver a su tío, ni a su tía Norris, hasta la hora de cenar. La actitud de su tío con ella fue entonces muy parecida a la que había tenido anteriormente; estaba segura de que pretendía que no hubiera ningún cambio, y que sólo serían figuraciones suyas si creía percibir alguno. Pero no tardó su tía en meterse con ella: y cuando vio cuánto y cuán desagradablemente se extendía regañándola sólo por haber salido a pasear sin el conocimiento de su tía, comprendió cuánta razón había tenido en bendecir la amabilidad que la había salvado de que ejerciera esa misma animadversión sobre un tema de mayor trascendencia.

—De haber sabido que ibas a salir, te habría mandado que fueras a mi casa a llevar un recado al ama —dijo—; así, me ha tocado a mí ir, con el poco tiempo que tenía; podías haberme ahorrado la molestia con haberte dignado decirnos que ibas a salir. Supongo que lo mismo te daba pasear por los arbustos que ir a mi casa.

—Le he recomendado yo pasear por los arbustos porque es el lugar más seco —dijo sir Thomas.

—¡Ah! —dijo la señora Norris, conteniéndose de momento—; ha sido usted muy amable, sir Thomas; pero no sabe lo seco que es el camino de mi casa. Fanny habría podido darse un paseo igual de bueno hasta allí, se lo aseguro; con la ventaja de haber hecho algo útil y complacer a su tía; la culpa es suya. Tenía que habernos dicho que iba a salir…, pero a Fanny le pasa algo; ya se lo he notado otras veces: le gusta hacer las cosas a su manera; no le gusta que la manden; sale a pasear sola siempre que puede; desde luego, anda algo reservada, independiente y atontada, y le aconsejo que procure superar ese estado.

Sir Thomas pensó que no podía ser más injusta esta crítica a Fanny, aunque hacía poco había estado él mismo manifestándole estas mismas impresiones, y trató de desviar la conversación. Lo intentó varias veces, antes de conseguirlo; porque la señora Norris no tenía bastante discernimiento para darse cuenta, ni en este momento ni en ningún otro, de hasta qué punto tenía sir Thomas buen concepto de su sobrina, ni de lo lejos que estaba de querer resaltar los méritos de sus hijos despreciando los de ella. La señora Norris siguió afeando a Fanny, y acusándola durante casi toda la cena de haber salido a pasear sola.

Terminó finalmente, y llegó la velada con más sosiego para Fanny, y más animación de la que podía haber esperado después de una mañana tan borrascosa; pero confiaba, en primer lugar, en haber hecho bien, y en que su juicio no le hubiera inducido a error; porque podía responder de la pureza de sus intenciones; y en segundo lugar, esperaba fervientemente que fuera disminuyendo el disgusto de su tío, y aún más cuando meditase el asunto con más imparcialidad, y comprendiese, como debe comprender todo hombre bueno, qué desdichado, qué imperdonable, qué desesperado y qué terrible es casarse sin amor.

Al día siguiente, una vez celebrada la entrevista con que había sido amenazada, no pudo por menos de esperar que el asunto se terminaría de manera definitiva, y que, en cuanto el señor Crawford se marchara de Mansfield, todo volvería a ser como si no hubiese ocurrido. No quería, no podía creer que el afecto que el señor Crawford sentía por ella le hiciera infeliz durante mucho tiempo; no era de ésos. Londres le curaría sin tardanza. Una vez en Londres, pronto aprendería a asombrarse de su encaprichamiento, y a agradecer que ella hubiera sido razonable, con lo que le había salvado de unas consecuencias no deseadas.

Estaba absorta Fanny en esta suerte de esperanzas, después del té, cuando su tío fue llamado fuera de la habitación; era algo demasiado corriente para que le extrañara, así que no pensó en ello hasta que reapareció el mayordomo, diez minutos después, se acercó a ella decididamente, y dijo:

Sir Thomas desea hablar con usted en su despacho, señora.

Entonces cayó en la cuenta de lo que pasaba; la asaltó una sospecha que hizo que sus mejillas perdiesen el color. Pero se levantó inmediatamente, dispuesta a obedecer, cuando la señora Norris le dijo en voz alta:

—¡Espera, espera, Fanny! ¿Qué haces? ¿Adónde vas? No tengas tanta prisa. Seguro que no te reclama a ti; seguro que es a mí —mirando al mayordomo—; estás demasiado ansiosa de hacerte notar. ¿Para qué te iba a necesitar sir Thomas? Es a mí a quien le envía, Baddely; voy ahora mismo. Seguro que es a mí, Baddely; a mí a quien necesita sir Thomas; no a Fanny.

Pero Baddely fue firme.

—No, señora, es a la señorita Price. Estoy seguro de que es la señorita Price. —Y con las palabras, esbozó media sonrisa como diciendo: no creo que le sirva usted en esta ocasión.

La señora Norris, muy disgustada, se vio obligada a serenarse para volver a su labor; y Fanny, que salió presa de gran nerviosismo, se encontró un minuto después, tal como suponía, a solas con el señor Crawford.