Sir Thomas debía regresar en noviembre, y su hijo mayor tenía obligaciones que le reclamaban antes a casa. La proximidad de septiembre trajo noticias de Tom Bertram, primero en forma de una carta al guardabosque, y luego de otra a Edmund; y a finales de agosto, llegó en persona, para volver a ser alegre, agradable y galante según requería la ocasión o demandaba la señorita Crawford, y a hablar de carreras y de Weymouth, y de fiestas y amigos, cosas que seis semanas antes habría escuchado ella con interés, y que ahora la convencieron, por la fuerza misma de la comparación, de que prefería al hermano más joven.
Era una pena, y lo sentía sinceramente. Pero era así; de modo que, lejos de pensar en casarse con el mayor, no quiso ejercer sobre él más atracción que la que exigía el más elemental derecho de la belleza consciente: su larga ausencia de Mansfield, sin otro pensamiento que el placer, y sin otro consejo que su propia voluntad, había dejado claro que ella le era indiferente; y la indiferencia de ella era tan igual que aunque el señor Bertram pasase a ser ahora mismo el dueño de Mansfield Park, el sir Thomas absoluto, no sería capaz de aceptarle.
La época y las obligaciones que trajeron al señor Bertram a Mansfield llevaron al señor Crawford a Norfolk. Everingham le reclamó perentoriamente al empezar septiembre. Se fue por un par de semanas; un par de semanas de tal monotonía para las señoritas Bertram que debía haberlas puesto en guardia, y haber hecho que incluso Julia reconociese, pese a los celos que tenía de su hermana, la absoluta necesidad de desconfiar de sus atenciones, y desear que no volviera; un par de semanas con suficiente tiempo libre entre la caza y el sueño para convencer al caballero de que debía prolongar su ausencia mucho más, de haber estado más habituado a examinar sus propios motivos, y a reflexionar sobre adónde le llevaba la satisfacción de su presuntuosa vanidad; pero, irreflexivo y egoísta a causa de la prosperidad y el mal ejemplo, no solía mirar más allá del momento presente. Las hermanas, guapas, inteligentes, atractivas, eran un recreo para su espíritu saciado. Y no hallando en Norfolk placeres sociales que igualasen a los de Mansfield, regresó allí de buen grado en el plazo previsto, donde fue recibido con la misma alegría por aquéllas con cuyos sentimientos venía a seguir jugando.
Maria, atendida únicamente por el señor Rushworth, y condenada a escuchar los repetidos incidentes del deporte diario de éste, buenos o malos, su jactancia acerca de sus perros, sus celos de los vecinos, sus dudas sobre el derecho de éstos a cazar, su persecución de los furtivos —temas que no llegarán a la sensibilidad femenina si no hay talento en el uno, o afición en la otra—, había echado muchísimo de menos al señor Crawford; y Julia, libre y sin nada que hacer, se consideraba con todo el derecho a echarle de menos mucho más. Cada hermana se creía la predilecta. Julia lo justificaba por las indirectas de la señora Grant, inclinada a creer lo que deseaba, y Maria por las indirectas del propio señor Crawford. Todo volvió al mismo cauce de antes de marcharse: su trato con las dos era lo bastante animado y agradable para no perder terreno con ninguna, evitando la formalidad y toda persistencia, solicitud o fervor que pudiera llamar la atención de los demás.
Fanny era la única del grupo que encontraba algo que no le gustaba: desde el día de Sotherton, no podía ver al señor Crawford con ninguna de las hermanas sin someterle a observación, y rara vez dejaba de causarle asombro o censura; y si su confianza en su propio juicio hubiera sido tan firme como el ejercicio que hacía de éste en lo demás, o hubiera estado segura de que veía con claridad y que juzgaba con objetividad, probablemente habría hecho algún comentario importante a su confidente habitual. En cambio así, sólo se atrevía a aventurar alguna alusión, y la alusión se perdía.
—Me sorprende —decía— que haya vuelto tan pronto el señor Crawford después de haber pasado aquí tanto tiempo, siete semanas seguidas. Decía que le gustaba tanto viajar y cambiar de sitio, que creí que, en cuanto se fuera, habría algo que le llevaría a alguna otra parte. Está acostumbrado a vivir en sitios mucho más divertidos que Mansfield.
—Eso le honra —fue la respuesta de Edmund—; y diría que agrada a su hermana. A ella no le gusta su inconstancia.
—¡Qué bien les cae a mis primas!
—Sí, su trato con las mujeres no tiene más remedio que agradar. Creo que la señora Grant sospecha que tiene preferencia por Julia; yo aún no he observado ningún síntoma al respecto, aunque me gustaría que así fuera. No tiene ningún defecto que una relación seria no pueda eliminar.
—Si la señorita Bertram no estuviera prometida —dijo Fanny con cautela—, yo casi pensaría a veces que la admira más que a Julia.
—Lo que indica, quizá, que le gusta más Julia de lo que te figuras, Fanny; porque ocurre a menudo que un hombre, antes de decidirse completamente, distingue más a la hermana o a la amiga íntima de la mujer en la que realmente piensa, que a ella misma. Crawford tiene demasiado sentido común para permanecer aquí si se viera en algún peligro respecto a Maria; yo no temo en absoluto que sus sentimientos no sean fuertes, después de la prueba que ha dado.
Fanny supuso que se había equivocado, y decidió pensar de otro modo en adelante; pero pese a todo lo que la sumisión a Edmund podía hacer, y a toda la ayuda de miradas y alusiones coincidentes que a veces notaba en los demás, que parecían confirmar que el señor Crawford se inclinaba por Julia, no siempre sabía qué pensar. Una noche estuvo escuchando las esperanzas de su tía Norris a este propósito, y sus sentimientos, así como los de la señora Rushworth, sobre una cuestión parecida, y no podía por menos de asombrarse de lo que oía; y le habría gustado no verse obligada a oír, porque mientras los demás jóvenes bailaban, ella tenía que permanecer sentada junto a la chimenea, muy contra su voluntad, entre ambas señoras, vigilando la puerta y deseando ver entrar a su primo mayor, de quien esperaba fervientemente que la sacara a bailar. Era el primer baile de Fanny, aunque sin los preparativos ni el esplendor que suelen acompañar al primer baile de muchas jóvenes, dado que se había pensado esa tarde, con la colaboración a última hora de un violinista del salón de los criados, y la posibilidad de formar cinco parejas gracias a la ayuda de la señora Grant y un amigo íntimo del señor Bertram que acababa de llegar de visita. Sin embargo, Fanny había disfrutado lo indecible durante cuatro bailes, y sentía muchísimo perder siquiera un cuarto de hora… Y mientras esperaba y suspiraba, mirando bien a los que bailaban, bien a la puerta, no podía dejar de oír este diálogo entre las mencionadas damas:
—Creo, señora —dijo la señora Norris con los ojos puestos en el señor Rushworth y Maria, que formaban pareja por segunda vez—, que vamos a volver a ver caras alegres.
—Es cierto, señora —replicó la otra con afectada sonrisa—, va a ser una satisfacción mirar ahora; creo que ha sido una lástima que hayan tenido que separarse. A los jóvenes en su situación habría que excusarles de cumplir con las fórmulas rutinarias. Me extraña que mi hijo no lo haya propuesto.
—Tal vez lo ha hecho, señora. El señor Rushworth no es corto. Pero nuestra querida Maria tiene un sentido tan estricto de lo que está bien, y un tacto tan exquisito del que rara vez se encuentra hoy en día, señora Rushworth, que desea evitar llamar la atención. Querida señora, mírele la cara en este momento; ¡qué diferencia de como la tenía en los dos últimos bailes!
Efectivamente, la señorita Bertram parecía radiante de felicidad, sus ojos centelleaban de placer, y hablaba con gran animación, porque Julia y su pareja, el señor Crawford, estaban al lado de ella; estaban los cuatro apiñados. Fanny no recordaba su anterior expresión porque, por su parte, había estado bailando con Edmund, y no había pensado en ella.
La señora Norris prosiguió:
—Es delicioso, señora, ver a los jóvenes tan completamente felices, ¡tan bien emparejados y con tanto acierto! No puedo por menos de pensar en la dicha de sir Thomas. ¿Y qué me dice de la posibilidad de que haya otro emparejamiento? El señor Rushworth ha dado buen ejemplo, y estas cosas son muy contagiosas.
La señora Rushworth, que no veía más que a su hijo, no supo qué decir.
—Los dos de allá, señora. ¿No ve usted síntomas allí?
—¡Válgame Dios, la señorita Julia y el señor Crawford! Sí, en efecto, una pareja preciosa. ¿Qué renta tiene él?
—Cuatro mil al año.
—Muy bien… El que no tiene más debe de conformarse con lo suyo. Cuatro mil al año es una bonita fortuna; y parece un joven muy distinguido y formal; espero que la señorita Julia sea muy feliz.
—Todavía no hay nada serio, señora. Sólo lo hablamos entre nosotras. Pero no me cabe duda de que lo habrá. Él cada vez se muestra más solícito en sus atenciones.
Fanny no pudo seguir escuchando. Dejó completamente de escuchar y de pensar durante un rato; porque Tom Bertram había vuelto de nuevo al salón; y aunque comprendía que era un gran honor para ella que le pidiera un baile, pensó que debía ser así. El señor Bertram se acercó al pequeño círculo, pero en vez de pedirle el baile, cogió una silla y se puso a referirle el estado de un caballo que tenía enfermo, y la opinión del mozo de cuadra al que acababa de dejar. Fanny comprendió que no la iba a rescatar; y con la modestia de su carácter, se dio cuenta al punto de que había ido demasiado lejos al esperar tal cosa. Cuando terminó de referirle lo del caballo cogió un periódico de la mesa, y tras echarle una ojeada, dijo en tono lánguido:
—Si te apetece bailar, Fanny, estoy dispuesto a sacarte.
El ofrecimiento fue rechazado con idéntica cortesía. No le apetecía bailar.
—Me alegro —dijo él en tono más animado, arrojando el periódico otra vez—; porque estoy reventado. Me asombra que esa buena gente aguante tanto tiempo de pie. Deben de estar todos enamorados, para encontrar divertida esta insensatez… Y lo estarán, imagino. Si miramos bien, podemos ver que son parejas de enamorados… Todos menos Yates y la señora Grant. Y entre nosotros: ¡pobre mujer! Debe de necesitar un amor tanto como la que más. Su vida debe de ser desesperadamente aburrida con el doctor —haciendo una mueca maliciosa mientras hablaba hacia la silla de éste; y como lo tenía sentado junto a su codo, tuvo que cambiar tan súbitamente de expresión y de tema que Fanny, pese a todo, casi no pudo contener la risa—. ¡Extraño asunto el de América, doctor Grant! ¿Usted qué opina? Yo siempre recurro a usted para saber qué debo pensar en cuestiones públicas.
—Mi querido Tom —exclamó su tía enseguida—, dado que no bailas, supongo que no tendrás inconveniente en jugar con nosotras una partida de «rubber», ¿verdad? —Y abandonando su silla y acercándose a él para reforzar su proposición, añadió por lo bajo—: Queremos formar partida por la señora Rushworth; a tu madre le encantaría, pero no tiene tiempo de sentarse, por su labor. Pero contigo y el doctor Grant, estaremos completos; aunque nosotras sólo vamos a jugar con medias coronas, tú y él podéis apostar medias guineas.
—Me encantaría —replicó él en voz alta, levantándose de un salto—; sería una verdadera satisfacción para mí, pero en este momento iba a bailar. Vamos, Fanny —cogiéndole la mano—: no remolonees más, o se acabará el baile.
Fanny se dejó llevar encantada, aunque le fue imposible sentir la menor gratitud hacia su primo, ni distinguir, como desde luego distinguió él, entre el egoísmo ajeno y el suyo propio.
—Muy modesta petición, ¡sí señor! —exclamó indignado cuando se alejaban—. Querer tenerme clavado a una mesa de juego durante dos horas, con ella y el doctor Grant siempre discutiendo, y esa vieja fisgona que sabe tanto de «whist» como de álgebra. ¡Me gustaría que tía Norris fuera algo menos entrometida! ¡Y pedírmelo de esa manera, además, sin la menor discreción, delante de todos, para no dejarme posibilidad alguna de rechazar el ofrecimiento! Eso es lo que más me crispa. Lo que más furioso me pone: hacer como que te piden un favor, que te dan la opción de hacerlo, y al mismo tiempo pedírtelo de manera que no tienes más remedio que hacerlo; ¡sea lo que sea! Si no llego a tener la suerte de estar contigo, no me habría podido librar. Me sienta fatal. Pero cuando a tía Norris se le mete algo en la cabeza, no hay nada que la pare.