El primer acontecimiento de importancia en la familia fue la muerte del señor Norris, que ocurrió cuando Fanny tenía quince años, e introdujo forzosamente cambios y novedades. La señora Norris, al dejar la casa parroquial, se trasladó primero al parque, después a una casita que sir Thomas tenía en el pueblo, y se consoló de la pérdida del marido pensando que se las arreglaría muy bien sin él, y compensaría la reducción de sus ingresos con la evidente necesidad de una economía más estricta.
El beneficio eclesiástico iba a ser en el futuro para Edmund, y de haber fallecido su tío unos años antes, se habría cedido oportunamente a algún amigo para que lo disfrutase hasta que él tuviera la edad necesaria para ordenarse. Pero la prodigalidad de Tom, anterior a dicho acontecimiento, había sido lo bastante grande como para hacer necesario un arreglo diferente de esa adjudicación, con lo que el hermano menor tuvo que ayudar a pagar los placeres del mayor. Quedaba otro beneficio eclesiástico para Edmund; pero aunque esta circunstancia hacía que el arreglo fuera más fácil para la conciencia de sir Thomas, éste no pudo por menos de considerarlo una injusticia; e intentó transmitir a su hijo mayor esta misma convicción con la esperanza de que tuviera más efecto que todo cuanto hasta ahora había podido decir o hacer.
—Me avergüenzo de ti, Tom —dijo con su tono más solemne—; me sonrojo por la medida que me veo obligado a adoptar, y confío en poder compadecer tus sentimientos como hermano por tal motivo. Llevas robando a Edmund diez, veinte, treinta años, quizá toda la vida, más de la mitad de unas rentas que deberían ser suyas. Puede que más adelante esté en mi mano, o en la tuya (y espero que así sea), procurarle mejor posición; pero no olvides que ninguno de esos beneficios habría sobrepasado lo que le corresponde por derecho natural, y que en realidad, nada puede ser equivalente a la ventaja segura que ahora está obligado a renunciar a causa de la urgencia de tus deudas.
Tom escuchó un poco avergonzado y pesaroso; pero tras escapar en cuanto le fue posible, no tardó en reflexionar con ufano egoísmo: 1.º, que no estaba ni la mitad de endeudado que algunos de sus amigos; 2.º, que su padre se había puesto cargante con el asunto; y 3.º, que el futuro sacerdote que viniese a ocupar la casa parroquial, fuera quien fuese, moriría pronto con toda probabilidad.
A la muerte del señor Norris, la adjudicación recayó por derecho en un tal doctor Grant, que consiguientemente se instaló en Mansfield, y que, dado que era un individuo sano de cuarenta y cinco años, pareció desbaratar los cálculos del señor Bertram. Pero «no: es un tipo congestionado y apoplético; si se da a la buena vida, no tardará en reventar».
Su esposa era unos quince años más joven que él, aunque no tenían hijos, y llegaron a la vecindad con el habitual rumor favorable de ser personas muy respetables y agradables.
Había llegado el momento, ahora, en que sir Thomas esperaba que su cuñada hiciera valer su derecho a compartir a la sobrina, dado que el cambio de estado de la señora Norris y el hecho de tener Fanny unos años más parecían no sólo eliminar todas sus antiguas objeciones a vivir juntas, sino incluso alentar decididamente esta determinación; y puesto que su propia situación se había vuelto menos próspera a causa de ciertas pérdidas recientes en los intereses que poseía en las Indias Occidentales, además de la prodigalidad de su hijo mayor, no le pareció mal que le descargasen del gasto de su mantenimiento, y de la obligación de proveer su futuro. Convencido de que sería así, comentó tal posibilidad a su esposa. Y la primera vez que a lady Bertram le vino el tema al pensamiento, como estaba presente la propia Fanny, le dijo con toda tranquilidad:
—Así que nos dejas y te vas a vivir con mi hermana, ¿no, Fanny? ¿Te gustará?
Fanny se quedó demasiado sorprendida para hacer otra cosa que repetir las palabras de su tía:
—¿Que les dejo?
—Sí, cariño. ¿Por qué te sorprendes? Hace cinco años que estás con nosotros, y mi hermana siempre ha tenido idea de llevarte a vivir con ella cuando faltara el señor Norris. Pero tendrás que venir a hilvanarme los patrones.
La noticia fue para Fanny tan desagradable como inesperada. Jamás había recibido una palabra amable de tía Norris, y era incapaz de quererla.
—Sentiré muchísimo irme —dijo con voz insegura.
—Sí, supongo que sí. Es muy natural. Me parece que, desde que viniste a esta casa, eres la persona que menos motivo de queja ha tenido en el mundo.
—Espero no ser desagradecida, tía —dijo Fanny con modestia.
—No, cariño; espero que no. Siempre me has parecido una niña buenísima.
—¿Y no viviré aquí nunca más?
—No, cariño. Pero ten la seguridad de que estarás en una casa cómoda. Será casi igual para ti, estar en una o en otra.
Fanny abandonó abrumada la habitación; no veía que fuera casi igual: la idea de vivir con su tía no le hacía la más mínima gracia. En cuanto vio a Edmund le contó su zozobra.
—Primo —dijo—, va a ocurrir algo que no me hace ninguna gracia; y aunque me has convencido muchas veces para que acepte con resignación lo que al principio me desagrada, esta vez no lo conseguirás. Me voy a ir a vivir con tía Norris.
—¿De verdad?
—Sí, me lo acaba de comunicar tu madre. Ya está arreglado. Dejaré y me iré a la Casa Blanca en cuanto tía Norris se mude allí, supongo.
—Bueno, Fanny, si no fuera porque no es de tu agrado, yo consideraría excelente ese plan.
—¡Oh! ¡Primo!
—Todo lo demás está en su favor. Tía Norris demuestra ser una mujer sensible al querer tenerte con ella. Elige exactamente a la amiga y compañera que debe, y me alegro de que no haya intervenido aquí su amor al dinero. Serás lo que debes ser para ella. Espero que no te entristezca demasiado, Fanny.
—La verdad es que sí. No puede gustarme. Amo esta casa y todo lo que hay en ella. Nada amaré allí. Sabes lo nerviosa que me pone estar con ella.
—No puedo defender su comportamiento contigo cuando eras pequeña; aunque se portó igual con todos nosotros, o casi. Nunca ha sabido ser amable con los niños. Pero ahora tienes edad para que se te trate de otro modo. Creo que se está portando mejor ya; y cuando seas su única compañera, serás importante para ella.
—Yo nunca seré importante para nadie.
—¿Qué es lo que te lo impide?
—Todo: mi situación… mi cortedad y mi torpeza.
—En cuanto a tu cortedad y tu torpeza, mi querida Fanny, créeme: no tienes ni el más ligero asomo, salvo el usar las palabras inadecuadamente. No hay ninguna razón para que no seas importante donde eres conocida. Eres una persona juiciosa y afable, y estoy seguro de que tienes un corazón agradecido, incapaz de aceptar un gesto amable sin desear corresponder. No conozco mejores títulos para una amiga y compañera.
—Eres demasiado amable —dijo Fanny, ruborizándose ante tales elogios—; ¿cómo podré agradecerte nunca lo bastante que pienses tan bien de mí? ¡Ay, primo, si me voy, recordaré tu bondad hasta el último instante de mi vida!
—Bueno, Fanny, espero que no te olvides de mí a la distancia que hay de aquí a la Casa Blanca. Hablas como si fueras a irte a trescientos kilómetros, cuando en realidad vivirás al otro lado del parque. Pero estarás con nosotros casi igual que antes. Las dos familias se verán casi todos los días del año. La única diferencia será que al vivir con tía Norris tendrán que ir a traerte, como debe ser. Aquí hay muchos tras los que refugiarte; pero con ella te verás obligada a hacerte valer.
—¡Ah! No digas eso.
—Tengo que decirlo, y decirlo con satisfacción. Tía Norris está mucho más capacitada que mi madre para encargarse de ti ahora. Es una mujer dispuesta a hacer lo que sea por toda persona a la que quiere, y te obligará a hacer justicia a tus dotes naturales.
Fanny suspiró, y dijo:
—No veo las cosas como tú; pero debo creer que tienes más razón que yo, y te agradezco muchísimo tus esfuerzos por hacer que me conforme con lo que no tiene remedio. Ojalá pudiera pensar que le caigo bien a tía Norris, ¡sería maravilloso saber que le importo a alguien! Aquí sé que no le importo a nadie; aunque quiero muchísimo este lugar.
—El lugar, Fanny, es lo que no dejarás, aunque dejes la casa. Tendrás el parque y los jardines a tu libre disposición, como siempre. No debe asustarse tu fiel corazoncito por el cambio de nombre. Frecuentarás los mismos paseos, escogerás en la misma biblioteca, verás a las mismas personas y montarás el mismo caballo.
—Muy cierto. Sí, la querida jaca gris. ¡Ah, primo! Cuando recuerdo el miedo que me daba montar a caballo, los terrores que me asaltaban cuando oía decir que me sentaría bien (cómo temblaba yo cuando tomaba la palabra mi tío cada vez que se hablaba de caballos), y pienso en los amables trabajos que te tomabas para hacerme razonar y convencerme de que debía desechar mis temores y de que no tardaría en gustarme, y veo cuánta razón tenías, me inclino a esperar que sepas profetizar tan bien siempre.
Así concluyeron una conversación que, por mucho que le hubiera servido a Fanny, podían haberse ahorrado perfectamente; porque la señora Norris no tenía la menor intención de llevársela. No se le había ocurrido, en las actuales circunstancias, sino que era algo que debía evitar con el mayor cuidado. Y para impedir que se esperase tal cosa de ella, se había instalado en la más pequeña de las casas que había de su nivel social en toda la parroquia de Mansfield: la Casa Blanca tenía el tamaño justo para ella y sus criados, con un cuarto de respeto para recibir a alguna amiga, sobre el que hizo una observación muy particular: nunca habían faltado cuartos de invitados en la casa parroquial, pero ahora nunca olvidaría la absoluta necesidad de tener siempre uno disponible para una amiga. Sin embargo, todas sus precauciones no pudieron evitar que se sospechase que pensaba dar a ese cuarto un destino mejor; o quizá su misma insistencia en la importancia de contar con él indujo a sir Thomas a suponer que en realidad era para Fanny. No tardó lady Bertram en poner las cosas en claro, al comentar irreflexivamente a la señora Norris:
—Creo, hermana, que no hará falta que tengamos más a la señorita Lee, cuando Fanny se vaya a vivir contigo.
La señora Norris casi dio un salto.
—¿A vivir conmigo, querida lady Bertram, qué ocurrencia es ésa?
—¿No se va a ir a vivir contigo? Yo creía que habías arreglado eso con sir Thomas.
—¿Yo?, jamás. Jamás he dicho a sir Thomas nada parecido; ni él a mí. ¡Vivir Fanny conmigo! Es lo último que se me ocurriría a mí, ni a nadie que nos conozca realmente a las dos.
¡Dios mío! ¿Qué iba a hacer yo con Fanny? ¿Qué iba a hacer una pobre viuda desvalida, incapaz de nada y hundida por completo, con una muchacha de quince años, con una muchacha en la flor de la edad, la edad en que más cuidados y atenciones se necesitan, y en que se pone a prueba el temperamento más alegre? ¡Estoy segura de que sir Thomas no espera seriamente eso de mí! Sir Thomas es demasiado amigo mío. Nadie que me tenga alguna estima, estoy segura, me propondría una cosa así. ¿Cómo se le ha ocurrido a sir Thomas decirte eso?
—La verdad, no lo sé. Supongo que pensó que era lo mejor.
—Pero ¿qué ha dicho? No puede haber dicho que desea que me lleve a Fanny. Estoy segura de que, en el fondo, no puede desear que haga una cosa semejante.
—No, él sólo ha dicho que le parecía muy probable… y a mí me lo parecía también. Los dos hemos pensado que sería un consuelo para ti. Pero si no te gusta, no hay nada más que hablar. Fanny no es ninguna carga aquí.
—¡Mi querida hermana! Piensa en mi triste situación: ¿cómo iba a ser un consuelo para mí? Sólo soy una viuda pobre y desconsolada que ha perdido al mejor de los maridos, que tiene la salud consumida de atenderle y cuidarle, y el ánimo aún peor, que ha perdido la paz en este mundo, y apenas tiene lo suficiente para mantenerse en el nivel de una dama y vivir de una forma que no deshonre la memoria del ser desaparecido… ¿Qué consuelo podría encontrar si echara sobre mí una carga como Fanny? Aunque lo desease por mí misma, no cometería semejante injusticia con la pobre muchacha. Está en buenas manos, y desde luego le está sentando bien. Yo debo combatir mis dificultades y mis penas como pueda.
—¿No estarás pensando vivir completamente sola?
—¡Querida lady Bertram! ¿Para qué otra cosa estoy preparada, sino para la soledad? De vez en cuando espero tener a alguna amiga en mi casita (siempre tendré una cama para una amiga); pero la mayor parte de mis días venideros los pasaré en total reclusión. Si puedo arreglármelas con lo que tengo, eso es todo lo que pido.
—Espero, hermana, que las cosas no te vayan tan mal… después de todo. Sir Thomas dice que recibirás seiscientas al año.
—Lady Bertram, no me quejo. Sé que no podré vivir como hasta ahora, pero tendré que restringir lo que pueda, y aprender a administrarme mejor. He sido un ama de casa bastante liberal, pero ahora no me va a dar vergüenza practicar el ahorro. Mi situación ha alterado mucho mis ingresos. Hay muchas cosas que provenían del pobre señor Norris como pastor de la parroquia que no espero recibir. Es imposible saber cuánto consumía nuestra cocina a causa de la gente extraña que pasaba por ella. En la Casa Blanca se vigilarán más las cosas. Debo vivir conforme a mis ingresos, o me hundiré en la miseria; y reconozco que me produciría gran satisfacción poder hacer algo más… tener un poco ahorrado al final del año.
—Supongo que podrás. Siempre has podido, ¿no?
—Mi propósito, lady Bertram, es servir a los que vienen detrás de mí. Es por el bien de tus hijos por lo que quisiera ser más rica. No tengo a nadie más de quien ocuparme; pero me alegraría pensar que puedo dejarles alguna pequeñez que les merezca la pena.
—Eres muy buena; pero no debes preocuparte por ellos. Ten la seguridad de que se les proveerá bien. Sir Thomas se ocupará de eso.
—Bueno, tú sabes que los medios de sir Thomas se van a reducir bastante si su propiedad de Antigua empieza a dar tan poco rendimiento.
—Ah, no tardará en solucionarse eso. Sé que sir Thomas ha escrito al respecto.
—Bueno, lady Bertram —dijo la señora Norris, disponiéndose a marcharse—. Yo sólo digo que mi único deseo es servir a tu familia… Y si sir Thomas vuelve a hablar de llevarme a Fanny, puedes decirle que mi salud y mi estado de ánimo me impiden planteármelo siquiera. Y además, no habría cama para ella, ya que debo tener una habitación de respeto por si viene alguna amiga.
Lady Bertram repitió a su marido lo suficiente de esta conversación como para que éste se convenciera de lo mucho que se había equivocado sobre los proyectos de su cuñada, la cual se puso desde ese momento totalmente a salvo de semejante eventualidad, y de la más ligera alusión al asunto por parte de él. Sir Thomas no pudo por menos de sorprenderse ante su negativa a hacer algo por su sobrina, cuando tan impertinente se había puesto para que se la adoptara; pero ya que se había cuidado tan pronto de hacerles saber, a él y a lady Bertram, que iba a dejar a sus hijos cuanto poseía, se resignó pronto a una distinción que, a la vez que era ventajosa y halagüeña para ellos, le permitiría proveer mejor a la propia Fanny.
No tardó Fanny en enterarse de lo infundado que había sido su miedo a ese traslado; y su alegría espontánea y natural al saber la noticia consoló en cierto modo a Edmund de la decepción respecto de algo que había esperado que fuera esencialmente provechoso para ella. La señora Norris tomó posesión de la Casa Blanca, llegaron los Grant a la casa parroquial, y concluidas estas novedades, todo en Mansfield volvió a ser durante un tiempo como de costumbre.
Los Grant resultaron ser simpáticos y sociables, lo que produjo gran satisfacción general entre sus nuevas amistades. Tenían sus defectos, cosa que la señora Norris no tardó en averiguar: el doctor era muy aficionado a comer y se banqueteaba todos los días; en cuanto a la señora Grant, en vez de esforzarse en satisfacerle con poco gasto, daba a su cocinera un sueldo tan alto como el que se pagaba en Mansfield Park, y apenas se la veía en sus dependencias. La señora Norris no podía hablar sin enojo de tales desmanes, ni de la cantidad de huevos y mantequilla que se consumía regularmente en esa casa. A nadie como a ella le gustaba la abundancia y la hospitalidad; nadie detestaba más las fiestas pobretonas; jamás había faltado de nada en la casa parroquial, ni había tenido fama de tacaña, creía, en sus tiempos; pero éste era un tren de vida que ella no podía entender. Una dama tan refinada estaba fuera de lugar en una parroquia rural. Y pensaba que su propia despensa podía haber servido de ejemplo a la señora Grant. Y pese a las indagaciones que había hecho, no había logrado averiguar que la señora Grant hubiera tenido nunca más de cinco mil libras.
Lady Bertram escuchaba sin mucho interés esta especie de diatriba. No participaba en los denuestos de una experta en el ahorro, pero sentía todas las ofensas de la belleza viendo a la señora Grant tan bien instalada en la vida sin ser guapa, y manifestaba su asombro sobre esta cuestión casi con la misma frecuencia —aunque no tan profusamente— con que la señora Norris hablaba de las otras.
Apenas llevaban un año debatiendo estas cuestiones cuando ocurrió otro acontecimiento de tal importancia para la familia que pudo reclamar con justicia un puesto en el pensamiento y la conversación de ambas damas: sir Thomas juzgó conveniente ir personalmente a Antigua para atender mejor sus intereses, y se llevó al hijo mayor con la esperanza de apartarle de ciertas compañías poco recomendables. Abandonaron Inglaterra con idea de estar ausentes alrededor de un año.
La necesidad de esta medida desde el punto de vista económico, y la esperanza de que fuera de provecho para su hijo, decidieron a sir Thomas a hacer el esfuerzo de abandonar al resto de la familia, y delegar en otros la dirección de sus hijas en la etapa más interesante de sus vidas. No creía que lady Bertram fuera capaz de sustituirle eficazmente ante ellas, o más bien que cumpliera como debía su propia función; pero tenía confianza suficiente en la atenta vigilancia de la señora Norris y en el juicio de Edmund sobre la conducta de las dos para marcharse sin temor.
A lady Bertram no le hacía ninguna gracia que su marido la dejara; pero no la inquietaba su seguridad ni la preocupaba su comodidad, porque era de esas personas que creen que no hay nada peligroso, agobiante o difícil para nadie más que para ellas.
Las señoritas Bertram fueron dignas de lástima en esta ocasión; no por su pena, sino por la falta de ella. No amaban a sir Thomas: nunca parecía gustarle verlas disfrutar, y su ausencia, por desgracia, fue muy bien acogida. Se sintieron liberadas de toda restricción; y sin proponerse nada que sir Thomas les hubiera prohibido, se sintieron inmediatamente dueñas de sí mismas, y con todos los placeres a su alcance. Fanny sentía alivio y era consciente de ello casi igual que sus primas; pero su naturaleza más afectuosa le sugería que sus sentimientos eran desagradecidos, y le pesaba sinceramente no tener pena ninguna. ¡Sir Thomas, que había hecho tanto por ella y por sus hermanos, y que se había ido quizá para no volver! ¡Haberle visto marcharse sin una lágrima! ¡Era una vergonzosa falta de sensibilidad! Además, la misma mañana en que se fue le había dicho que esperaba que pudiera volver a ver a William el próximo invierno, y le había encargado que le escribiera y le invitara a Mansfield en cuanto supiera que la flota en la que iba estaba en Inglaterra. «¡Ha sido un detalle muy amable y considerado!». Y si la hubiera llamado, sonriendo, «mi querida Fanny», habría olvidado sus ceños anteriores y su trato frío. Pero había terminado su discurso de una manera que la mortificó, al añadir: «Si efectivamente viene William a Mansfield, espero que le convenzas de que no has desaprovechado los muchos años que has pasado separada de él… Aunque me temo que encontrará a su hermana de dieciséis, en algunos aspectos, muy parecida a su hermana de diez». Estas palabras hicieron llorar amargamente a Fanny cuando su tío se hubo ido. Y sus primas, al verla con los ojos enrojecidos, la tuvieron por una hipócrita.