Con la marcha de sus primas aumentó la importancia de Fanny. Al convertirse en la única joven del salón, en la titular de esa sección de la familia en la que hasta ahora había ocupado un modesto tercer lugar, le fue imposible evitar que se fijaran en ella, que pensaran más en ella y la tuvieran más en cuenta que antes; ya no era raro oír preguntar: «¿Dónde está Fanny?»; aunque no se la requiriese para nada concreto.
No sólo aumentó su valor en el parque, sino también en la casa parroquial. Para esta casa, en la que apenas entraba un par de veces al año desde la muerte del señor Norris, se convirtió en visita deseada y solicitada; y en los días oscuros y embarrados de noviembre, muy grata para Mary Crawford. Sus visitas, iniciadas por casualidad, continuaron por invitación. La señora Grant, deseosa de propiciar cualquier cambio que distrajera a su hermana, no tuvo dificultad en convencerse a sí misma de que estaba siendo amabilísima con Fanny, y brindándole la gran ocasión de cultivarse al insistirle en que les visitara a menudo.
Fanny había ido al pueblo a hacer un recado para su tía Norris, cuando la sorprendió un chaparrón cerca de la casa parroquial; y al verla desde una de las ventanas tratando de protegerse bajo las ramas y las escasas hojas que aún le quedaban a un roble cercano al edificio, la obligaron a entrar, no sin cierta modesta renuencia por su parte. Se había resistido a un atento criado; pero cuando salió el propio doctor Grant con un paraguas, no pudo hacer otra cosa que sentir vergüenza, y entrar en la casa lo más deprisa posible; y para la pobre señorita Crawford, que había estado contemplando la lúgubre lluvia con desaliento, lamentando que se le hubiera estropeado el plan de hacer ejercicio por la mañana, y toda posibilidad de ver a nadie aparte de ellos mismos durante las siguientes veinticuatro horas, el ligero ruido en la puerta, y la aparición de la señorita Price mojada en el vestíbulo, fueron algo delicioso. Le hizo ver con toda claridad el valor de un acontecimiento en el campo en un día de lluvia. Al punto volvió a animarse; y fue la más activa en prestar ayuda a Fanny, descubriendo que estaba más empapada de lo que había admitido al principio, y proporcionándole ropa seca; y Fanny se vio obligada a aceptar todas estas atenciones, se dejó ayudar y atender por criadas y señoras, y bajó otra vez, a esperar en el salón una hora, mientras duraba la lluvia. La bendición de algo nuevo que ver y en qué pensar se extendió a la señorita Crawford, que continuó animada hasta el momento de vestirse para la cena.
Tan amables y simpáticas estuvieron las dos hermanas con ella que Fanny habría podido disfrutar de la visita si no se hubiese considerado de paso, o hubiese previsto que iba a aclarar al término de una hora, y a ahorrarle el apuro de que sacaran el coche y los caballos del doctor Grant para llevarla a casa, como fue amenazada. En cuanto a que su ausencia ocasionara inquietud en casa con este tiempo, no tenía ninguna preocupación; porque, dado que sólo sus dos tías estaban enteradas de su ausencia, sabía perfectamente que ninguna de las dos la sentiría, y que en cualquier casa que su tía Norris dijera que estaba durante la lluvia, allí estaría sin ninguna duda para tía Bertram.
Empezaba a asomar el sol, cuando Fanny, al ver un arpa en la habitación, hizo alguna pregunta sobre ella, lo que enseguida la llevó al reconocimiento de que le encantaría oírla tocar, y a la confesión casi increíble de que no la había oído nunca desde que la trajeron a Mansfield. A Fanny le parecía esto muy natural. Apenas había estado en la casa parroquial desde la llegada del instrumento; no había motivo para que no fuera así. Pero la señorita Crawford, al acordarse de que hacía tiempo le había expresado el deseo de oírla, se preocupó por su propio olvido; y: «¿Le apetece que toque ahora?», y «¿Qué quiere oír?», fueron las preguntas que le hizo inmediatamente con la mejor disposición.
Y se puso a tocar, feliz de tener una nueva oyente: una oyente agradecida, maravillada de su ejecución, y que no parecía carecer de gusto. Tocó hasta que la mirada de Fanny, desviándose hacia la ventana porque el tiempo había aclarado, le dio a entender que debía terminar.
—Espere un cuarto de hora más —dijo la señorita Crawford—, a ver qué pasa. No salga corriendo en cuanto ha dejado de llover. Esas nubes son alarmantes.
—Pero han pasado ya —dijo Fanny—. Las he estado observando. El tiempo viene del sur.
—Del sur o del norte, sé reconocer una nube cuando va cargada, y no debe salir mientras se la vea tan amenazadora. Además, quiero tocar algo más para usted; una pieza preciosa: la predilecta de su primo Edmund. Quédese a escuchar la predilecta de su primo.
Fanny comprendió que debía quedarse; y aunque no había esperado oír esa proposición para pensar en Edmund, tal recordación le hizo especialmente viva su figura, y le imaginó sentado en la habitación, una y otra vez, quizá en el mismo sitio donde ella estaba sentada ahora, escuchando con ininterrumpido placer la pieza favorita, tocada, le parecía, con gran sentimiento y expresión. Y contenta de que le gustase lo que le gustaba a él, se mostró más sinceramente impaciente por marcharse al terminar esta pieza musical de lo que estaba al principio. Y al hacerse evidente, le pidieron con toda simpatía que las visitase otra vez, que pasase a recogerlas siempre que pudiese al salir de paseo, y que fuese a escuchar más cosas en el arpa; de manera que consideró obligado hacerlo, si no había nada en casa que se lo impidiera.
Ése fue el origen de la especie de intimidad que nació entre ellas a los catorce días de haberse marchado las señoritas Bertram, amistad derivada principalmente del deseo de novedad de la señorita Crawford, y que tenía poca entidad en los sentimientos de Fanny. Fanny iba a visitarla cada dos o tres días; era como una especie de fascinación: no se sentía a gusto si no iba, aunque sin tenerle cariño, sin pensar nunca como ella, sin una sensación de agradecimiento porque era solicitada ahora que no había nadie más, y sin sacar otro placer de su conversación que el entretenimiento momentáneo, y aun éste a costa muchas veces de su modo de pensar, cuando consistía en bromear sobre personas o asuntos que Fanny quería que se respetasen. Iba, sin embargo; y muchas veces paseaban durante media hora entre los arbustos de la señora Grant, y el tiempo era excepcionalmente templado para la época del año; incluso se atrevían a sentarse en uno de los bancos ahora relativamente expuestos, permaneciendo allí, quizá, hasta que, en mitad de alguna tierna exclamación de Fanny sobre las delicias de un otoño tan prolongado, llegaba un súbito viento frío que, derribando las últimas hojas amarillas alrededor de ellas, las obligaba a levantarse de un salto y caminar para entrar en calor.
—Es precioso, precioso —dijo Fanny mirando a su alrededor, mientras se sentaban juntas un día—; cada vez que vengo aquí, me sorprende más la belleza de estos arbustos. Hace tres años, esto sólo era un seto tosco en el lindero del prado; nunca me pareció que fuera nada, ni que pudiera llegar a ser nada; y ahora se ha convertido en un paseo. Y sería difícil decir si más estimable como utilidad o como ornamentación. Y puede que dentro de otros tres años hayamos olvidado… casi hayamos olvidado lo que fue antes. ¡Qué asombrosos, qué prodigiosos son los trabajos del tiempo, y los cambios del espíritu humano! —Y siguiendo el último curso de sus pensamientos, añadió poco después—: Si alguna facultad de nuestra naturaleza puede considerarse más sorprendente que las demás, creo que es la memoria. Los poderes, los fallos, las desigualdades de la memoria parecen más manifiestamente incomprensibles que los de ninguna otra de nuestras inteligencias. La memoria es unas veces retenedora, servicial, obediente; otras, aturrullada y endeble, otras… ¡incontrolable y tiránica! Por supuesto, somos un milagro en todos los sentidos… Pero el poder de recordar y olvidar parece un misterio especialmente inalcanzable.
La señorita Crawford, indiferente y distraída, no tuvo nada que decir; y Fanny, al darse cuenta, volvió a llevar sus reflexiones sobre lo que pensó que podía interesarle.
—Quizá parezca una impertinencia por mi parte, pero admiro el gusto que la señora Grant ha demostrado en todo esto. ¡Qué discreta sencillez hay en el trazado de este paseo! ¡No se ha intentado nada complicado!
—Sí —contestó la señorita Crawford con desinterés—, está muy bien para un lugar como éste. No se piensa en amplitud aquí… y entre nosotras, nunca había imaginado, hasta que vine a Mansfield, que una parroquia rural aspirase a tener un paseo de arbustos ni nada parecido.
—¡A mí me encanta ver cómo crecen los arbustos! —contestó Fanny—. El jardinero de mi tío dice que la tierra de aquí es mejor que la suya, y parece que es así, a juzgar por cómo crecen los laureles y los arbustos de hoja perenne en general. ¡Los de hoja perenne! ¡Qué belleza, qué maravilla, qué prodigio, los arbustos de hoja perenne! ¡Qué variedad más asombrosa de la naturaleza, si nos paramos a pensar! En algunos países sabemos que la variedad está en los árboles que pierden la hoja, pero eso no hace menos asombroso que el mismo suelo y el mismo sol alimenten plantas que difieren en la primera regla y ley de su existencia. Quizá piense que exagero; pero cuando salgo, sobre todo cuando me siento al aire libre, tiendo a dejarme llevar por esta especie de inclinación al asombro. No puedo poner los ojos en el producto más vulgar de la naturaleza sin encontrar materia para las divagaciones.
—A decir verdad —replicó la señorita Crawford—, yo soy más bien como el famoso duque de Luis XIV, y confieso que no veo nada tan maravilloso en este paseo de arbustos como el estar yo en él. Si alguien me hubiera dicho hace un año que este sitio iba a ser mi hogar, que iba a pasar aquí mes tras mes, como he pasado, desde luego no lo habría creído. ¡Sin embargo, llevo ya casi cinco meses! Los cinco meses más tranquilos de mi vida, además.
—Demasiado tranquilos para usted, me parece.
—Así lo habría juzgado yo en teoría, pero… —se le encendieron los ojos mientras hablaba—, en conjunto, nunca había pasado un verano tan feliz. El caso es que… —con aire algo más pensativo, y bajando la voz— es imposible saber adónde puede llevar.
A Fanny se le aceleró el corazón, y no se sintió con fuerzas para suponer ni preguntar más. La señorita Crawford, no obstante, prosiguió con animación:
—Me doy cuenta de que me he adaptado a la vida campestre mucho más de lo que esperaba. Incluso imagino que debe de ser agradable pasar la mitad del año en el campo, en determinadas condiciones… Muy agradable. Una elegante casa de tamaño razonable, estar en el centro de las relaciones familiares, con continuos compromisos entre sus miembros, gobernar la primera sociedad del contorno, ser considerada quizá por encima incluso de los que son más acaudalados, y dejar el círculo jovial de tales diversiones sólo para estar a solas con la persona para mí más agradable del mundo. No hay nada horrible en semejante cuadro, ¿verdad, señorita Price? No tengo por qué envidiar a la nueva señora Rushworth, con una casa así.
—¿Envidiar a la señora Rushworth? —fue todo lo que Fanny se atrevió a decir.
—Bueno, bueno; sería muy feo por nuestra parte mostrarnos severas con la señora Rushworth. Porque estoy segura de que le vamos a deber muchas horas de alegría y felicidad. Tengo la esperanza de que nos reunamos todos muchas veces en Sotherton, otro año. Una boda como la que ha hecho la señorita Bertram es una bendición para todos, porque una de las primeras satisfacciones de la esposa del señor Rushworth será llenar la casa, dar los mejores bailes del contorno.
Fanny no dijo nada, y la señorita Crawford se quedó pensativa; hasta que, de repente, alzando los ojos al cabo de unos minutos, exclamó:
—¡Ah!, aquí está él. —Pero no era el señor Rushworth, sino Edmund que en ese momento apareció andando hacia ellas, con la señora Grant—. Mi hermana y el señor Bertram. Me alegro de que su primo mayor se haya ido; así él puede volver a ser el señor Bertram. Eso de «el señor Edmund Bertram» suena tan solemne, tan penoso, tan de hermano menor, que lo detesto.
—¡Qué diferente pensamos! —exclamó Fanny—. Para mí, «el señor Bertram» es una cosa fría que no significa nada, una cosa sin calor ni carácter. Es un tratamiento de caballero, nada más. En cambio en el nombre de Edmund hay nobleza. Es un nombre de heroísmo y renombre: de reyes, príncipes y caballeros armados; y parece alentar el espíritu de la caballería y de los afectos acendrados.
—Concedo que el nombre es bonito en sí mismo, y que lord Edmund o sir Edmund suenan maravillosamente; pero sumérjalo en el frío, en el anonadamiento de un «señor»… y encontrará que «señor Edmund» es tanto como «señor John» o «señor Thomas». Bueno, ¿vamos al encuentro de ellos, y nos ahorramos la mitad de su sermón por sentarnos al aire libre en esta época del año, estando de pie antes de que empiecen?
Edmund se unió a ellas con especial alegría. Era la primera vez que las veía juntas desde el inicio de esta relación más fluida, de la que se había enterado con gran satisfacción. Esta amistad entre las dos jóvenes a las que tanto quería era exactamente lo que más podía desear; y hay que decir, para elogio de la perspicacia del enamorado, que no pensaba que fuera Fanny la única ni la que más ganaba con esa amistad.
—Bueno —dijo la señorita Crawford—, ¿no nos regaña por nuestra imprudencia? ¿Para qué cree que hemos estado sentadas, sino para que nos reprendan, y nos rueguen y supliquen que no lo volvamos a hacer?
—Puede que las hubiera regañado —dijo Edmund—, si las hubiera encontrado solas a una o a otra; pero si cometen juntas la imprudencia, tendré que pasarla por alto.
—No pueden llevar sentadas mucho tiempo —exclamó la señora Grant—, porque al subir a coger el chal las he visto desde la ventana de la escalera, y estaban paseando.
—Y en realidad —añadió Edmund—, hace tan bueno que no puede decirse que sea una imprudencia estar sentadas unos minutos. No siempre hay que juzgar el tiempo por el calendario. A veces podemos tomarnos más libertades en noviembre que en mayo.
—Vaya —exclamó la señorita Crawford—, ¡son ustedes los amigos más decepcionantes e insensibles que he conocido! No hay manera de inspirarles un momento de inquietud. ¡No saben lo mucho que hemos sufrido, ni el frío que hemos pasado! Pero hace mucho que tengo al señor Bertram por una de las personas que menos se dejaría influir por cualquier pequeña maniobra contra el sentido común con que fuera atormentada una mujer. Tenía muy poca esperanza en él desde el principio; pero a ti, señora Grant, y hermana, mi hermana del alma, creo que tenía derecho a alarmarte un poco.
—No te hagas ilusiones, mi queridísima Mary. No tienes la más pequeña posibilidad de conmoverme. Tengo mis temores, pero van en una dirección totalmente distinta; y si tuviese el poder de alterar la meteorología, te habría estado soplando todo el tiempo un ventarrón del este: porque hay aquí algunas de mis plantas que Robert dejará a la intemperie porque las noches son suaves; y sé que al final vendrá un cambio repentino, caerá una helada que cogerá a todo el mundo desprevenido, a Robert al menos, y las perderé todas. Y lo que es peor, la cocinera me ha estado diciendo que el pavo que yo tenía interés en preparar el domingo, porque sé que el doctor Grant lo disfrutaría mucho más en domingo, después de los rigores del día, no aguantará más allá de mañana. Ésas son algunas de las quejas que me hacen considerar el tiempo inoportunamente sofocante.
—¡Delicias domésticas de la vida pueblerina! —dijo la señorita Crawford con sarcasmo—. Recomiéndame al verdulero y al pollero.
—Mi querida niña, recomienda tú al doctor Grant al deanato de Westminster o al de San Pablo, y me alegraré de tu verdulero y tu pollero tanto como tú. Aquí en Mansfield no tenemos ese personal. ¿Qué quieres que haga?
—¡Bueno! No puedes hacer nada, aparte de lo que ya haces: dejar que te atormenten continuamente sin perder nunca la paciencia.
—Muchas gracias, Mary; pero no hay manera de escapar a estos pequeños disgustos. Vivimos donde podemos vivir; y cuando tú residas en la capital y vaya a verte, creo que te encontraré con los tuyos, a pesar del verdulero y el pollero… o quizá precisamente por ellos. Su distancia y falta de puntualidad, o sus precios y fraudes exorbitantes, te arrancarán amargas quejas.
—Pienso ser demasiado rica para lamentar ni sentir nada de eso. Una buena renta es la mejor receta para la felicidad, que yo sepa. Desde luego, puede asegurarme todo el mirto y el pavo que me apetezca.
—¿Piensa ser muy rica? —dijo Edmund, con una expresión que, a los ojos de Fanny, tenía muy grave significado.
—Por supuesto. ¿Usted no? ¿No queremos serlo todos?
—Yo no puedo pretender algo que está tan fuera de mi alcance. La señorita Crawford puede escoger su grado de riqueza. No tiene más que señalar los miles que quiere al año, y no cabe la menor duda de que le llegarán. Mi intención es sólo no ser pobre.
—Con moderación y economía, y acomodando las necesidades a los ingresos, y demás. Le comprendo, y es un plan muy correcto para una persona de su edad, con medios limitados y escasa vida social. ¿Qué puede necesitar usted, aparte de un mantenimiento decente? No tiene mucho tiempo por delante; y sus parientes no están en situación de hacer nada por usted, ni de mortificarle con el contraste de su propia riqueza e importancia. ¡Sea honrado y pobre, adelante! Pero no le voy a envidiar; ni creo que le respete siquiera. Siento mucho más respeto por las personas que son honradas y ricas.
—Su grado de respeto por la honradez, rica o pobre, es precisamente lo que a mí menos me importa. No pienso ser pobre. Estoy decididamente en contra de la pobreza. Lo que deseo es que no mire como algo inferior la honradez en el punto medio, en la posición económica media.
—Pues sí la miro, si puedo llegar más arriba. Tendré que considerar inferior a todo el que se conforma con la oscuridad cuando podría ascender a la distinción.
—Pero ¿cómo se puede ascender? Al menos, ¿cómo puede mi honradez alcanzar alguna distinción?
No era una pregunta muy fácil de contestar, y dio lugar a un «¡Oh!», un poco prolongado por parte de la hermosa dama, antes de que pudiera añadir:
—Podría entrar en el Parlamento; o debería haber ingresado en el ejército hace años.
—Eso está fuera de lugar ahora; y en cuanto a entrar en el Parlamento, me parece que tendré que esperar a que se convoque una asamblea especial para representantes de segundones con pocos medios de subsistencia. No, señorita Crawford —añadió en tono más serio—, hay distinciones que, si las juzgase inalcanzables o vedadas para mí, harían que me sintiera desgraciado… Pero son de otra naturaleza.
Fanny observó con dolor una mirada inquieta de él, mientras hablaba, y lo que pareció un gesto de inteligencia por parte de la señorita Crawford al contestarle riendo. Y sintiéndose incapaz de prestar atención a la señora Grant, a cuyo lado caminaba ahora, detrás de los otros, casi había decidido regresar a casa inmediatamente, y sólo esperaba hacer suficiente acopio de valor para decirlo, cuando los tañidos del gran reloj de Mansfield Park, al dar las tres, la hicieron comprender que llevaba ausente mucho más de lo habitual, y aceleraron su deliberación interior sobre si irse o no inmediatamente, y cómo. Empezó a despedirse con toda decisión, cuando en ese mismo instante recordó Edmund que su madre le había estado preguntando por ella, y que él había bajado a la casa parroquial con objeto de acompañarla de regreso.
La prisa de Fanny fue mayor, y habría echado a correr sola sin esperar siquiera a Edmund; pero avivaron todos el paso, y la acompañaron a la casa por la que tenía necesariamente que pasar. El doctor Grant estaba en el vestíbulo, y al detenerse a hablar con él, se dio cuenta por el gesto de Edmund que se proponía ir con ella: se estaba despidiendo (cosa que no podía por menos de agradecerle). En el momento de separarse, el doctor Grant invitó a Edmund a cenar cordero con él al día siguiente; y apenas había empezado Fanny a sentirse violenta ante su situación, cuando la señora Grant, cayendo súbitamente en la cuenta, se volvió hacia ella y le pidió que les hiciese el honor de acompañarlos también. Fue una atención tan nueva, un detalle tan totalmente inédito en los acontecimientos de la vida de Fanny, que se sintió abrumada de sorpresa y de confusión; y mientras balbuceaba unas palabras de agradecimiento, pero que «no sabía si la iban a dejar», miró a Edmund en busca de opinión y ayuda. Pero Edmund, encantado de la dicha que se ofrecía a Fanny, y confirmando con media mirada y media frase que no encontraría objeción más que por parte de su tía, no pensaba que su madre se opusiera a dejarla ir, y le aconsejó decididamente que aceptara la invitación; y aunque Fanny no se atrevía, ni animándola él, a semejante gesto de audaz independencia, no tardaron en acordar que, si no surgía nada en contra, la señora Grant contaría con ella.
—Y ya sabe cuál va a ser la cena —dijo la señora Grant sonriendo—: el pavo; pero le aseguro que estará estupendo; porque mi inestimable cocinera —volviéndose a su esposo— insiste en preparar el pavo mañana.
—De acuerdo, de acuerdo —exclamó el doctor Grant—; tanto mejor. Me alegra saber que tienes algo bueno en casa. Pero creo que la señorita Price y el señor Edmund Bertram deben venir sin más. No nos hace falta saber el menú. Nuestro propósito es tener una reunión jovial, no un suculento banquete. Tomaremos pavo, ganso, pierna de cordero o lo que tu cocinera quiera darnos.
Los dos primos regresaron a pie; y salvo comentar al principio esta invitación, de la que Edmund dijo contentísimo que era muy oportuna para que ella cultivase la amistad que veía con placer que había establecido, fue un paseo silencioso. Porque una vez agotado ese tema, Edmund se quedó pensativo, y no tuvo ánimos de abordar ningún otro.