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        <title type="main" xml:lang="es">La abadía de Northanger</title>
        <title type="uniform" xml:lang="en">Northanger Abbey</title>
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          <persName>Jane Austen<note type="dates">1775–1817</note>
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        <date when="2026-08-26">26 August 2026</date>
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            <title level="m" xml:lang="es">La abadía de Northanger</title>
            <author>Jane Austen</author>
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          <note type="source-provenance">Local source: assets/source-epub/La_abadia_de_Northanger-Jane_Austen.epub. EPUB UUID: 6fe79ec9-7362-449f-a91c-ba0fe4fa91ca. The display title page credits standardebooks.org as source and Elejandría for the translation. </note>
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          <term>English fiction</term>
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          <titlePart type="main">La abadía de Northanger</titlePart>
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        <docAuthor>Jane Austen</docAuthor>
        <byline>Traducción: Elejandría</byline>
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        <div type="chapter" n="1" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-001">
          <head>I</head>
          <p xml:id="spa-p-000001">Nadie que hubiera visto a Catherine Morland en su infancia habría supuesto que había nacido para ser heroína. Su situación en la vida, el carácter de su padre y de su madre, su propia persona y su temperamento, todo conspiraba por igual en su contra. Su padre era clérigo, sin estar descuidado ni ser pobre, y un hombre muy respetable, aunque se llamara Richard..., y nunca había sido apuesto. Disfrutaba de una renta considerable, además de dos buenos beneficios eclesiásticos, y no tenía la menor afición a encerrar a sus hijas bajo llave. Su madre era una mujer de sentido común y utilidad práctica, de buen genio y, lo que es más notable, de excelente constitución. Había tenido tres hijos antes de que naciera Catherine; y en lugar de morir al traer a esta al mundo, como cualquiera habría esperado, siguió viviendo..., vivió para tener seis hijos más..., para verlos crecer a su alrededor y para disfrutar ella misma de una salud excelente. A una familia de diez hijos siempre se la llamará una familia numerosa cuando haya cabezas, brazos y piernas suficientes para el número; pero los Morland tenían escaso derecho a tal denominación, pues en general eran muy del montón, y Catherine, durante muchos años de su vida, tan del montón como cualquiera. Tenía una figura esmirriada y desgarbada, una tez apagada y sin color, el cabello oscuro y lacio, y facciones pronunciadas..., hasta aquí su persona; y no menos desfavorable para el heroísmo parecía su carácter. Era aficionada a todos los juegos de muchachos y prefería con mucho el críquet no solo a las muñecas, sino a los pasatiempos más heroicos de la infancia: cuidar un lirón, dar de comer a un canario o regar un rosal. En efecto, no sentía ningún gusto por el jardín; y si recogía flores, era principalmente por el placer de hacer travesuras..., o al menos así se conjeturaba, dado que siempre prefería aquellas que tenía prohibido coger. Tales eran sus inclinaciones; sus aptitudes eran bastante extraordinarias también. Jamás lograba aprender ni entender nada antes de que se lo enseñaran; y a veces ni siquiera entonces, pues a menudo se distraía y de vez en cuando hacía el tonto. Su madre tardó tres meses en enseñarle únicamente a recitar «La petición del mendigo»; y a pesar de todo, su hermana pequeña Sally lo decía mejor que ella. No es que Catherine fuera siempre torpe..., en modo alguno: aprendió la fábula «La liebre y sus muchos amigos» tan rápidamente como cualquier niña de Inglaterra. Su madre quería que aprendiera música; y Catherine estaba segura de que le gustaría, pues le encantaba trastear las teclas del viejo y destartalado espinete; así que a los ocho años empezó. Estudió un año y no lo soportó; y Mrs. Morland, que no insistía en que sus hijas fueran refinadas a pesar de la incapacidad o el disgusto, le permitió dejarlo. El día en que se despidió al maestro de música fue uno de los más felices de la vida de Catherine. Su afición al dibujo no era superior; aunque cuando podía arrancarle a su madre el sobre de una carta o hacerse con cualquier otro trozo de papel, hacía lo que podía en ese terreno: dibujaba casas y árboles, gallinas y pollos, todos muy parecidos entre sí. Escritura y aritmética se las enseñó su padre; francés, su madre: su aprovechamiento en ambas materias no fue notable, y escurría el bulto en las dos siempre que podía. ¡Qué carácter tan extraño e inexplicable! Porque con todos esos síntomas de perversidad a los diez años, no tenía ni mal corazón ni mal genio, rara vez era terca, casi nunca pendenciera, y muy cariñosa con los pequeños, con pocas irrupciones de tiranía; era además ruidosa y revoltosa, detestaba el encierro y la limpieza, y nada amaba tanto en el mundo como rodar cuesta abajo por la ladera verde que había detrás de la casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000002">Así era Catherine Morland a los diez años. A los quince, las apariencias mejoraban; empezó a rizarse el pelo y a anhelar los bailes; su cutis mejoró, sus facciones se suavizaron con la gordura y el color, sus ojos ganaron animación y su figura, compostura. Su amor al barro cedió ante una inclinación por las galas, y se volvió limpia a medida que se volvía elegante; tenía ahora el placer de oír a su padre y a su madre comentar de vez en cuando su mejoría personal. «Catherine se está convirtiendo en una chica bastante bien parecida..., hoy está casi guapa», eran palabras que llegaban a sus oídos de cuando en cuando; ¡y qué gratas le resultaban! Estar casi guapa es una adquisición de mayor deleite para una chica que ha estado siendo del montón los primeros quince años de su vida que para una belleza de cuna nunca puede serlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000003">Mrs. Morland era una mujer muy buena y deseaba ver a sus hijos tal como debían ser; pero su tiempo estaba tan ocupado en criar a los pequeños y enseñarles que a sus hijas mayores inevitablemente las dejaba apañárselas solas; y no era de extrañar que Catherine, que por naturaleza no tenía nada de heroica, prefiriera el críquet, el béisbol, montar a caballo y correr por el campo a los catorce años antes que los libros..., o al menos los libros de conocimientos..., pues, con tal de que no hubiera nada parecido al saber útil en ellos, con tal de que fueran todo historia y ninguna reflexión, nunca tuvo la menor objeción a los libros en absoluto. Pero de los quince a los diecisiete años estuvo en formación para ser heroína; leyó todas esas obras que las heroínas deben leer para proveer su memoria de aquellas citas que son tan útiles y tan consoladoras en las vicisitudes de sus azarosas vidas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000004">De Pope aprendió a censurar a quienes</p>
          <p xml:id="spa-p-000005">«llevan consigo la burla del dolor».</p>
          <p xml:id="spa-p-000006">De Gray, que</p>
          <p xml:id="spa-p-000007">«muchas flores nacen para ruborizarse sin ser vistas,</p>
          <p xml:id="spa-p-000008">y desperdiciar su fragancia en el aire del desierto».</p>
          <p xml:id="spa-p-000009">De Thomson, que</p>
          <p xml:id="spa-p-000010">«es una tarea deliciosa</p>
          <p xml:id="spa-p-000011">enseñar a la joven idea a florecer».</p>
          <p xml:id="spa-p-000012">Y de Shakespeare obtuvo un gran caudal de conocimiento: entre otras cosas, que</p>
          <p xml:id="spa-p-000013">«las naderías ligeras como el aire</p>
          <p xml:id="spa-p-000014">son, para el celoso, confirmación tan sólida</p>
          <p xml:id="spa-p-000015">como pruebas de las Sagradas Escrituras».</p>
          <p xml:id="spa-p-000016">Que</p>
          <p xml:id="spa-p-000017">«el pobre escarabajo que pisamos</p>
          <p xml:id="spa-p-000018">siente en su carne un dolor tan grande</p>
          <p xml:id="spa-p-000019">como cuando muere un gigante».</p>
          <p xml:id="spa-p-000020">Y que una joven enamorada siempre parece</p>
          <p xml:id="spa-p-000021">«como la Paciencia en un monumento</p>
          <p xml:id="spa-p-000022">sonriendo al Dolor».</p>
          <p xml:id="spa-p-000023">Hasta ahí su mejora era suficiente; y en muchos otros aspectos progresaba admirablemente; pues aunque no sabía escribir sonetos, se obligó a leerlos; y aunque no había ninguna posibilidad de que pusiera a toda una reunión en éxtasis con un preludio al pianoforte de su propia composición, podía escuchar las interpretaciones ajenas con muy poca fatiga. Su mayor deficiencia estaba en el lápiz..., no tenía noción alguna del dibujo..., ni siquiera lo suficiente para intentar un boceto del perfil de su amado, que le descubriera en el empeño. Ahí se quedaba miserablemente corta de la verdadera estatura heroica. De momento no conocía su propia pobreza, pues no tenía ningún amado que retratar. Había llegado a los diecisiete años sin haber visto a ningún joven amable que pudiera despertar su sensibilidad, sin haber inspirado ninguna pasión real y sin haber suscitado siquiera otra admiración que la muy moderada y muy fugaz. ¡Qué extraño! Pero las cosas extrañas pueden explicarse por lo general si se busca con honradez su causa. No había ni un lord en los alrededores; no..., ni siquiera un baronet. No había ninguna familia entre sus conocidos que hubiera criado y mantenido a un muchacho encontrado casualmente en su puerta..., ni un solo joven cuyo origen fuera desconocido. Su padre no tenía ningún pupilo, y el señor del lugar no tenía hijos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000024">Pero cuando una joven ha de ser heroína, la perversidad de cuarenta familias vecinas no puede impedírselo. Algo debe ocurrir, y ocurrirá, para poner a un héroe en su camino.</p>
          <p xml:id="spa-p-000025">Mr. Allen, dueño de la mayor parte de las propiedades de Fullerton, el pueblo de Wiltshire donde vivían los Morland, recibió orden de ir a Bath para aliviar su constitución gotosa; y su esposa, una mujer de buen humor, aficionada a la señorita Morland y probablemente consciente de que si las aventuras no acuden a una joven en su propio pueblo es preciso que ella las busque fuera, la invitó a que los acompañara. Mr. y Mrs. Morland dieron su conformidad de inmediato, y Catherine fue toda felicidad.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="2" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-002">
          <head>II</head>
          <p xml:id="spa-p-000026">Además de lo que ya se ha dicho de las dotes personales e intelectuales de Catherine Morland cuando estaba a punto de lanzarse a todas las dificultades y peligros de una estancia de seis semanas en Bath, puede declararse, para mayor certeza del lector, por si las páginas siguientes no consiguieran dar ninguna idea de lo que se pretende que sea su carácter, que su corazón era afectuoso; su temperamento, alegre y abierto, sin vanidad ni afectación de ningún tipo; sus modales, apenas liberados de la torpeza y la timidez de una muchacha; su persona, agradable y, cuando estaba favorecida, bonita..., y su mente, poco más o menos tan ignorante e inculta como suele estarlo la mente femenina a los diecisiete años.</p>
          <p xml:id="spa-p-000027">Cuando se acercó la hora de la partida, la ansiedad maternal de Mrs. Morland habrá de suponerse naturalmente muy intensa. Mil presagios alarmantes de males para su querida Catherine, producto de esta terrible separación, debían oprimirle el corazón de tristeza y anegar sus ojos en lágrimas durante el último día o dos que pasaran juntas; y consejos de la más importante y adecuada naturaleza debían fluir naturalmente de sus labios prudentes en su conferencia de despedida en el gabinete. Advertencias contra la violencia de esos nobles y baronets que se deleitan en llevarse a las jóvenes a alguna granja remota debían, en semejante momento, aliviar la plenitud de su corazón. ¿Quién no lo pensaría? Pero Mrs. Morland sabía tan poco de lores y baronets que no abrigaba noción alguna de su maldad en general, y era completamente ajena a cualquier peligro para su hija proveniente de sus maquinaciones. Sus consejos se redujeron a los siguientes puntos:</p>
          <p xml:id="spa-p-000028">—Te ruego, Catherine, que te abrigues siempre bien el cuello al salir de las salas de baile por las noches; y me alegraría que procuraras llevar alguna cuenta del dinero que gastas: te daré este librito a propósito.</p>
          <p xml:id="spa-p-000029">Sally, o más bien Sarah (pues, ¿qué joven de mediana alcurnia llegará a los dieciséis años sin haber alterado su nombre en la medida de lo posible?), debía ser por su situación la íntima amiga y confidente de su hermana en ese momento. Es notable, sin embargo, que no insistiera en que Catherine escribiera por cada correo, ni le exigiera su promesa de transmitirle el carácter de cada nuevo conocido, ni un pormenor de cada conversación interesante que Bath pudiera deparar. Todo lo relacionado con tan importante viaje fue hecho, por parte de los Morland, con un grado de moderación y compostura que parecía más bien compatible con los sentimientos comunes de la vida corriente que con las refinadas susceptibilidades y las tiernas emociones que la primera separación de una heroína de su familia debería siempre suscitar. Su padre, en lugar de darle una orden abierta sobre su banquero o ponerle siquiera un billete de cien libras en las manos, le dio tan solo diez guineas y le prometió más cuando las necesitara.</p>
          <p xml:id="spa-p-000030">Bajo estos poco prometedores auspicios tuvo lugar la despedida, y el viaje dio comienzo. Se realizó con la quietud y la seguridad sin incidentes adecuadas. Ni ladrones ni tempestades los favorecieron, ni un solo vuelco afortunado que los presentara al héroe. Nada más alarmante ocurrió que el temor de Mrs. Allen, por su parte, de haber olvidado sus chanclos en una posada, y eso resultó afortunadamente infundado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000031">Llegaron a Bath. Catherine estaba llena de un júbilo ansioso..., sus ojos iban aquí, allá y acullá mientras se aproximaban a sus bellos y llamativos alrededores y después recorrían en coche esas calles que los conducían al hotel. Había venido a ser feliz, y ya se sentía feliz.</p>
          <p xml:id="spa-p-000032">Pronto se instalaron en unos cómodos alojamientos en Pulteney Street.</p>
          <p xml:id="spa-p-000033">Es conveniente ahora dar alguna descripción de Mrs. Allen, para que el lector pueda juzgar de qué manera sus acciones tenderán en adelante a fomentar la angustia general de la obra, y cómo contribuirá probablemente a reducir a la pobre Catherine a toda la desesperada desdicha de que es capaz un último volumen..., ya sea por su imprudencia, su vulgaridad o sus celos..., ya sea interceptando sus cartas, arruinando su reputación o echándola a la calle.</p>
          <p xml:id="spa-p-000034">Mrs. Allen era una de esa numerosa clase de mujeres cuyo trato no puede suscitar más emoción que la sorpresa de que haya en el mundo hombres capaces de gustarles lo suficiente como para casarse con ellas. No tenía ni belleza, ni talento, ni refinamiento, ni modales. El porte de una dama, una gran cantidad de tranquila e inactiva bondad de carácter y una propensión a las frivolidades eran todo lo que podía explicar que fuera la elección de un hombre sensato e inteligente como Mr. Allen. En un aspecto estaba admirablemente dotada para presentar a una joven en sociedad: era tan aficionada a ir a todas partes y verlo todo como pudiera serlo cualquier joven. La ropa era su pasión. Sentía un deleite de lo más inocente en vestir con lujo; y el debut de nuestra heroína en la vida no pudo tener lugar hasta después de haber pasado tres o cuatro días en averiguar qué se llevaba más en ese momento, y de haberse provisto su acompañante de un vestido del último figurín. Catherine también hizo algunas compras, y cuando todos esos asuntos estuvieron arreglados llegó la importante velada que debía introducirla en las salas de baile de Upper Rooms. Le cortaron y peinaron el cabello de la mejor mano, sus ropas se pusieron con esmero, y tanto Mrs. Allen como su doncella declararon que estaba exactamente como debía estar. Con semejante aliento, Catherine esperaba al menos pasar sin ser censurada por la multitud. En cuanto a la admiración, siempre era muy bienvenida cuando llegaba, pero no dependía de ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000035">Mrs. Allen tardó tanto en arreglarse que no entraron en el salón de baile hasta tarde. La temporada estaba en su apogeo, la sala abarrotada, y las dos damas se colaron tan bien como pudieron. En cuanto a Mr. Allen, se encaminó directamente a la sala de cartas y las dejó disfrutar de la aglomeración a solas. Con más solicitud por la seguridad de su nuevo vestido que por la comodidad de su protegida, Mrs. Allen se abrió camino entre la multitud de hombres junto a la puerta tan rápido como la necesaria cautela le permitía; Catherine, sin embargo, se mantuvo cerca de su lado y enlazó su brazo con el de su amiga con suficiente firmeza como para no verse separada por ningún esfuerzo corriente de una concurrencia tumultuosa. Pero para su total asombro descubrió que avanzar por la sala no era en modo alguno la manera de desembarazarse de la muchedumbre; parecía más bien aumentar a medida que avanzaban, mientras que ella había imaginado que, una vez francamente dentro de la puerta, encontrarían asientos fácilmente y podrían contemplar los bailes con toda comodidad. Pero eso estaba muy lejos de ser el caso; y aunque con esfuerzo infatigable llegaron hasta la parte de arriba de la sala, su situación era la misma de antes; no veían de los bailarines más que los altos penachos de algunas de las damas. Siguieron avanzando..., algo mejor aún estaba a la vista; y mediante un continuado ejercicio de fuerza e ingenio se encontraron por fin en el pasillo que había detrás del banco más alto. Allí había algo menos de aglomeración que abajo; y desde ese punto la señorita Morland tenía una visión panorámica de toda la concurrencia que había debajo de ella, y de todos los peligros de su reciente tránsito entre ella. Era un espectáculo espléndido, y por primera vez aquella velada empezó a sentirse en un baile: ansiaba danzar, pero no conocía a nadie en la sala. Mrs. Allen hizo todo lo que podía hacer en tal caso diciendo muy plácidamente, de cuando en cuando:</p>
          <p xml:id="spa-p-000036">—Ojalá pudieras bailar, querida..., ojalá pudiéramos encontrarte un galán.</p>
          <p xml:id="spa-p-000037">Durante algún tiempo su joven amiga se sintió obligada a agradecerle esos deseos; pero se repitieron tan a menudo y resultaron tan totalmente ineficaces que Catherine se cansó al fin y ya no los agradeció.</p>
          <p xml:id="spa-p-000038">No tardaron mucho, sin embargo, en poder disfrutar del reposo de la eminencia que tan laboriosamente habían conquistado. De pronto todos se pusieron en movimiento para tomar el té, y ellas tuvieron que abrirse paso como los demás. Catherine empezaba a sentir algo de decepción..., estaba cansada de verse continuamente empujada por personas cuya fisonomía en general no tenía nada de interesante, y con todas las cuales era tan completamente extraña que no podía aliviar la incomodidad del encierro con el intercambio de una sola sílaba con ninguno de sus compañeros de cautiverio; y cuando por fin llegaron a la sala de té, sintió aún más la incomodidad de no tener ningún grupo al que unirse, ningún conocido a quien reclamar, ningún caballero que las asistiera. No vieron a Mr. Allen por ningún lado; y después de mirar en vano en busca de una situación más ventajosa, se vieron obligadas a sentarse en el extremo de una mesa a la que ya estaba colocado un numeroso grupo, sin tener nada que hacer allí ni nadie con quien hablar salvo entre ellas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000039">Mrs. Allen se felicitó a sí misma, en cuanto se sentaron, de haber preservado su vestido de cualquier daño.</p>
          <p xml:id="spa-p-000040">—Habría sido muy lamentable que se rasgara —dijo—, ¿verdad que sí? Es una muselina tan delicada. Por mi parte no he visto en toda la sala nada que me gustara tanto, se lo aseguro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000041">—Qué incómodo es —susurró Catherine— no tener ni un solo conocido aquí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000042">—Sí, querida —respondió Mrs. Allen con perfecta serenidad—, es muy incómodo en verdad.</p>
          <p xml:id="spa-p-000043">—¿Qué haremos? Los caballeros y las damas de esta mesa parecen preguntarse por qué hemos venido..., parece que nos estamos inmiscuyendo en su grupo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000044">—Así parece. Es muy desagradable. Ojalá tuviéramos muchos conocidos aquí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000045">—Ojalá tuviéramos alguno..., al menos sería alguien con quien ir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000046">—Muy cierto, querida; y si conociéramos a alguien, nos uniríamos a ellos de inmediato. Los Skinner estuvieron aquí el año pasado..., ojalá estuvieran aquí ahora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000047">—¿No deberíamos marcharnos tal como están las cosas? Aquí no hay servicio de té para nosotras, ya lo ve usted.</p>
          <p xml:id="spa-p-000048">—Es verdad que no lo hay. ¡Qué fastidio! Pero creo que será mejor quedarse, porque una se queda tan deshecha en semejante aglomeración. ¿Cómo tengo el peinado, querida? Alguien me ha dado un empujón que me temo que me lo ha estropeado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000049">—No, en absoluto, tiene un aspecto muy bueno. Pero, querida Mrs. Allen, ¿está usted segura de que no conoce a nadie en toda esta multitud? Creo que ha de conocer a alguien.</p>
          <p xml:id="spa-p-000050">—No, a fe mía que no..., ojalá lo hiciera. Ojalá tuviera aquí muchos conocidos con toda mi alma, y entonces le conseguiría un galán. Me alegraría tanto que bailara. ¡Mire esa mujer de aspecto tan raro! ¡Qué vestido tan extraño lleva! ¡Qué pasado de moda! Mire la espalda.</p>
          <p xml:id="spa-p-000051">Al cabo de algún tiempo recibieron un ofrecimiento de té de uno de sus vecinos; fue aceptado con gratitud, y esto introdujo una conversación ligera con el caballero que lo ofreció, que fue la única vez que alguien les dirigió la palabra durante toda la velada, hasta que Mr. Allen las encontró y se reunió con ellas cuando terminó el baile.</p>
          <p xml:id="spa-p-000052">—Bueno, señorita Morland —dijo él directamente—, espero que haya tenido un baile agradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000053">—Muy agradable en verdad —respondió ella, esforzándose en vano por disimular un enorme bostezo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000054">—Ojalá hubiera podido bailar —dijo su esposa—; ojalá hubiéramos podido encontrarle un galán. No he dejado de pensar qué bien habría estado si los Skinner hubieran estado aquí este invierno en lugar del pasado; o si los Parry hubieran venido, como en algún momento se habló, habría podido bailar con George Parry. ¡Siento tanto que no haya tenido galán!</p>
          <p xml:id="spa-p-000055">—Otra noche lo haremos mejor, supongo —fue el consuelo de Mr. Allen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000056">La concurrencia empezó a dispersarse cuando terminó el baile..., lo suficiente para dejar espacio para que el resto paseara con alguna comodidad; y ese era el momento para que una heroína, que no había desempeñado aún un papel muy destacado en los eventos de la velada, fuera notada y admirada. Cada cinco minutos, al retirarse parte de la muchedumbre, se abrían mayores oportunidades para sus encantos. Ahora la veían muchos jóvenes que no habían estado cerca de ella antes. Ninguno, sin embargo, se quedó paralizado de arrobado asombro al contemplarla, ningún susurro de ansiosa curiosidad recorrió la sala, ni a nadie se le ocurrió llamarla divinidad. Con todo, Catherine estaba muy bien parecida, y si la concurrencia la hubiera visto tres años antes, ahora la habría encontrado extraordinariamente hermosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000057">Fue mirada, no obstante, y con cierta admiración; pues a su propio alcance, dos caballeros la declararon una chica bonita. Tales palabras surtieron el efecto correspondiente; de inmediato le pareció la velada más agradable de lo que la había encontrado hasta entonces..., su humilde vanidad quedó satisfecha..., se sintió más obligada a los dos jóvenes por ese simple elogio de lo que habría estado una heroína de verdadera calidad por quince sonetos en celebración de sus encantos, y fue a su silla de manos de buen humor con todo el mundo y perfectamente satisfecha con su cuota de atención pública.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="3" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-003">
          <head>III</head>
          <p xml:id="spa-p-000058">Cada mañana traía ahora sus deberes habituales..., había tiendas que visitar; algún nuevo barrio de la ciudad que recorrer; y la Sala de las Bombas a la que asistir, donde paseaban arriba y abajo durante una hora, mirando a todo el mundo y hablando con nadie. El deseo de tener muchos conocidos en Bath seguía siendo lo primordial para Mrs. Allen, y lo repetía después de cada nueva prueba, que cada mañana le ofrecía, de que no conocía absolutamente a nadie.</p>
          <p xml:id="spa-p-000059">Hicieron su aparición en las salas de baile de Lower Rooms; y aquí la fortuna fue más favorable para nuestra heroína. El maestro de ceremonias le presentó como pareja a un joven de muy gentil apariencia; se llamaba Tilney. Parecía tener unos veinticuatro o veinticinco años, era bastante alto, tenía un semblante agradable, unos ojos muy vivaces e inteligentes, y si no era del todo apuesto, se le quedaba muy cerca. Su trato era bueno, y Catherine se sentía con una suerte extraordinaria. Había poco tiempo para hablar mientras bailaban; pero cuando se sentaron a tomar el té, lo encontró tan agradable como ya le había dado crédito de serlo. Hablaba con soltura y animación..., y había en sus modales una picardía y una jovialidad que le resultaron interesantes, aunque ella no acababa de entenderlas del todo. Después de charlar algún tiempo sobre temas que surgían naturalmente de los objetos que los rodeaban, de pronto se dirigió a ella con:</p>
          <p xml:id="spa-p-000060">—He sido hasta ahora muy descuidado, señorita, en las debidas atenciones de un galán aquí; no le he preguntado todavía cuánto tiempo lleva usted en Bath; si había estado aquí antes; si ha visitado las Upper Rooms, el teatro y el concierto; y qué le parece el lugar en general. He sido muy negligente..., pero ¿está usted ahora en disposición de satisfacerme en estos particulares? Si es así, empezaré de inmediato.</p>
          <p xml:id="spa-p-000061">—No tiene usted por qué tomarse esa molestia, señor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000062">—No es ninguna molestia, se lo aseguro. —Y componiendo sus rasgos en una sonrisa calculada, y suavizando su voz con afectación, añadió con aire remilgado—: ¿Lleva usted mucho tiempo en Bath, señorita?</p>
          <p xml:id="spa-p-000063">—Aproximadamente una semana, señor —respondió Catherine, esforzándose en no reírse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000064">—¡De veras! —con asombro afectado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000065">—¿Por qué ha de sorprenderle, señor?</p>
          <p xml:id="spa-p-000066">—Pues bien, ¡en verdad! —dijo él en su tono natural—. Pero ha de aparentarse cierta emoción ante su respuesta, y la sorpresa se finge más fácilmente, y no es menos razonable que cualquier otra. Continuemos. ¿No había estado usted aquí antes, señorita?</p>
          <p xml:id="spa-p-000067">—Nunca, señor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000068">—¡Vaya! ¿Ha honrado usted ya las Upper Rooms?</p>
          <p xml:id="spa-p-000069">—Sí, señor, estuve allí el lunes pasado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000070">—¿Ha ido usted al teatro?</p>
          <p xml:id="spa-p-000071">—Sí, señor, estuve en la función el martes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000072">—¿Al concierto?</p>
          <p xml:id="spa-p-000073">—Sí, señor, el miércoles.</p>
          <p xml:id="spa-p-000074">—¿Y está usted en general satisfecha con Bath?</p>
          <p xml:id="spa-p-000075">—Sí..., me gusta mucho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000076">—Ahora debo esbozar una sonrisita, y luego podremos volver a ser razonables.</p>
          <p xml:id="spa-p-000077">Catherine volvió la cabeza, sin saber si podía permitirse reír.</p>
          <p xml:id="spa-p-000078">—Veo lo que piensa usted de mí —dijo él gravemente—. Haré un pobre papel en su diario de mañana.</p>
          <p xml:id="spa-p-000079">—¡Mi diario!</p>
          <p xml:id="spa-p-000080">—Sí, sé exactamente lo que dirá usted: Viernes, fui a las Lower Rooms; llevaba mi muselina bordada de ramos con adornos azules..., zapatos negros lisos..., di buena impresión; pero me acosó sobremanera un hombre extravagante y medio chiflado que se empeñó en hacerme bailar con él y me afligió con sus disparates.</p>
          <p xml:id="spa-p-000081">—En verdad que no diré nada de eso.</p>
          <p xml:id="spa-p-000082">—¿Quiere que le diga lo que debería decir?</p>
          <p xml:id="spa-p-000083">—Si le parece bien.</p>
          <p xml:id="spa-p-000084">—Bailé con un joven muy agradable, presentado por Mr. King; tuve con él una larga conversación..., parece un genio de lo más extraordinario..., espero conocerle mejor. Eso, señorita, es lo que desearía que dijera usted.</p>
          <p xml:id="spa-p-000085">—Pero, quizás, no llevo ningún diario.</p>
          <p xml:id="spa-p-000086">—Quizás no está usted sentada en esta sala, y yo no estoy sentado a su lado. Son puntos en los que una duda es igualmente posible. ¡No llevar diario! ¿Cómo van a entender sus primas ausentes el tenor de su vida en Bath sin él? ¿Cómo han de relatarse las cortesías y los cumplidos de cada día como deben ser, si no se anotan cada noche en un diario? ¿Cómo van a recordarse sus distintos atavíos, y describirse el estado particular de su cutis y el rizado de su pelo con todas sus variedades, sin recurrir constantemente a un diario? Querida señorita, no soy tan ignorante de las costumbres de las jóvenes como desearía hacerme creer; es este delicioso hábito de llevar diario lo que contribuye en gran medida a formar el estilo suelto de escritura por el que las damas son tan generalmente celebradas. Todo el mundo reconoce que el talento de escribir cartas agradables es peculiarmente femenino. La naturaleza habrá hecho algo, pero estoy seguro de que debe ser asistida esencialmente por la práctica de llevar un diario.</p>
          <p xml:id="spa-p-000087">—He pensado a veces —dijo Catherine, con cierta duda— si las damas escriben realmente mejores cartas que los caballeros. Es decir..., no creo que la superioridad esté siempre de nuestra parte.</p>
          <p xml:id="spa-p-000088">—En la medida en que he tenido ocasión de juzgar, me parece que el estilo habitual de la correspondencia epistolar entre las mujeres es irreprochable, salvo en tres particulares.</p>
          <p xml:id="spa-p-000089">—¿Y cuáles son?</p>
          <p xml:id="spa-p-000090">—Una deficiencia general de materia, una absoluta indiferencia a la puntuación y una frecuente ignorancia de la gramática.</p>
          <p xml:id="spa-p-000091">—¡Por mi vida! No tenía por qué haber tenido reparo en rechazar el cumplido. No piensa usted demasiado bien de nosotras en ese sentido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000092">—No establecería como norma general que las mujeres escriben mejores cartas que los hombres, como tampoco que cantan mejor los dúos o dibujan mejor los paisajes. En toda facultad en que el gusto sea el fundamento, la excelencia está bastante bien repartida entre los sexos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000093">Los interrumpió Mrs. Allen:</p>
          <p xml:id="spa-p-000094">—Querida Catherine —dijo—, sácame este alfiler de la manga; me temo que ya ha hecho un agujero; me daría mucho pena que así fuera, porque este es un vestido preferido, aunque solo costó nueve chelines la vara.</p>
          <p xml:id="spa-p-000095">—Eso es exactamente lo que yo habría calculado, señora —dijo Mr. Tilney, examinando la muselina.</p>
          <p xml:id="spa-p-000096">—¿Entiende usted de muselinas, señor?</p>
          <p xml:id="spa-p-000097">—Particularmente bien; siempre compro mis propias corbatas y se me reconoce como excelente juez; y mi hermana ha confiado a menudo en mí para la elección de un vestido. Le compré uno el otro día, y todas las damas que lo vieron lo declararon una ganga extraordinaria. Di tan solo cinco chelines la vara, y es una verdadera muselina de la India.</p>
          <p xml:id="spa-p-000098">Mrs. Allen quedó verdaderamente impresionada por su talento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000099">—Los hombres normalmente se fijan tan poco en esas cosas —dijo—; nunca consigo que Mr. Allen distinga uno de mis vestidos de otro. Debe usted ser de gran ayuda para su hermana, señor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000100">—Eso espero, señora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000101">—Y dígame, señor, ¿qué le parece el vestido de la señorita Morland?</p>
          <p xml:id="spa-p-000102">—Es muy bonito, señora —dijo él, examinándolo gravemente—; pero no creo que lave bien; me temo que se deshilachará.</p>
          <p xml:id="spa-p-000103">—¡Cómo puede usted —dijo Catherine, riendo— ser tan...! —Estuvo a punto de decir «raro».</p>
          <p xml:id="spa-p-000104">—Estoy completamente de acuerdo con usted, señor —respondió Mrs. Allen—; y así se lo dije a la señorita Morland cuando lo compró.</p>
          <p xml:id="spa-p-000105">—Pero ya sabe usted, señora, la muselina siempre sirve para algo; la señorita Morland sacará de ella lo suficiente para un pañuelo, o un gorro, o una capa. La muselina nunca puede decirse que se haya malgastado. He oído decir a mi hermana eso mismo cuarenta veces, cuando ha sido pródiga comprando más de la que necesitaba, o descuidada cortándola a trozos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000106">—Bath es un lugar encantador, señor; hay tantas buenas tiendas aquí. Estamos muy escasas en el campo; aunque no es que no tengamos muy buenas tiendas en Salisbury, pero queda tan lejos..., ocho millas es mucho camino; Mr. Allen dice que son nueve, nueve medidas; pero estoy segura de que no pueden ser más de ocho; y es tan pesado..., vuelvo muerta de cansancio. En cambio aquí se puede salir a la calle y conseguir algo en cinco minutos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000107">Mr. Tilney tuvo la cortesía de parecer interesado en lo que ella decía; y ella lo mantuvo en el tema de las muselinas hasta que los bailes volvieron a comenzar. Catherine temió, al escuchar su conversación, que él se regodeara un poco demasiado con los defectos ajenos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000108">—¿En qué está usted pensando con tanta intensidad? —dijo él mientras regresaban al salón de baile—. Espero que no sea en su pareja, pues, a juzgar por ese movimiento de cabeza, sus meditaciones no son satisfactorias.</p>
          <p xml:id="spa-p-000109">Catherine se ruborizó y dijo:</p>
          <p xml:id="spa-p-000110">—No estaba pensando en nada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000111">—Eso es muy hábil y profundo, sin duda; pero preferiría que me dijera abiertamente que no quiere decirme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000112">—Pues bien, no se lo diré.</p>
          <p xml:id="spa-p-000113">—Gracias; porque ahora nos conoceremos pronto, pues estoy autorizado a tomarle el pelo sobre este asunto siempre que nos encontremos, y nada en el mundo favorece tanto la intimidad.</p>
          <p xml:id="spa-p-000114">Bailaron de nuevo; y cuando la reunión se disolvió, se separaron, al menos por parte de la dama, con una marcada inclinación a continuar la relación. Si pensó en él tanto mientras tomaba su vino caliente con agua y se preparaba para ir a la cama como para soñar con él allí, no puede determinarse; pero espero que no fuera más que en un breve sopor o una modorra matutina a lo sumo; pues si es cierto, como ha afirmado un célebre escritor, que ninguna joven puede estar justificada en enamorarse antes de que el caballero haya declarado su amor, debe ser muy impropio que una joven sueñe con un caballero antes de que se sepa con certeza que él ha soñado con ella. Por lo que respecta a si Mr. Tilney podría ser conveniente como soñador o como enamorado, quizás aún no había pasado por la cabeza de Mr. Allen; pero que era un conocido admisible para su joven protegida quedó comprobado tras indagar: pues desde temprano en la velada se había tomado el trabajo de averiguar quién era su pareja, y le habían asegurado que Mr. Tilney era clérigo y pertenecía a una familia muy respetable de Gloucestershire.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="4" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-004">
          <head>IV</head>
          <p xml:id="spa-p-000115">Con más entusiasmo de lo habitual se apresuró Catherine a la Sala de las Bombas al día siguiente, segura de ver a Mr. Tilney allí antes de que terminara la mañana, y dispuesta a recibirle con una sonrisa; pero no se demandó sonrisa alguna..., Mr. Tilney no apareció. Cada criatura en Bath, salvo él, podía verse en la sala en distintos momentos de las horas de moda; multitudes de personas pasaban en todo momento entrando y saliendo, subiendo y bajando los peldaños; personas de las que a nadie le importaba y que nadie quería ver; y él solo estaba ausente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000116">—Qué lugar tan encantador es Bath —dijo Mrs. Allen mientras se sentaban junto al gran reloj, después de haber recorrido la sala hasta cansarse—, y qué agradable sería si tuviéramos algún conocido aquí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000117">Este sentimiento había sido expresado tan a menudo en vano que Mrs. Allen no tenía ningún motivo particular para esperar que fuera seguido ahora de mayor ventaja; pero nos dicen que «no hay que desesperar de nada que queramos alcanzar», pues «el esfuerzo incansable conseguirá nuestro objetivo»; y el incansable esfuerzo con que había deseado lo mismo cada día iba a recibir por fin su justa recompensa; pues apenas llevaba diez minutos sentada cuando una dama de más o menos su misma edad, que estaba a su lado y la había mirado con atención varios minutos, se dirigió a ella con gran amabilidad con estas palabras:</p>
          <p xml:id="spa-p-000118">—Creo, señora, que no me equivoco; hace mucho tiempo que no he tenido el placer de verla, pero ¿no se llama usted Allen?</p>
          <p xml:id="spa-p-000119">Una vez respondida esta pregunta, como lo fue de inmediato, la desconocida pronunció el suyo: Thorpe; y Mrs. Allen reconoció al instante las facciones de una antigua compañera de colegio e íntima, a la que no había visto más que una vez desde sus respectivos matrimonios, y eso hacía ya muchos años. Su alegría por este encuentro fue muy grande, como bien podía serlo, puesto que se habían contentado con no saber nada la una de la otra durante los últimos quince años. Se intercambiaron cumplidos sobre el buen aspecto; y, después de observar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvieron juntas, con qué poco habían pensado en encontrarse en Bath y qué placer era ver a una vieja amiga, procedieron a hacer preguntas y dar noticias sobre sus familias, hermanas y primas, hablando ambas a la vez, mucho más dispuestas a dar que a recibir información, y sin escuchar casi ninguna de las dos lo que decía la otra. Mrs. Thorpe, sin embargo, tenía una gran ventaja como conversadora sobre Mrs. Allen, en una familia con hijos; y cuando se explayaba sobre los talentos de sus hijos y la belleza de sus hijas, cuando relataba sus distintas situaciones y perspectivas..., que John estaba en Oxford, Edward en el colegio de Merchant Taylors y William en el mar..., y que todos ellos eran más queridos y respetados en su respectiva condición que cualesquiera otros tres seres jamás lo hubieran sido, Mrs. Allen no tenía información similar que ofrecer, no tenía triunfos similares que imponerle al reacio e incrédulo oído de su amiga, y se veía obligada a sentarse y aparentar escuchar todas esas efusiones maternales, consolándose, sin embargo, con el descubrimiento que sus perspicaces ojos hicieron pronto: que el encaje del pelisse de Mrs. Thorpe no era ni la mitad de bonito que el suyo propio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000120">—Ahí vienen mis queridas niñas —exclamó Mrs. Thorpe, señalando a tres elegantes jóvenes que, del brazo, avanzaban en ese momento hacia ella—. Querida Mrs. Allen, tengo unas ganas enormes de presentárselas; se pondrán contentísimas de verla: la más alta es Isabella, la mayor; ¿no es una excelente joven? Las otras también son muy admiradas, pero creo que Isabella es la más guapa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000121">Se presentó a las señoritas Thorpe; y la señorita Morland, que había sido olvidada por un breve momento, fue presentada también. El nombre pareció llamarles la atención a todas; y, después de dirigirse a ella con gran cortesía, la señorita más mayor observó en voz alta para las demás:</p>
          <p xml:id="spa-p-000122">—¡En qué medida tan extraordinaria se parece la señorita Morland a su hermano!</p>
          <p xml:id="spa-p-000123">—¡El vivo retrato de él, en efecto! —exclamó la madre—; y «la reconocería en cualquier parte por su hermana» fue repetido por todas ellas dos o tres veces. Por un momento Catherine se sorprendió; pero Mrs. Thorpe y sus hijas apenas habían comenzado la historia de su relación con Mr. James Morland cuando ella recordó que su hermano mayor había entablado recientemente amistad con un joven de su mismo colegio llamado Thorpe; y que había pasado la última semana de las vacaciones de Navidad con su familia, cerca de Londres.</p>
          <p xml:id="spa-p-000124">Una vez aclarado todo, las señoritas Thorpe dijeron muchas cosas amables sobre el deseo de conocerla mejor; de ser consideradas ya amigas, a través de la amistad de sus hermanos, etc., que Catherine escuchó con placer y respondió con todas las bonitas expresiones que pudo reunir; y, como primera prueba de amistad, no tardó en ser invitada a tomar del brazo a la señorita Thorpe mayor y a dar una vuelta con ella por la sala. Catherine estaba encantada con esta ampliación de sus relaciones en Bath, y casi se olvidó de Mr. Tilney mientras hablaba con la señorita Thorpe. La amistad es sin duda el mejor bálsamo para las punzadas del amor frustrado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000125">Su conversación giró en torno a aquellos temas cuya libre discusión suele contribuir mucho a consolidar una súbita intimidad entre dos jóvenes: como la ropa, los bailes, los flirteos y los tipos ridículos. La señorita Thorpe, sin embargo, siendo cuatro años mayor que la señorita Morland, y estando al menos cuatro años mejor informada, llevaba una ventaja muy marcada en la discusión de tales cuestiones; podía comparar los bailes de Bath con los de Tunbridge, sus modas con las de Londres; podía rectificar las opiniones de su nueva amiga en muchos artículos de la elegancia en el vestir; podía descubrir un flirteo entre cualquier caballero y dama que tan solo se sonrieran mutuamente; y señalar a un tipo ridículo a través de la espesura de una muchedumbre. Estas capacidades recibieron la debida admiración de Catherine, para quien eran enteramente nuevas; y el respeto que naturalmente inspiraban podría haber sido demasiado grande para la familiaridad, de no ser porque la desenvuelta jovialidad de los modales de la señorita Thorpe y sus frecuentes expresiones de deleite por esta amistad suavizaron todo sentimiento de sobrecogimiento y no dejaron nada salvo un tierno afecto. Su creciente apego no se contentó con media docena de vueltas por la Sala de las Bombas, sino que exigió, cuando todas la abandonaron juntas, que la señorita Thorpe acompañara a la señorita Morland hasta la misma puerta de la casa de Mr. Allen; y que allí se separaran con un apretón de manos de lo más afectuoso y prolongado, después de enterarse, para mutuo alivio, de que se verían la una a la otra desde el otro lado del teatro por la noche y rezarían sus oraciones en la misma capilla a la mañana siguiente. Catherine subió entonces corriendo las escaleras y observó desde la ventana del salón el avance de la señorita Thorpe calle abajo; admiró el espíritu grácil de su andar, el aire elegante de su figura y su vestido; y se sintió agradecida, con toda la razón del mundo, por el azar que le había procurado semejante amiga.</p>
          <p xml:id="spa-p-000126">Mrs. Thorpe era viuda y no muy rica; era una mujer de buen humor y buenas intenciones, y una madre muy indulgente. Su hija mayor tenía mucha belleza personal, y las más jóvenes, fingiendo ser tan bonitas como su hermana, imitando su aire y vistiendo del mismo estilo, quedaban muy bien.</p>
          <p xml:id="spa-p-000127">Esta breve reseña de la familia pretende hacer innecesario un largo y minucioso relato por parte de la propia Mrs. Thorpe de sus aventuras y sufrimientos pasados, que de otro modo cabría esperar que ocupara los tres o cuatro capítulos siguientes; en los que podría exponerse la indignidad de los lores y los abogados, y repetirse con todo detalle conversaciones tenidas veinte años atrás.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="5" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-005">
          <head>V</head>
          <p xml:id="spa-p-000128">Catherine no estaba tan ocupada aquella noche en el teatro respondiendo a los gestos de asentimiento y las sonrisas de la señorita Thorpe, aunque ciertamente reclamaban mucha parte de su atención, como para olvidar mirar con ojo inquisidor en cada palco que sus ojos podían alcanzar en busca de Mr. Tilney; pero miró en vano. A Mr. Tilney no le gustaba la función más que la Sala de las Bombas. Esperó tener más suerte al día siguiente; y cuando sus deseos de buen tiempo fueron atendidos al ver una hermosa mañana, apenas albergó una duda; pues un domingo despejado en Bath vacía todas las casas de sus habitantes, y todo el mundo parece acudir en semejante ocasión a pasear y a comentar con sus conocidos lo encantador que es el día.</p>
          <p xml:id="spa-p-000129">En cuanto terminó el oficio divino, los Thorpe y los Allen se reunieron con entusiasmo; y tras quedarse el tiempo suficiente en la Sala de las Bombas para descubrir que la aglomeración era insoportable y que no había una cara de buena sociedad a la vista..., cosa que todo el mundo descubre todos los domingos a lo largo de la temporada..., se apresuraron a alejarse hacia el Crescent a respirar el aire fresco de una compañía más selecta. Aquí Catherine e Isabella, del brazo, degustaron de nuevo las delicias de la amistad en una conversación sin reservas; hablaron mucho y con mucho deleite; pero de nuevo Catherine se decepcionó en su esperanza de volver a ver a su pareja de baile. No aparecía por ninguna parte; toda búsqueda de él resultaba igualmente infructuosa, ya fuera en los paseos de la mañana o en las reuniones de la tarde; ni en las Upper Rooms ni en las Lower Rooms, ni en los bailes de etiqueta ni en los informales, era perceptible; ni entre los paseantes, los jinetes o los conductores de calesas de la mañana. Su nombre no estaba en el libro de la Sala de las Bombas, y la curiosidad ya no podía hacer más. Debía de haber abandonado Bath. Sin embargo, ¡no había mencionado que su estancia fuera a ser tan breve! Esta suerte de misteriosidad, que siempre resulta tan favorecedora en un héroe, arrojaba en la imaginación de Catherine un encanto nuevo en torno a su persona y sus modales, y aumentaba su ansia de saber más de él. De los Thorpe no podía aprender nada, pues solo llevaban dos días en Bath cuando se encontraron con Mrs. Allen. Era, sin embargo, un tema en el que a menudo se recreaba con su querida amiga, de quien recibía todo el aliento posible para seguir pensando en él; y la impresión que había dejado en su fantasía no se permitía debilitarse por ello. Isabella estaba muy segura de que debía de ser un joven encantador, e igualmente segura de que él debía de haberse prendado de su querida Catherine, y que por tanto regresaría en breve. Le caía mejor por ser clérigo: «pues debía confesar que sentía mucha predilección por la profesión»; y algo parecido a un suspiro se le escapó al decirlo. Quizás Catherine se equivocó al no preguntar la causa de esa suave emoción..., pero no tenía bastante experiencia en el arte de los juegos amorosos, ni en los deberes de la amistad, para saber cuándo convenía la delicada burla o cuándo había que provocar una confidencia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000130">Mrs. Allen estaba ahora del todo contenta..., del todo satisfecha con Bath. Había encontrado algunos conocidos, había tenido la fortuna de encontrar en ellos la familia de una antigua y muy digna amiga; y, como colofón de su buena suerte, había encontrado a esas amigas de un vestir en absoluto tan costoso como el suyo. Sus expresiones diarias ya no eran: «¡Ojalá tuviéramos algún conocido en Bath!». Habían cambiado por: «¡Qué alegría nos hemos encontrado con Mrs. Thorpe!»; y estaba tan dispuesta a promover el trato entre las dos familias como pudieran estarlo su joven protegida y la propia Isabella; nunca satisfecha con el día a no ser que lo pasara en su mayor parte al lado de Mrs. Thorpe en lo que llamaban conversación, pero en la que rara vez había intercambio alguno de opiniones, y no a menudo ninguna semejanza de tema; pues Mrs. Thorpe hablaba principalmente de sus hijos, y Mrs. Allen de sus vestidos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000131">El progreso de la amistad entre Catherine e Isabella fue tan rápido como cálido había sido su comienzo, y pasaron tan deprisa por cada grado de creciente ternura que no quedó en breve ninguna nueva prueba de ella que dar a sus amigas ni a ellas mismas. Se llamaban mutuamente por sus nombres de pila, iban siempre del brazo cuando paseaban, se prendían mutuamente la cola del vestido para el baile y no consentían en separarse en el rigodón; y si una mañana lluviosa las privaba de otros placeres, se mostraban igualmente resueltas a encontrarse a pesar de la humedad y el barro, y se encerraban juntas para leer novelas. Sí, novelas; pues no adoptaré esa costumbre poco generosa e imprudente tan habitual entre los novelistas, de degradar con su despreciativo vituperio las mismas producciones a cuyo número ellos mismos están añadiendo..., aliándose con sus peores enemigos en prodigar los más duros epítetos a tales obras, y apenas permitiendo que sean leídas por sus propias heroínas, quienes, si por azar toman una novela, están seguras de pasar sus insípidas páginas con disgusto. ¡Ay! Si la heroína de una novela no es favorecida por la heroína de otra, ¿de quién puede esperar protección y consideración? No lo puedo aprobar. Dejemos a los críticos que abusen de esas efusiones de la fantasía a su antojo, y que hablen con trilladas frases de la basura con que la imprenta gime ante cada nueva novela. No nos abandonemos unas a otras; somos un gremio agraviado. Aunque nuestras producciones han deparado un placer más extenso y sincero que las de cualquier otra corporación literaria del mundo, ningún género de composición ha sido tan vilipendiado. Por orgullo, ignorancia o moda, nuestros enemigos son casi tan numerosos como nuestros lectores. Y mientras se ensalzan con mil plumas las habilidades del novecientavo compendio de la Historia de Inglaterra, o del hombre que recoge y publica en un volumen una docena de versos de Milton, Pope y Prior, con un artículo del Spectator y un capítulo de Sterne, parece haber casi un deseo general de rebajar la capacidad y subestimar el trabajo del novelista, y de menospreciar las producciones que solo tienen el genio, el ingenio y el gusto para recomendarlas. «No soy lector de novelas..., rara vez me asomo a las novelas..., no crea usted que leo novelas a menudo..., en verdad está bastante bien para ser una novela.» Tal es el tópico habitual. «¿Y qué está usted leyendo, señorita ⸻?» «¡Oh! No es más que una novela», responde la joven, mientras deja el libro con afectada indiferencia o momentánea vergüenza. «No es más que Cecilia, o Camilla, o Belinda»; o, en suma, solo alguna obra en la que se despliegan los mayores poderes de la mente, en la que se exhibe el conocimiento más cabal de la naturaleza humana, la representación más feliz de sus variedades, las efusiones más vivaces de ingenio y humor, transmitidas al mundo en el lenguaje mejor escogido. Si la misma joven se hubiera entretenido con un volumen del Spectator en lugar de con semejante obra, ¡con qué orgullo habría mostrado el libro y dicho su nombre!; aunque hay que reconocer que las posibilidades están en contra de que cualquier parte de esa voluminosa publicación la tuviera ocupada, cuya materia o estilo no hubiera causado disgusto a una joven de gusto: siendo con tanta frecuencia la sustancia de sus artículos la exposición de circunstancias inverosímiles, caracteres artificiales y temas de conversación que ya no conciernen a nadie; y siendo también su lenguaje con demasiada frecuencia tan grosero como para dar una idea muy poco favorable de la época que podía soportarlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000132">Traducido y editado por Elejandría.com</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="6" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-006">
          <head>VI</head>
          <p xml:id="spa-p-000133">La siguiente conversación, que tuvo lugar entre las dos amigas en la Sala de las Bombas una mañana, tras un conocimiento de ocho o nueve días, se ofrece como muestra de su muy cálido apego, y de la delicadeza, la discreción, la originalidad de pensamiento y el gusto literario que marcaban la razonabilidad de dicho apego.</p>
          <p xml:id="spa-p-000134">Se habían citado; y como Isabella había llegado casi cinco minutos antes que su amiga, su primer saludo fue naturalmente: «¡Criatura adorada, qué puede haberte retenido tanto! Llevo esperándote una eternidad como mínimo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000135">—¿De veras? Lo siento mucho; pero en verdad creía llegar muy puntual. Apenas acaba de dar la una. Espero que no lleves mucho tiempo aquí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000136">—¡Oh! Al menos diez eternidades. Estoy segura de que llevo aquí media hora. Pero ahora vamos a sentarnos al otro extremo de la sala y a disfrutar. Tengo cien cosas que decirte. En primer lugar, tenía tanto miedo de que lloviera esta mañana, justo cuando quería salir; tenía muy mala cara, y eso me habría sumido en la desesperación. Oye, acabo de ver en el escaparate de una tienda de Milsom Street el sombrero más bonito que puedas imaginar..., muy parecido al tuyo, solo que con cintas color amapola en lugar de verdes; me moría de ganas de tenerlo. Pero, mi queridísima Catherine, ¿qué has estado haciendo toda esta mañana? ¿Has seguido con Udolfo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000137">—Sí, lo he estado leyendo desde que me desperté; y ya he llegado al velo negro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000138">—¿De veras? ¡Qué delicia! ¡Oh! ¡No te diría lo que hay detrás del velo negro por nada del mundo! ¿No te mueres de ganas de saberlo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000139">—¡Oh! Sí, muchísimo; ¿qué puede ser? Pero no me lo digas..., no quisiera que me lo dijeras por nada. Sé que tiene que ser un esqueleto, estoy segura de que es el esqueleto de Laurentina. ¡Oh! ¡Estoy encantada con el libro! Me gustaría pasarme la vida entera leyéndolo. Te aseguro que, de no ser por encontrarme contigo, no lo habría dejado por nada del mundo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000140">—Querida criatura, cuánto te lo agradezco; y cuando hayas terminado Udolfo, leeremos El italiano juntas; y he confeccionado una lista de diez o doce más de la misma clase para ti.</p>
          <p xml:id="spa-p-000141">—¿De veras? ¡Cuánto me alegro! ¿Cuáles son?</p>
          <p xml:id="spa-p-000142">—Te leeré los títulos ahora mismo; aquí están, en mi libreta. El castillo de Wolfenbach, Clermont, Advertencias misteriosas, El nigromante del Bosque Negro, La campana de medianoche, El huérfano del Rin y Los misterios horripilantes. Con estos tenemos para una buena temporada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000143">—Sí, bastante; pero ¿son todos horripilantes? ¿Estás segura de que todos son horripilantes?</p>
          <p xml:id="spa-p-000144">—Sí, completamente segura; pues una amiga muy íntima mía, una tal señorita Andrews, una chica encantadora, una de las criaturas más encantadoras del mundo, los ha leído todos. Ojalá conocieras a la señorita Andrews, te encantaría. Está tejiendo el chal más delicioso que puedas imaginarte. La encuentro tan hermosa como un ángel, ¡y estoy tan indignada con los hombres por no admirarla! Los regaño a todos sobremanera por eso.</p>
          <p xml:id="spa-p-000145">—¿Los regañas? ¿Los regañas por no admirarla?</p>
          <p xml:id="spa-p-000146">—Sí, ya lo creo. No hay nada que no hiciera por quienes son de verdad mis amigos. No entiendo eso de querer a la gente a medias; no es mi carácter. Mis afectos son siempre sumamente intensos. Le dije al capitán Hunt en una de nuestras reuniones este invierno que, aunque me importunara toda la noche, no bailaría con él a menos que reconociera que la señorita Andrews era tan hermosa como un ángel. Los hombres nos consideran incapaces de una amistad verdadera, ya lo sabes, y estoy decidida a demostrarles lo contrario. Ahora, si oyera a alguien hablar de ti con desdén, me encendería al momento; pero eso es muy poco probable, pues eres exactamente el tipo de chica que cae muy bien a los hombres.</p>
          <p xml:id="spa-p-000147">—¡Oh, vamos! —exclamó Catherine, sonrojándose—. ¿Cómo puedes decir eso?</p>
          <p xml:id="spa-p-000148">—Te conozco muy bien; tienes tanta animación, que es exactamente lo que le falta a la señorita Andrews, pues he de confesar que hay algo asombrosamente soso en ella. ¡Oh! Tengo que contarte que justo después de separarnos ayer vi a un joven mirándote con tanto ardor..., estoy segura de que está enamorado de ti.</p>
          <p xml:id="spa-p-000149">Catherine se ruborizó y lo negó de nuevo. Isabella se rió.</p>
          <p xml:id="spa-p-000150">—Es muy cierto, te lo juro; pero ya veo cómo es: eres indiferente a la admiración de todo el mundo salvo a la de cierto caballero, que no mencionaré. Pues no puedo culparte —añadió, en tono más serio—: tus sentimientos se comprenden fácilmente. Cuando el corazón está verdaderamente prendado, sé muy bien cuán poco puede complacerle la atención de cualquier otro. ¡Todo resulta tan soso, tan poco interesante, cuando no tiene que ver con el objeto amado! Te comprendo perfectamente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000151">—Pero no deberías convencerme de que pienso tanto en Mr. Tilney, porque quizás no vuelva a verle nunca.</p>
          <p xml:id="spa-p-000152">—¡No volverle a ver! Criatura adorada, no digas eso. ¡Estoy segura de que serías desgraciada si lo pensaras!</p>
          <p xml:id="spa-p-000153">—No, en absoluto, no lo sería. No pretendo decir que no me complaciera mucho su compañía; pero mientras tenga Udolfo que leer, siento como si nadie pudiera hacerme desgraciada. ¡Oh! ¡El terrible velo negro! Querida Isabella, estoy segura de que detrás tiene que estar el esqueleto de Laurentina.</p>
          <p xml:id="spa-p-000154">—Me parece muy raro que nunca hayas leído Udolfo antes; aunque supongo que Mrs. Morland se opone a las novelas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000155">—No, no es así. Ella misma lee con frecuencia a Sir Charles Grandison; pero los libros nuevos no llegan a nuestras manos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000156">—¡Sir Charles Grandison! Es un libro asombrosamente horrible, ¿verdad? Recuerdo que la señorita Andrews no pudo pasar del primer volumen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000157">—No se parece en nada a Udolfo; pero aun así creo que es muy entretenido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000158">—¿De veras? Me sorprendes; creía que era ilegible. Pero, queridísima Catherine, ¿has decidido ya qué tocado llevarás esta noche? Estoy decidida de todas formas a vestir exactamente igual que tú. Los hombres se fijan en esas cosas a veces, ya sabes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000159">—Pero si se fijan, no importa —dijo Catherine muy inocentemente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000160">—¡Importa! ¡Dios mío! Tengo como norma no hacer nunca caso de lo que digan. A menudo son asombrosamente impertinentes si no los tratas con carácter y los mantienes a distancia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000161">—¿De veras? Pues yo nunca lo he observado. Siempre se portan muy bien conmigo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000162">—¡Oh! Se dan unos aires que ya quisieran. Son las criaturas más engreídas del mundo y se creen de tanta importancia. Por cierto, aunque lo he pensado cien veces, siempre se me ha olvidado preguntarte cuál es tu tipo preferido en un hombre. ¿Los prefieres morenos o rubios?</p>
          <p xml:id="spa-p-000163">—No lo sé bien. Nunca he pensado mucho en ello. Algo intermedio, creo; tirando a moreno: ni rubio ni muy oscuro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000164">—Muy bien, Catherine. Es exactamente él. No he olvidado tu descripción de Mr. Tilney..., «tez morena, ojos oscuros y pelo bastante oscuro». Pues bien, mi gusto es diferente. Prefiero los ojos claros, y en cuanto al cutis..., ¿sabes?, me gustan los que tiran a pálido más que ningún otro. No me delates, por si alguna vez te encuentras con algún conocido que responda a esa descripción.</p>
          <p xml:id="spa-p-000165">—¿Delatarte? ¿Qué quieres decir?</p>
          <p xml:id="spa-p-000166">—Por favor, no me hagas sufrir. Creo que he dicho demasiado. Cambiemos de tema.</p>
          <p xml:id="spa-p-000167">Catherine, bastante asombrada, obedeció, y después de permanecer en silencio unos instantes, estaba a punto de volver a lo que en ese momento le interesaba más que cualquier otra cosa en el mundo..., el esqueleto de Laurentina..., cuando su amiga se lo impidió diciendo: «Por el amor de Dios, alejémonos de este extremo de la sala. ¿Sabes que hay dos jóvenes insoportables que llevan media hora mirándome? Verdaderamente me ponen en un aprieto. Vamos a ver los recién llegados. Difícilmente nos seguirán allí».</p>
          <p xml:id="spa-p-000168">Se encaminaron hacia el libro de registro; y mientras Isabella examinaba los nombres, era ocupación de Catherine observar los movimientos de aquellos alarmantes jóvenes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000169">—¿No vienen hacia aquí, verdad? Espero que no sean tan impertinentes como para seguirnos. Dime, por favor, si se acercan. Estoy decidida a no levantar la vista.</p>
          <p xml:id="spa-p-000170">Al cabo de unos momentos Catherine, con sincero alivio, le aseguró que ya podía tranquilizarse, pues los caballeros acababan de abandonar la Sala de las Bombas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000171">—¿Y por dónde se han ido? —dijo Isabella, volviéndose vivamente—. Uno era un joven muy bien parecido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000172">—Se fueron hacia el cementerio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000173">—Pues me alegro enormemente de haberme deshecho de ellos. Y ahora, ¿qué te parece si vamos a los edificios Edgar a ver mi sombrero nuevo? Dijiste que te gustaría verlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000174">Catherine aceptó de buena gana.</p>
          <p xml:id="spa-p-000175">—Solo que —añadió— quizás alcancemos a los dos jóvenes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000176">—¡Oh! No importa nada eso. Si nos damos prisa, los adelantaremos enseguida, y me muero de ganas de enseñarte el sombrero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000177">—Pero si esperamos unos minutos, no habrá ningún peligro de que los veamos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000178">—No pienso hacerles ese favor, te lo aseguro. No tengo ningún concepto de tratar a los hombres con tanto miramiento. Esa es la manera de malcriarlos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000179">Catherine no tenía nada que oponer a semejante razonamiento; y así, para demostrar la independencia de la señorita Thorpe y su resolución de humillar al sexo masculino, partieron de inmediato tan deprisa como podían andar, en persecución de los dos jóvenes.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="7" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-007">
          <head>VII</head>
          <p xml:id="spa-p-000180">Medio minuto las condujo a través del patio de la Sala de las Bombas hasta el arco frente a Union Passage; pero allí se detuvieron. Todo aquel que conozca Bath puede recordar las dificultades de cruzar Cheap Street en ese punto; es en efecto una calle de naturaleza tan impertinente, tan desafortunadamente conectada con las grandes carreteras de Londres y Oxford y con la principal posada de la ciudad, que no hay un día en que grupos de damas, por muy importante que sea su asunto..., ya sea en busca de pastelería, sombreros o incluso, como en el presente caso, de jóvenes..., no queden detenidas a uno u otro lado por carruajes, jinetes o carretas. Este mal lo había sufrido y lamentado Isabella al menos tres veces al día desde su llegada a Bath; y ahora estaba condenada a sufrirlo y lamentarlo una vez más, pues en el preciso momento en que se hallaban frente a Union Passage y a la vista de los dos caballeros que avanzaban entre la muchedumbre sorteando los arroyuelos de aquel interesante callejón, les cortó el paso la llegada de un cabriolé conducido por un cochero de aspecto muy entendido sobre una calzada en pésimo estado, con toda la vehemencia que mejor podía poner en peligro la vida de él mismo, de su acompañante y de su caballo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000181">—¡Oh, esos odiosos cabriolés! —dijo Isabella, alzando los ojos—. ¡Cuánto los detesto!</p>
          <p xml:id="spa-p-000182">Pero esta aversión, por justificada que fuera, duró poco, pues volvió a mirar y exclamó: «¡Maravilloso! ¡Mr. Morland y mi hermano!».</p>
          <p xml:id="spa-p-000183">«¡Dios mío! ¡Es James!», fue pronunciado al mismo tiempo por Catherine; y, al cruzarse con la mirada de los jóvenes, el caballo fue frenado en seco con una violencia que casi lo hizo sentar sobre los cuartos traseros, y habiendo subido corriendo el mozo en ese instante, los caballeros saltaron al suelo y el vehículo quedó a su cargo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000184">Catherine, para quien aquel encuentro era del todo inesperado, recibió a su hermano con el más vivo placer; y él, de carácter muy amable y sinceramente apegado a ella, dio todas las pruebas de igual satisfacción que le fue posible dar, mientras los brillantes ojos de la señorita Thorpe lo solicitaban sin cesar, y a ella fue a tributarle sus respetos con prontitud, con una mezcla de alegría y embarazo que habría podido informar a Catherine, de haber sido más experta en descifrar los sentimientos ajenos y menos sencillamente absorbida por los propios, de que su hermano encontraba a su amiga tan bonita como ella misma podía encontrarla.</p>
          <p xml:id="spa-p-000185">John Thorpe, que entretanto había dado órdenes sobre los caballos, pronto se unió a ellos, y de su parte recibió Catherine de inmediato la atención que le correspondía; pues mientras rozaba con ligereza y descuido la mano de Isabella, a ella le dispensó una reverencia completa y media inclinación breve. Era un joven fornido de estatura mediana que, con cara corriente y figura desgarbada, parecía temer ser demasiado apuesto si no vestía como un palafrenero, y demasiado caballeroso si no adoptaba la llaneza donde debería ser cortés y la insolencia donde podría permitirse ser llano. Sacó su reloj.</p>
          <p xml:id="spa-p-000186">—¿Cuánto tiempo cree usted que hemos tardado en venir de Tetbury, señorita Morland?</p>
          <p xml:id="spa-p-000187">—No conozco la distancia. —Su hermano le dijo que eran veintitrés millas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000188">—¡Veintitrés! —exclamó Thorpe—. Veinticinco si hay alguna. —Morland protestó y alegó la autoridad de los libros de carreteras, los posaderos y los mojones; pero su amigo los desestimó a todos; él tenía una prueba más segura de la distancia—. Sé que tienen que ser veinticinco —dijo—, por el tiempo que hemos tardado en recorrerlas. Son ahora la una y media; salimos del patio de la posada de Tetbury cuando el reloj de la ciudad daba las once; y desafío a cualquier hombre de Inglaterra a que consiga que mi caballo vaya a menos de diez millas por hora con arneses; eso hace exactamente veinticinco.</p>
          <p xml:id="spa-p-000189">—Llevas una hora de retraso —dijo Morland—; eran solo las diez cuando salimos de Tetbury.</p>
          <p xml:id="spa-p-000190">—¡Las diez! ¡Las once, por mi alma! Conté cada campanada. Este hermano tuyo pretende sacarme de quicio, señorita Morland; mira mi caballo nada más: ¿has visto en tu vida un animal tan hecho para la velocidad? —El mozo acababa de montar el carruaje y se alejaba—. ¡Qué sangre tan pura! ¡Tres horas y media para hacer solo veintitrés millas! Mira esa criatura e intenta si puedes imaginarlo posible.</p>
          <p xml:id="spa-p-000191">—Es cierto que parece muy acalorado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000192">—¿Acalorado? No había movido ni un pelo hasta que llegamos a la iglesia de Walcot; pero mira su cuello; mira sus lomos; fíjate solo en cómo se mueve; ese caballo no puede ir a menos de diez millas por hora: átale las patas y avanzará de todas formas. ¿Qué te parece mi cabriolé, señorita Morland? Elegante, ¿verdad? Bien suspendido; fabricado en la ciudad; no lo tengo hace un mes. Lo mandó construir un hombre de Christchurch, un amigo mío, un tipo de lo más majo; lo usó unas semanas, hasta que, creo, le resultó conveniente deshacerse de él. Yo casualmente andaba buscando algo ligero de ese tipo en aquel momento, aunque ya me había decidido bastante por un curricle también; pero me lo encontré por casualidad en el puente de Magdalena cuando venía conduciendo a Oxford el trimestre pasado: «Ah, Thorpe», me dijo, «¿necesitas por casualidad un cacharro así? Es un ejemplar de primera en su género, pero estoy asqueado de él». «¡Oh, demonios!», le dije, «soy tu hombre; ¿cuánto pides?» ¿Y cuánto cree usted que pedía, señorita Morland?</p>
          <p xml:id="spa-p-000193">—Estoy segura de que no tengo ni idea.</p>
          <p xml:id="spa-p-000194">—Suspensión de curricle, ya lo ves; asiento, baúl, portaespada, guardabarros, faroles, molduras de plata, todo lo que ves completo; la herrería tan buena como nueva, o mejor. Pedía cincuenta guineas; cerré el trato en el acto, solté el dinero, y el carruaje era mío.</p>
          <p xml:id="spa-p-000195">—Y estoy segura —dijo Catherine— de que sé tan poco de estas cosas que no puedo juzgar si fue barato o caro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000196">—Ni lo uno ni lo otro; podría haberlo conseguido más barato, supongo; pero odio regatear, y el pobre Freeman necesitaba el dinero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000197">—Fue muy generoso de tu parte —dijo Catherine, bastante complacida.</p>
          <p xml:id="spa-p-000198">—¡Oh, al diablo! Cuando uno tiene los medios de hacer un favor a un amigo, lo que no puedo es ser mezquino.</p>
          <p xml:id="spa-p-000199">Se procedió entonces a indagar sobre los planes de las jóvenes; y al enterarse de adónde se dirigían, se resolvió que los caballeros las acompañaran a los edificios Edgar y presentaran sus respetos a Mrs. Thorpe. James e Isabella encabezaban la marcha; y tan satisfecha estaba esta última con su suerte, tan contenidamente se afanaba en hacer agradable el paseo a quien traía la doble recomendación de ser a la vez amigo de su hermano y hermano de su amiga, tan puros y sin coquetería eran sus sentimientos, que, aunque alcanzaron y adelantaron a los dos ofensivos jóvenes en Milsom Street, estuvo muy lejos de buscar llamar su atención..., solo se volvió a mirarlos tres veces.</p>
          <p xml:id="spa-p-000200">John Thorpe, naturalmente, iba con Catherine, y tras unos minutos de silencio retomó la conversación sobre su cabriolé.</p>
          <p xml:id="spa-p-000201">—Comprobará usted, señorita Morland, que cierta gente lo consideraría barato, pues al día siguiente podría haberlo vendido por diez guineas más; Jackson, del Oriel, me ofreció sesenta de inmediato; Morland estaba conmigo en ese momento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000202">—Sí —dijo Morland, que lo oyó—; pero se te olvida que el caballo estaba incluido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000203">—¡Mi caballo! ¡Oh, al diablo! No vendería mi caballo ni por cien. ¿Le gustan los carruajes descubiertos, señorita Morland?</p>
          <p xml:id="spa-p-000204">—Sí, mucho; casi nunca tengo ocasión de ir en uno; pero me gustan en especial.</p>
          <p xml:id="spa-p-000205">—Me alegro; la llevaré a dar una vuelta en el mío todos los días.</p>
          <p xml:id="spa-p-000206">—Gracias —dijo Catherine con cierta aprensión, dudando de si sería correcto aceptar semejante ofrecimiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000207">—Mañana la subiré por la colina de Lansdown.</p>
          <p xml:id="spa-p-000208">—Gracias; pero ¿no necesitará su caballo descanso?</p>
          <p xml:id="spa-p-000209">—¿Descanso? Hoy solo ha hecho veintitrés millas; no faltaría más; nada arruina a los caballos tanto como el reposo; nada los agota tan pronto. No, no; al mío lo ejercitaré una media de cuatro horas diarias mientras esté aquí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000210">—¿De veras? —dijo Catherine muy seria—. Serán cuarenta millas al día.</p>
          <p xml:id="spa-p-000211">—¡Cuarenta! Cincuenta, me da igual. Pues bien, mañana la llevo a Lansdown; recuérdelo, quedo comprometido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000212">—¡Qué delicia! —exclamó Isabella, volviéndose—. Queridísima Catherine, te envidio muchísimo; pero me temo, hermano, que no tendrás sitio para una tercera.</p>
          <p xml:id="spa-p-000213">—¡Una tercera! No, no; no he venido a Bath a llevar a mis hermanas de paseo; ¡menuda gracia! Morland tendrá que cuidar de ti.</p>
          <p xml:id="spa-p-000214">Esto suscitó un intercambio de cortesías entre los otros dos; pero Catherine no escuchó ni los pormenores ni el resultado. El discurso de su acompañante descendió desde su anterior tono animado hasta no ser más que breves frases sentenciosas de elogio o censura sobre el rostro de cada mujer que se cruzaban; y Catherine, después de escuchar y asentir tanto como pudo con toda la deferencia y la urbanidad de la mente femenina juvenil, temerosa de aventurar una opinión propia en oposición a la de un hombre seguro de sí mismo, especialmente cuando se trata de la belleza de su propio sexo, se atrevió por fin a variar el tema con una pregunta que llevaba mucho rato dándole vueltas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000215">—¿Ha leído usted Udolfo, Mr. Thorpe?</p>
          <p xml:id="spa-p-000216">—¡Udolfo! ¡Vaya, no! Yo no leo novelas; tengo otras cosas que hacer.</p>
          <p xml:id="spa-p-000217">Catherine, humillada y avergonzada, iba a disculparse por la pregunta, pero él se lo impidió diciendo: «Las novelas están llenas de tonterías y pamplinas; no ha salido ninguna medianamente decente desde Tom Jones, salvo El monje; ese lo leí hace poco; pero en cuanto a las demás, son las cosas más estúpidas de la creación».</p>
          <p xml:id="spa-p-000218">—Creo que le gustaría Udolfo si lo leyera; es tan sumamente interesante.</p>
          <p xml:id="spa-p-000219">—¡Ni hablar! No; si leo algo, será de Mrs. Radcliffe; sus novelas son bastante entretenidas; merecen la pena; algo de gracia y naturalidad tienen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000220">—Udolfo lo escribió Mrs. Radcliffe —dijo Catherine, con cierta vacilación, por temor a mortificarle.</p>
          <p xml:id="spa-p-000221">—¿No me diga? ¿De veras? Ah, sí, lo recuerdo, así es; estaba pensando en ese otro libro estúpido, escrito por esa mujer de la que tanto alboroto hacen..., la que se casó con el emigrado francés.</p>
          <p xml:id="spa-p-000222">—Supongo que se refiere usted a Camilla.</p>
          <p xml:id="spa-p-000223">—Sí, ese es; ¡vaya cosa más antinatural! Un viejo jugando al sube y baja. Cogí el primer volumen una vez y lo hojeé, pero enseguida vi que no era para mí; en realidad lo calculé antes de verlo siquiera: en cuanto me enteré de que se había casado con un emigrado, supe que nunca sería capaz de terminarlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000224">—Yo nunca lo he leído.</p>
          <p xml:id="spa-p-000225">—No ha perdido usted nada, se lo aseguro; es el disparate más horripilante que puede concebirse; no hay en el mundo nada en él salvo un viejo jugando al sube y baja y aprendiendo latín; por mi alma que no.</p>
          <p xml:id="spa-p-000226">Esta crítica, cuya justeza lamentablemente se perdió en la pobre Catherine, los condujo a la puerta del alojamiento de Mrs. Thorpe, y los sentimientos del lector perspicaz e imparcial de Camilla cedieron ante los del hijo obediente y cariñoso, cuando se encontraron con Mrs. Thorpe, que los había divisado desde arriba, en el pasillo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000227">—¡Ah, madre! ¿Cómo está usted? —dijo él, dándole un apretón de manos enérgico—. ¿Dónde ha conseguido ese sombrero tan extravagante? La hace parecer una bruja vieja. Morland y yo venimos a quedarnos unos días con usted, así que tiene que buscarnos un par de buenas camas aquí cerca.</p>
          <p xml:id="spa-p-000228">Y con este saludo parecieron colmarse todos los más íntimos deseos del corazón materno, pues ella lo recibió con la más deleitada y jubilosa ternura. A sus dos hermanas menores les dispensó luego una igual porción de su ternura fraternal, pues preguntó a cada una cómo estaba y observó que las dos tenían muy mala cara.</p>
          <p xml:id="spa-p-000229">Estos modales no agradaron a Catherine; pero era el amigo de James y el hermano de Isabella; y su juicio fue además sobornado por la seguridad que le dio Isabella, cuando se retiraron a ver el sombrero nuevo, de que John la encontraba la chica más encantadora del mundo, y por el compromiso contraído por John antes de despedirse de bailar con ella aquella noche. De haber sido mayor o más vanidosa, tales artimañas habrían surtido poco efecto; pero donde la juventud y la timidez se unen, se requiere una extraordinaria firmeza de razonamiento para resistir el atractivo de ser llamada la chica más encantadora del mundo y de verse comprometida como pareja de baile muy por adelantado; y la consecuencia fue que, cuando los dos Morland, después de pasar una hora con los Thorpe, salieron a pasear juntos hasta casa de Mr. Allen, y James, en cuanto se cerró la puerta, dijo: «Pues bien, Catherine, ¿qué te parece mi amigo Thorpe?», en lugar de responder, como probablemente habría hecho de no mediar ni amistad ni adulación en el asunto: «No me gusta nada», respondió directamente: «Me gusta mucho; parece muy agradable».</p>
          <p xml:id="spa-p-000230">—Es un tipo tan campechano como hay en el mundo; algo charlatán; pero eso te lo recomendará a tu sexo, creo; ¿y qué te parecen los demás de la familia?</p>
          <p xml:id="spa-p-000231">—Mucho, muchísimo; Isabella en particular.</p>
          <p xml:id="spa-p-000232">—Me alegra mucho oírtelo decir; es exactamente el tipo de joven con quien me gustaría que tuvieras trato; tiene tanto buen juicio y es tan sencilla y amable; siempre he querido que la conocieras; y parece tener mucho afecto por ti. Dijo de ti las mejores cosas que es posible decir; y la alabanza de una joven como la señorita Thorpe incluso tú, Catherine —cogiéndole la mano con cariño—, puedes enorgullecerte de ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000233">—En verdad que me enorgullezco —respondió ella—; la quiero muchísimo, y me alegra saber que a ti también te gusta. Apenas la mencionabas cuando me escribiste después de tu visita a ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000234">—Porque creía que te vería yo mismo pronto. Espero que estéis mucho juntas mientras estéis en Bath. Es una chica muy admirable; ¡qué entendimiento tan superior! Cuánto la quieren todos en su familia; es evidentemente la favorita de todos; y cuánto debe ser admirada en un lugar como este, ¿verdad?</p>
          <p xml:id="spa-p-000235">—Sí, mucho, creo yo; Mr. Allen la considera la chica más bonita de Bath.</p>
          <p xml:id="spa-p-000236">—Apuesto a que sí; y no conozco a ningún hombre mejor juez de la belleza que Mr. Allen. No necesito preguntarte si eres feliz aquí, querida Catherine; con una compañera y amiga como Isabella Thorpe, sería imposible que no lo fueras; ¿y los Allen son muy buenos contigo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000237">—Sí, muy buenos; nunca había sido tan feliz; y ahora que has venido tú será aún más delicioso; qué bueno eres al venir tan lejos expresamente para verme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000238">James aceptó este tributo de gratitud, y justificó su aceptación añadiendo con perfecta sinceridad: «De veras, Catherine, te quiero muchísimo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000239">Preguntas y noticias sobre hermanos y hermanas, la situación de unos, el crecimiento de los otros, y demás asuntos familiares se intercambiaron entre ellos, y continuaron, con solo una pequeña digresión por parte de James en elogio de la señorita Thorpe, hasta que llegaron a Pulteney Street, donde él fue recibido con gran amabilidad por Mr. y Mrs. Allen: invitado por el primero a comer con ellos, y convocado por la segunda a calcular el precio y valorar los méritos de un nuevo manguito y una esclavina. Un compromiso previo en los edificios Edgar le impedía aceptar la invitación de un amigo y le obligaba a salir corriendo en cuanto satisfizo las exigencias del otro. Una vez acordada con precisión la hora en que las dos partes se reunirían en la Sala Octagonal, Catherine quedó al placer de una imaginación exaltada, inquieta y temblorosa sobre las páginas de Udolfo, ajena a todas las preocupaciones mundanas del vestido y la cena, incapaz de calmar los temores de Mrs. Allen por el retraso de una modista esperada, y con solo un minuto de cada sesenta para dedicarlo siquiera a reflexionar sobre su propia felicidad por estar ya comprometida para esa noche.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="8" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-008">
          <head>VIII</head>
          <p xml:id="spa-p-000240">A pesar de Udolfo y de la modista, sin embargo, el grupo de Pulteney Street llegó a las Upper Rooms con muy buen tiempo. Los Thorpe y James Morland estaban allí desde hacía apenas dos minutos; e Isabella, después de cumplir con la ceremonia habitual de recibir a su amiga con la mayor prisa sonriente y afectuosa, de admirar el corte de su vestido y envidiar el rizado de su pelo, siguieron a sus acompañantes, del brazo, hacia el salón de baile, susurrándose mutuamente cada vez que se les ocurría un pensamiento, y supliendo la falta de muchas ideas con un apretón de manos o una sonrisa de afecto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000241">El baile empezó a los pocos minutos de sentarse; y James, que llevaba comprometido tanto tiempo como su hermana, apremiaba insistentemente a Isabella para que se pusiera en pie; pero John había ido a la sala de cartas a hablar con un amigo, y nada, declaró ella, la induciría a incorporarse a la rueda antes de que su querida Catherine pudiera incorporarse también.</p>
          <p xml:id="spa-p-000242">—Te aseguro —dijo— que no me pondría en pie sin tu querida hermana por nada del mundo; porque si lo hiciera, nos separaríamos con toda seguridad durante toda la velada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000243">Catherine aceptó esta gentileza con gratitud, y continuaron como estaban tres minutos más, cuando Isabella, que había estado hablando con James al otro lado, se volvió de nuevo hacia la hermana y susurró: «Criatura adorada, me temo que tengo que dejarte; tu hermano tiene una impaciencia desesperada por empezar; sé que no te importará que me vaya, y estoy segura de que John volverá en un momento, y entonces podrás encontrarme fácilmente». Catherine, aunque algo decepcionada, tenía demasiado buen carácter para oponer resistencia, y levantándose los demás, Isabella solo tuvo tiempo de apretar la mano a su amiga y decir: «Adiós, querida mía», antes de que se apresuraran a alejarse. Las señoritas Thorpe menores también estaban bailando, y Catherine quedó a merced de Mrs. Thorpe y Mrs. Allen, entre quienes permaneció a partir de entonces. No podía evitar estar molesta por la no aparición de Mr. Thorpe, pues no solo deseaba bailar, sino que era asimismo consciente de que, al no poder conocerse la auténtica dignidad de su situación, estaba compartiendo con las decenas de otras jóvenes que seguían sentadas todo el descrédito de carecer de pareja. Verse deshonrada ante los ojos del mundo, presentar la apariencia de la infamia cuando el corazón es todo pureza, sus actos toda inocencia, y la conducta ajena la verdadera fuente de su degradación, es una de esas circunstancias que pertenecen peculiarmente a la vida de la heroína, y la fortaleza ante ella lo que distingue especialmente su carácter. Catherine también tenía fortaleza; sufrió, pero de sus labios no escapó ningún lamento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000244">De este estado de humillación la despertó, al cabo de diez minutos, una impresión más agradable, al ver, no a Mr. Thorpe, sino a Mr. Tilney, a menos de tres metros del lugar donde estaban sentadas; parecía encaminarse hacia allí, pero no las veía, y por tanto la sonrisa y el rubor que su súbita reaparición suscitó en Catherine pasaron sin manchar su importancia heroica. Estaba tan apuesto y tan animado como siempre, y hablaba con interés con una joven de aspecto distinguido y agradable que se apoyaba en su brazo, y a quien Catherine supuso de inmediato que era su hermana; desechando así sin pensarlo una hermosa oportunidad de considerarle perdido para ella para siempre, por estar ya casado. Pero guiada solo por lo sencillo y lo probable, nunca se le había pasado por la cabeza que Mr. Tilney pudiera estar casado; no se había comportado ni había hablado como los hombres casados que ella había conocido; nunca había mencionado a una esposa, y sí había reconocido tener una hermana. De estas circunstancias surgió la conclusión inmediata de que quien estaba ahora a su lado era su hermana; y por tanto, en lugar de ponerse de color cadáver y desmayarse en el regazo de Mrs. Allen, Catherine se mantuvo erguida, en pleno uso de sus sentidos, y con las mejillas solo un poco más encendidas de lo normal.</p>
          <p xml:id="spa-p-000245">Mr. Tilney y su acompañante, que seguían acercándose, aunque despacio, eran precedidos de inmediato por una dama, conocida de Mrs. Thorpe; y al detenerse esta dama a hablar con ella, ellos, al pertenecer a su grupo, se detuvieron igualmente, y Catherine, cruzando la mirada con Mr. Tilney, recibió de él al instante el sonriente tributo de reconocimiento. Ella lo devolvió con placer, y él, acercándose aún más, se dirigió tanto a ella como a Mrs. Allen, por quien fue reconocido con mucha cortesía.</p>
          <p xml:id="spa-p-000246">—Me alegro mucho de volver a verle, señor; me temía que hubiera usted abandonado Bath.</p>
          <p xml:id="spa-p-000247">Él la agradeció por su inquietud y dijo que había salido de la ciudad durante una semana, precisamente la mañana siguiente a haber tenido el placer de verla.</p>
          <p xml:id="spa-p-000248">—Pues bien, señor, y supongo que no le pesará haber vuelto, pues es un lugar excelente para la gente joven..., y también para todos los demás. Le digo a Mr. Allen, cuando habla de estar harto de él, que no tiene motivo para quejarse, pues es un sitio tan agradable que es mucho mejor estar aquí que en casa en esta época del año tan sosa. Le digo que tiene mucha suerte de que lo hayan enviado aquí por su salud.</p>
          <p xml:id="spa-p-000249">—Y espero, señora, que Mr. Allen se vea obligado a gustar del lugar al comprobar que le sienta bien.</p>
          <p xml:id="spa-p-000250">—Gracias, señor. No lo dudo en absoluto. Un vecino nuestro, el doctor Skinner, estuvo aquí por su salud el invierno pasado y se fue con mucho mejor aspecto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000251">—Eso debe de ser muy alentador.</p>
          <p xml:id="spa-p-000252">—Sí, señor..., y el doctor Skinner y su familia estuvieron aquí tres meses; así que le digo a Mr. Allen que no ha de tener prisa por marcharse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000253">Aquí los interrumpió una petición de Mrs. Thorpe a Mrs. Allen para que se corriera un poco y dejara sitio a Mrs. Hughes y a la señorita Tilney, pues habían acordado unirse a su grupo. Así se hizo, permaneciendo Mr. Tilney de pie delante de ellas; y después de unos minutos de reflexión, invitó a Catherine a bailar con él. Este cumplido, por delicioso que fuera, produjo una mortificación severa a la dama; y al comunicarle su negativa, expresó su pesar por la ocasión de una manera tan sincera que, de haber llegado Thorpe, que se unió a ella poco después, medio minuto antes, podría haber pensado que su sufrimiento era algo excesivo. La facilidad con que él le dijo entonces que la había tenido esperando no la reconcilió en modo alguno con su suerte; ni los pormenores que le refirió mientras estaban de pie, sobre los caballos y los perros del amigo que acababa de dejar y sobre un propuesto intercambio de terriers entre ellos, la interesaron lo suficiente como para impedir que su vista se volviera muy a menudo hacia aquella parte de la sala donde había dejado a Mr. Tilney. De su querida Isabella, a quien ansiaba señalarle a aquel caballero, no veía nada. Estaban en grupos distintos. Estaba separada de todo su grupo y lejos de todos sus conocidos; una mortificación sucedía a otra, y de todo ello extrajo esta útil lección: que ir a un baile con un compromiso previo no aumenta necesariamente ni la dignidad ni el disfrute de una joven.</p>
          <p xml:id="spa-p-000254">De tan moralizadora reflexión la sacó de pronto un toque en el hombro, y al volverse vio a Mrs. Hughes directamente detrás de ella, acompañada de la señorita Tilney y un caballero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000255">—Le pido perdón, señorita Morland —dijo—, por esta libertad..., pero de ningún modo puedo llegar hasta la señorita Thorpe, y Mrs. Thorpe me ha dicho que estaba segura de que usted no tendría el menor inconveniente en dejar sentarse a su lado a esta joven.</p>
          <p xml:id="spa-p-000256">Mrs. Hughes no podría haber acudido a ninguna criatura en la sala más dispuesta a complacerla que Catherine. Se presentó a las jóvenes mutuamente; la señorita Tilney expresando el adecuado reconocimiento por semejante gentileza; la señorita Morland, con la delicadeza genuina de una mente generosa, restándole importancia a la obligación; y Mrs. Hughes, satisfecha de haber colocado a su joven protegida de forma tan respetable, regresó a su grupo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000257">La señorita Tilney tenía buena figura, una cara bonita y un semblante muy agradable; y su porte, aunque no tenía toda la decidida pretensión ni el estilo resuelto de la señorita Thorpe, poseía una elegancia más auténtica. Sus modales mostraban buen juicio y buena educación; no eran ni tímidos ni afectadamente abiertos; y parecía capaz de ser joven, atractiva y estar en un baile sin querer fijar la atención de todo hombre cercano, y sin sentimientos exagerados de éxtasis delirante o de contrariedad inconcebible ante cada pequeña trivialidad. Catherine, interesada a la vez por su apariencia y por su parentesco con Mr. Tilney, deseaba conocerla, y habló por tanto con prontitud siempre que se le ocurría algo que decir y tenía el valor y el momento para decirlo. Pero los obstáculos que se interponían en el camino de una intimidad muy rápida, por la frecuente falta de uno o más de estos requisitos, les impidieron hacer más que recorrer los primeros rudimentos de un conocimiento, informándose mutuamente de lo bien que les gustaba Bath, de cuánto admiraba cada una sus edificios y el campo circundante, de si dibujaban, tocaban o cantaban, y de si les gustaba montar a caballo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000258">Los dos bailes apenas habían concluido cuando Catherine sintió que su brazo era apresado suavemente por su fiel Isabella, quien con gran animación exclamó: «¡Por fin te tengo! Criatura adorada, llevo buscándote una hora. ¿Qué te ha podido inducir a venir a este grupo cuando sabías que yo estaba en el otro? He estado de lo más desgraciada sin ti».</p>
          <p xml:id="spa-p-000259">—Querida Isabella, ¿cómo podía llegar hasta ti? Ni siquiera podía verte.</p>
          <p xml:id="spa-p-000260">—Eso es lo que le he dicho a tu hermano todo el rato..., pero no quería creerme. «Ve a buscarla, Mr. Morland», le decía..., pero todo inútil..., no se movió ni un palmo. ¿No es así, Mr. Morland? ¡Los hombres son todos de una pereza desmedida! Lo he regañado tanto, querida Catherine, que te quedarías asombrada. Ya sabes que yo nunca me ando con miramientos con esa gente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000261">—Mira a esa joven con las cuentas blancas en la cabeza —susurró Catherine, apartando a su amiga de James—. Es la hermana de Mr. Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000262">—¡Ay, Dios mío! ¿De veras? Déjame mirarla un momento. ¡Qué chica tan encantadora! No he visto en mi vida nada ni la mitad de hermoso. Pero ¿dónde está su hermano todopoderoso? ¿Está en la sala? Señálamelo ahora mismo, si está. Me muero por verle. Mr. Morland, no escuche usted. No estamos hablando de usted.</p>
          <p xml:id="spa-p-000263">—Pero ¿qué es todo este cuchicheo? ¿Qué está pasando?</p>
          <p xml:id="spa-p-000264">—Ahí está, ya sabía yo que sería así. ¡Los hombres tienen una curiosidad tan inquieta! ¡Hablar de la curiosidad de las mujeres! No es nada. Pero tranquilícese usted, pues no va a saber nada del asunto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000265">—¿Y cree que eso va a satisfacerme?</p>
          <p xml:id="spa-p-000266">—Pues no sé qué decirle. ¿Qué puede importarle a usted de qué estamos hablando? Quizás estamos hablando de usted; por eso le aconsejaría que no escuchara, no vaya a ser que oiga algo poco agradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000267">En esta charla de lo más corriente, que se prolongó algún tiempo, el tema original pareció olvidarse por completo; y aunque Catherine se alegraba bastante de que se hubiera abandonado por un momento, no pudo dejar de sentir cierta suspicacia ante la total desaparición de todo el impacientemente declarado deseo de ver a Mr. Tilney de Isabella. Cuando la orquesta atacó un nuevo baile, James habría llevado a su gallarda pareja a bailar, pero ella se resistió.</p>
          <p xml:id="spa-p-000268">—Le digo a usted, Mr. Morland —exclamó—, que no haría semejante cosa por nada del mundo. ¡Cómo puede ser tan pesado!; figúrate nada más, querida Catherine, lo que quiere tu hermano que haga. Quiere que baile con él otra vez, aunque le digo que es de lo más impropio y va completamente contra las normas. Si no cambiásemos de pareja, seríamos el comentario del lugar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000269">—Bajo mi palabra de honor —dijo James—, en estas reuniones públicas es tan frecuente como lo contrario.</p>
          <p xml:id="spa-p-000270">—Tonterías, ¡cómo puede decir eso! Pero cuando los hombres quieren conseguir algo, no reparan en nada. Dulcísima Catherine, apóyame; persuade a tu hermano de lo imposible que es. Dile que te horrorizaría verme hacer semejante cosa; ¿verdad que sí?</p>
          <p xml:id="spa-p-000271">—No, en absoluto; pero si tú lo crees incorrecto, es mucho mejor que cambies.</p>
          <p xml:id="spa-p-000272">—Ahí lo tienes —exclamó Isabella—, oyes lo que dice tu hermana, y aun así no le haces caso. Pues bien, recuerda que no es culpa mía si ponemos a todas las señoras mayores de Bath en un estado de agitación. Vamos, queridísima Catherine, por el amor de Dios, y hazme compañía.</p>
          <p xml:id="spa-p-000273">Y se marcharon para recuperar su lugar anterior. John Thorpe, entretanto, se había alejado; y Catherine, siempre dispuesta a dar a Mr. Tilney la oportunidad de repetir la agradable petición que ya la había halagado una vez, se abrió paso hasta Mrs. Allen y Mrs. Thorpe tan rápido como pudo, con la esperanza de encontrarle todavía con ellas..., esperanza que, al resultar infundada, reconoció como haber sido muy irrazonable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000274">—Pues bien, querida —dijo Mrs. Thorpe, impaciente por el elogio de su hijo—, espero que hayas tenido una pareja agradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000275">—Muy agradable, señora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000276">—Me alegra saberlo. John tiene un espíritu encantador, ¿verdad que sí?</p>
          <p xml:id="spa-p-000277">—¿Se ha encontrado usted con Mr. Tilney, querida? —dijo Mrs. Allen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000278">—No, ¿dónde está?</p>
          <p xml:id="spa-p-000279">—Estaba aquí con nosotras hace un momento, y dijo que estaba tan cansado de pasearse que había resuelto ir a bailar; así que pensé que quizás te pediría el baile si te encontraba.</p>
          <p xml:id="spa-p-000280">—¿Dónde puede estar? —dijo Catherine, mirando a su alrededor; pero no llevaba mucho tiempo mirando cuando lo vio llevando a una joven a bailar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000281">—¡Ah! Ya tiene pareja; ojalá te lo hubiera pedido a ti —dijo Mrs. Allen; y después de un breve silencio, añadió—: Es un joven muy agradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000282">—En verdad que lo es, Mrs. Allen —dijo Mrs. Thorpe, sonriendo con complacencia—; tengo que decirlo, aunque soy su madre, que no hay un joven más agradable en el mundo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000283">Esta respuesta fuera de lugar habría sido demasiado para la comprensión de muchos; pero no desconcertó a Mrs. Allen, pues después de solo un instante de reflexión dijo en un susurro a Catherine: «Me imagino que creyó que hablaba de su hijo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000284">Catherine estaba decepcionada y contrariada. Le parecía haber fallado por tan poco el objetivo mismo que había tenido en mente; y esa convicción no la inclinó a una respuesta muy graciosa cuando John Thorpe se acercó a ella poco después y dijo: «Vamos, señorita Morland, supongo que usted y yo vamos a ponernos en pie y a bailar juntos otra vez».</p>
          <p xml:id="spa-p-000285">—Oh, no; se lo agradezco mucho, nuestros dos bailes han terminado; y además, estoy cansada y no pienso bailar más.</p>
          <p xml:id="spa-p-000286">—¿No? Pues paseemos y observemos a la gente. Venga conmigo y le mostraré los cuatro tipos más ridículos de la sala: mis dos hermanas menores y sus parejas. Llevo media hora riéndome de ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000287">Catherine se excusó de nuevo; y al fin él se alejó a burlarse de sus hermanas a solas. El resto de la velada le pareció muy aburrido; Mr. Tilney fue arrastrado lejos de su grupo a la hora del té para acompañar a su pareja; la señorita Tilney, aunque pertenecía a él, no se sentó cerca de ella; y James e Isabella estaban tan absortos conversando entre sí que esta última no tuvo tiempo para dedicar a su amiga más que una sonrisa, un apretón y un «queridísima Catherine».</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="9" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-009">
          <head>IX</head>
          <p xml:id="spa-p-000288">El desarrollo de la infelicidad de Catherine a raíz de los eventos de la velada fue el siguiente. Se manifestó primero en una insatisfacción general con todos los que la rodeaban mientras permanecía en las salas, que pronto acarreó un considerable cansancio y un violento deseo de volver a casa. Esto, al llegar a Pulteney Street, tomó la forma de un hambre extraordinaria, y cuando esta se aplacó, se convirtió en un vivo anhelo de meterse en la cama; tal fue el extremo de su aflicción; pues una vez allí se quedó dormida de inmediato en un sueño profundo que duró nueve horas, del que despertó completamente repuesta, con excelente humor, con esperanzas y proyectos renovados. El primer deseo de su corazón era ampliar su conocimiento con la señorita Tilney, y casi su primera resolución, buscarla a tal efecto en la Sala de las Bombas al mediodía. En la Sala de las Bombas era preciso encontrarse con alguien tan recién llegado a Bath, y aquel edificio ya le había resultado tan favorable para el descubrimiento de la excelencia femenina y la consumación de la intimidad entre mujeres, tan admirablemente adaptado a las conversaciones confidenciales y a la confianza sin límites, que tenía muy buenas razones para esperar encontrar allí otra amiga. Con su plan para la mañana así trazado, se sentó tranquilamente con su libro después del desayuno, resuelta a permanecer en el mismo lugar y en la misma ocupación hasta que el reloj diera la una; y, por hábito, apenas incomodada por las observaciones y exclamaciones de Mrs. Allen, cuya vacuidad de mente e incapacidad para el pensamiento eran tales que, como nunca hablaba mucho, tampoco podía estar jamás del todo callada; y así, mientras cosía, si se le perdía la aguja o se le rompía el hilo, si oía un carruaje en la calle o veía una mota en su vestido, debía comentarlo en voz alta, hubiera o no alguien disponible para responderle. Hacia las doce y media, un aldabonazo particularmente fuerte la atrajo a toda prisa a la ventana, y apenas tuvo tiempo de informar a Catherine de que había dos carruajes descubiertos a la puerta..., en el primero solo un criado, su hermano conduciendo a la señorita Thorpe en el segundo..., antes de que John Thorpe subiera corriendo las escaleras exclamando: «¡Vamos, señorita Morland, aquí estoy! ¿Lleva usted mucho tiempo esperando? No podíamos venir antes; ese viejo carrocero del diablo tardó una eternidad en encontrar algo medianamente decente, y ahora hay diez contra uno de que se nos rompe antes de salir de la calle. ¿Cómo está usted, Mrs. Allen? Un baile estupendo anoche, ¿verdad? Vamos, señorita Morland, dese prisa, que los demás tienen un apuro horrible por marcharse. Quieren acabar con el vuelco de una vez».</p>
          <p xml:id="spa-p-000289">—¿Qué quiere usted decir? —dijo Catherine—. ¿Adónde van todos?</p>
          <p xml:id="spa-p-000290">—¿Adónde? Pues no habrá usted olvidado nuestro compromiso. ¿No quedamos en salir a dar una vuelta esta mañana? ¡Qué cabeza! Vamos a subir a Claverton Down.</p>
          <p xml:id="spa-p-000291">—Algo se dijo al respecto, lo recuerdo —dijo Catherine, mirando a Mrs. Allen en busca de su opinión—; pero en realidad no le esperaba a usted.</p>
          <p xml:id="spa-p-000292">—¡Que no me esperaba! ¡Buena esa! ¡Y qué escándalo habría armado si no hubiera venido!</p>
          <p xml:id="spa-p-000293">La muda apelación de Catherine a su amiga cayó entretanto en el vacío, pues Mrs. Allen, no teniendo en absoluto la costumbre de expresar nada mediante una mirada, no era consciente de que alguien más lo intentara; y Catherine, cuyo deseo de volver a ver a la señorita Tilney podía en aquel momento tolerar un breve retraso en favor de un paseo en carruaje, y que pensó que no podía haber nada incorrecto en ir con Mr. Thorpe, puesto que Isabella iba al mismo tiempo con James, se vio por tanto obligada a hablar más claramente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000294">—Pues bien, señora, ¿qué le parece? ¿Puede prescindir de mí una hora o dos? ¿Voy?</p>
          <p xml:id="spa-p-000295">—Haz lo que quieras, querida —respondió Mrs. Allen con la más plácida indiferencia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000296">Catherine tomó el consejo y salió corriendo a prepararse. En muy pocos minutos reapareció, habiendo dejado apenas tiempo a los otros dos para intercambiar unas breves frases en su elogio, después de que Thorpe se hubiera ganado la admiración de Mrs. Allen por su cabriolé; y recibiendo entonces la despedida y los buenos deseos de su amiga, ambas bajaron las escaleras a toda prisa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000297">—Criatura adorada —exclamó Isabella, a quien el deber de la amistad la llamaba de inmediato antes de que pudiera subir al carruaje—, llevas al menos tres horas arreglándote. Temía que estuvieras enferma. ¡Qué baile tan delicioso tuvimos anoche! Tengo mil cosas que decirte; pero date prisa y sube, que me muero de ganas de salir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000298">Catherine obedeció y se volvió, pero no sin tiempo para oír a su amiga exclamar en voz alta a James: «¡Qué chica tan encantadora! Me tiene completamente enamorada».</p>
          <p xml:id="spa-p-000299">—No se asuste, señorita Morland —dijo Thorpe mientras la ayudaba a subir—, si mi caballo se cabrea un poco al arrancar. Seguramente dará uno o dos botes y quizás se quede parado un momento; pero pronto reconocerá a su amo. Está lleno de bríos, juguetón como él solo, pero no hay maldad en él.</p>
          <p xml:id="spa-p-000300">Catherine no encontró el retrato muy atractivo, pero era demasiado tarde para echarse atrás, y era demasiado joven para reconocer que tenía miedo; así que, resignándose a su suerte y confiando en el proclamado conocimiento del animal sobre su dueño, se sentó tranquilamente y vio a Thorpe sentarse a su lado. Una vez todo dispuesto, al criado que sostenía el caballo de la cabeza se le ordenó en tono importante «que lo soltara», y se marcharon de la manera más apacible imaginable, sin botes ni corcovos ni nada parecido. Catherine, encantada con tan feliz escape, expresó su placer en voz alta con sorpresa agradecida; y su acompañante explicó de inmediato el asunto de la forma más simple, asegurando que se debía enteramente a la manera peculiarmente juiciosa en que había sujetado las riendas en ese momento, y a la singular perspicacia y destreza con que había dirigido su látigo. Catherine, aunque no podía dejar de preguntarse que, con un dominio tan perfecto de su caballo, hubiera creído necesario asustarla con el relato de sus mañas, se congratuló sinceramente de estar al cuidado de un cochero tan excelente; y viendo que el animal continuaba avanzando del mismo modo tranquilo, sin mostrar la menor propensión hacia ninguna vivacidad desagradable, y a una velocidad que —dado que su paso inevitable era de diez millas por hora— no resultaba en modo alguno alarmantemente rápida, se entregó a todo el placer del aire y el ejercicio de la clase más vigorizante, en un día suave y agradable de febrero, con la conciencia de hallarse segura. Siguieron unos minutos de silencio a su primer breve diálogo; los rompió Thorpe diciendo muy de sopetón: «El viejo Allen es tan rico como Creso, ¿verdad?». Catherine no le entendió..., y él repitió la pregunta añadiendo como aclaración: «El viejo Allen, el hombre con quien está usted».</p>
          <p xml:id="spa-p-000301">—¡Oh! Mr. Allen quiere usted decir. Sí, creo que es muy rico.</p>
          <p xml:id="spa-p-000302">—¿Y sin hijos?</p>
          <p xml:id="spa-p-000303">—No..., ninguno.</p>
          <p xml:id="spa-p-000304">—Magnífico para sus herederos. Es su padrino de bautismo, ¿verdad?</p>
          <p xml:id="spa-p-000305">—¿Mi padrino? No.</p>
          <p xml:id="spa-p-000306">—Pero siempre está usted mucho con ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000307">—Sí, mucho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000308">—Sí, eso es lo que quería decir. Parece un buen tipo de viejo, y habrá vivido bien en su tiempo, supongo; no es gotoso en balde. ¿Sigue bebiendo su botella diaria?</p>
          <p xml:id="spa-p-000309">—¡Su botella diaria! No. ¿Por qué había de pensar eso? Es un hombre muy sobrio, y usted no podría imaginársele bebido anoche, ¿verdad?</p>
          <p xml:id="spa-p-000310">—¡Dios le ampare! Las mujeres siempre están pensando que los hombres están bebidos. Pero ¿es que supone usted que una botella tumba a un hombre? Estoy seguro de esto: que si todo el mundo bebiera su botella diaria, habría la mitad de enfermedades de las que hay ahora. Sería algo estupendo para todos nosotros.</p>
          <p xml:id="spa-p-000311">—No puedo creerlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000312">—¡Oh, vamos! Sería la salvación de miles de personas. No se consume en este reino ni la centésima parte del vino que debería. Nuestro clima brumoso necesita ayuda.</p>
          <p xml:id="spa-p-000313">—Y sin embargo he oído que se bebe mucho vino en Oxford.</p>
          <p xml:id="spa-p-000314">—¿En Oxford? Ya no se bebe en Oxford, se lo aseguro. No bebe nadie. Difícilmente encontraría usted a un hombre que pase de sus cuatro pintas como mucho. Ahora bien, por ejemplo, en la última reunión que di en mis habitaciones se consideró algo extraordinario que por término medio llegáramos a unas cinco pintas por cabeza. Se tomó como algo fuera de lo corriente. El mío es un estupendo caldo, eso es cierto. Difícilmente encontraría usted algo parecido en Oxford..., y eso puede explicarlo. Pero eso le dará a usted una idea de la tasa general de consumo allí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000315">—Sí, me da una idea —dijo Catherine con vehemencia—, y esa es que beben ustedes mucho más vino de lo que yo creía. No obstante, estoy segura de que James no bebe tanto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000316">Esta declaración provocó una larga y abrumadora réplica, de la que ninguna parte era muy inteligible salvo las frecuentes exclamaciones, casi juramentos, que la adornaban; y Catherine se quedó, cuando terminó, con una convicción algo reforzada de que se bebía mucho vino en Oxford, y con la misma feliz certeza de la sobriedad comparativa de su hermano.</p>
          <p xml:id="spa-p-000317">Las ideas de Thorpe pasaron entonces de nuevo a los méritos de su propio vehículo, y se la llamó a admirar el brío y la libertad con que su caballo avanzaba, y la comodidad que su paso, así como la excelencia de los muelles, imprimía al movimiento del carruaje. Ella le siguió en toda su admiración lo mejor que pudo. Ir por delante de él o ir más allá era imposible. Su conocimiento y la ignorancia de ella sobre el tema, su rapidez de expresión y la poca confianza de ella en sí misma lo impedían; no podía encontrar nada nuevo que alabar, pero secundaba fácilmente todo lo que él quería afirmar, y finalmente se estableció entre ellos sin dificultad que su vehículo era en conjunto el más completo de su género en Inglaterra, su carruaje el más elegante, su caballo el de mejor paso, y él mismo el mejor cochero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000318">—¿No cree usted realmente, Mr. Thorpe —dijo Catherine, aventurándose después de algún tiempo a considerar el asunto del todo zanjado y a ofrecer alguna pequeña variación sobre el tema—, que el cabriolé de James se romperá?</p>
          <p xml:id="spa-p-000319">—¿Que se rompa? ¡Dios mío! ¿Ha visto usted en su vida semejante trasto renqueante? No tiene ni un trozo de hierro sano. Las ruedas llevan bien gastadas diez años por lo menos..., ¡y la carrocería! Por mi alma, usted misma podría hacerlo pedazos de un golpe. ¡El cacharro más desvencijado y mísero que he visto en mi vida! Gracias a Dios que tenemos uno mejor. No me comprometería a hacer dos millas en él por cincuenta mil libras.</p>
          <p xml:id="spa-p-000320">—¡Dios mío! —exclamó Catherine, bastante asustada—. Entonces, por favor, demos la vuelta; sin duda tendrán un accidente si seguimos. Dé la vuelta, Mr. Thorpe; detenga a mi hermano y dígale lo poco seguro que es.</p>
          <p xml:id="spa-p-000321">—¿Poco seguro? ¡Vamos! ¿Qué importa eso? Solo se darán un vuelco si se rompe; y hay bastante barro; no será mala caída. ¡Hombre, si el carruaje es suficientemente seguro si quien lo conduce sabe hacerlo! Un cacharro así en buenas manos dura más de veinte años después de estar del todo gastado. ¡Por Dios! Yo me comprometería por cinco libras a llevarlo a York y volver sin perder ni un clavo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000322">Catherine escuchó con asombro; no sabía cómo conciliar dos versiones tan diferentes del mismo asunto; pues no se había criado para entender las propensiones de un fanfarrón, ni para saber a cuántas afirmaciones vacías y mentiras descaradas puede llevar el exceso de vanidad. Su propia familia era gente sencilla y práctica que rara vez aspiraba a ningún tipo de ingenio; su padre, a lo sumo, se contentaba con un juego de palabras, y su madre con un proverbio; no tenían por tanto el hábito de mentir para aumentar su importancia, ni de afirmar en un momento lo que contradecirían en el siguiente. Reflexionó sobre el asunto algún tiempo con mucha perplejidad, y estuvo más de una vez a punto de pedirle a Mr. Thorpe una visión más clara de su opinión real sobre el asunto; pero se contuvo, porque le parecía que no brillaba especialmente en dar esas visiones más claras, en aclarar lo que antes había dejado ambiguo; y añadiendo a esto la consideración de que no permitiría realmente que su hermana y su amigo se expusieran a un peligro del que podía preservarlos fácilmente, concluyó por fin que él debía de saber que el carruaje era en realidad perfectamente seguro, y que por tanto no volvería a alarmarse. Para él todo el asunto parecía enteramente olvidado; y el resto de su conversación, o más bien su monólogo, empezó y terminó consigo mismo y con sus propios asuntos. Le habló de caballos que había comprado por una bagatela y vendido por sumas increíbles; de apuestas de carreras en que su criterio había pronosticado infaliblemente al ganador; de cacerías de aves en que había abatido más piezas..., aunque sin haber dado un buen disparo..., que todos sus compañeros juntos; y le describió alguna famosa jornada de caza con perros, en que su previsión y su habilidad para dirigir a los animales habían corregido los errores del montero más experimentado, y en que la osadía de su equitación, aunque nunca había puesto en peligro su propia vida ni por un momento, había conducido a otros constantemente a dificultades que, según calculaba tranquilamente, habían quebrado el cuello de muchos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000323">Por poco que estuviera Catherine en el hábito de juzgar por sí misma, y por vagas que fueran sus nociones generales de lo que debían ser los hombres, no podía reprimir del todo una duda, mientras soportaba las efusiones de su interminable engreimiento, de que él fuera en conjunto completamente agradable. Era una suposición atrevida, pues era el hermano de Isabella; y James le había asegurado que sus modales la recomendarían a todo su sexo; pero a pesar de ello, el extremo cansancio que le producía su compañía, que se fue apoderando de ella antes de que llevaran fuera una hora, y que continuó aumentando sin cesar hasta que se detuvieron de nuevo en Pulteney Street, la indujo, en pequeña medida, a resistir tan alta autoridad y a desconfiar de sus poderes para dar satisfacción universal.</p>
          <p xml:id="spa-p-000324">Cuando llegaron a la puerta de Mrs. Allen, el asombro de Isabella era difícil de expresar al descubrir que era demasiado tarde para acompañar a su amiga hasta el interior: «¡Más de las tres!»; era inconcebible, increíble, imposible; y no quiso dar crédito ni a su propio reloj ni al de su hermano ni al del criado; no quiso creer ninguna garantía basada en la razón o la realidad, hasta que Morland sacó el suyo y estableció el hecho; dudar un momento más después de eso habría sido igualmente inconcebible, increíble e imposible; y solo pudo protestar una y otra vez que ninguna hora y media se le había pasado jamás tan deprisa como aquella, cosa a la que Catherine fue llamada a confirmar; Catherine no podía decir una mentira ni siquiera para complacer a Isabella; pero esta se libró de la amargura de la voz disidente de su amiga por no esperar su respuesta. Sus propios sentimientos la absorbían por completo; su desgracia era la más aguda al verse obligada a irse directamente a casa. Hacía siglos que no había tenido un momento de conversación con su queridísima Catherine; y aunque tenía miles de cosas que decirle, parecía como si nunca fueran a estar juntas otra vez; así que, con sonrisas de la más exquisita desdicha y la risa del más absoluto desconsuelo, se despidió de su amiga y se fue.</p>
          <p xml:id="spa-p-000325">Catherine encontró a Mrs. Allen recién llegada de la atareada ociosidad de la mañana, y fue recibida de inmediato con un «Pues bien, querida, ya estás aquí», verdad que no tenía más inclinación que poder de discutir; «y espero que hayas disfrutado del paseo en carruaje».</p>
          <p xml:id="spa-p-000326">—Sí, señora, gracias; no podríamos haber tenido un día mejor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000327">—Eso dijo Mrs. Thorpe; le alegró mucho que salieras con ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000328">—¿Ha visto usted a Mrs. Thorpe?</p>
          <p xml:id="spa-p-000329">—Sí, fui a la Sala de las Bombas en cuanto os marchasteis, y me la encontré allí, y hablamos mucho. Dice que apenas había ternera en el mercado esta mañana, está escasísima.</p>
          <p xml:id="spa-p-000330">—¿Vio a alguien más de nuestros conocidos?</p>
          <p xml:id="spa-p-000331">—Sí; quedamos en dar una vuelta por el Crescent, y allí nos encontramos con Mrs. Hughes y con Mr. y la señorita Tilney paseando con ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000332">—¿De veras? ¿Y les hablaron?</p>
          <p xml:id="spa-p-000333">—Sí, paseamos juntos por el Crescent media hora. Parecen personas muy agradables. La señorita Tilney llevaba una muselina de lunares muy bonita, y según lo que he podido entender, siempre va muy bien vestida. Mrs. Hughes me habló mucho de la familia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000334">—¿Y qué le dijo de ellos?</p>
          <p xml:id="spa-p-000335">—¡Oh! Muchísimas cosas; no habló casi de otra cosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000336">—¿Le dijo de qué parte de Gloucestershire son?</p>
          <p xml:id="spa-p-000337">—Sí, me lo dijo; pero ahora no lo recuerdo. Pero son gente muy buena y muy rica. La señora Tilney era de soltera una señorita Drummond, y ella y Mrs. Hughes fueron compañeras de colegio; y la señorita Drummond tenía una fortuna muy grande; y cuando se casó, su padre le dio veinte mil libras y quinientas para ropa de novia. Mrs. Hughes vio toda la ropa después de llegar del almacén.</p>
          <p xml:id="spa-p-000338">—¿Y están Mr. y Mrs. Tilney en Bath?</p>
          <p xml:id="spa-p-000339">—Sí, creo que sí, pero no estoy del todo segura. Pensándolo bien, tengo la idea de que los dos han muerto; al menos la madre; sí, estoy segura de que Mrs. Tilney ha muerto, porque Mrs. Hughes me dijo que había un precioso juego de perlas que Mr. Drummond le dio a su hija el día de su boda y que la señorita Tilney tiene ahora, pues las guardaron para ella cuando murió su madre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000340">—¿Y es Mr. Tilney, mi pareja, el único hijo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000341">—No puedo asegurarlo del todo, querida; tengo una ligera idea de que sí; pero en cualquier caso es un joven muy distinguido, dice Mrs. Hughes, y con buenas perspectivas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000342">Catherine no preguntó más; había oído suficiente para comprender que Mrs. Allen no tenía información real que dar, y que ella misma había sido especialmente desafortunada al perderse semejante encuentro con el hermano y la hermana. De haber podido prever semejante circunstancia, nada la habría persuadido de salir con los demás; y en las circunstancias actuales, solo podía lamentar su mala suerte y pensar en lo que había perdido, hasta que le quedó claro que el paseo en carruaje no había sido en modo alguno muy agradable y que John Thorpe era bastante desagradable.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="10" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-010">
          <head>X</head>
          <p xml:id="spa-p-000343">Los Allen, los Thorpe y los Morland se reunieron todos por la noche en el teatro; y como Catherine e Isabella se sentaron juntas, hubo entonces oportunidad para que esta última pronunciara unas pocas de las muchos miles de cosas que había ido acumulando para comunicárselas durante el tiempo inconmensurablemente largo que las había separado. «¡Ay, Dios mío! ¡Adorada Catherine, por fin te tengo!», fue su saludo al entrar Catherine en el palco y sentarse junto a ella. «Ahora, Mr. Morland» —pues estaba a su lado en el otro extremo—, «no le voy a dirigir una sola palabra más en toda la velada; así que le prohíbo esperarlo. Queridísima Catherine, ¿cómo has estado durante todo este tiempo? Pero no necesito preguntarte, pues tienes un aspecto espléndido. Realmente te has peinado de una manera más divina que nunca; criatura traviesa, ¿quieres atraer a todo el mundo? Te aseguro que mi hermano está ya completamente enamorado de ti; y en cuanto a Mr. Tilney..., eso está decidido..., ni tu modestia puede dudar de su afecto ahora; el haber vuelto a Bath lo pone demasiado de manifiesto. ¡Oh! Qué no daría yo por verle. En verdad que casi no puedo contenerme de la impaciencia. Mi madre dice que es el joven más delicioso del mundo; le vio esta mañana, ya sabes; tienes que presentármelo. ¿Está en la sala ahora? ¡Mira a tu alrededor, por el amor de Dios! Te aseguro que casi no puedo respirar hasta que le vea».</p>
          <p xml:id="spa-p-000344">—No —dijo Catherine—, no está aquí; no le veo por ninguna parte.</p>
          <p xml:id="spa-p-000345">—¡Qué horrible! ¿No voy a llegar nunca a conocerle? ¿Qué te parece mi vestido? Creo que no queda mal; las mangas fueron idea mía por completo. Oye, me estoy poniendo enferma de Bath de una forma desmedida; tu hermano y yo convenimos esta mañana en que, aunque es muy bien estar aquí unas semanas, no viviríamos aquí por nada del mundo. Pronto descubrimos que nuestros gustos coincidían exactamente en preferir el campo a cualquier otro lugar; ¡en verdad que nuestras opiniones eran tan idénticas que resultaba ridículo! No había un solo punto en que difiriéramos; me alegré de que no estuvieras tú; eres tan perspicaz que estoy segura de que habrías hecho algún comentario gracioso o algo por el estilo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000346">—No, en modo alguno.</p>
          <p xml:id="spa-p-000347">—¡Oh, sí! Ya lo creo; te conozco mejor que tú misma. Nos habrías dicho que parecíamos hechos el uno para el otro, o alguna tontería por el estilo, que me habría mortificado horriblemente; mis mejillas habrían estado tan encendidas como tus rosas; me alegra que no estuvieras tú.</p>
          <p xml:id="spa-p-000348">—En verdad que me haces una injusticia; no habría hecho semejante observación tan impropia por nada del mundo; y además, estoy segura de que nunca se me habría ocurrido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000349">Isabella sonrió con incredulidad y habló el resto de la velada con James.</p>
          <p xml:id="spa-p-000350">La resolución de Catherine de esforzarse por encontrar de nuevo a la señorita Tilney continuaba intacta a la mañana siguiente; y hasta el momento habitual de ir a la Sala de las Bombas, sintió cierta inquietud por el temor a una segunda contrariedad. Pero nada de ese tipo ocurrió, no aparecieron visitas que las retuvieran, y las tres salieron con buen tiempo hacia la Sala de las Bombas, donde siguieron el curso ordinario de los eventos y la conversación; Mr. Allen, después de beber su vaso de agua, se unió a varios caballeros para hablar de la política del día y comparar las noticias de sus periódicos; y las damas pasearon juntas, observando cada cara nueva y casi cada sombrero nuevo de la sala. La parte femenina de la familia Thorpe, acompañada por James Morland, apareció entre la multitud a menos de un cuarto de hora, y Catherine tomó de inmediato su lugar habitual al lado de su amiga. James, que ahora era una presencia constante, mantuvo una posición similar, y separándose del resto de su grupo, pasearon de ese modo algún tiempo, hasta que Catherine empezó a dudar de la felicidad de una situación que, al confinarla enteramente con su amiga y su hermano, le daba muy poca parte en la atención de ninguno de los dos. Siempre estaban enzarzados en alguna discusión sentimental o en alguna disputa animada, pero su sentimentalismo se transmitía en voces tan bajas, y su vivacidad iba acompañada de tanto reír, que, aunque la opinión de apoyo de Catherine era solicitada de vez en cuando por uno u otro, nunca podía darla por no haber oído ni una palabra del tema. Por fin, sin embargo, se vio autorizada a desasirse de su amiga, por la necesidad declarada de hablar con la señorita Tilney, a quien vio con gran alegría entrar en la sala con Mrs. Hughes, y a quien se unió de inmediato, con una determinación más firme de conocerla de la que hubiera tenido el valor de imponer, de no haber sido impulsada por el desencanto del día anterior. La señorita Tilney la recibió con gran cortesía, le correspondió sus avances con igual buena disposición, y continuaron hablando juntas mientras ambas partes permanecieron en la sala; y aunque con toda probabilidad no se hizo ni se empleó ninguna observación ni expresión por ninguna de las dos que no hubiera sido hecha y empleada miles de veces antes, bajo ese mismo techo, en cada temporada de Bath, el mérito de que fueran dichas con sencillez y sinceridad, y sin vanidad personal, podía ser algo poco común.</p>
          <p xml:id="spa-p-000351">—¡Qué bien baila su hermano! —fue una exclamación espontánea de Catherine hacia el final de su conversación, que a la vez sorprendió y divirtió a su interlocutora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000352">—¿Henry? —respondió ella con una sonrisa—. Sí, baila muy bien.</p>
          <p xml:id="spa-p-000353">—Debe de haberle parecido muy raro oírme decir que estaba comprometida la otra noche, cuando me vio sentada. Pero en realidad había estado comprometida todo el día con Mr. Thorpe. —La señorita Tilney solo pudo hacer una inclinación.— No puedes imaginar —añadió Catherine después de un momento de silencio— lo sorprendida que me quedé al verle otra vez. Estaba tan segura de que se había marchado del todo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000354">—La vez anterior que Henry tuvo el placer de verla, solo estaba en Bath un par de días. Vino únicamente a buscarles alojamiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000355">—Eso nunca se me ocurrió; y claro, al no verle por ningún lado, pensé que debía de haberse marchado. ¿No era la joven con quien bailó el lunes una tal señorita Smith?</p>
          <p xml:id="spa-p-000356">—Sí, una conocida de Mrs. Hughes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000357">—Supongo que se alegró mucho de bailar. ¿La encuentras bonita?</p>
          <p xml:id="spa-p-000358">—No mucho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000359">—¿No viene nunca a la Sala de las Bombas, supongo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000360">—Sí, a veces; pero esta mañana ha salido a caballo con mi padre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000361">Mrs. Hughes se unió entonces a ellas y preguntó a la señorita Tilney si estaba lista para marcharse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000362">—Espero tener el placer de verte pronto —dijo Catherine—. ¿Vendrás al baile de cotillones mañana?</p>
          <p xml:id="spa-p-000363">—Quizás..., sí, creo que sí vendremos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000364">—Me alegra saberlo, porque estaremos todos allí. —Esta cortesía fue debidamente correspondida; y se separaron..., la señorita Tilney con algún conocimiento de los sentimientos de su nueva conocida, y Catherine sin la menor conciencia de habérselos explicado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000365">Volvió a casa muy feliz. La mañana había respondido a todas sus esperanzas, y la velada del día siguiente era ahora el objeto de sus expectativas, el bien futuro. El vestido y el tocado que llevaría en la ocasión se convirtieron en su principal preocupación. No está justificada en ello. El vestir es en todo momento una distinción frívola, y el exceso de celo por él suele destruir su propio fin. Catherine lo sabía muy bien; su tía abuela le había dado una conferencia sobre el tema el pasado mismo Navidad; y sin embargo, permaneció diez minutos despierta el miércoles por la noche debatiendo entre su muselina de lunares y la bordada, y nada salvo la escasez de tiempo le impidió comprarse un vestido nuevo para la velada. Habría sido este un error de criterio, grande aunque no infrecuente, del que más bien alguien del otro sexo que del suyo propio, un hermano antes que una tía abuela, podría haberla prevenido; pues solo el hombre puede estar al corriente de la insensibilidad del hombre hacia un vestido nuevo. Sería mortificante para los sentimientos de muchas damas si pudieran llegar a entender cuán poco afecta el corazón masculino lo costoso o lo nuevo de su atuendo; cuán poco lo inclina la textura de su muselina, y cuán insusceptible es de ternura particular hacia lo de lunares, lo estampado, el muletón o el jaconá. La mujer se arregla para su propia satisfacción únicamente. Ningún hombre la admirará más, ninguna mujer la querrá mejor por ello. La pulcritud y la moda son suficientes para el primero, y algo de descuido o impropiedad resultará de lo más entrañable para las segundas. Pero ninguna de estas serias reflexiones perturbó la tranquilidad de Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000366">Entró en las salas el jueves por la noche con sentimientos muy distintos a los que la habían acompañado el lunes anterior. Entonces había llegado llena de júbilo por su compromiso con Thorpe, y ahora se afanaba principalmente en evitar su vista, no fuera que volviera a comprometerse con ella; pues aunque no podía, no se atrevía a esperar que Mr. Tilney le pidiera bailar por tercera vez, sus deseos, esperanzas y proyectos todo giraban en torno a nada menos que eso. Toda joven puede solidarizarse con mi heroína en este momento crítico, pues toda joven ha conocido en algún momento la misma agitación. Todas han estado, o al menos todas han creído estar, en peligro de ser perseguidas por alguien a quien deseaban evitar; y todas han anhelado la atención de alguien a quien deseaban agradar. En cuanto se unió a los Thorpe, la angustia de Catherine empezó; se agitaba si John Thorpe se acercaba, se escondía de su vista lo más posible, y cuando él le hablaba fingía no oírle. Los cotillones habían terminado, la danza de figuras estaba comenzando, y ella no veía nada de los Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000367">—No te asustes, querida Catherine —susurró Isabella—, pero voy a bailar otra vez con tu hermano. Debo reconocer que es del todo escandaloso. Le digo que debería avergonzarse, pero tú y John tenéis que hacernos compañía. Date prisa, criatura adorada, y ven a nosotros. John acaba de alejarse, pero volverá en un momento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000368">Catherine no tenía ni tiempo ni ganas de responder. Los demás se alejaron, John Thorpe seguía a la vista, y se consideró perdida. Para no dar la impresión, sin embargo, de advertirlo ni esperarlo, mantuvo los ojos clavados en su abanico; y una autorecriminación por su insensatez, al suponer que entre semejante gentío llegarían a encontrar siquiera a los Tilney en ningún momento razonable, acababa de cruzar por su mente, cuando de pronto se encontró abordada y solicitada de nuevo a bailar por el propio Mr. Tilney. Con qué ojos brillantes y qué pronta disposición le concedió su petición, y con cuánto agradable palpitar del corazón se fue con él a la rueda, puede imaginarse fácilmente. ¡Escapar, y como ella creía tan por los pelos, de John Thorpe, y verse pedida, tan de inmediato al unirse él a ella, pedida por Mr. Tilney, como si la hubiera buscado expresamente! No le parecía que la vida pudiera deparar mayor felicidad.</p>
          <p xml:id="spa-p-000369">Apenas se habían acomodado tranquilamente en un lugar, sin embargo, cuando su atención fue reclamada por John Thorpe, que estaba de pie detrás de ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000370">—¡Vaya, señorita Morland! —dijo él—. ¿Qué significa esto? Creía que usted y yo íbamos a bailar juntos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000371">—Me sorprende que lo creyera, pues no me lo pidió usted nunca.</p>
          <p xml:id="spa-p-000372">—¡Buena esa, vaya! Se lo pedí en cuanto entré en la sala, y estaba a punto de pedírselo de nuevo, pero al volverme usted ya no estaba. ¡Es un truco de lo más bajo! He venido solo por el placer de bailar con usted, y firmemente creo que llevaba usted comprometida conmigo desde el lunes. Sí; lo recuerdo, se lo pedí mientras usted esperaba en el vestíbulo su capa. ¡Y yo aquí diciéndoles a todos mis conocidos que iba a bailar con la chica más bonita de la sala; y cuando te vean de pie con otro, se burlarán de mí enormemente!</p>
          <p xml:id="spa-p-000373">—Oh, no; no se fijaran en mí después de semejante descripción.</p>
          <p xml:id="spa-p-000374">—Por Dios que si no lo hacen, los echo de la sala de un puntapié a esos estúpidos. ¿Quién es ese tipo? —Catherine satisfizo su curiosidad—. Tilney —repitió—. Hm..., no le conozco. Un hombre de buena planta; bien hecho. ¿Quiere comprar un caballo? Aquí hay un amigo mío, Sam Fletcher, que tiene uno para vender que le vendría a cualquiera. Un animal maravillosamente hábil para la carretera..., solo cuarenta guineas. Tuve muchas ganas de comprarlo yo mismo, pues tengo como norma comprar siempre un buen caballo cuando me lo encuentro; pero no me servía a mí, no me sirve para el campo. Daría cualquier cosa por un buen caballo de caza. Tengo tres ahora, los mejores que se han montado nunca. No los daría por ochocientas guineas. Fletcher y yo pensamos alquilar una casa en Leicestershire para la próxima temporada. Es tan sumamente incómodo vivir en una posada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000375">Esta fue la última frase con que pudo cansar la atención de Catherine, pues en ese momento fue arrastrado por la presión irresistible de una larga fila de damas que pasaban. Su pareja se acercó entonces y dijo: «Ese caballero me habría puesto fuera de paciencia si hubiera permanecido con usted medio minuto más. No tiene ningún derecho a sustraer la atención de mi pareja. Hemos contraído un acuerdo de agradabilidad mutua por el espacio de una velada, y toda nuestra agradabilidad nos pertenece exclusivamente el uno al otro durante ese tiempo. Nadie puede reclamar la atención de uno sin perjudicar los derechos del otro. Considero un baile de figuras como un emblema del matrimonio. La fidelidad y la complacencia son los principales deberes de ambos; y los hombres que no quieren bailar ni casarse por su parte no tienen ningún derecho sobre las parejas o las esposas de sus vecinos».</p>
          <p xml:id="spa-p-000376">—¡Pero son cosas tan distintas!</p>
          <p xml:id="spa-p-000377">—¿Que usted cree que no pueden compararse?</p>
          <p xml:id="spa-p-000378">—Desde luego que no. Las personas que se casan no pueden separarse nunca, sino que han de irse a vivir juntas. Las personas que bailan solo están frente a frente en una sala larga durante media hora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000379">—Y esa es su definición del matrimonio y el baile. Vista así, ciertamente su semejanza no es llamativa; pero creo que podría presentarlos bajo una perspectiva diferente. Reconocerá usted que en ambos el hombre tiene la ventaja de elegir y la mujer solo el poder de rechazar; que en ambos es un compromiso entre hombre y mujer, contraído para beneficio de cada uno; y que una vez contraído, se pertenecen exclusivamente el uno al otro hasta el momento de su disolución; que es deber de cada cual procurar que el otro no tenga razón de desear haberse dado a otro, y su mayor interés mantener la imaginación alejada de divagar hacia las perfecciones de sus vecinos, o de imaginar que habrían estado mejor con cualquier otra persona. ¿Reconocerá usted todo esto?</p>
          <p xml:id="spa-p-000380">—Sí, desde luego; tal como lo plantea usted, todo esto suena muy bien; pero aun así son tan distintas cosas. No puedo considerarlas bajo la misma luz ni creer que les correspondan los mismos deberes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000381">—En un aspecto hay ciertamente una diferencia. En el matrimonio, se supone que el hombre debe proveer el sustento de la mujer; la mujer, hacer la casa agradable al hombre; él ha de proveer, y ella ha de sonreír. Pero en el baile, sus deberes se invierten exactamente; la agradabilidad, la complacencia se esperan de él, mientras que ella aporta el abanico y el agua de lavanda. Supongo que esa era la diferencia de deberes que a usted le llamó la atención, por la que le parecía que las condiciones no podían compararse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000382">—No, en verdad que no pensé en eso.</p>
          <p xml:id="spa-p-000383">—Entonces estoy completamente desconcertado. Hay una cosa, sin embargo, que debo observar. Esta disposición de su parte es algo alarmante. Usted rechaza totalmente cualquier semejanza en las obligaciones; ¿y no puedo deducir de ello que su concepto de los deberes del estado del baile no es tan estricto como podría desear su pareja? ¿No tengo razón para temer que, si el caballero que le habló hace un momento volviera, o si cualquier otro caballero se dirigiera a usted, no habría nada que le impidiera conversar con él todo el tiempo que quisiera?</p>
          <p xml:id="spa-p-000384">—Mr. Thorpe es tan íntimo amigo de mi hermano que, si me habla, debo hablarle a mi vez; pero apenas hay tres jóvenes en la sala además de él con quienes tenga yo ningún conocimiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000385">—¿Y esa ha de ser mi única garantía? ¡Ay, ay!</p>
          <p xml:id="spa-p-000386">—Pues no sé de dónde podría usted sacar una mejor; porque si no conozco a nadie, me es imposible hablarles; y además, no quiero hablar con nadie.</p>
          <p xml:id="spa-p-000387">—Ahora sí que me ha dado usted una garantía que vale la pena; y seguiré adelante con valor. ¿Encuentra usted Bath tan agradable como cuando tuve el honor de hacerle esa pregunta antes?</p>
          <p xml:id="spa-p-000388">—Sí, bastante...; más incluso.</p>
          <p xml:id="spa-p-000389">—¿Más aún? Cuidado, o se le olvidará cansarse de él a su debido tiempo. Debería estar cansada al cabo de seis semanas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000390">—No creo que me cansara aunque me quedara seis meses.</p>
          <p xml:id="spa-p-000391">—Bath, comparada con Londres, tiene poca variedad, y así lo descubre todo el mundo cada año. «Para seis semanas, Bath es bastante agradable; pero pasadas esas, es el lugar más aburrido del mundo.» Eso es lo que le dirían personas de toda condición, que vienen con regularidad cada invierno, alargan sus seis semanas a diez o doce, y se van al final porque no pueden permitirse quedarse más.</p>
          <p xml:id="spa-p-000392">—Pues bien, cada cual tendrá que juzgar por sí mismo, y los que van a Londres quizás no le dan ningún valor a Bath. Pero yo, que vivo en un pequeño pueblo apartado en el campo, nunca podría encontrar mayor monotonía en un lugar como este que en mi propia casa; pues aquí hay una variedad de diversiones, una variedad de cosas que ver y hacer a lo largo de todo el día, de lo que allí no tengo ningún conocimiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000393">—No le gusta a usted el campo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000394">—Sí que me gusta. Siempre he vivido en él y siempre he sido muy feliz. Pero ciertamente hay mucha más monotonía en la vida del campo que en la vida de Bath. Un día en el campo es exactamente igual que otro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000395">—Pero entonces emplea usted el tiempo de una manera mucho más racional en el campo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000396">—¿De veras?</p>
          <p xml:id="spa-p-000397">—¿Acaso no?</p>
          <p xml:id="spa-p-000398">—No creo que haya mucha diferencia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000399">—Aquí está usted en busca de diversión todo el día.</p>
          <p xml:id="spa-p-000400">—Y también en casa..., solo que aquí encuentro mucha más. Paseo por aquí, y también paseo allí; pero aquí veo variedad de personas en cada calle, y allí solo puedo ir a visitar a Mrs. Allen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000401">Mr. Tilney se divirtió mucho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000402">—¡«Solo ir a visitar a Mrs. Allen»! —repitió—. ¡Qué imagen de pobreza intelectual! Sin embargo, cuando vuelva a sumergirse en ese abismo, tendrá más cosas que contar. Podrá hablar de Bath y de todo lo que hizo aquí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000403">—¡Oh! Sí; nunca me faltará algo de qué hablar a Mrs. Allen, o a cualquier otro. En realidad creo que siempre estaré hablando de Bath cuando esté en casa otra vez..., me gusta tanto. ¡Si pudiera tener aquí a papá y a mamá y a los demás, supongo que sería demasiado feliz! La venida de James —mi hermano mayor— es del todo deliciosa..., y especialmente porque resulta que la misma familia con la que acabamos de intimar tanto son ya sus íntimos amigos. ¡Oh! ¿Quién puede cansarse nunca de Bath?</p>
          <p xml:id="spa-p-000404">—No quienes traen a él sentimientos tan frescos de toda clase como los suyos. Pero papás y mamás, y hermanos, y amigos íntimos son algo ya bastante superado para la mayoría de los asiduos de Bath..., y el honrado apetito por los bailes y las funciones y los espectáculos cotidianos los ha abandonado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000405">Aquí se cerró su conversación, pues las exigencias del baile se hacían ahora demasiado apremiantes para una atención dividida.</p>
          <p xml:id="spa-p-000406">Poco después de llegar al final de la rueda, Catherine percibió que era observada con atención por un caballero que se encontraba entre los espectadores, inmediatamente detrás de su pareja. Era un hombre muy apuesto, de aspecto imponente, pasada la flor de la vida pero no el vigor de ella; y con los ojos todavía dirigidos hacia ella, lo vio dirigirse poco después a Mr. Tilney en un susurro familiar. Turbada por su atención, y sonrojándose por el temor de que fuera suscitada por algo incorrecto en su apariencia, volvió la cabeza. Pero al hacerlo, el caballero se retiró, y su pareja, acercándose, dijo: «Veo que adivina usted lo que me acaban de preguntar. Ese caballero conoce el nombre de usted, y usted tiene derecho a conocer el suyo. Es el general Tilney, mi padre».</p>
          <p xml:id="spa-p-000407">La respuesta de Catherine fue solo «¡Oh!»..., pero era un «¡Oh!» que lo expresaba todo lo necesario: atención a sus palabras y plena confianza en su veracidad. Con auténtico interés y viva admiración siguió ahora su mirada al general mientras este se movía entre la muchedumbre, y «¡Qué familia tan atractiva!» fue su comentario secreto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000408">En la charla con la señorita Tilney antes de que terminara la velada surgió para ella una nueva fuente de felicidad. Desde su llegada a Bath no había dado ningún paseo por el campo. La señorita Tilney, para quien todos los alrededores más frecuentados eran familiares, habló de ellos en términos que le hicieron ansiar conocerlos también; y al manifestar ella abiertamente que temía no encontrar con quién ir, el hermano y la hermana propusieron que se uniera a ellos en algún paseo, una mañana u otra. «Me encantaría —exclamó—, más que ninguna otra cosa en el mundo; y no lo dejemos para después..., vamos mañana». Esto fue aceptado de buena gana, con la sola condición de la señorita Tilney de que no lloviera, lo cual Catherine estaba segura de que no ocurriría. A las doce vendrían a buscarla a Pulteney Street; y «Recuerda..., a las doce» fue su despedida a su nueva amiga. De su otra amiga, la más antigua, la más establecida..., Isabella..., de cuya fidelidad y valía había disfrutado la experiencia de quince días, apenas la vio durante la velada. Sin embargo, aunque deseando hacerle partícipe de su felicidad, se sometió alegremente al deseo de Mr. Allen, que los llevó a marcharse bastante pronto, y su espíritu bailaba en su interior mientras ella bailaba en la silla de manos durante todo el camino a casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000409">Traducido y editado por Elejandría.com</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="11" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-011">
          <head>XI</head>
          <p xml:id="spa-p-000410">La mañana siguiente amaneció con un aspecto bastante sombrío; el sol apenas hizo unos pocos intentos de asomarse, y Catherine auguraba en ello todo lo más favorable para sus deseos. Una mañana despejada tan temprano en el año, reconocía, solía acabar en lluvia; pero una nublada presagiaba mejoría a lo largo del día. Recurrió a Mr. Allen en busca de confirmación de sus esperanzas, pero Mr. Allen, no teniendo a mano su propio cielo ni su barómetro, se negó a hacer ninguna promesa absoluta de buen tiempo. Recurrió a Mrs. Allen, y la opinión de Mrs. Allen fue más rotunda: «No tenía la menor duda en el mundo de que sería un día muy bueno, si las nubes se despejaran y el sol no se escondiera».</p>
          <p xml:id="spa-p-000411">Hacia las once, sin embargo, unas pocas gotas de lluvia en los cristales llamaron la atención vigilante de Catherine, y «¡Oh, vaya! Creo que va a llover», se le escapó en el tono más desconsolado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000412">—Ya me lo esperaba —dijo Mrs. Allen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000413">—Hoy no habrá paseo para mí —suspiró Catherine—; aunque quizás no sea para tanto, o quizás escampe antes de las doce.</p>
          <p xml:id="spa-p-000414">—Quizás sí; pero entonces, querida, estará todo muy embarrado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000415">—¡Oh! Eso no importa; yo nunca me preocupo por el barro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000416">—No —respondió su amiga muy plácidamente—, ya sé que nunca te preocupas por el barro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000417">Después de una breve pausa:</p>
          <p xml:id="spa-p-000418">—¡Llueve cada vez más! —dijo Catherine, que estaba observando desde una ventana.</p>
          <p xml:id="spa-p-000419">—En efecto que sí. Como siga lloviendo, las calles se pondrán muy mojadas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000420">—Ya hay cuatro paraguas abiertos. ¡Cuánto detesto ver un paraguas!</p>
          <p xml:id="spa-p-000421">—Son cosas muy incómodas de llevar. Yo preferiría con mucho tomar una silla de manos en cualquier momento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000422">—¡Tenía tan buena cara la mañana! Estaba tan convencida de que estaría seco.</p>
          <p xml:id="spa-p-000423">—Cualquiera lo habría pensado, en efecto. Habrá muy poca gente en la Sala de las Bombas si llueve toda la mañana. Espero que Mr. Allen se ponga el gabán cuando salga, pero me temo que no lo hará, pues preferiría hacer cualquier cosa en el mundo antes que salir a pasear con gabán; no entiendo que le disguste, tiene que ser tan cómodo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000424">La lluvia continuó..., intensa, aunque no muy copiosa. Catherine iba cada cinco minutos al reloj, amenazando en cada regreso con dar el asunto por perdido si seguía lloviendo otros cinco minutos más. El reloj dio las doce y seguía lloviendo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000425">—No podrás ir, querida.</p>
          <p xml:id="spa-p-000426">—Aún no desespero del todo. No lo daré por perdido hasta el cuarto de hora. Este es justamente el momento del día en que suele despejarse, y creo que hay algo más de luz. Bien, son las doce y veinte, y ahora sí lo doy por perdido definitivamente. ¡Oh! ¡Ojalá tuviéramos aquí el tiempo que tenían en Udolfo, o al menos en la Toscana y el sur de Francia!... ¡la noche en que murió el pobre St. Aubin!... ¡qué tiempo tan hermoso!</p>
          <p xml:id="spa-p-000427">A las doce y media, cuando la ansiosa atención de Catherine al tiempo ya había terminado y ella no podía atribuirse ya ningún mérito por la mejora, el cielo empezó a despejarse por su propia voluntad. Un rayo de sol la sorprendió por completo; miró a su alrededor; las nubes se abrían, y regresó al instante a la ventana para observar y alentar el feliz aspecto. Diez minutos más bastaron para confirmar que una tarde luminosa se avecinaba, y dieron la razón a la opinión de Mrs. Allen, quien «siempre había pensado que escamparía». Pero si Catherine podía aún esperar a sus amigos, si no había llovido demasiado para que la señorita Tilney se aventurara a salir, eso era todavía una incógnita.</p>
          <p xml:id="spa-p-000428">Estaba demasiado embarrado para que Mrs. Allen acompañara a su marido a la Sala de las Bombas; él salió por tanto solo, y Catherine apenas había tenido tiempo de verle alejarse calle abajo cuando su atención fue reclamada por la llegada de los mismos dos carruajes descubiertos que la habían sorprendido tanto unos días atrás, con las mismas tres personas en ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000429">—¡Isabella, mi hermano y Mr. Thorpe, vaya! ¿Vendrán por mí quizás?; pero yo no voy..., no puedo ir en verdad, porque, ya sabe usted, la señorita Tilney puede venir todavía.</p>
          <p xml:id="spa-p-000430">Mrs. Allen estuvo de acuerdo. John Thorpe no tardó en estar con ellas, y su voz llegó antes aún, pues desde las escaleras ya llamaba a la señorita Morland para que se diera prisa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000431">—¡Vamos, vamos! —exclamó al abrir la puerta de un empujón—. Póngase el sombrero ahora mismo..., no hay tiempo que perder..., vamos a Bristol. ¿Cómo está usted, Mrs. Allen?</p>
          <p xml:id="spa-p-000432">—¿A Bristol? ¿No queda eso muy lejos? Pero en cualquier caso, hoy no puedo ir con ustedes, porque estoy comprometida; espero a unos amigos de un momento a otro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000433">Esto fue naturalmente refutado con vehemencia como ninguna razón válida; se llamó a Mrs. Allen para que lo secundara, y los otros dos entraron para prestar su ayuda.</p>
          <p xml:id="spa-p-000434">—Queridísima Catherine, ¿no es esto delicioso? Tendremos un paseo en carruaje celestial. Tienes que agradecérselo a tu hermano y a mí por la idea; se nos ocurrió a los dos a la hora del desayuno, lo juro que exactamente al mismo tiempo; y hace dos horas que deberíamos haber salido, de no ser por esta detestable lluvia. Pero no importa, las noches son de luna llena y lo pasaremos en grande. ¡Oh! Estoy tan emocionada ante la perspectiva de un poco de aire del campo y tranquilidad. ¡Mucho mejor que ir a las Lower Rooms! Iremos directamente a Clifton a comer; y en cuanto terminemos, si hay tiempo, seguiremos hasta Kingsweston.</p>
          <p xml:id="spa-p-000435">—Dudo que podamos hacer tanto —dijo Morland.</p>
          <p xml:id="spa-p-000436">—¡Aguafiestas! —exclamó Thorpe—. Podremos hacer diez veces más. ¡Kingsweston! Y el castillo de Blaise también, y todo lo que encontremos en el camino; pero aquí tu hermana dice que no va.</p>
          <p xml:id="spa-p-000437">—¡El castillo de Blaise! —exclamó Catherine—. ¿Qué es eso?</p>
          <p xml:id="spa-p-000438">—El lugar más bello de Inglaterra..., bien vale la pena recorrer cincuenta millas en cualquier momento para verlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000439">—¿Qué, es realmente un castillo, un castillo antiguo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000440">—El más antiguo del reino.</p>
          <p xml:id="spa-p-000441">—¿Pero es como los que uno lee?</p>
          <p xml:id="spa-p-000442">—Exactamente..., el mismo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000443">—¿Pero de verdad..., tiene torres y galerías largas?</p>
          <p xml:id="spa-p-000444">—Por docenas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000445">—Entonces me gustaría verlo; pero no puedo..., no puedo ir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000446">—¿Que no vas? Criatura adorada, ¿qué quieres decir?</p>
          <p xml:id="spa-p-000447">—No puedo ir, porque —bajando los ojos al hablar, temerosa de la sonrisa de Isabella— espero que la señorita Tilney y su hermano vengan a buscarme para dar un paseo por el campo. Prometieron venir a las doce, solo que llovía; pero ahora, como el tiempo ha mejorado, supongo que vendrán pronto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000448">—¡Ellos, no! —exclamó Thorpe—; porque al entrar por Broad Street los vi..., ¿no tiene él un faetón con castaños claros?</p>
          <p xml:id="spa-p-000449">—En verdad que no lo sé.</p>
          <p xml:id="spa-p-000450">—Sí, sé que sí; le vi. Está usted hablando del hombre con quien bailó anoche, ¿verdad?</p>
          <p xml:id="spa-p-000451">—Sí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000452">—Pues bien, en ese momento le vi doblar por la carretera de Lansdown conduciendo a una joven de buen ver.</p>
          <p xml:id="spa-p-000453">—¿De veras?</p>
          <p xml:id="spa-p-000454">—Por mi alma que sí; le reconocí en el acto, y parecía tener unos caballos muy bonitos también.</p>
          <p xml:id="spa-p-000455">—Qué raro. Pero supongo que pensaron que estaría demasiado embarrado para pasear.</p>
          <p xml:id="spa-p-000456">—Y razón no les faltaba, pues en mi vida he visto tanto barro. ¡Pasear! ¡No podrías andar más que volar! En todo el invierno no ha estado tan embarrado; hay barro hasta los tobillos en todos lados.</p>
          <p xml:id="spa-p-000457">Isabella lo corroboró: «Queridísima Catherine, no puedes hacerte una idea del barro; vamos, tienes que ir; no puedes negarte a ir ahora».</p>
          <p xml:id="spa-p-000458">—Me gustaría ver el castillo; pero ¿podremos recorrerlo todo? ¿Podremos subir por todas las escaleras y entrar en todas las habitaciones?</p>
          <p xml:id="spa-p-000459">—Sí, sí, hasta el último rincón.</p>
          <p xml:id="spa-p-000460">—Pero ¿y si solo han salido una hora hasta que seque un poco y luego pasan a buscarme?</p>
          <p xml:id="spa-p-000461">—Tranquilízate, no hay ningún peligro de eso, pues oí a Tilney llamarle a voces a un hombre que pasaba a caballo que se iban hasta las Rocas de Wick.</p>
          <p xml:id="spa-p-000462">—Pues entonces iré. ¿Voy, Mrs. Allen?</p>
          <p xml:id="spa-p-000463">—Como quieras, querida.</p>
          <p xml:id="spa-p-000464">—Mrs. Allen, tiene usted que persuadirla para que vaya —fue el clamor general. Mrs. Allen no fue sorda a él: «Pues bien, querida», dijo, «supongo que ve». Y en dos minutos ya se habían marchado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000465">Los sentimientos de Catherine al subir al carruaje se hallaban en un estado muy agitado; divididos entre el pesar por la pérdida de un gran placer y la esperanza de disfrutar pronto de otro casi igual en grado, aunque muy diferente en su naturaleza. No podía pensar que los Tilney habían obrado del todo bien con ella al renunciar tan fácilmente a su compromiso sin enviarle ningún mensaje de disculpa. Era apenas una hora más tarde que la hora fijada para empezar el paseo; y, a pesar de lo que había oído sobre la prodigiosa acumulación de barro en el transcurso de esa hora, no podía evitar pensar, a juzgar por su propia observación, que habrían podido ir con muy poca incomodidad. Sentirse desairada por ellos le era muy doloroso. Por otro lado, el deleite de explorar un edificio como Udolfo, según se lo representaba su imaginación a la hora de pensar en el castillo de Blaise, era tal contrapeso de bien que podría consolarla de casi cualquier cosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000466">Recorrieron con brío Pulteney Street y atravesaron Laura Place sin intercambiar muchas palabras. Thorpe le hablaba a su caballo, y ella meditaba, por turnos, en promesas rotas y arcos rotos, en faetones y tapices falsos, en Tilneys y en trampillas. Al entrar en Argyle Buildings, sin embargo, la sacó de sus pensamientos este comentario de su acompañante: «¿Quién es esa chica que te ha mirado con tanta intensidad al pasar?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000467">—¿Quién? ¿Dónde?</p>
          <p xml:id="spa-p-000468">—En la acera de la derecha..., ya debe de estar casi fuera de la vista.</p>
          <p xml:id="spa-p-000469">Catherine miró hacia atrás y vio a la señorita Tilney apoyada en el brazo de su hermano, caminando despacio calle abajo. Los vio a los dos mirando hacia ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000470">—¡Pare, pare, Mr. Thorpe! —exclamó con impaciencia—; es la señorita Tilney; es ella misma. ¿Cómo pudo decirme que se habían marchado? Pare, pare, voy a bajar ahora mismo e ir a ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000471">Pero ¿de qué sirvieron sus palabras? Thorpe no hizo más que arrear a su caballo a un trote más vivo; los Tilney, que pronto habían dejado de mirarla, desaparecieron al doblar la esquina de Laura Place en un instante, y en otro ella misma fue arrastrada hacia el mercado. Sin embargo, y durante la longitud de otra calle más, le suplicó que se detuviera.</p>
          <p xml:id="spa-p-000472">—Por favor, por favor, pare, Mr. Thorpe. No puedo seguir. No seguiré. Debo volver con la señorita Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000473">Pero Mr. Thorpe no hizo más que reírse, restallar el látigo, animar al caballo, emitir ruidos extraños y seguir avanzando; y Catherine, indignada y contrariada como estaba, sin ningún medio de bajarse, se vio obligada a ceder y resignarse. Sus reproches, no obstante, no se ahorraron.</p>
          <p xml:id="spa-p-000474">—¿Cómo ha podido engañarme de ese modo, Mr. Thorpe? ¿Cómo pudo decir que los vio conduciendo por la carretera de Lansdown? No lo habría querido por nada del mundo. ¡Tendrán que pensar que fui tan descortés, tan grosera! ¡Y pasar de largo sin decirles ni una palabra! No sabe lo contrariada que estoy; no tendré ningún placer en Clifton, ni en nada. Preferiría, diez mil veces preferiría, bajarme ahora mismo y volver andando hasta ellos. ¿Cómo pudo decir que los vio salir en un faetón?</p>
          <p xml:id="spa-p-000475">Thorpe se defendió con mucha firmeza, declaró que en su vida había visto dos hombres tan parecidos, y apenas quiso renunciar al punto de que hubiera sido el propio Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000476">El paseo, incluso una vez agotado este tema, no prometía ser muy agradable. La complacencia de Catherine ya no era la de su primera salida en carruaje. Escuchaba a regañadientes, y sus respuestas eran escuetas. El castillo de Blaise seguía siendo su único consuelo; hacia él volvía de vez en cuando la vista con placer; aunque antes que verse privada del prometido paseo, y especialmente antes que ser mal juzgada por los Tilney, habría renunciado de buen grado a toda la felicidad que sus murallas podían deparar..., la felicidad de recorrer una larga sucesión de salas de alto techo exhibiendo los restos de un magnífico mobiliario, aunque deshabitadas desde hacía ya muchos años..., la felicidad de verse detenidas en su camino a lo largo de bóvedas estrechas y sinuosas por una puerta baja con reja; o incluso de que su lámpara, su única lámpara, se apagara de repente por una ráfaga de viento, quedando sumidas en la más completa oscuridad. Entretanto, prosiguieron su viaje sin ningún contratiempo, y estaban ya a la vista de la ciudad de Keynsham cuando un grito de Morland, que venía detrás de ellos, hizo a su amigo tirar de las riendas para saber qué ocurría. Los otros se acercaron entonces lo bastante para conversar, y Morland dijo: «Será mejor que volvamos, Thorpe; es demasiado tarde para seguir hoy; tu hermana opina lo mismo que yo. Hemos tardado exactamente una hora en venir de Pulteney Street, algo más de siete millas; y supongo que nos quedan al menos otras ocho. Esto no puede ser. Hemos salido con demasiado retraso. Mucho mejor dejarlo para otro día y dar la vuelta».</p>
          <p xml:id="spa-p-000477">—A mí me da igual —respondió Thorpe con cierto enfado; e instantáneamente dando la vuelta al caballo, ya estaban de camino de regreso a Bath.</p>
          <p xml:id="spa-p-000478">—Si tu hermano no tuviera semejante penco para conducir —dijo poco después—, podríamos haberlo hecho muy bien. Mi caballo habría trotado hasta Clifton en menos de una hora si le hubieran dejado, y casi me he descoyuntado el brazo tirando del suyo para igualarlo al paso de ese maldito jamelgo con el resuello cortado. Morland es un tonto por no tener su propio caballo y cabriolé.</p>
          <p xml:id="spa-p-000479">—No, no lo es —dijo Catherine con vehemencia—, pues estoy segura de que no podría permitírselo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000480">—¿Y por qué no puede permitírselo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000481">—Porque no tiene suficiente dinero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000482">—¿Y de quién es la culpa?</p>
          <p xml:id="spa-p-000483">—De nadie, que yo sepa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000484">Thorpe dijo entonces algo con su habitual estilo alto e incoherente, sobre lo repugnante que era ser un tacaño; y que si la gente que nadaba en dinero no podía permitirse las cosas, no sabía quién podría, lo cual Catherine ni siquiera intentó entender. Defraudada de lo que debía haber sido el consuelo de su primera decepción, estaba cada vez menos dispuesta tanto a ser ella misma agradable como a encontrar agradable a su acompañante; y regresaron a Pulteney Street sin que ella pronunciara veinte palabras.</p>
          <p xml:id="spa-p-000485">Al entrar en la casa, el lacayo le dijo que un caballero y una dama habían llamado y preguntado por ella unos minutos después de que saliera; que, cuando les dijo que había salido con Mr. Thorpe, la dama había preguntado si había dejado algún recado para ella; y al decirles él que no, había buscado una tarjeta, pero dijo que no llevaba ninguna encima, y se marcharon.</p>
          <p xml:id="spa-p-000486">Reflexionando sobre esta desgarradora noticia, Catherine subió las escaleras despacio. En lo alto de ellas se encontró con Mr. Allen, quien, al oír la razón de su rápido regreso, dijo: «Me alegra que tu hermano haya tenido tanto buen juicio; me alegra que hayas vuelto. Era un plan extraño y disparatado».</p>
          <p xml:id="spa-p-000487">Pasaron todos la velada juntos en casa de los Thorpe. Catherine estaba alterada y sin humor; pero Isabella parecía encontrar en un juego de naipes, en cuya suerte participaba en íntima asociación con Morland, un equivalente muy bueno a la tranquilidad y el aire del campo de una posada en Clifton. Su satisfacción, también, de no estar en las Lower Rooms fue expresada más de una vez: «¡Cuánta lástima me dan las pobres criaturas que están yendo allí! ¡Qué contenta estoy de no estar entre ellas! ¡Me pregunto si habrá mucha gente o no! Todavía no habrán empezado a bailar. No estaría allí por nada del mundo. Qué delicioso es tener una tarde de vez en cuando para una misma. Apuesto a que no será un baile muy bueno. Sé que los Mitchell no estarán allí. Estoy segura de que me compadezco de todo el que está. Pero apuesto, Mr. Morland, a que usted desearía estar allí, ¿verdad? Estoy segura de que sí. Pues bien, no deje que nadie de aquí le retenga. Estoy segura de que nos arreglaríamos muy bien sin usted; pero los hombres se creen de tanta importancia».</p>
          <p xml:id="spa-p-000488">Catherine casi podría haber acusado a Isabella de carecer de ternura hacia ella misma y sus pesares, tan poco parecían estos ocuparle la mente, y tan inadecuado era el consuelo que ofrecía.</p>
          <p xml:id="spa-p-000489">—No estés tan triste, criatura adorada —le susurró—. Me vas a partir el corazón. Fue de lo más lamentable, desde luego; pero los Tilney tienen toda la culpa. ¿Por qué no fueron más puntuales? Es verdad que estaba embarrado, pero ¿qué importaba eso? Estoy segura de que John y yo no nos habríamos importado. Yo nunca tengo inconveniente en pasar por cualquier cosa cuando se trata de una amiga; ese es mi carácter, y John es igual; tiene unos sentimientos asombrosamente fuertes. ¡Dios mío! ¡Qué mano tan deliciosa tienes! ¡Reyes, vaya! ¡En mi vida he sido tan feliz! Preferiría cincuenta veces que los tuvieras tú a que los tuviera yo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000490">Y aquí puedo yo despachar a mi heroína hacia el lecho sin sueño que es la verdadera porción de la heroína; hacia una almohada sembrada de espinas y mojada de lágrimas. Y afortunada puede considerarse si consigue otra noche de buen descanso en el transcurso de los próximos tres meses.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="12" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-012">
          <head>XII</head>
          <p xml:id="spa-p-000491">—Mrs. Allen —dijo Catherine a la mañana siguiente—, ¿habrá algún inconveniente en que llame hoy a la señorita Tilney? No estaré tranquila hasta que le haya explicado todo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000492">—Ve, querida, por supuesto; pero ponte un vestido blanco; la señorita Tilney siempre va de blanco.</p>
          <p xml:id="spa-p-000493">Catherine obedeció de buen grado, y debidamente ataviada, estaba más impaciente que nunca por llegar a la Sala de las Bombas, donde podría averiguar el alojamiento del general Tilney; pues aunque creía que estaban en Milsom Street, no estaba segura de la casa, y las vacilantes convicciones de Mrs. Allen solo aumentaban la duda. A Milsom Street fue dirigida, y habiendo fijado bien el número, se apresuró con pasos vivos y corazón palpitante a hacer su visita, explicar su conducta y ser perdonada; trotando ligeramente por el cementerio y apartando resueltamente los ojos para no verse obligada a ver a su querida Isabella y a su querida familia, que, tenía motivos para creer, estaban en una tienda cercana. Llegó a la casa sin ningún impedimento, miró el número, llamó a la puerta y preguntó por la señorita Tilney. El criado creía que la señorita Tilney estaba en casa, pero no estaba del todo seguro. ¿Tendría la bondad de mandar su nombre? Ella le dio su tarjeta. A los pocos minutos el criado regresó, y con un gesto que no corroboraba del todo sus palabras, dijo que se había equivocado, pues la señorita Tilney había salido a pasear. Catherine, con un rubor de mortificación, abandonó la casa. Casi se convenció de que la señorita Tilney estaba en casa y demasiado ofendida para recibirla; y al bajar calle abajo, no pudo evitar echar una mirada a las ventanas del salón con la esperanza de verla allí, pero no apareció nadie. Al final de la calle, sin embargo, volvió a mirar hacia atrás, y entonces, no en una ventana, sino saliendo de la puerta, vio a la propia señorita Tilney. La seguía un caballero a quien Catherine creyó reconocer como su padre, y se encaminaron hacia los edificios Edgar. Catherine, sumida en la más profunda mortificación, siguió su camino. Casi podía estar enojada consigo misma ante semejante airada descortesía; pero refrenó la sensación de resentimiento; recordó su propia ignorancia. No sabía cómo podría clasificarse una ofensa como la suya por las leyes de la cortesía mundana, a qué grado de falta de perdón podría conducir con propiedad, ni a qué rigores de descortesía en respuesta podría justamente hacerla merecedora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000494">Abatida y humillada, tuvo incluso algún pensamiento de no ir con los demás al teatro aquella noche; pero hay que reconocer que no fueron de larga duración, pues pronto recordó, en primer lugar, que no tenía ninguna excusa para quedarse en casa; y en segundo, que era una obra que tenía muchas ganas de ver. Al teatro fueron pues todos ellos; ningún Tilney apareció para atormentarla ni complacerla; temió que entre las muchas perfecciones de la familia no pudiera contarse la afición al teatro; aunque quizás era porque estaban habituados a las mejores actuaciones de los escenarios de Londres, que, según la autoridad de Isabella, hacían que todo lo demás pareciera «del todo horrible». No se equivocó en su propia expectativa de placer; la comedia suspendió tan bien sus preocupaciones que nadie que la hubiera observado durante los primeros cuatro actos habría supuesto que tenía ninguna desdicha encima. Al comenzar el quinto, sin embargo, la repentina visión de Mr. Henry Tilney y su padre uniéndose a un grupo en el palco de enfrente la devolvió a la ansiedad y la angustia. El escenario ya no podía suscitar auténtica hilaridad..., ya no podía retener toda su atención. Una de cada dos miradas por término medio se dirigía al palco de enfrente; y durante el espacio de dos escenas enteras estuvo así observando a Henry Tilney, sin ser capaz de cruzar su mirada ni una sola vez. Ya no era posible sospechar en él indiferencia hacia la obra; su atención no se apartó del escenario durante dos escenas completas. Por fin, sin embargo, él miró hacia ella, e hizo una reverencia..., ¡pero qué reverencia! Sin sonrisa ni observación continuada; sus ojos regresaron de inmediato a su dirección anterior. Catherine se sentía inquieta y desgraciada; casi habría corrido al palco donde él estaba sentado y le habría obligado a escuchar su explicación. Sentimientos más naturales que heroicos se apoderaron de ella; en lugar de considerar su propia dignidad ofendida por tan pronta condena..., en lugar de resolver con orgullo, en la certeza de su inocencia, mostrarle su resentimiento hacia quien podía albergar dudas de ella, dejarle a él todo el trabajo de buscar una explicación, e iluminarle sobre el pasado únicamente evitando su vista o coqueteando con algún otro..., tomó para sí toda la vergüenza de la mala conducta, o al menos de su apariencia, y solo ansiaba una oportunidad de explicar su causa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000495">La obra concluyó..., cayó el telón..., Henry Tilney ya no estaba visible donde había estado sentado hasta entonces, pero su padre permanecía, y quizás él vendría en ese momento a su palco. Tenía razón; a los pocos minutos apareció, y abriéndose paso por las filas que ya empezaban a vaciarse, se dirigió con igual calma cortés a Mrs. Allen y a su amiga. Con tal calma no le respondió la última:</p>
          <p xml:id="spa-p-000496">—¡Oh! Mr. Tilney, he estado de lo más ansiosa por hablarle y presentarle mis disculpas. Debe de haberme encontrado tan descortés; pero en verdad que no fue culpa mía, ¿verdad, Mrs. Allen? ¿No me dijeron que Mr. Tilney y su hermana habían salido juntos en un faetón? ¿Y entonces qué podía hacer yo? Pero habría preferido diez mil veces estar con ustedes; ¿verdad que sí, Mrs. Allen?</p>
          <p xml:id="spa-p-000497">—Querida, me estás arrugando el vestido —fue la respuesta de Mrs. Allen.</p>
          <p xml:id="spa-p-000498">Su afirmación, sin embargo, aunque sin apoyo, no fue en vano; produjo en el semblante de él una sonrisa más cordial y más natural, y respondió en un tono que conservaba solo un leve afectado distanciamiento: «De todas formas, le estamos muy agradecidos por desearnos un agradable paseo al pasar ustedes por delante de nosotros en Argyle Street; fue usted tan amable de volver la cabeza a propósito».</p>
          <p xml:id="spa-p-000499">—Pero en verdad que no les deseé un agradable paseo; nunca pensé en tal cosa; pero le rogué a Mr. Thorpe con toda la urgencia que parara; le llamé en cuanto los vi; ahora, Mrs. Allen, ¿no es verdad...? ¡Oh! Usted no estaba allí; pero en verdad que lo hice; y si Mr. Thorpe hubiera querido parar, me habría bajado de un salto y habría corrido hacia ustedes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000500">¿Hay algún Henry en el mundo que pudiera ser insensible a semejante declaración? Henry Tilney, desde luego, no lo era. Con una sonrisa aún más dulce, dijo todo lo que era necesario decir sobre el pesar, el lamento y la confianza de su hermana en el honor de Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000501">—¡Oh! No diga que la señorita Tilney no estaba enfadada —exclamó Catherine—, porque sé que sí lo estaba; pues no quiso recibirme esta mañana cuando fui; la vi salir de la casa el minuto siguiente después de que yo la dejara; me dolió, pero no me ofendí. Quizás no sabía usted que había estado allí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000502">—Yo no estaba en casa en ese momento; pero me lo dijo Eleanor, y desde entonces ha estado deseando verla, para explicarle el motivo de semejante descortesía; aunque quizás puedo hacerlo yo tan bien. No fue más que lo siguiente: mi padre..., estaban justamente preparándose para salir a pasear, y él, con prisa y sin querer aplazarlo, insistió en que le dijeran que no estaba. Eso fue todo, se lo aseguro. Ella estaba muy contrariada, y tenía intención de disculparse cuanto antes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000503">La mente de Catherine quedó muy aliviada por esta información; sin embargo, algo de inquietud permaneció, de lo que brotó la siguiente pregunta, completamente ingenua en sí misma, aunque algo embarazosa para el caballero: «Pero, Mr. Tilney, ¿por qué fue usted menos generoso que su hermana? Si ella tenía tanta confianza en mis buenas intenciones y podía suponer que no era más que un error, ¿por qué estaba usted tan dispuesto a ofenderse?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000504">—¿Yo? ¿Ofenderme?</p>
          <p xml:id="spa-p-000505">—Pues estoy segura de que, por su semblante al entrar en el palco, estaba usted enojado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000506">—¿Yo enojado? No tenía ningún derecho a estarlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000507">—Pues bien, nadie habría pensado que no tenía derecho viéndole la cara.</p>
          <p xml:id="spa-p-000508">Él respondió pidiéndole que le hiciera sitio y hablando de la obra.</p>
          <p xml:id="spa-p-000509">Permaneció con ellas algún tiempo, y fue demasiado agradable para que Catherine estuviera contenta cuando se marchó. Antes de separarse, sin embargo, quedó acordado que el proyectado paseo tendría lugar cuanto antes; y prescindiendo de la desdicha de su partida del palco, ella fue, en conjunto, una de las criaturas más felices del mundo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000510">Mientras conversaban, había observado con cierta sorpresa que John Thorpe, que nunca permanecía en el mismo lugar del teatro más de diez minutos seguidos, estaba enfrascado en conversación con el general Tilney; y sintió algo más que sorpresa cuando creyó percibir que ella misma era el objeto de su atención y su discurso. ¿Qué podían decir de ella? Temió que el general Tilney no le agradara su aspecto: le parecía estar implícito en el hecho de que le negara la entrada a ver a su hija, antes que posponer su propio paseo unos minutos. «¿Cómo conoce Mr. Thorpe a tu padre?» fue su ansiosa pregunta cuando se los señaló a su acompañante. Él no sabía nada al respecto; pero su padre, como todo militar, tenía un amplísimo círculo de conocidos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000511">Al acabar el espectáculo, Thorpe vino a ayudarles a salir. Catherine fue el objeto inmediato de su galantería; y mientras esperaban en el vestíbulo una silla de manos, él se adelantó a la pregunta que había viajado desde su corazón casi hasta la punta de su lengua, preguntando de manera importante si le había visto hablar con el general Tilney: «Es un estupendo anciano, por mi alma. Robusto, activo..., parece tan joven como su hijo. Le tengo mucho aprecio, se lo aseguro: un hombre de muy buenas formas, un buen tipo como pocos».</p>
          <p xml:id="spa-p-000512">—Pero ¿cómo le conoce usted?</p>
          <p xml:id="spa-p-000513">—¿Que cómo le conozco! Hay pocos personajes del gran mundo que yo no conozca. Le he visto mil veces en el Bedford; y le reconocí hoy en cuanto entró en la sala de billar. Uno de los mejores jugadores que tenemos, a propósito; y tuvimos un pequeño encuentro, aunque al principio casi le tenía miedo: las apuestas estaban cinco a cuatro en contra mía; y si no hubiera hecho uno de los golpes más limpios que quizás se hayan hecho en el mundo..., le di a su bola exactamente..., pero no podría hacérselo entender sin una mesa; de todas formas, le gané. Un tipo de lo más distinguido; tan rico como Creso. Me gustaría cenar con él; apuesto a que da unos banquetes espléndidos. ¿Pero sabe de qué hemos estado hablando? De usted. ¡Sí, por Dios! Y el general la considera la chica más guapa de Bath.</p>
          <p xml:id="spa-p-000514">—¡Oh! ¡Tonterías! ¿Cómo puede decir eso?</p>
          <p xml:id="spa-p-000515">—¿Y sabe lo que le dije yo? —bajando la voz—: «Muy bien dicho, general», le dije; «estoy completamente de acuerdo con usted».</p>
          <p xml:id="spa-p-000516">Aquí Catherine, que se sentía mucho menos halagada por su admiración que por la del general Tilney, no sintió pesar al ser llamada por Mr. Allen. Thorpe insistió en acompañarla hasta la silla, y hasta que entró en ella continuó con el mismo tipo de delicado halago, a pesar de que ella le suplicaba que se detuviera.</p>
          <p xml:id="spa-p-000517">Que el general Tilney, en lugar de no agradarle, la admirara era muy grato; y pensó con alegría que no había ningún miembro de la familia al que tuviera que temer ahora encontrarse. La velada había hecho mucho, muchísimo más por ella de lo que podría haberse esperado.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="13" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-013">
          <head>XIII</head>
          <p xml:id="spa-p-000518">El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado han desfilado ya ante el lector; los eventos de cada día, sus esperanzas y temores, mortificaciones y placeres, han sido expuestos por separado, y solo quedan por describir las penalidades del domingo, para cerrar la semana. El plan de Clifton había sido aplazado, pero no abandonado, y en el paseo vespertino del Crescent de ese día fue traído de nuevo a colación. En una consulta privada entre Isabella y James, el primero de los cuales se había encaprichado especialmente de ir, y el segundo no menos ansiosamente empeñado en complacerla, se acordó que, siempre que el tiempo fuera bueno, la excursión tendría lugar a la mañana siguiente; y habrían de salir muy temprano para estar en casa a una hora razonable. Decidido así el asunto y asegurada la aprobación de Thorpe, solo quedaba informar a Catherine. Ella los había dejado unos minutos para hablar con la señorita Tilney. En ese intervalo el plan quedó ultimado, y en cuanto regresó, se le exigió su conformidad; pero en lugar de la alegre aquiescencia que esperaba Isabella, Catherine puso cara seria, lo lamentó mucho, pero no podía ir. El compromiso que debería haberle impedido unirse al primer intento le imposibilitaría acompañarlos ahora. Acababa de quedar con la señorita Tilney para hacer el paseo proyectado al día siguiente; estaba del todo acordado, y no lo retiraría bajo ningún concepto. Pero que debía y tenía que retirarlo fue de inmediato el clamor apremiante de los dos Thorpe; tenían que ir a Clifton mañana, no irían sin ella, no costaría nada aplazar un simple paseo un día más, y no querían oír hablar de una negativa. Catherine estaba angustiada, pero no cedía.</p>
          <p xml:id="spa-p-000519">—No me insistas, Isabella. He quedado con la señorita Tilney. No puedo ir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000520">Esto no sirvió de nada. Los mismos argumentos la asaltaron de nuevo; tenía que ir, iría, y no querían oír hablar de una negativa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000521">—Sería tan fácil decirle a la señorita Tilney que acabas de recordar un compromiso previo y que tienes que pedirle que aplaces el paseo hasta el martes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000522">—No, no sería fácil. No podría hacerlo. No hay ningún compromiso previo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000523">Pero Isabella se volvió cada vez más apremiante, llamándola con las maneras más afectuosas, dirigiéndose a ella con los nombres más cariñosos. Estaba segura de que su queridísima, dulcísima Catherine no se negaría en serio a una petición tan trivial de una amiga que la quería tanto. Conocía a su adorada Catherine, sabía que tenía un corazón tan sensible, un carácter tan dulce, que se dejaba persuadir tan fácilmente por quienes quería. Pero todo fue en vano; Catherine se sentía en su derecho, y aunque le dolían esas súplicas tan tiernas y tan halagadoras, no podía permitir que la influyeran. Isabella intentó entonces otro método. Le echó en cara tener más afecto por la señorita Tilney, aunque la conocía desde hacía tan poco tiempo, que por sus mejores y más antiguas amigas; de haberse vuelto fría e indiferente, en suma, hacia ella misma.</p>
          <p xml:id="spa-p-000524">—No puedo evitar los celos, Catherine, cuando me veo postergada por desconocidas, yo, que te quiero tanto. Una vez que mis afectos están puestos en alguien, nada en el mundo tiene poder para cambiarlos. Pero creo que mis sentimientos son más fuertes que los de nadie; estoy segura de que son demasiado fuertes para mi propia paz; y verme desplazada en tu amistad por desconocidas me duele en el alma, lo reconozco. Estos Tilney parecen absorberlo todo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000525">Catherine encontró este reproche igualmente extraño e injusto. ¿Era propio de una amiga exponer así sus sentimientos a la atención de otros? Isabella le parecía poco generosa y egoísta, sin importarle nada salvo su propia satisfacción. Estos dolorosos pensamientos le cruzaron por la mente, aunque no dijo nada. Isabella, entretanto, había aplicado el pañuelo a sus ojos; y Morland, desgraciado ante tal espectáculo, no pudo evitar decir: «Vamos, Catherine. Creo que ya no puedes resistir más. El sacrificio no es gran cosa; y para complacer a semejante amiga..., te consideraré bastante poco amable si te sigues negando».</p>
          <p xml:id="spa-p-000526">Era la primera vez que su hermano se ponía abiertamente en su contra, y ansiosa por evitar su desagrado, propuso un compromiso. Si lo dejaban únicamente para el martes, cosa que podían hacer fácilmente, ya que dependía solo de ellos, ella podría ir con ellos, y todos quedarían satisfechos. Pero «¡No, no, no!» fue la respuesta inmediata; eso no podía ser, pues Thorpe no sabía si no tendría que ir a Londres el martes. Catherine lo lamentó, pero no podía hacer más; y sobrevino un breve silencio que Isabella rompió diciendo, en un tono de fría irritación: «Muy bien, entonces se acabó la excursión. Si Catherine no va, yo no puedo. No puedo ser la única mujer. No haría por nada del mundo algo tan impropio».</p>
          <p xml:id="spa-p-000527">—Catherine, tienes que ir —dijo James.</p>
          <p xml:id="spa-p-000528">—Pero ¿por qué no puede Mr. Thorpe llevar a una de sus otras hermanas? Estoy segura de que cualquiera de ellas estaría encantada de ir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000529">—Gracias —exclamó Thorpe—, pero no he venido a Bath a pasear a mis hermanas y hacer el ridículo. No; si tú no vas, que me lleve el diablo si yo voy. Solo voy por el placer de llevarte a ti.</p>
          <p xml:id="spa-p-000530">—Ese es un cumplido que no me produce ningún placer. —Pero sus palabras se perdieron en Thorpe, que se había vuelto bruscamente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000531">Los otros tres siguieron juntos, paseando de la manera más incómoda para la pobre Catherine; a veces no se decía ni una palabra, a veces volvía a ser atacada con súplicas o reproches, y su brazo seguía enlazado con el de Isabella, aunque sus corazones estaban en guerra. En un momento se ablandaba, en otro se irritaba; siempre angustiada, pero siempre firme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000532">—No te creía tan obstinada, Catherine —dijo James—; no estabas acostumbrada a ser tan difícil de persuadir; antes eras la más amable y de mejor genio de mis hermanas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000533">—Espero no serlo menos ahora —respondió ella con mucho sentimiento—; pero en verdad que no puedo ir. Si me equivoco, es porque hago lo que creo que es correcto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000534">—Sospecho —dijo Isabella en voz baja— que no hay gran lucha.</p>
          <p xml:id="spa-p-000535">El corazón de Catherine se encogió; retiró su brazo, y Isabella no opuso resistencia. Así transcurrieron diez larguísimos minutos, hasta que Thorpe volvió a unirse a ellos, acercándose con expresión más alegre y diciendo: «Bueno, he resuelto el asunto, y ahora podemos ir todos mañana con la conciencia tranquila. He ido a ver a la señorita Tilney y he presentado tus excusas».</p>
          <p xml:id="spa-p-000536">—¡No lo has hecho! —exclamó Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000537">—Por mi alma que sí. Acabo de dejarla. Le dije que me habías mandado a decirle que, habiendo recordado en ese momento un compromiso previo de ir a Clifton con nosotros mañana, no podrías tener el placer de pasear con ella hasta el martes. Dijo que muy bien, que el martes le venía igual de bien; así que se acabaron todas nuestras dificultades. Una idea bastante buena la mía, ¿eh?</p>
          <p xml:id="spa-p-000538">El semblante de Isabella volvió a iluminarse con sonrisas y buen humor, y James también parecía feliz de nuevo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000539">—¡Una idea de lo más celestial! Ahora, dulcísima Catherine, todos nuestros tormentos han terminado; has quedado honrosamente absuelta, y tendremos una excursión de lo más deliciosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000540">—Esto no puede quedar así —dijo Catherine—; no puedo resignarme a esto. Tengo que correr a buscar a la señorita Tilney ahora mismo y ponerla en su sitio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000541">Isabella, sin embargo, la agarró de una mano, Thorpe de la otra, y de los tres llovieron protestas. Hasta James estaba bastante enojado. Cuando todo estaba resuelto, cuando la propia señorita Tilney había dicho que el martes le venía igual de bien, era del todo ridículo, del todo absurdo, poner más objeciones.</p>
          <p xml:id="spa-p-000542">—No me importa. Mr. Thorpe no tenía ningún derecho a inventar semejante recado. Si yo hubiera creído correcto aplazarlo, podría haber hablado yo misma con la señorita Tilney. Esto solo es hacerlo de manera más grosera; y ¿cómo sé que Mr. Thorpe ha...? Puede haberse equivocado de nuevo quizás; la otra vez me llevó a una descortesía con su equivocación. Suélteme, Mr. Thorpe; Isabella, no me retengas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000543">Thorpe le dijo que sería en vano ir en busca de los Tilney; estaban doblando la esquina hacia Brock Street cuando los había alcanzado, y a estas alturas ya estarían en casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000544">—Entonces iré a buscarlos —dijo Catherine—; estén donde estén, iré a buscarlos. No sirve de nada hablar. Si no podían persuadirme de hacer lo que creía incorrecto, nunca me harán caer en ello por un engaño.</p>
          <p xml:id="spa-p-000545">Y con estas palabras se soltó y salió corriendo. Thorpe habría salido disparado tras ella, pero Morland lo retuvo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000546">—Déjala ir, déjala ir, si quiere irse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000547">—Es tan obstinada como...</p>
          <p xml:id="spa-p-000548">Thorpe nunca terminó el símil, pues difícilmente habría podido ser apropiado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000549">Catherine se marchó a toda prisa, con gran agitación, tan rápido como la multitud le permitía, temerosa de que la persiguieran, pero decidida a seguir adelante. Mientras andaba, reflexionó sobre lo ocurrido. Le dolía decepcionar y disgustar a los demás, en particular disgustar a su hermano; pero no se arrepentía de su resistencia. Dejando aparte su propia inclinación, haber fallado por segunda vez a su compromiso con la señorita Tilney, haber retirado una promesa hecha voluntariamente apenas cinco minutos antes, y encima con un pretexto falso, habría sido injusto. No se había resistido a ellos únicamente por principios egoístas; no había consultado meramente su propia satisfacción; esa podría haberse asegurado en cierta medida con la propia excursión, con ver el castillo de Blaise; no, había atendido a lo que se debía a los demás y a su propio carácter ante ellos. Su convicción de tener razón, sin embargo, no bastaba para restituirle la compostura; hasta que no hubiera hablado con la señorita Tilney no podría estar tranquila; y apresurando el paso cuando se apartó del Crescent, casi corrió el trecho restante hasta ganar lo alto de Milsom Street. Tan rápidos habían sido sus movimientos que, a pesar de la ventaja de los Tilney en el arranque, estos estaban justo entrando en su alojamiento cuando ella los divisó; y quedando aún el criado en la puerta abierta, no empleó más que la ceremonia de decir que tenía que hablar con la señorita Tilney en ese mismo instante, y pasando junto a él subió las escaleras corriendo. Entonces, abriendo la primera puerta que encontró, que resultó ser la correcta, se encontró de inmediato en el salón con el general Tilney, su hijo y su hija. Su explicación, defectuosa tan solo en que..., por su excitación de nervios y su falta de aliento..., no era ninguna explicación, fue dada al instante: «He venido con muchísima prisa..., todo fue un error..., yo nunca prometí ir..., les dije desde el principio que no podía ir..., eché a correr para explicárselo..., no me importó lo que pensaran de mí..., no quise esperar al criado».</p>
          <p xml:id="spa-p-000550">El asunto, sin embargo, aunque no perfectamente aclarado por este discurso, pronto dejó de ser un enigma. Catherine supo que John Thorpe había dado el recado; y la señorita Tilney no tuvo reparos en reconocer que le había sorprendido mucho. Pero si su hermano la había superado aún en resentimiento, Catherine, aunque instintivamente se había dirigido tanto a uno como al otro en su vindicación, no tenía forma de saberlo. Fuera lo que fuese lo que hubieran sentido antes de su llegada, sus vehementes declaraciones convirtieron de inmediato todas las miradas y frases en tan amistosas como ella podía desear.</p>
          <p xml:id="spa-p-000551">Resuelto así felizmente el asunto, la señorita Tilney la presentó a su padre, y este la recibió con una prontitud y una solicitud tan corteses que le recordaron la información de Thorpe y la hicieron pensar con placer que a veces se podía confiar en él. Tan solícita fue la atención del general hacia ella que, sin advertir su extraordinaria rapidez al entrar en la casa, estaba bastante enojado con el criado cuya negligencia la había llevado a abrir ella misma la puerta de la habitación. «¿Qué había querido decir William con aquello? Haría averiguaciones sobre el asunto». Y si Catherine no hubiera sostenido con la mayor firmeza su inocencia, parecía probable que William fuera a perder el favor de su amo para siempre, si no su puesto, a causa de la precipitación de ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000552">Después de estar sentada con ellos un cuarto de hora, se levantó para despedirse, y quedó entonces muy gratamente sorprendida por la invitación del general Tilney a que hiciera el honor a su hija de cenar y pasar el resto del día con ella. La señorita Tilney añadió sus propios deseos. Catherine les quedó muy agradecida; pero estaba del todo fuera de su poder. Mr. y Mrs. Allen la esperarían de un momento a otro. El general declaró que no podía decir más; las exigencias de Mr. y Mrs. Allen no podían postergarse; pero que en algún otro día, confiaba, cuando hubiera más aviso previo, no se negarían a cederla a su amiga. «¡Oh, no! Catherine estaba segura de que no tendrían la menor objeción, y tendría mucho placer en venir». El general la acompañó él mismo hasta la puerta de la calle, diciéndole todo tipo de galantería mientras bajaban las escaleras, admirando la elasticidad de su andar, que correspondía exactamente con el brío de su baile, y haciéndole una de las reverencias más elegantes que ella hubiera visto jamás al despedirse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000553">Catherine, encantada con todo lo ocurrido, se encaminó alegremente a Pulteney Street, caminando, según concluyó, con gran elasticidad, aunque nunca había pensado en ello antes. Llegó a casa sin ver nada más del grupo ofendido; y ahora que había triunfado en todo, había cumplido su objetivo y tenía asegurado su paseo, comenzó (al calmarse la agitación de su espíritu) a dudar de si había obrado perfectamente bien. Un sacrificio siempre es noble; y si hubiera cedido a sus súplicas, se habría ahorrado la idea angustiosa de una amiga disgustada, un hermano enojado y un proyecto de gran felicidad para ambos destruido quizás por su causa. Para tranquilizarse y comprobar por la opinión de una persona imparcial cuál había sido realmente su conducta, aprovechó la ocasión de mencionar delante de Mr. Allen el plan a medias acordado de su hermano y los Thorpe para el día siguiente. Mr. Allen lo captó de inmediato.</p>
          <p xml:id="spa-p-000554">—Pues bien —dijo—, ¿y piensas ir tú también?</p>
          <p xml:id="spa-p-000555">—No; me había comprometido a pasear con la señorita Tilney justo antes de que me lo dijeran; y por tanto ya sabe usted que no podía ir con ellos, ¿verdad?</p>
          <p xml:id="spa-p-000556">—No, desde luego que no; y me alegra que no pienses en ello. Estos planes no están bien. ¡Jóvenes y señoritas paseando por el campo en carruajes descubiertos! De vez en cuando, muy bien; ¡pero ir a posadas y a lugares públicos juntos! No está bien; y me sorprende que Mrs. Thorpe lo permita. Me alegra que no pienses en ir; estoy seguro de que Mrs. Morland no estaría complacida. Mrs. Allen, ¿no piensa usted como yo? ¿No le parece objetable esta clase de planes?</p>
          <p xml:id="spa-p-000557">—Sí, muchísimo. Los carruajes descubiertos son cosas desagradables. Un vestido limpio no dura ni cinco minutos en ellos. Te salpicas al subir y al bajar; y el viento te revuelve el pelo y el sombrero en todas direcciones. Yo detesto los carruajes descubiertos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000558">—Ya lo sé; pero eso no es lo que se pregunta. ¿No le parece de aspecto muy raro que las señoritas sean frecuentemente paseadas en ellos por jóvenes con quienes ni siquiera están emparentadas?</p>
          <p xml:id="spa-p-000559">—Sí, querido, de aspecto muy raro en verdad. No lo puedo soportar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000560">—Querida señora —exclamó Catherine—, ¡pues entonces por qué no me lo dijo antes! Estoy segura de que, de haber sabido que era impropio, no habría ido con Mr. Thorpe de ninguna manera; pero siempre esperaba que me lo dijera si creía que estaba obrando mal.</p>
          <p xml:id="spa-p-000561">—Y así lo habría hecho, querida, puede contar con ello; pues como le dije a Mrs. Morland al despedirnos, haría siempre lo mejor que pudiera por usted. Pero no hay que ser demasiado quisquilloso. Los jóvenes serán jóvenes, como dice su buena madre misma. Ya sabe que la previne a usted cuando llegamos de que no comprara esa muselina bordada, pero usted insistió. Los jóvenes no les gusta que siempre les lleven la contraria.</p>
          <p xml:id="spa-p-000562">—Pero esto era algo de verdadera importancia; y no creo que me hubiera encontrado difícil de persuadir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000563">—Hasta donde han llegado las cosas, no hay ningún daño hecho —dijo Mr. Allen—; y solo le aconsejaría, querida, que no saliera más con Mr. Thorpe.</p>
          <p xml:id="spa-p-000564">—Eso es exactamente lo que yo iba a decir —añadió su esposa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000565">Catherine, aliviada por lo que a ella respectaba, se sintió inquieta por Isabella, y después de un momento de reflexión le preguntó a Mr. Allen si no sería conveniente y amable escribirle a la señorita Thorpe y explicarle la incorrección de la que debía ser tan inconsciente como ella misma; pues pensó que Isabella podría de otro modo estar a punto de ir a Clifton al día siguiente, a pesar de lo que había pasado. Mr. Allen, sin embargo, la disuadió de hacer tal cosa. «Mejor que la deje en paz, querida; tiene la edad suficiente para saber lo que hace, y si no la tiene, tiene una madre que la aconseje. Mrs. Thorpe es demasiado indulgente sin duda; pero de todas formas, será mejor que no intervenga. Ella y su hermano quieren ir, y usted solo se ganará mal querer».</p>
          <p xml:id="spa-p-000566">Catherine se sometió, y aunque lamentaba que Isabella pudiera estar obrando mal, se sintió muy aliviada por la aprobación de Mr. Allen a su propia conducta, y se alegró sinceramente de verse preservada por su consejo del peligro de caer en semejante error ella misma. Su escapatoria de ser uno de los miembros de la excursión a Clifton era ahora una escapatoria de verdad; pues ¿qué habrían pensado los Tilney de ella si hubiera faltado a su promesa con ellos para hacer algo que en sí mismo estaba mal, si hubiera sido culpable de una infracción de las convenciones solo para poder ser culpable de otra?</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="14" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-014">
          <head>XIV</head>
          <p xml:id="spa-p-000567">La mañana siguiente amaneció despejada, y Catherine casi esperaba otro ataque del grupo reunido. Con Mr. Allen como apoyo, no sentía ningún temor del resultado; pero agradecería verse librada de una contienda en la que la propia victoria resultaba dolorosa, y se alegró por tanto de corazón al no ver ni oír nada de ellos. Los Tilney vinieron a buscarla a la hora acordada; y sin que surgiera ninguna nueva dificultad, ningún recuerdo súbito, ninguna llamada inesperada, ninguna intromisión impertinente que desconcertara sus planes, mi heroína pudo, de la manera más antinatural, cumplir su compromiso, aunque había sido contraído con el propio héroe. Decidieron dar una vuelta alrededor de Beechen Cliff, esa noble colina cuya hermosa vegetación y arboleda colgante la convierten en un objeto tan llamativo desde casi cada abertura de Bath.</p>
          <p xml:id="spa-p-000568">—Nunca la miro —dijo Catherine mientras caminaban por la orilla del río— sin pensar en el sur de Francia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000569">—¿Ha estado usted en el extranjero? —dijo Henry, algo sorprendido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000570">—¡Oh! No, solo me refiero a lo que he leído. Siempre me hace pensar en el país por el que viajaron Emily y su padre en Los misterios de Udolfo. Pero supongo que usted no lee novelas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000571">—¿Por qué no?</p>
          <p xml:id="spa-p-000572">—Porque no son suficientemente refinadas para usted..., los caballeros leen libros mejores.</p>
          <p xml:id="spa-p-000573">—La persona, sea caballero o dama, que no encuentre placer en una buena novela tiene que ser de una estupidez insoportable. He leído todas las obras de Mrs. Radcliffe, y la mayoría con gran placer. Los misterios de Udolfo, una vez que empecé, no pude dejarlo; recuerdo haberlo terminado en dos días..., con el pelo de punta todo el tiempo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000574">—Sí —añadió la señorita Tilney—, y recuerdo que te comprometiste a leerlo en voz alta para mí, y que cuando me llamaron solo cinco minutos para responder a una nota, en lugar de esperarme cogiste el volumen y te lo llevaste al paseo de la Ermita, y yo me vi obligada a esperar hasta que lo terminaste.</p>
          <p xml:id="spa-p-000575">—Gracias, Eleanor..., un testimonio de lo más honroso. Ve usted, señorita Morland, la injusticia de sus sospechas. Ahí estaba yo, en mi afán de avanzar, negándome a esperar solo cinco minutos a mi hermana, faltando a la promesa de leérselo en voz alta y dejándola en suspenso en el momento más interesante, al escaparme con el volumen, que, como debe observar usted, era de su propiedad, de su exclusiva propiedad. Me enorgullezco al recordarlo, y creo que debe granjearme su buena opinión.</p>
          <p xml:id="spa-p-000576">—Me alegra mucho saberlo, y ahora nunca me avergonzaré de que me guste Udolfo. Pero en verdad creía antes que los jóvenes despreciaban enormemente las novelas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000577">—Es asombroso; podría suscitar bien asombro si lo hacen..., pues leen casi tantas como las mujeres. Yo mismo he leído cientos y cientos. No imagine que puede competir conmigo en el conocimiento de Julias y Luisas. Si entramos en particulares y nos enredamos en la interminable pregunta de «¿Ha leído usted esto?» y «¿Ha leído usted aquello?», pronto la dejaré tan atrás como..., ¿qué diré?..., necesito un símil apropiado..., como la propia Emily dejó al pobre Valancourt cuando se fue con su tía a Italia. Considere cuántos años llevo yo de ventaja. Yo había entrado ya en mis estudios en Oxford cuando usted era una niña buena haciendo su labor en casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000578">—No muy buena, me temo. Pero ahora en serio, ¿no cree usted que Udolfo es el libro más delicioso del mundo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000579">—El más delicioso..., que supongo que quiere usted decir el más esmerado. Eso debe depender de la encuadernación.</p>
          <p xml:id="spa-p-000580">—Henry —dijo la señorita Tilney—, eres muy impertinente. Señorita Morland, la trata usted exactamente como trata a su hermana. Siempre me está poniendo defectos, por algún error de lenguaje, y ahora se toma la misma libertad con usted. La palabra delicioso, tal como la usó usted, no le satisfizo; y será mejor que la cambie cuanto antes, o nos abrumarán con Johnson y Blair durante el resto del camino.</p>
          <p xml:id="spa-p-000581">—Estoy segura —exclamó Catherine— de que no quería decir nada incorrecto; pero es un libro delicioso, ¿y por qué no puedo llamarlo así?</p>
          <p xml:id="spa-p-000582">—Muy cierto —dijo Henry—, y este es un día muy delicioso, y estamos dando un paseo muy delicioso, y ustedes son dos señoritas muy deliciosas. ¡Oh! es una palabra muy deliciosa en verdad. Sirve para todo. Originalmente quizás se aplicaba solo para expresar pulcritud, propiedad, delicadeza o refinamiento...; la gente era exquisita en su vestir, en sus sentimientos o en sus elecciones. Pero ahora todo elogio sobre todo tema está comprendido en esa única palabra.</p>
          <p xml:id="spa-p-000583">—Mientras que, de hecho —exclamó su hermana—, solo debería aplicarse a usted, sin ningún elogio en absoluto. Usted es más delicado que sensato. Vamos, señorita Morland, dejémosle meditar sobre nuestras faltas con la mayor propiedad de dicción, mientras nosotras elogiamos Udolfo en los términos que más nos gusten. Es una obra de lo más interesante. ¿Es aficionada usted a ese tipo de lecturas?</p>
          <p xml:id="spa-p-000584">—A decir verdad, no me gusta mucho ningún otro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000585">—¿De veras?</p>
          <p xml:id="spa-p-000586">—Es decir, puedo leer poesía y obras de teatro, y cosas por el estilo, y no me disgustan los libros de viajes. Pero la historia, la historia solemne de verdad, no consigo interesarme. ¿Puede usted?</p>
          <p xml:id="spa-p-000587">—Sí, me gusta la historia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000588">—Ojalá me gustara a mí también. La leo un poco como obligación, pero no me dice nada que no me irrite o me aburra. Las querellas de papas y reyes, con guerras o pestes en cada página; los hombres todos tan despreciables, y apenas ninguna mujer..., es muy tedioso; y sin embargo a menudo me parece curioso que sea tan aburrido, pues gran parte de ello tiene que ser invención. Los discursos que se ponen en boca de los héroes, sus pensamientos y designios..., lo principal de todo eso tiene que ser invención, y la invención es lo que me deleita en otros libros.</p>
          <p xml:id="spa-p-000589">—Los historiadores, según usted —dijo la señorita Tilney—, no tienen acierto en sus vuelos de fantasía. Exhiben imaginación sin suscitar interés. A mí me gusta la historia..., y estoy muy contenta de tomar lo falso con lo verdadero. En los hechos principales tienen fuentes de información en historias y registros anteriores, en los que se puede confiar tanto, supongo, como en cualquier cosa que no pase directamente ante los propios ojos; y en cuanto a los pequeños adornos de que habla usted, son adornos, y me gustan como tales. Si un discurso está bien redactado, lo leo con placer, quienquiera que lo haya compuesto..., y probablemente con mucho mayor, si es producción del señor Hume o del señor Robertson, que si fueran las palabras auténticas de Carataco, Agrícola o Alfredo el Grande.</p>
          <p xml:id="spa-p-000590">—¡Le gusta la historia! Y también le gusta al señor Allen y a mi padre; y tengo dos hermanos a quienes tampoco les disgusta. ¡Tantos ejemplos en mi pequeño círculo de amistades es notable! A este paso, ya no compadezco más a los escritores de historia. Si a la gente le gusta leer sus libros, bien está; pero ponerse a tanto trabajo llenando gruesos volúmenes que, según yo pensaba, nadie querría mirar voluntariamente, trabajar solo para el tormento de los niños y las niñas, siempre me ha parecido un destino muy duro; y aunque sé que todo está muy bien y es muy necesario, muchas veces me he preguntado qué valor tendría la persona que pudiera sentarse expresamente a hacerlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000591">—Que los niños y las niñas han de ser atormentados —dijo Henry— es algo que nadie mínimamente familiarizado con la naturaleza humana en un estado civilizado puede negar; pero en nombre de nuestros historiadores más distinguidos, debo observar que bien podrían sentirse ofendidos si se suponía que no tenían ningún objetivo más elevado, y que por su método y su estilo están perfectamente capacitados para atormentar a lectores de la razón más avanzada y la edad más madura. Empleo el verbo «atormentar», como observé que era el método de usted, en lugar de «instruir», suponiendo que se admiten ahora como sinónimos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000592">—Usted cree que soy tonta al llamar instrucción un tormento, pero si usted hubiera estado tan acostumbrado como yo a oír a los pobres niños aprendiendo primero las letras y luego a deletrear, si hubiera visto alguna vez lo torpes que pueden ser durante toda una mañana, y lo agotada que está mi pobre madre al final, como tengo la costumbre de ver casi todos los días de mi vida en casa, reconocería usted que atormentar e instruir pueden usarse a veces como palabras sinónimas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000593">—Muy probablemente. Pero los historiadores no son responsables de la dificultad de aprender a leer; e incluso usted misma, que no parece en general especialmente aficionada a la aplicación muy severa y muy intensa, quizás pueda ser llevada a reconocer que bien vale la pena ser atormentada dos o tres años de la propia vida, con tal de poder leer todo el resto de ella. Piense: si no se hubiera enseñado a leer, Mrs. Radcliffe habría escrito en vano..., o quizás no habría escrito en absoluto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000594">Catherine estuvo de acuerdo..., y un muy cálido panegírico de su parte sobre los méritos de esa señora cerró el tema. Los Tilney se enfrascaron pronto en otro sobre el que ella no tenía nada que decir. Contemplaban el campo con los ojos de personas acostumbradas al dibujo, y decidían sobre su capacidad de ser transformado en cuadros con toda la entusiasmo del gusto genuino. Aquí Catherine se perdió del todo. No sabía nada de dibujo..., nada de gusto; y los escuchó con una atención que le reportó escaso provecho, pues hablaban en expresiones que apenas le transmitían ninguna idea. Lo poco que llegó a entender, sin embargo, parecía contradecir las muy pocas nociones que había tenido sobre la materia hasta entonces. Parecía como si una buena vista ya no pudiera tomarse desde lo alto de una colina elevada, y como si un cielo azul y despejado ya no fuera prueba de un día hermoso. Le daba mucha vergüenza su ignorancia. Una vergüenza fuera de lugar. Cuando las personas quieren agradar, deben ser siempre ignorantes. Presentarse con una mente bien informada es presentarse con una incapacidad de administrar la vanidad ajena, cosa que toda persona sensata desearía siempre evitar. Una mujer en particular, si tiene la desgracia de saber algo, debe ocultarlo lo mejor que pueda.</p>
          <p xml:id="spa-p-000595">Las ventajas de la natural simpleza en una chica bonita ya han sido expuestas por la pluma preclara de una autora hermana; y a su tratamiento del tema solo añadiré, en justicia a los hombres, que aunque para la parte más grande y más frívola del sexo la imbecilidad en las mujeres es una gran mejora de sus encantos personales, hay una porción de ellos lo bastante razonables y lo bastante bien informados como para no desear en la mujer más que ignorancia. Pero Catherine no conocía sus propias ventajas..., no sabía que una chica de buen aspecto, con corazón afectuoso y mente muy ignorante, no puede dejar de atraer a un joven inteligente, salvo que las circunstancias sean particularmente adversas. En el presente caso, confesó y lamentó su falta de conocimientos, declaró que daría cualquier cosa en el mundo por saber dibujar; y siguió de inmediato una conferencia sobre lo pintoresco, en la que sus instrucciones fueron tan claras que pronto empezó a ver belleza en todo lo que él admiraba, y su atención fue tan sincera que él quedó perfectamente convencido de que tenía mucho gusto natural. Habló de primeros planos, distancias y segundas distancias..., pantallas laterales y perspectivas..., luces y sombras; y Catherine fue tan esperanzadora alumna que al llegar a lo alto de Beechen Cliff rechazó voluntariamente toda la ciudad de Bath por indigna de formar parte de un paisaje. Encantado con sus progresos y temeroso de abrumarla con demasiada sabiduría a la vez, Henry dejó declinar el tema, y por una fácil transición desde un fragmento rocoso y el roble seco que había situado cerca de su cima, a los robles en general, a los bosques, a su cercamiento, a los terrenos baldíos, a los terrenos de la Corona y al gobierno, se encontró en breve llegando a la política; y de la política, era un paso fácil hasta el silencio. La pausa general que sucedió a su breve disertación sobre el estado de la nación fue interrumpida por Catherine, quien, en un tono de voz bastante solemne, pronunció estas palabras: «He oído que algo muy espeluznante en verdad saldrá pronto en Londres».</p>
          <p xml:id="spa-p-000596">La señorita Tilney, a quien iba dirigido principalmente, se sobresaltó y respondió vivamente: «¿De veras? ¿Y de qué naturaleza?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000597">—Eso no lo sé, ni quién es el autor. Solo he oído que va a ser más horrible que todo lo que hemos encontrado hasta ahora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000598">—¡Dios mío! ¿Dónde ha podido oír semejante cosa?</p>
          <p xml:id="spa-p-000599">—Una amiga íntima mía recibió noticias de ello en una carta de Londres ayer. Va a ser espantoso de una manera poco corriente. Espero asesinatos y todo lo que se le ocurra.</p>
          <p xml:id="spa-p-000600">—¡Habla usted con una serenidad asombrosa! Pero espero que los informes de su amiga hayan sido exagerados; y si se conoce de antemano semejante plan, el gobierno adoptará sin duda las medidas oportunas para impedir que llegue a efecto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000601">—El gobierno —dijo Henry, esforzándose en no sonreír— ni desea ni se atreve a intervenir en tales asuntos. Ha de haber asesinatos; y al gobierno le trae sin cuidado cuántos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000602">Las damas se quedaron boquiabiertas. Él se rió, y añadió: «Vamos, ¿me permiten que las haga entenderse mutuamente, o las dejo que descifren la explicación como puedan? No..., seré noble. Demostraré que soy un hombre, no menos por la generosidad de mi alma que por la claridad de mi cabeza. No tengo paciencia con los de mi sexo que desdeñan rebajarse a veces a la comprensión del suyo. Quizás las capacidades de las mujeres no son ni sólidas ni agudas..., ni vigorosas ni penetrantes. Quizás les faltan observación, discernimiento, juicio, viveza, genio e ingenio».</p>
          <p xml:id="spa-p-000603">—Señorita Morland, no haga caso de lo que dice; pero tenga la bondad de satisfacerme en cuanto a este espantoso motín.</p>
          <p xml:id="spa-p-000604">—¿Motín? ¿Qué motín?</p>
          <p xml:id="spa-p-000605">—Querida Eleanor, el motín solo existe en tu propia mente. La confusión allí es escandalosa. La señorita Morland no ha estado hablando de nada más espantoso que una nueva publicación que saldrá en breve, en tres volúmenes en doceavo, doscientas setenta y seis páginas cada uno, con un frontispicio en el primero de dos lápidas y un farol..., ¿comprenden? Y usted, señorita Morland..., mi torpe hermana ha malinterpretado todas sus expresiones más claras. Usted hablaba de horrores esperados en Londres..., y en lugar de concebir de inmediato, como haría cualquier ser racional, que semejantes palabras solo podían referirse a una biblioteca circulante, se imaginó al instante una turba de tres mil hombres reuniéndose en los campos de St. George, el Banco atacado, la Torre amenazada, las calles de Londres corriendo sangre, un destacamento de los Dragones Ligeros del Duodécimo (la esperanza de la nación) llamado desde Northampton para sofocar a los insurrectos, y el gallardo capitán Frederick Tilney, en el momento de cargar al frente de su tropa, derribado del caballo por un ladrillo lanzado desde una ventana superior. Perdónale su torpeza. Los temores de la hermana han añadido a la debilidad de la mujer; pero en modo alguno es una simplona en general».</p>
          <p xml:id="spa-p-000606">Catherine puso cara seria.</p>
          <p xml:id="spa-p-000607">—Y ahora, Henry —dijo la señorita Tilney—, que nos has hecho entendernos, bien puedes hacerle entender a la señorita Morland tu postura..., a no ser que quieras que te tenga por intolerablemente grosero con tu hermana y por un gran bruto en tu opinión de las mujeres en general. La señorita Morland no está acostumbrada a tus maneras tan particulares.</p>
          <p xml:id="spa-p-000608">—Estaré encantadísimo de hacerla mejor conocedora de ellas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000609">—Sin duda; pero eso no es ninguna explicación del momento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000610">—¿Qué he de hacer?</p>
          <p xml:id="spa-p-000611">—Ya sabes lo que debes hacer. Rehabilita tu carácter ante ella de forma cabal. Dile que tienes en muy alta estima el entendimiento de las mujeres.</p>
          <p xml:id="spa-p-000612">—Señorita Morland, tengo en muy alta estima el entendimiento de todas las mujeres del mundo..., especialmente el de aquellas..., quienquiera que sean..., con quienes me encuentro casualmente en compañía.</p>
          <p xml:id="spa-p-000613">—Eso no es suficiente. Sé más serio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000614">—Señorita Morland, nadie puede tener en más alta estima el entendimiento de las mujeres que yo. En mi opinión, la naturaleza les ha dado tanto que nunca se ven en la necesidad de usar más que la mitad.</p>
          <p xml:id="spa-p-000615">—No sacaremos nada más serio de él ahora, señorita Morland. No está de humor formal. Pero le aseguro que tiene que estar completamente malinterpretado si en algún momento puede parecer que dice algo injusto sobre ninguna mujer, ni nada poco amable sobre mí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000616">No le costó ningún esfuerzo a Catherine creer que Henry Tilney nunca podía equivocarse. Sus modales podían sorprenderla a veces, pero su intención tenía que ser siempre justa; y lo que no entendía, estaba casi tan dispuesta a admirarlo como lo que sí entendía. Todo el paseo fue delicioso, y aunque concluyó demasiado pronto, su conclusión también fue deliciosa; sus amigos la acompañaron hasta la casa, y la señorita Tilney, antes de despedirse, dirigiéndose con la forma respetuosa adecuada tanto a Mrs. Allen como a Catherine, pidió el placer de su compañía a cenar pasado mañana. No hubo ninguna dificultad por parte de Mrs. Allen, y la única dificultad de Catherine fue en disimular el exceso de su placer.</p>
          <p xml:id="spa-p-000617">La mañana había transcurrido de manera tan encantadora que había borrado toda su amistad y afecto natural, pues ningún pensamiento de Isabella o James cruzó su mente durante el paseo. Cuando los Tilney se marcharon, volvió a ser amable, pero fue amable durante algún tiempo sin gran efecto; Mrs. Allen no tenía nada que contarle que pudiera aliviar su inquietud; no había oído nada de ninguno de ellos. Hacia el final de la mañana, sin embargo, Catherine, necesitando comprar de manera indispensable cierta vara de cinta que no podía esperar ni un momento, salió a la ciudad, y en Bond Street se encontró con la segunda señorita Thorpe, que holgazaneaba hacia los edificios Edgar entre dos de las chicas más encantadoras del mundo, que habían sido sus queridas amigas durante toda la mañana. Por ella supo pronto que la excursión a Clifton había tenido lugar. «Salieron a las ocho de la mañana», dijo la señorita Anne, «y estoy segura de que no les envidio el paseo. Creo que tú y yo hemos salido bien libradas de no estar metidas en ese lío. Tiene que ser lo más aburrido del mundo, pues no hay un alma en Clifton en esta época del año. Belle fue con tu hermano, y John llevó a Maria».</p>
          <p xml:id="spa-p-000618">Catherine expresó el placer que sentía de verdad al enterarse de esta parte del arreglo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000619">—¡Oh! Sí —repuso la otra—, Maria ha ido. Estaba loca por ir. Creía que sería algo muy especial. No puedo decir que admire su gusto; y por mi parte, me determiné desde el primer momento a no ir, aunque me presionaran todo lo que quisieran.</p>
          <p xml:id="spa-p-000620">Catherine, algo dubitativa de esto, no pudo evitar responder: «Ojalá hubieras podido ir tú también. Es una pena que no hubierais podido ir todos».</p>
          <p xml:id="spa-p-000621">—Gracias; pero es algo que me da absolutamente igual. En verdad que no habría ido por nada del mundo. Eso es lo que les estaba diciendo a Emily y a Sophia cuando nos alcanzaste.</p>
          <p xml:id="spa-p-000622">Catherine seguía sin convencerse; pero contenta de que Anne tuviera la amistad de una Emily y una Sophia que la consolaran, se despidió de ella sin gran preocupación, y volvió a casa, satisfecha de que la excursión no hubiera sido impedida por su negativa a unirse a ella, y deseando de corazón que hubiera resultado demasiado agradable para que ni James ni Isabella siguieran resentidos con su resistencia.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="15" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-015">
          <head>XV</head>
          <p xml:id="spa-p-000623">A primera hora del día siguiente, una nota de Isabella, que respiraba paz y ternura en cada línea y rogaba la presencia inmediata de su amiga en un asunto de la mayor importancia, hizo correr a Catherine, en el más feliz estado de confianza y curiosidad, a los edificios Edgar. Las dos señoritas Thorpe más jóvenes estaban solas en el saloncillo; y al salir Anne a llamar a su hermana, Catherine aprovechó la oportunidad para preguntarle a la otra algunos detalles de la excursión del día anterior.</p>
          <p xml:id="spa-p-000624">Maria no deseaba mayor placer que hablar de ello; y Catherine supo de inmediato que había sido en conjunto el plan más delicioso del mundo, que nadie podía imaginar lo encantador que había sido, y que había sido más delicioso de lo que nadie pudiera concebir. Tal fue la información de los primeros cinco minutos; el segundo develó así los detalles: que habían ido directamente al Hotel de York, habían comido sopa y pedido una cena temprana, habían bajado a la Sala de las Bombas, probado el agua, y comprado bolsas y piedras de recuerdo por unos chelines; de allí se habían trasladado a comer helado en una pastelería, y volviendo corriendo al hotel, se habían tragado la cena de prisa para no quedarse a oscuras; y luego habían tenido un delicioso viaje de vuelta, solo que la luna no había salido, había llovido un poco, y el caballo de Mr. Morland estaba tan cansado que apenas podía hacerlo avanzar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000625">Catherine escuchó con íntima satisfacción. Parecía que el castillo de Blaise nunca había sido tenido en cuenta; y en cuanto al resto, no había nada que lamentar ni por un instante. El relato de Maria concluyó con una tierna efusión de lástima por su hermana Anne, a quien representaba como insoportablemente malhumorada por haber sido excluida de la excursión.</p>
          <p xml:id="spa-p-000626">—Nunca me lo perdonará, estoy segura; pero ya sabes, ¿qué podía hacer yo? John insistió en que fuera, porque juró que no la llevaría a ella, ya que tenía los tobillos tan gordos. Estoy segura de que no estará de buen humor en todo el mes; pero estoy decidida a no ponerme de mal humor; no es una pequeñez lo que me saca de mis casillas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000627">Isabella entró entonces en la habitación con paso tan vivo y un aspecto de tal feliz importancia que absorbió toda la atención de su amiga. Maria fue despachada sin ceremonia, e Isabella, abrazando a Catherine, empezó así: «Sí, querida Catherine, es así en efecto; tu perspicacia no te ha engañado. ¡Oh, ese ojo tan perspicaz que tienes! Ve a través de todo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000628">Catherine respondió solo con una mirada de asombrada ignorancia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000629">—No, adorada y dulcísima amiga —continuó la otra—, tranquilízate. Estoy tremendamente agitada, como ves. Sentémonos y hablemos cómodamente. Bueno, ¿y lo adivinaste en cuanto recibiste mi nota? ¡Criatura astuta! ¡Oh! Querida Catherine, solo tú, que conoces mi corazón, puedes juzgar de mi felicidad presente. Tu hermano es el más encantador de los hombres. Solo desearía ser más digna de él. ¿Pero qué dirán tu excelente padre y tu madre? ¡Ay, Dios mío! Cuando pienso en ellos, ¡me agito tanto!</p>
          <p xml:id="spa-p-000630">El entendimiento de Catherine empezó a despertar: una idea de la verdad le cruzó de pronto la mente; y, con el natural rubor de una emoción tan nueva, exclamó: «¡Santo cielo! Querida Isabella, ¿qué quieres decir? ¿Puedes..., puedes estar de verdad enamorada de James?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000631">Esta atrevida suposición, sin embargo, pronto supo que comprendía solo la mitad de los hechos. El afecto ansioso que se le acusaba de haber observado continuamente en cada mirada y acción de Isabella había recibido, en el transcurso de la excursión del día anterior, la deliciosa confesión de un amor igual. Su corazón y su palabra estaban comprometidos igualmente con James. Nunca había escuchado Catherine algo tan lleno de interés, asombro y alegría. ¡Su hermano y su amiga comprometidos! Nueva en tales circunstancias, la importancia del asunto le pareció de una grandeza indecible, y lo contempló como uno de esos grandes eventos cuyo parecido apenas puede deparar el curso ordinario de la vida. La fuerza de sus sentimientos no podía expresarla; su naturaleza, sin embargo, contentó a su amiga. La felicidad de tener semejante cuñada fue su primera efusión, y las dos bellas damas se mezclaron en abrazos y lágrimas de alegría.</p>
          <p xml:id="spa-p-000632">Por muy sinceramente que se deleitara Catherine en la perspectiva del enlace, hay que reconocer que Isabella la superaba con mucho en tiernas anticipaciones.</p>
          <p xml:id="spa-p-000633">—Serás infinitamente más querida para mí, Catherine mía, que Anne o Maria: siento que estaré mucho más unida a la familia de mi querido Morland que a la mía propia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000634">Esto superaba la amistad de Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000635">—Te pareces tanto a tu querido hermano —continuó Isabella— que me enamoré de ti desde el primer momento en que te vi. Pero así soy siempre yo; el primer momento lo decide todo. El mismísimo primer día que Morland vino a vernos la pasada Navidad..., el mismísimo momento en que lo vi..., mi corazón estaba irremediablemente perdido. Recuerdo que llevaba mi vestido amarillo con el pelo trenzado; y cuando entré en el salón y John me lo presentó, pensé que nunca había visto a nadie tan apuesto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000636">Aquí Catherine reconoció en secreto el poder del amor; pues aunque quería muchísimo a su hermano y era parcial a todas sus dotes, en su vida le había parecido apuesto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000637">—Recuerdo también que la señorita Andrews tomó el té con nosotros aquella tarde, y llevaba su crespón color berenjena; y estaba tan celestial que pensé que tu hermano tenía que enamorarse de ella sin remedio; no pegué ojo en toda la noche pensando en ello. ¡Oh! Catherine, ¡cuántas noches sin dormir he pasado por culpa de tu hermano! ¡No quisiera que sufrieras la mitad de lo que yo he sufrido! Me he quedado terriblemente delgada, lo sé; pero no quiero afligirte describiendo mi ansiedad; ya has visto suficiente de ella. Siento que me he traicionado continuamente..., tan poco guardada al hablar de mi predilección por la iglesia. Pero siempre estuve segura de que mi secreto estaría a salvo contigo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000638">Catherine comprendió que nada podía haber estado más a salvo; pero avergonzada de una ignorancia tan poco esperada, ya no se atrevió a discutir el punto, ni a negarse a haber estado tan llena de sagaz perspicacia y afectuosa simpatía como Isabella quería considerarla. Su hermano, supo, se estaba preparando para salir con toda la premura posible hacia Fullerton, a dar a conocer su situación y pedir consentimiento; y aquí había una fuente de cierta auténtica agitación para el ánimo de Isabella. Catherine intentó persuadirla, tal como ella misma estaba persuadida, de que su padre y su madre nunca se opondrían a los deseos de su hijo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000639">—Es imposible —dijo— que unos padres sean más bondadosos o deseen más la felicidad de sus hijos; no tengo ninguna duda de que consentirán de inmediato.</p>
          <p xml:id="spa-p-000640">—Morland dice exactamente lo mismo —respondió Isabella—; y sin embargo no me atrevo a esperarlo; mi fortuna será tan pequeña; nunca podrán consentirlo. ¡Tu hermano, que podría casarse con quien quisiera!</p>
          <p xml:id="spa-p-000641">Aquí Catherine volvió a reconocer la fuerza del amor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000642">—En verdad, Isabella, eres demasiado humilde. La diferencia de fortuna no puede significar nada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000643">—¡Oh! Queridísima Catherine, en tu corazón generoso sé que no significaría nada; pero no podemos esperar semejante desinterés en muchos. Por mi parte, estoy segura de que lo único que deseo es que nuestra situación estuviera invertida. Si tuviera el mando de millones, si fuera dueña del mundo entero, tu hermano sería mi única elección.</p>
          <p xml:id="spa-p-000644">Este encantador sentimiento, recomendado tanto por su sensatez como por su novedad, le recordó a Catherine de la manera más placentera a todas las heroínas de su conocimiento; y pensó que su amiga nunca había parecido más adorable que al expresar tan sublime idea.</p>
          <p xml:id="spa-p-000645">—Estoy segura de que consentirán —fue su frecuente declaración—; estoy segura de que se encantarán con usted.</p>
          <p xml:id="spa-p-000646">—Por mi parte —dijo Isabella—, mis deseos son tan modestos que los ingresos más pequeños del mundo serían suficientes para mí. Donde la gente está verdaderamente unida, la propia pobreza es riqueza; la grandeza la detesto: no me instalaría en Londres por nada del mundo. Una casita en algún pueblo apartado sería el paraíso. Hay algunos villines encantadores cerca de Richmond.</p>
          <p xml:id="spa-p-000647">—¡Richmond! —exclamó Catherine—. Tienes que instalarte cerca de Fullerton. Tienes que estar cerca de nosotros.</p>
          <p xml:id="spa-p-000648">—Estoy segura de que seré desgraciada si no lo hacemos. Con tal de estar cerca de ti, estaré satisfecha. ¡Pero esto es hablar de fantasías! No me permitiré pensar en tales cosas hasta que tengamos la respuesta de tu padre. Morland dice que enviándola esta noche a Salisbury podemos tenerla mañana. ¡Mañana! Sé que nunca tendré valor para abrir la carta. Sé que será mi muerte.</p>
          <p xml:id="spa-p-000649">Un ensimismamiento siguió a esta convicción..., y cuando Isabella habló de nuevo, fue para decidir sobre la calidad de su vestido de novia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000650">Su conferencia fue interrumpida por el propio ansioso joven enamorado, que vino a exhalar su suspiro de despedida antes de partir hacia Wiltshire. Catherine quería felicitarle, pero no sabía qué decir, y su elocuencia solo estaba en sus ojos. De ellos, sin embargo, brillaban las ocho partes del discurso de la manera más expresiva, y James supo combinarlas con facilidad. Impaciente por la realización de todo lo que esperaba en casa, sus adioses no fueron largos; y habrían sido aún más cortos de no haberle detenido con frecuencia los urgentes ruegos de su bella amada para que se fuera. Dos veces fue llamado casi desde la puerta por el afán de ella de que se marchara.</p>
          <p xml:id="spa-p-000651">—En verdad, Morland, tengo que echarte. Piensa en lo lejos que tienes que cabalgar. No puedo soportar verte rezagarte así. Por el amor de Dios, no pierdas más tiempo. Vamos, vete, vete..., insisto en ello.</p>
          <p xml:id="spa-p-000652">Las dos amigas, con los corazones ahora más unidos que nunca, fueron inseparables durante todo el día; y en proyectos de felicidad fraternal las horas volaron. Mrs. Thorpe y su hijo, que estaban al tanto de todo y que solo parecían esperar el consentimiento de Mr. Morland para considerar el compromiso de Isabella la circunstancia más afortunada imaginable para su familia, tuvieron permiso para unirse a sus deliberaciones y añadir su cuota de miradas significativas y expresiones misteriosas para colmar la medida de curiosidad que debía suscitarse en las hermanas menores no privilegiadas. A los sencillos sentimientos de Catherine, esta extraña especie de reserva le parecía ni amablemente intencionada ni consistentemente mantenida; y su falta de amabilidad habría estado poco lejos de señalarla, de no ser que su inconsistencia les favorecía; pero Anne y Maria pronto le tranquilizaron el corazón con la sagacidad de sus «ya sé yo qué»; y la velada se pasó en una especie de guerra de ingenio, un despliegue de astucia familiar, de un lado en el misterio de un secreto afectado, del otro en un descubrimiento indefinido, todos igualmente perspicaces.</p>
          <p xml:id="spa-p-000653">Catherine estuvo con su amiga de nuevo al día siguiente, esforzándose en mantener su ánimo y hacer pasar las muchas tediosas horas que faltaban para la llegada de las cartas; un esfuerzo necesario, pues a medida que se acercaba el momento de la expectativa razonable, Isabella se fue desanimando más y más, y antes de que llegara la carta se había sumido en un estado de auténtica angustia. Pero cuando llegó, ¿dónde podía encontrarse ya la angustia? «He conseguido sin dificultad el consentimiento de mis bondadosos padres, y me han prometido que harán cuanto esté en su poder para favorecer mi felicidad», fueron las primeras tres líneas, y en un momento todo fue seguridad jubilosa. El más radiante resplandor se extendió de inmediato por los rasgos de Isabella, toda preocupación y ansiedad parecieron disiparse, su ánimo se volvió casi demasiado alto para controlarlo, y se llamó a sí misma sin empacho la más feliz de los mortales.</p>
          <p xml:id="spa-p-000654">Mrs. Thorpe, con lágrimas de alegría, abrazó a su hija, a su hijo, a su visita, y habría abrazado a la mitad de los habitantes de Bath con satisfacción. Su corazón rebosaba de ternura. Era «querido John» y «querida Catherine» en cada frase; «querida Anne y querida Maria» debían participar de inmediato de su felicidad; y dos «queridas» a la vez antes del nombre de Isabella no eran más de lo que esa amada hija había ganado ya con creces. El propio John no era ningún rezagado en la alegría. No solo colmó a Mr. Morland del gran elogio de ser uno de los mejores tipos del mundo, sino que pronunció varias frases en su alabanza con enérgicas muestras de entusiasmo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000655">La carta de la que brotaba toda esta felicidad era breve y contenía poco más que esta garantía de éxito; y cada pormenor quedó aplazado hasta que James pudiera volver a escribir. Pero para los pormenores Isabella podía esperar de sobras. Lo esencial estaba comprendido en la promesa de Mr. Morland; su honor quedaba comprometido a facilitarlo todo; y los medios por los que habían de formarse sus ingresos, si habían de cederse propiedades o traspasarse fondos, era asunto del que su espíritu desinteresado no se ocupaba. Sabía suficiente para sentirse segura de un establecimiento honorable y pronto, y su imaginación emprendió un rápido vuelo sobre las felicidades que lo acompañarían. Se veía a sí misma, al cabo de pocas semanas, siendo objeto de miradas y admiración de cada nuevo conocido en Fullerton, la envidia de cada querida amiga antigua en Putney, con un carruaje a su disposición, un nombre nuevo en sus tarjetas, y una brillante exhibición de alianzas en el dedo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000656">Una vez conocido el contenido de la carta, John Thorpe, que solo había esperado su llegada para comenzar su viaje a Londres, se preparó para salir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000657">—Pues bien, señorita Morland —dijo al encontrarla sola en el saloncillo—, vengo a despedirme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000658">Catherine le deseó buen viaje. Sin aparentar oírla, fue hacia la ventana, estuvo inquieto, tarareó una canción y pareció del todo absorto en sí mismo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000659">—¿No llegará tarde a Devizes? —dijo Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000660">No respondió; pero tras un minuto de silencio exclamó: «¡Por Júpiter, este asunto del matrimonio es una cosa estupenda! Una idea muy lista la de Morland y Belle. ¿Qué le parece a usted, señorita Morland? Yo digo que no es mala idea».</p>
          <p xml:id="spa-p-000661">—Estoy segura de que me parece muy buena.</p>
          <p xml:id="spa-p-000662">—¿De veras? ¡Es honrado, por Dios! Me alegra que no sea usted enemiga del matrimonio. ¿Conoce el viejo refrán "Una boda lleva a otra"? Digo que vendrá usted a la boda de Belle, espero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000663">—Sí; le he prometido a su hermana estar con ella, si es posible.</p>
          <p xml:id="spa-p-000664">—Y entonces, ya sabe —retorciéndose y forzando una risa tonta—, digo, entonces sabe, podemos poner a prueba la verdad de ese mismo viejo refrán.</p>
          <p xml:id="spa-p-000665">—¿Podemos? Pero yo no canto. Pues bien, le deseo buen viaje. Hoy ceno con la señorita Tilney y tengo que ir a casa ahora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000666">—No, pero no hay tanta prisa maldita. ¿Quién sabe cuándo volveremos a estar juntos? No es que no vaya a bajar de nuevo a finales de quince días, y quince días diabolicamente largos me parecerán.</p>
          <p xml:id="spa-p-000667">—¿Y entonces por qué se queda tanto tiempo fuera? —respondió Catherine..., al comprobar que esperaba una respuesta.</p>
          <p xml:id="spa-p-000668">—Eso es amable, de todas formas..., amable y buena persona. No lo olvidaré en mucho tiempo. Pero tiene usted más buena persona y todo eso que nadie en el mundo, me parece. Una cantidad monstruosa de buena persona, y no solo buena persona, sino que tiene usted tanto, tanto de todo; y luego tiene usted tanto..., por mi alma que no conozco a nadie como usted.</p>
          <p xml:id="spa-p-000669">—¡Oh! Vaya, hay muchísima gente como yo, me parece, solo que mucho mejor. Buenos días.</p>
          <p xml:id="spa-p-000670">—Pero digo, señorita Morland, iré a presentar mis respetos a Fullerton antes de mucho, si no es inconveniente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000671">—Por favor, hágalo. Mi padre y mi madre se alegrarán mucho de verle.</p>
          <p xml:id="spa-p-000672">—Y espero..., espero, señorita Morland, que no le pese a usted verme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000673">—¡Oh! Vaya, en absoluto. Hay muy pocas personas cuya visita me pesa. La compañía siempre es alegre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000674">—Ese es exactamente mi modo de pensar. Dame un poco de compañía alegre, déjame tener solo la compañía de las personas a quienes quiero, déjame estar solo donde me gusta y con quien me gusta, y que el diablo se lleve lo demás, digo yo. Y me alegra mucho oírle decir lo mismo. Pero tengo la idea, señorita Morland, de que usted y yo pensamos muy parecido sobre la mayoría de las cosas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000675">—Quizás; pero es más de lo que yo nunca haya pensado. Y en cuanto a la mayoría de las cosas, a decir verdad, no son muchas en las que conozca mi propia opinión.</p>
          <p xml:id="spa-p-000676">—¡Por Júpiter, yo tampoco! No es mi estilo calentarme la cabeza con lo que no me concierne. Mi idea de las cosas es bien sencilla. Déjame tener solo la chica que me gusta, digo yo, con una casa cómoda encima, ¿y qué me importa todo lo demás? La fortuna no es nada. Estoy seguro de tener buenos ingresos propios; y si ella no tuviera ni un centavo, pues tanto mejor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000677">—Muy cierto. Pienso igual que usted en eso. Si hay una buena fortuna de un lado, no hace falta ninguna del otro. No importa quién la tenga, con tal de que haya suficiente. Detesto la idea de una gran fortuna que busque a otra. Y casarse por dinero me parece la cosa más perversa que existe. Buenos días. Nos alegraremos mucho de verle en Fullerton cuando le resulte conveniente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000678">Y se marchó. No estaba en el poder de toda su galantería retenerla más tiempo. Con tales noticias que comunicar y semejante visita que preparar, su partida no podía ser demorada por nada de lo que él pudiera aducir; y salió corriendo, dejándole a él con la entera conciencia de su propia afortunada habilidad conversadora y el explícito estímulo de ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000679">La agitación que ella misma había sentido al enterarse del compromiso de su hermano la hacía esperar suscitar una emoción considerable en Mr. y Mrs. Allen comunicándoles tan maravilloso evento. ¡Qué grande fue su decepción! El importante asunto, que muchas palabras preparatorias habían precedido, había sido previsto por los dos desde la llegada de su hermano; y todo lo que sintieron en la ocasión se resumía en un deseo de felicidad para los jóvenes, con un comentario, por parte del caballero, a favor de la belleza de Isabella, y por parte de la dama, de su gran suerte. Para Catherine era la insensibilidad más sorprendente. La revelación, sin embargo, del gran secreto de que James había ido a Fullerton el día anterior sí suscitó alguna emoción en Mrs. Allen. No podía escuchar eso con perfecta calma, sino que lamentó repetidamente la necesidad de mantenerlo en secreto, deseó haber podido conocer su intención, deseó haberle podido ver antes de que se fuera, ya que sin duda le habría molestado con sus más cordiales recuerdos para su padre y su madre y sus amables saludos para todos los Skinner.</p>
          <p xml:id="spa-p-000680">Traducido y editado por Elejandría.com</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="16" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-016">
          <head>XVI</head>
          <p xml:id="spa-p-000681">Las expectativas de placer de Catherine de su visita a Milsom Street eran tan altas que la decepción era inevitable; y en efecto, aunque fue recibida con la mayor cortesía por el general Tilney y con amable bienvenida por su hija, aunque Henry estaba en casa y no había nadie más en el grupo, comprobó, al volver, sin necesidad de pasar muchas horas examinando sus sentimientos, que había acudido a su cita dispuesta a una felicidad que esta no le había deparado. En lugar de encontrarse más familiarizada con la señorita Tilney gracias al trato del día, parecía apenas tan íntima con ella como antes; en lugar de ver a Henry Tilney más favorecido que nunca por la naturalidad de una reunión familiar, nunca había dicho tan poco ni había sido tan poco agradable; y, a pesar de las grandes cortesías de su padre hacia ella..., a pesar de sus agradecimientos, invitaciones y cumplidos..., había sido un alivio alejarse de él. Le resultaba difícil explicarse todo aquello. No podía ser culpa del general Tilney. Que era perfectamente agradable y bondadoso, y en conjunto un hombre muy encantador, no admitía duda, pues era alto y apuesto, y el padre de Henry. No podía ser responsable de la falta de animación de sus hijos, ni de la falta de disfrute de ella en su compañía. Lo primero esperaba por fin que hubiera podido ser accidental, y lo segundo solo podía atribuírselo a su propia torpeza. Isabella, al oír los pormenores de la visita, ofreció una explicación diferente: «¡Era todo orgullo, orgullo, insoportable arrogancia y orgullo! Hacía tiempo que sospechaba que la familia era muy encopetada, y esto lo confirmaba. Una insolencia de comportamiento como la de la señorita Tilney nunca la había oído en su vida. ¡No atender a su invitada con la urbanidad más elemental! ¡Tratarla con semejante altivez! ¡Apenas dirigirle la palabra!».</p>
          <p xml:id="spa-p-000682">—Pero no fue tan malo como eso, Isabella; no hubo ninguna altivez; fue muy cortés.</p>
          <p xml:id="spa-p-000683">—¡Oh! No la defiendas. Y luego el hermano, el que tanto parecía apegado a ti. ¡Dios mío! Pues bien, los sentimientos de ciertas personas son incomprensibles. ¿Y así que casi no te miró en todo el día?</p>
          <p xml:id="spa-p-000684">—No digo eso; pero parecía no estar de buen humor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000685">—¡Qué despreciable! De todas las cosas del mundo, la inconstancia es lo que más aborrezco. Te ruego que no vuelvas a pensar en él, querida Catherine; en verdad que no merece la pena.</p>
          <p xml:id="spa-p-000686">—¿Que no merece la pena? No supongo que piense nunca en mí.</p>
          <p xml:id="spa-p-000687">—Eso es exactamente lo que digo; nunca piensa en ti. ¡Qué veleidad! ¡Oh! Qué diferente a tu hermano y al mío. En verdad creo que John tiene el corazón más constante.</p>
          <p xml:id="spa-p-000688">—Pero en cuanto al general Tilney, te aseguro que sería imposible que nadie me tratara con mayor cortesía y atención; parecía su único afán entretenerme y hacerme feliz.</p>
          <p xml:id="spa-p-000689">—¡Oh! No le conozco ningún defecto; no le sospecho de orgullo. Creo que es un hombre muy distinguido. John le tiene en muy buena opinión, y el juicio de John...</p>
          <p xml:id="spa-p-000690">—Pues bien, ya veré cómo se comportan conmigo esta tarde; nos encontraremos con ellos en las salas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000691">—¿Y tengo que ir?</p>
          <p xml:id="spa-p-000692">—¿No tenías intención? Creía que estaba todo acordado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000693">—Pues ya que tanto empeño pones, no puedo negarte nada. Pero no insistas en que sea muy agradable, porque, ya sabes, mi corazón estará a unas cuarenta millas de aquí. Y en cuanto a bailar, ni lo menciones, te lo suplico; eso está completamente fuera de cuestión. Charles Hodges me va a perseguir hasta matarme, supongo; pero lo cortaré en seco. Diez contra uno que adivina la razón, y eso es exactamente lo que quiero evitar, así que insistiré en que se guarde sus conjeturas para sí mismo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000694">La opinión de Isabella sobre los Tilney no influyó en su amiga; estaba segura de que no había habido insolencia en los modales ni del hermano ni de la hermana; y no daba crédito a que hubiera orgullo en sus corazones. La velada recompensó su confianza; la una la encontró con la misma amabilidad, y el otro con la misma atención que hasta entonces: la señorita Tilney se esforzó en estar cerca de ella, y Henry la invitó a bailar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000695">Habiendo oído el día anterior en Milsom Street que su hermano mayor, el capitán Tilney, era esperado de un momento a otro, no le costó ningún esfuerzo poner nombre a un joven muy distinguido y apuesto a quien nunca había visto antes, y que evidentemente pertenecía ahora a su grupo. Lo miró con mucha admiración, e incluso llegó a suponer que quizás algunas personas lo encontraran más apuesto que su hermano, aunque a sus ojos su aire era más presuntuoso y su semblante menos atractivo. Su gusto y sus modales eran sin duda alguna decididamente inferiores; pues, dentro de su oído, no solo protestó contra cualquier idea de bailar él mismo, sino que incluso se rió abiertamente de Henry por encontrarlo posible. De esta última circunstancia puede inferirse que, fuera cual fuese la opinión de nuestra heroína sobre él, su admiración hacia ella no era de tipo muy peligroso; no era probable que produjera rivalidades entre los hermanos ni persecuciones a la dama. No puede ser el instigador de los tres villanos en gabanes de jinete a cuyas manos caerá más tarde, cuando sea obligada a subir a una berlina de cuatro caballos que partirá a velocidad increíble. Catherine, entretanto, sin que la perturbaran presentimientos de semejante mal, ni de ningún mal en absoluto, salvo el de tener solo una rueda pequeña que recorrer en el baile, disfrutó de su felicidad habitual con Henry Tilney, escuchando con ojos brillantes todo lo que él decía; y, al encontrarle irresistible, volviéndose ella misma irresistible.</p>
          <p xml:id="spa-p-000696">Al final del primer baile, el capitán Tilney volvió hacia ellos y, para gran disgusto de Catherine, se llevó a su hermano aparte. Se retiraron susurrando; y aunque su delicada sensibilidad no tomó alarma inmediata ni dio por hecho que el capitán Tilney debía de haber oído alguna maliciosa tergiversación sobre ella que se apresuraba a comunicar a su hermano con la esperanza de separarlos para siempre, no pudo ver a su pareja alejarse de su vista sin sentimientos muy inquietos. Su suspense duró nada menos que cinco minutos; y estaba empezando a pensar que era un cuarto de hora muy largo, cuando volvieron los dos, y se ofreció una explicación por medio de la pregunta de Henry de si creía ella que su amiga, la señorita Thorpe, tendría alguna objeción a bailar, ya que a su hermano le haría muchísimo honor que se lo presentaran. Catherine, sin vacilar, respondió que estaba muy segura de que la señorita Thorpe no tenía intención de bailar en absoluto. La cruel respuesta fue transmitida al otro, y él se alejó de inmediato.</p>
          <p xml:id="spa-p-000697">—Su hermano no lo tomará a mal, ya sé —dijo ella—, porque le oí decir antes que detestaba bailar; pero fue muy amable de su parte pensarlo. Supongo que vio a Isabella sentada y supuso que le gustaría tener pareja; pero está muy equivocado, pues ella no bailaría por nada del mundo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000698">Henry sonrió y dijo: «Qué poco esfuerzo le cuesta a usted entender el motivo de las acciones ajenas».</p>
          <p xml:id="spa-p-000699">—¿Por qué? ¿Qué quiere usted decir?</p>
          <p xml:id="spa-p-000700">—Para usted no es: ¿cómo es probable que fulano se vea influido?, ¿cuál es el incentivo con más probabilidades de actuar sobre los sentimientos de tal persona, teniendo en cuenta su edad, situación y probables hábitos de vida?, sino: ¿cómo me vería yo influida?, ¿cuál sería mi incentivo para obrar de tal o cual manera?</p>
          <p xml:id="spa-p-000701">—No le entiendo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000702">—Entonces estamos en términos muy desiguales, pues yo la entiendo a usted perfectamente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000703">—¿A mí? Sí; no sé hablar lo suficientemente bien como para ser ininteligible.</p>
          <p xml:id="spa-p-000704">—¡Bravo! Una excelente sátira sobre el lenguaje moderno.</p>
          <p xml:id="spa-p-000705">—Pero dígame, por favor, qué quiere decir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000706">—¿De veras? ¿Lo desea usted de verdad? Pero no es consciente de las consecuencias; la sumirá en un apuro muy cruel y provocará sin duda un desacuerdo entre nosotros.</p>
          <p xml:id="spa-p-000707">—No, no; no producirá ninguna de las dos cosas; no tengo miedo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000708">—Pues bien, solo quería decir que el hecho de que usted atribuya el deseo de mi hermano de bailar con la señorita Thorpe únicamente a la bondad me convenció de que usted es superior en bondad a todo el resto del mundo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000709">Catherine se ruborizó y lo negó, y las predicciones del caballero se cumplieron. Había, sin embargo, algo en sus palabras que la compensaba del dolor de la turbación; y ese algo ocupó tanto su mente que se retiró un rato, olvidando hablar o escuchar, y casi olvidando dónde estaba; hasta que, sacudida por la voz de Isabella, levantó la vista y la vio con el capitán Tilney preparándose para dar las manos a lo largo de la rueda.</p>
          <p xml:id="spa-p-000710">Isabella se encogió de hombros y sonrió, la única explicación de tan extraordinario cambio que podía darse en ese momento; pero como no era del todo suficiente para la comprensión de Catherine, expresó su asombro en términos muy claros a su pareja.</p>
          <p xml:id="spa-p-000711">—No entiendo cómo ha podido ocurrir. Isabella estaba tan decidida a no bailar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000712">—¿Y no había cambiado Isabella de opinión antes?</p>
          <p xml:id="spa-p-000713">—¡Oh! Pero es que... ¡y su hermano! Después de lo que le transmití de mi parte, ¿cómo pudo ocurrírsele ir a pedírselo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000714">—No puedo sorprenderme por mi parte en ese punto. Me pide que me sorprenda por su amiga, y así lo hago; pero en cuanto a mi hermano, su conducta en el asunto, debo reconocerlo, no ha sido más de lo que yo le creía perfectamente capaz. La belleza de su amiga era un atractivo abierto; su firmeza, ya sabe usted, solo usted podía entenderla.</p>
          <p xml:id="spa-p-000715">—Se está riendo usted; pero le aseguro que Isabella es muy firme en general.</p>
          <p xml:id="spa-p-000716">—Es todo lo que puede decirse de cualquiera. Ser siempre firme equivale a ser a menudo obstinado. Saber cuándo corresponde ceder es la prueba del juicio; y, sin referirme a mi hermano, en verdad creo que la señorita Thorpe no ha elegido en absoluto mal al fijarse en el momento presente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000717">Las amigas no pudieron reunirse para ningún discurso confidencial hasta que terminaron todos los bailes; pero entonces, mientras paseaban por la sala del brazo, Isabella se explicó así: «No me sorprende que estés asombrada; y en verdad estoy agotada de muerte. ¡Es un charlatán de cuidado! Bastante divertido, si mi mente hubiera estado desocupada; pero habría dado el mundo por quedarme sentada».</p>
          <p xml:id="spa-p-000718">—¿Y por qué no lo hiciste?</p>
          <p xml:id="spa-p-000719">—¡Oh! Querida, habría parecido muy particular; y ya sabes cuánto detesto eso. Le rechacé todo el tiempo que pude, pero no aceptaba una negativa. No tienes ni idea de cómo me presionó. Le rogué que me disculpara y que buscara otra pareja..., pero no y no; después de aspirar a mi mano, no había nadie más en la sala con quien pudiera soportar pensar; y no era solo que quisiera bailar, quería estar conmigo. ¡Oh! ¡Qué disparates! Le dije que había tomado un camino muy poco apropiado para convencerme; pues de todas las cosas del mundo, detestaba los grandes discursos y los cumplidos; y así..., y así vi que no habría paz si no me ponía en pie. Además, pensé que Mrs. Hughes, que me lo presentó, podría tomárselo a mal si no lo hacía; y tu querido hermano, estoy segura de que habría sido desgraciado si me hubiera quedado sentada toda la velada. ¡Qué contenta estoy de que haya terminado! Tengo el ánimo completamente destrozado de escuchar sus tonterías; y luego, siendo un joven tan elegante, veía todos los ojos puestos en nosotros.</p>
          <p xml:id="spa-p-000720">—Es muy apuesto, en verdad.</p>
          <p xml:id="spa-p-000721">—¿Apuesto? Sí, supongo que sí. Supongo que la gente le admirará en general; pero no es para nada mi tipo de belleza. Detesto el cutis colorado y los ojos oscuros en un hombre. De todas formas, está muy bien. Asombrosamente engreído, estoy segura. Le bajé los humos varias veces, ya sabes, a mi manera.</p>
          <p xml:id="spa-p-000722">Cuando las jóvenes se volvieron a encontrar, tenían un tema mucho más interesante del que hablar. La segunda carta de James Morland había llegado entonces, y las bondadosas intenciones de su padre quedaron plenamente explicadas. Un beneficio eclesiástico del que el propio Mr. Morland era patrón y titular, de unas cuatrocientas libras anuales de valor, habría de cederse a su hijo en cuanto tuviera la edad suficiente para tomarlo posesión; nada de una deducción mezquina de los ingresos familiares, nada de una asignación tacaña a uno de diez hijos. Una propiedad de al menos igual valor, además, le estaba asegurada como futura herencia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000723">James se expresó en la ocasión con la gratitud que correspondía; y la necesidad de esperar entre dos y tres años antes de poder casarse, aunque ingrata, siendo sin embargo lo que él había esperado, la sobrellevó sin queja. Catherine, cuyas expectativas habían sido tan indefinidas como sus ideas sobre los ingresos de su padre, y cuyo criterio estaba ahora enteramente guiado por su hermano, se sintió igualmente satisfecha, y felicitó a Isabella de corazón por tenerlo todo tan agradablemente resuelto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000724">—Es muy encantador, en verdad —dijo Isabella con cara grave. «Mr. Morland se ha portado de maravilla en verdad», dijo la amable Mrs. Thorpe, mirando con ansiedad a su hija. «Solo desearía poder hacer otro tanto. No podría esperarse más de él, ya sabes. Si descubre que puede hacer más adelante, estoy segura de que lo hará, pues estoy convencida de que tiene que ser un hombre excelente y de buen corazón. Cuatrocientas es bien poca renta para empezar, en verdad; pero tus deseos, querida Isabella, son tan modestos, no te das cuenta de lo poco que necesitas siempre, querida».</p>
          <p xml:id="spa-p-000725">—No es por mí misma por lo que desearía más; pero no puedo soportar ser la causa de perjudicar a mi querido Morland, de hacerle conformarse con unos ingresos que apenas bastan para proveer a uno de las necesidades más básicas. Por lo que a mí respecta, no es nada; yo nunca pienso en mí misma.</p>
          <p xml:id="spa-p-000726">—Ya lo sé, querida; y siempre encontrarás tu recompensa en el afecto que eso hace sentir a todo el mundo por ti. Nunca ha habido una joven tan querida por todos los que la conocen; y me imagino que cuando Mr. Morland te vea, querida hija..., pero no hagamos sufrir a nuestra querida Catherine hablando de tales cosas. Mr. Morland se ha portado de maravilla, ya sabes. Siempre oí decir que era un hombre excelentísimo; y ya sabes, querida, que no hay que suponer sino que, si hubieras tenido una fortuna adecuada, habría dado algo más, pues estoy segura de que tiene que ser un hombre de lo más generoso».</p>
          <p xml:id="spa-p-000727">—Nadie tiene mejor opinión de Mr. Morland que yo, estoy segura. Pero todo el mundo tiene sus fallos, ya sabes, y todo el mundo tiene derecho a hacer lo que quiera con su propio dinero.</p>
          <p xml:id="spa-p-000728">Catherine se sintió herida por estas insinuaciones.</p>
          <p xml:id="spa-p-000729">—Estoy muy segura —dijo— de que mi padre ha prometido hacer todo lo que puede permitirse.</p>
          <p xml:id="spa-p-000730">Isabella recapacitó.</p>
          <p xml:id="spa-p-000731">—En cuanto a eso, queridísima Catherine, no cabe duda, y me conoces lo suficiente para saber que unos ingresos mucho menores me satisfarían. No es la falta de más dinero lo que me tiene ahora algo desanimada; detesto el dinero; y si nuestra unión pudiera tener lugar ahora con solo cincuenta libras anuales, no me quedaría ningún deseo insatisfecho. ¡Ay, Catherine mía, me has descubierto! Ahí está el aguijón. Los dos años y medio tan largos, tan largos, interminables, que han de pasar antes de que tu hermano pueda tomar el beneficio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000732">—Sí, sí, adorada Isabella —dijo Mrs. Thorpe—, vemos perfectamente dentro de tu corazón. No tienes disimulo. Comprendemos perfectamente la contrariedad presente; y todo el mundo ha de quererte más por un afecto tan noble y honrado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000733">Los sentimientos incómodos de Catherine empezaron a remitir. Se esforzó en creer que el aplazamiento del matrimonio era la única fuente del pesar de Isabella; y cuando la vio en su siguiente encuentro tan alegre y amable como siempre, se esforzó en olvidar que por un momento había pensado de otro modo. James siguió pronto a su carta y fue recibido con la más gratificante amabilidad.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="17" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-017">
          <head>XVII</head>
          <p xml:id="spa-p-000734">Los Allen llevaban ahora en Bath seis semanas; y si sería la última era durante algún tiempo una pregunta a la que Catherine escuchaba con el corazón en vilo. Que su conocimiento con los Tilney terminara tan pronto era un mal que nada podía contrarrestar. Toda su felicidad parecía en juego mientras el asunto estaba en suspenso, y todo quedó asegurado cuando se decidió que el alojamiento se tomaría por otra quincena. Lo que esta quincena adicional había de producirle más allá del placer de ver a Henry Tilney de vez en cuando constituía una pequeña parte de las especulaciones de Catherine. Una o dos veces, en verdad, desde que el compromiso de James le había enseñado lo que podía hacerse, se había permitido un secreto «quizás»; pero en general la felicidad de estar con él en el presente limitaba sus horizontes: el presente comprendía ahora otras tres semanas, y siendo su felicidad cierta durante ese período, el resto de su vida quedaba a tal distancia que apenas suscitaba interés. En el transcurso de la mañana en que se arregló este asunto, visitó a la señorita Tilney y vertió sus sentimientos de alegría. Estaba destinado a ser un día de prueba. No bien hubo expresado su deleite por la prolongada estancia de Mr. Allen, la señorita Tilney le contó que su padre acababa de decidir abandonar Bath al final de otra semana. ¡Qué golpe! La suspensión de la mañana había sido descanso y tranquilidad comparada con la decepción presente. El semblante de Catherine se ensombreció, y en voz de sincerísima preocupación hizo eco a las palabras con que cerraba la señorita Tilney: «¡Al final de otra semana!».</p>
          <p xml:id="spa-p-000735">—Sí, a mi padre rara vez se le puede convencer de dar a las aguas lo que yo considero una prueba justa. Le han fallado unos amigos cuya llegada esperaba encontrar aquí, y como ahora está bastante bien, tiene prisa por volver a casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000736">—Lo siento mucho —dijo Catherine con abatimiento—; si lo hubiera sabido antes...</p>
          <p xml:id="spa-p-000737">—Quizás —dijo la señorita Tilney con cierta turbación—, sería usted tan amable..., me haría muy feliz si...</p>
          <p xml:id="spa-p-000738">La entrada de su padre puso fin a la cortesía que Catherine empezaba a esperar que pudiera introducir un deseo de correspondencia entre ellas. Después de dirigirse a ella con su cortesía habitual, se volvió hacia su hija y dijo: «Pues bien, Eleanor, ¿puedo felicitarte por haber tenido éxito en tu petición a tu bella amiga?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000739">—Estaba empezando justo a hacer la petición, señor, cuando usted entró.</p>
          <p xml:id="spa-p-000740">—Pues prosigue, por todos los medios. Sé cuánto te importa. Mi hija, señorita Morland —continuó sin dar tiempo a hablar a su hija—, ha albergado un deseo muy atrevido. Partimos de Bath, como ella quizás le ha dicho, el sábado de la semana que viene. Una carta de mi administrador me dice que mi presencia es necesaria en casa; y habiéndome fallado mi esperanza de ver aquí al marqués de Longtown y al general Courteney, algunos de mis amigos más antiguos, no hay nada que me retenga más tiempo en Bath. Y si pudiéramos convencerle para nuestro egoísta propósito, lo abandonaríamos sin un solo pesar. ¿Puede usted, en suma, ser persuadida a dejar esta escena de triunfo público y obsequiar a su amiga Eleanor con su compañía en Gloucestershire? Casi me avergüenza hacer la petición, aunque su presunción parecería ciertamente mayor ante cualquier otra persona en Bath que usted. Una modestia como la suya..., pero no la lastimaría por nada del mundo con un elogio abierto. Si pudiera ser inducida a honrarnos con una visita, nos haría felices más allá de toda expresión. Es verdad que no podemos ofrecerle nada parecido a los atractivos de este animado lugar; no podemos tentarla ni con diversión ni con esplendor, pues nuestro modo de vida, como puede ver, es sencillo y sin pretensiones; pero no faltarán esfuerzos por nuestra parte para que la abadía de Northanger no sea del todo desagradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000741">¡La abadía de Northanger! Estas palabras le produjeron estremecimiento, y elevaron los sentimientos de Catherine al punto más alto de éxtasis. Su corazón agradecido y satisfecho apenas podía contener sus expresiones dentro del lenguaje de una calma tolerable. ¡Recibir una invitación tan halagadora! ¡Ver su compañía tan calurosamente solicitada! Todo lo honroso y tranquilizador, todo el goce presente y toda esperanza futura estaban contenidos en ella; y su aceptación, con solo la salvaguarda del consentimiento de papá y mamá, fue dada con entusiasmo. «Escribiré a casa de inmediato», dijo, «y si ellos no se oponen, como supongo que no harán...»</p>
          <p xml:id="spa-p-000742">El general Tilney no era menos optimista, habiendo visitado ya a sus excelentes amigos de Pulteney Street y obtenido su beneplácito. «Puesto que pueden consentir en separarse de usted», dijo, «podemos esperar filosofía de todo el mundo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000743">La señorita Tilney fue sincera, aunque discreta, en sus cortesías secundarias, y el asunto quedó en pocos minutos tan próximo a estar decidido como lo permitía esa necesaria referencia a Fullerton.</p>
          <p xml:id="spa-p-000744">Las circunstancias de la mañana habían llevado los sentimientos de Catherine por las variaciones de la suspensión, la seguridad y la decepción; pero ahora estaban safely depositados en la más perfecta dicha; y con el ánimo elevado al éxtasis, con Henry en el corazón y la abadía de Northanger en los labios, se apresuró a casa a escribir su carta. Mr. y Mrs. Morland, confiando en el criterio de los amigos a quienes ya habían confiado a su hija, no dudaron de la idoneidad de un conocimiento que se había formado bajo su propia supervisión, y enviaron por tanto a vuelta de correo su pronto consentimiento a la visita en Gloucestershire. Esta indulgencia, aunque no mayor de lo que Catherine había esperado, completó su convicción de estar favorecida más allá de cualquier otra criatura humana, en amigos y fortuna, circunstancias y azar. Todo parecía cooperar en su favor. Por la bondad de sus primeros amigos, los Allen, había sido introducida en ambientes donde los placeres de toda clase le habían salido al encuentro. Sus sentimientos, sus preferencias, habían conocido cada uno la felicidad de ser correspondidos. Dondequiera que sentía apego, había sido capaz de crearlo. El afecto de Isabella le quedaba asegurado en una hermana. Los Tilney, por quienes, más que por nadie, deseaba ser favorablemente considerada, superaban incluso sus deseos en las halagadoras medidas por las que habría de continuarse la intimidad. Ella iba a ser su visitante elegida, iba a pasar semanas bajo el mismo techo que la persona cuya compañía más apreciaba..., y, en suma, ¡ese techo iba a ser el techo de una abadía! Su pasión por los edificios antiguos era la segunda en grado tras su pasión por Henry Tilney..., y los castillos y las abadías hacían habitualmente el encanto de aquellas ensoñaciones que su imagen no llenaba. Ver y explorar bien las almenas y el torreón del uno o los claustros de la otra había sido durante muchas semanas un deseo acariciado, aunque ser más que la visitante de una hora había parecido demasiado cercano a lo imposible para desearlo. Y sin embargo, eso iba a ocurrir. Con todas las probabilidades en su contra..., casas de campo, mansiones, palacios, parques, patios y cabañas..., Northanger resultó ser una abadía, y ella iba a ser su habitante. Sus largos y húmedos pasillos, sus celdas estrechas y su capilla en ruinas estarían a su alcance cotidiano, y no podía reprimir del todo la esperanza de algunas leyendas tradicionales, algún pavoroso recuerdo de una monja herida y de funesto destino.</p>
          <p xml:id="spa-p-000745">Era admirable que sus amigos parecieran tan poco animados por la posesión de semejante morada, que la conciencia de ello se llevara con tanta modestia. Solo el poder del hábito arraigado podía explicarlo. Una distinción con la que habían nacido no producía ningún orgullo. Su superioridad de alojamiento no era para ellos más que su superioridad de persona.</p>
          <p xml:id="spa-p-000746">Eran muchas las preguntas que tenía prisa por hacerle a la señorita Tilney; pero tan activos estaban sus pensamientos que, cuando estas preguntas fueron respondidas, apenas estaba más segura que antes de que la abadía de Northanger hubiera sido un convento ricamente dotado en la época de la Reforma, de que hubiera caído en manos de un antepasado de los Tilney a su disolución, de que una gran parte del edificio antiguo formara aún parte de la vivienda actual aunque el resto estuviera en ruinas, o de que estuviera situado en un valle bajo, resguardado del norte y del este por alamedas de robles.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="18" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-018">
          <head>XVIII</head>
          <p xml:id="spa-p-000747">Con la mente así llena de felicidad, Catherine apenas fue consciente de que habían pasado dos o tres días sin que viera a Isabella más de unos pocos minutos seguidos. Empezó a notarlo por primera vez, y a suspirar por su conversación, mientras paseaba por la Sala de las Bombas una mañana al lado de Mrs. Allen, sin nada que decir ni que oír; y apenas había sentido cinco minutos de ansia de amistad cuando el objeto de ella apareció y, invitándola a una conferencia secreta, la condujo hacia un asiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000748">—Este es mi lugar favorito —dijo mientras se sentaban en un banco entre las puertas, que ofrecía una vista tolerable de todos los que entraban por cualquiera de ellas—; está tan apartado del paso.</p>
          <p xml:id="spa-p-000749">Catherine, observando que los ojos de Isabella se dirigían continuamente hacia una puerta u otra, como en ansiosa expectación, y recordando cuántas veces la habían acusado falsamente de ser astuta, pensó que era una buena oportunidad de serlo de verdad; y por tanto dijo alegremente: «No te inquietes, Isabella; James estará aquí pronto».</p>
          <p xml:id="spa-p-000750">—¡Bah! Criatura adorada —respondió—, no me creas tan tonta como para querer tenerle siempre pegado al codo. Sería horrible estar siempre juntos; seríamos el hazmerreír del lugar. ¡Y así que te vas a Northanger! Me alegra enormemente. Es uno de los mejores lugares antiguos de Inglaterra, según entiendo. Cuento con una descripción muy detallada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000751">—Tendrás desde luego la mejor que esté en mi mano dar. Pero ¿a quién estás buscando? ¿Vienen tus hermanas?</p>
          <p xml:id="spa-p-000752">—No estoy buscando a nadie. Los ojos tienen que estar en algún sitio, y ya sabes qué manía tan tonta tengo de fijarlos cuando mis pensamientos están a cien leguas de aquí. Soy tremendamente distraída; creo que soy la criatura más distraída del mundo. Tilney dice que siempre ocurre con las mentes de cierto tipo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000753">—Pero creía, Isabella, que tenías algo concreto que contarme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000754">—¡Oh, sí! Y así es. Pero aquí tienes una prueba de lo que decía. Pobre cabeza mía, se me había olvidado del todo. Pues bien, la cosa es esta: acabo de recibir una carta de John; puedes imaginar el contenido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000755">—No, en verdad que no puedo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000756">—Dulzura adorada, no seas tan afectada. ¿De qué puede escribir sino de ti? Ya sabes que está enamorado de ti hasta los huesos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000757">—¿De mí, querida Isabella?</p>
          <p xml:id="spa-p-000758">—Vamos, queridísima Catherine, ¡esto es del todo absurdo! La modestia y todo eso está muy bien en su lugar; pero en verdad a veces la honradez más elemental resulta igual de adecuada. No entiendo que se lleve esto tan al extremo. Es pescar cumplidos. Sus atenciones eran tales que un niño las habría notado. Y no hacía ni media hora de que se fuera de Bath cuando le diste el estímulo más positivo. Así lo dice en esta carta; dice que prácticamente te hizo una proposición y que recibiste sus avances de la manera más amable; y ahora quiere que le urja su pretensión y que te diga todo tipo de cosas bonitas. Así que es inútil fingir ignorancia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000759">Catherine, con toda la seriedad de la verdad, expresó su asombro ante semejante acusación, protestando su total ignorancia de que Mr. Thorpe estuviera enamorado de ella y la consiguiente imposibilidad de haber tenido nunca intención de alentarle. «En cuanto a cualquier atención de su parte, declaro, bajo mi palabra de honor, que nunca fui consciente de ellas ni por un momento..., salvo simplemente que me pidió bailar el primer día de su llegada. Y en cuanto a hacerme una proposición, o algo parecido, tiene que haber algún malentendido incomprensible. ¡No podría haber malinterpretado algo así, ya sabes! Y tan cierto como que deseo ser creída, declaro solemnemente que ni una sílaba de esa naturaleza medió jamás entre nosotros. ¡La última media hora antes de que se fuera! Tiene que ser todo y completamente un error..., pues no le vi ni una sola vez durante toda aquella mañana».</p>
          <p xml:id="spa-p-000760">—Pero eso no puede ser cierto, pues pasaste toda la mañana en los edificios Edgar..., fue el día en que llegó el consentimiento de tu padre..., y estoy bastante segura de que tú y John estuvisteis solos en el salón algún tiempo antes de que salieras de la casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000761">—¿De veras? Pues bien, si tú lo dices, así sería, supongo..., pero por más que intento, no lo recuerdo. Recuerdo ahora haber estado contigo y haberle visto a él como a los demás..., pero que estuviéramos solos cinco minutos siquiera... Sin embargo, no vale la pena discutir sobre ello, pues sea lo que fuere lo que pudiera haber ocurrido de su parte, debes estar convencida, por el hecho de que yo no lo recuerde, de que nunca pensé, ni esperé, ni desee nada de ese tipo de su parte. Siento muchísimo que me tenga en algún aprecio..., pero en verdad ha sido del todo involuntario por mi parte; nunca tuve la menor idea de ello. Desengáñale cuanto antes, por favor, y dile que le pido perdón..., es decir..., no sé qué debería decir..., pero hazle entender lo que quiero decir, de la manera más adecuada. No quisiera hablar con falta de respeto de un hermano tuyo, Isabella, estoy segura; pero ya sabes muy bien que si pudiera pensar en un hombre más que en otro..., él no es esa persona.»</p>
          <p xml:id="spa-p-000762">Isabella guardó silencio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000763">—Querida amiga, no debes enojarte conmigo. No puedo suponer que a tu hermano le importe tanto. Y ya sabes que seguiremos siendo hermanas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000764">—Sí, sí —con un rubor—, hay más de una manera de ser hermanas. Pero ¿adónde me estoy yendo? Pues bien, querida Catherine, parece ser que estás decidida contra el pobre John..., ¿no es así?</p>
          <p xml:id="spa-p-000765">—Ciertamente no puedo corresponder a su afecto, y tan cierto como que nunca tuve intención de alentarle.</p>
          <p xml:id="spa-p-000766">—Puesto que así es, estoy segura de que no te molestaré más al respecto. John me pidió que hablara contigo sobre el asunto, y así lo he hecho. Pero he de confesar que, en cuanto leí esta carta, pensé que era un negocio muy necio e imprudente, y poco probable que favoreciera el bien de ninguno de los dos; pues ¿de qué iban a vivir, suponiendo que se unieran? Los dos tenéis algo, desde luego, pero no es una bagatela lo que mantiene a una familia hoy en día; y por más que digan los novelistas, no hay modo de prescindir del dinero. Solo me pregunto cómo pudo ocurrírsele a John; no puede haber recibido mi última.</p>
          <p xml:id="spa-p-000767">—¿Me exculpas, entonces, de cualquier cosa indebida? ¿Estás convencida de que nunca pretendí engañar a tu hermano, de que no sospechaba que me gustara hasta este momento?</p>
          <p xml:id="spa-p-000768">—¡Oh! En cuanto a eso —respondió Isabella riendo—, no pretendo determinar cuáles hayan sido tus pensamientos y designios en el pasado. Eso solo lo conoces tú. Un poco de flirteo inocente ocurre, y uno se deja llevar a menudo a dar más estímulo del que desearía sostener. Pero puedes estar segura de que soy la última persona del mundo en juzgarte con severidad. Todas esas cosas hay que tenerlas en cuenta en la juventud y la vivacidad. Lo que uno piensa un día, ya sabes, puede no pensarlo al siguiente. Las circunstancias cambian, las opiniones se modifican.</p>
          <p xml:id="spa-p-000769">—Pero mi opinión de tu hermano nunca se modificó; fue siempre la misma. Estás describiendo lo que nunca ocurrió.</p>
          <p xml:id="spa-p-000770">—Queridísima Catherine —continuó la otra sin escucharla en absoluto—, no quisiera por nada del mundo ser la causa de que te precipites en un compromiso antes de saber lo que haces. No creo que nada pudiera justificarme en desear que sacrificaras toda tu felicidad simplemente para complacer a mi hermano, porque es mi hermano, y que quizás, después de todo, ya sabes, podría ser igualmente feliz sin ti, pues la gente rara vez sabe lo que quiere, los jóvenes especialmente, son tan asombrosamente cambiantes e inconstantes. Lo que yo digo es, ¿por qué ha de ser la felicidad de un hermano más querida para mí que la de una amiga? Ya sabes que yo llevo mis nociones de la amistad bastante alto. Pero, sobre todo, querida Catherine, no tengas prisa. Cree lo que te digo: si tienes demasiada prisa, ciertamente vivirás para arrepentirte. Tilney dice que no hay nada en lo que la gente se engañe tanto como en el estado de sus propios afectos, y creo que tiene mucha razón. ¡Ah! Aquí viene; no importa, estoy segura de que no nos verá.</p>
          <p xml:id="spa-p-000771">Catherine, levantando la vista, vio al capitán Tilney; e Isabella, fijando en él los ojos con insistencia mientras hablaba, pronto captó su atención. Él se acercó de inmediato y tomó el asiento al que sus movimientos lo invitaban. Sus primeras palabras hicieron sobresaltarse a Catherine. Aunque pronunciadas en voz baja, pudo distinguir: «¿Qué! ¿Siempre vigilada, en persona o por poder?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000772">—¡Bah, tonterías! —fue la respuesta de Isabella en el mismo medio susurro—. ¿Por qué me mete usted esas ideas en la cabeza? Si pudiera creerlo..., mi carácter, ya sabe usted, es bastante independiente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000773">—Desearía que su corazón fuera independiente. Eso me bastaría.</p>
          <p xml:id="spa-p-000774">—¿Mi corazón, bien mirado! ¿Qué pueden tener ustedes los hombres que ver con los corazones? Ninguno de ustedes tiene corazón.</p>
          <p xml:id="spa-p-000775">—Si no tenemos corazones, tenemos ojos; y ellos nos dan suficiente tormento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000776">—¿De veras? Lo siento; siento que encuentren algo tan desagradable en mí. Miraré hacia otro lado. Espero que esto le agrade —volviéndole la espalda—; espero que sus ojos no estén atormentados ahora.</p>
          <p xml:id="spa-p-000777">—Nunca lo han estado más; pues el borde de una mejilla en flor sigue a la vista..., demasiado y demasiado poco a la vez.</p>
          <p xml:id="spa-p-000778">Catherine oía todo esto, y completamente fuera de sí, no podía seguir escuchando. Asombrada de que Isabella pudiera soportarlo, y celosa por su hermano, se levantó y, diciendo que iba a reunirse con Mrs. Allen, propuso que caminaran. Pero para eso Isabella no mostró ninguna inclinación. Estaba asombrosamente cansada, y era tan odioso pasearse por la Sala de las Bombas; y si se movía de su asiento se perdería a sus hermanas; estaba esperando a sus hermanas de un momento a otro; de modo que su queridísima Catherine tendría que disculparla y sentarse tranquilamente de nuevo. Pero Catherine también podía ser obstinada; y Mrs. Allen se acercó en ese momento para proponer volver a casa, así que se unió a ella y salió de la Sala de las Bombas, dejando a Isabella sentada todavía con el capitán Tilney. Con mucha inquietud los dejó así. Le parecía que el capitán Tilney se estaba enamorando de Isabella, e Isabella le alentaba sin ser consciente de ello; inconsciente debía ser, pues el apego de Isabella a James era tan cierto y reconocido como su compromiso. Dudar de su lealtad o de sus buenas intenciones era imposible; y sin embargo, durante toda su conversación sus modales habían sido raros. Deseó que Isabella hubiera hablado más como de costumbre y no tanto de dinero, y que no hubiera parecido tan complacida al ver al capitán Tilney. ¡Qué extraño que no percibiera su admiración! Catherine ansiaba darle una señal de ello, ponerla en guardia y evitar todo el dolor que su conducta demasiado animada podría de otro modo crear tanto para él como para su hermano.</p>
          <p xml:id="spa-p-000779">El cumplido del afecto de John Thorpe no compensaba esta ligereza en su hermana. Estaba casi tan lejos de creerlo sincero como de desearlo; pues no había olvidado que era capaz de equivocarse, y su afirmación de la proposición y del estímulo de ella le convenció de que sus errores podían ser a veces de lo más considerables. En vanidad, pues, ganaba muy poco; su principal beneficio estaba en el asombro. Que él considerara que merecía la pena imaginarse enamorado de ella era motivo de vívida perplejidad. Isabella hablaba de sus atenciones; nunca había sido consciente de ninguna; pero Isabella había dicho muchas cosas que esperaba hubieran sido pronunciadas en un momento de precipitación y no se dijeran nunca más; y sobre eso estaba contenta de apoyarse enteramente de momento para su tranquilidad presente.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="19" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-019">
          <head>XIX</head>
          <p xml:id="spa-p-000780">Pasaron unos días, y Catherine, aunque no permitiéndose sospechar de su amiga, no podía evitar observarla de cerca. El resultado de sus observaciones no fue agradable. Isabella parecía una criatura cambiada. Cuando la veía, en verdad, rodeada solo por sus amigos más cercanos en los edificios Edgar o en Pulteney Street, el cambio en sus modales era tan leve que, de no haber ido más lejos, podría haber pasado inadvertido. Algo de indolente indiferencia, o de esa proclamada distracción que Catherine no había oído mencionar antes, asomaba de vez en cuando; pero de haber aparecido solo eso, quizás solo hubiera difundido una nueva gracia e inspirado un interés más cálido. Pero cuando Catherine la veía en público, admitiendo las atenciones del capitán Tilney con tanta disposición como se le ofrecían y concediéndole a él casi la misma parte que a James en su atención y sus sonrisas, el cambio se volvió demasiado positivo para pasarlo por alto. Qué podía significar semejante conducta inestable, qué pretendía su amiga, estaba más allá de su comprensión. Isabella no podía ser consciente del dolor que estaba infligiendo; pero era un grado de ligereza voluntaria que Catherine no podía dejar de resentir. James era quien sufría. Lo veía serio e inquieto; y por más que la mujer que le había entregado su corazón pudiera ser indiferente a su comodidad presente, para ella era siempre un objeto de interés. Por el pobre capitán Tilney también se preocupaba mucho. Aunque su aspecto no le agradaba, su apellido era un pasaporte a su benevolencia, y pensó con sincera compasión en el desengaño que se le aproximaba; pues, a pesar de lo que había creído oír en la Sala de las Bombas, su conducta era tan incompatible con el conocimiento del compromiso de Isabella que, a la reflexión, no podía imaginarlo al corriente de él. Podía sentirse celoso de su hermano como rival, pero si se había dado a entender algo más, la culpa tenía que haber estado en su mala interpretación. Deseaba, mediante un suave recordatorio, hacer ver a Isabella su situación y hacerla consciente de esta doble falta de consideración; pero para el recordatorio, la oportunidad o la comprensión estaban siempre en su contra. Si era capaz de sugerirle una señal, Isabella nunca podía entenderla. En esta angustia, la inminente partida de la familia Tilney se convirtió en su principal consuelo; su viaje a Gloucestershire iba a tener lugar en pocos días, y la marcha del capitán Tilney al menos restauraría la paz a todos los corazones salvo al suyo. Pero el capitán Tilney no tenía en ese momento ninguna intención de marcharse; no iba a ser de la partida a Northanger; se quedaría en Bath. Cuando Catherine supo esto, su resolución se formó de inmediato. Habló con Henry Tilney sobre el asunto, lamentando la evidente predilección de su hermano por la señorita Thorpe y rogándole que hiciera saber su compromiso previo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000781">—Mi hermano ya lo sabe —fue la respuesta de Henry.</p>
          <p xml:id="spa-p-000782">—¿Lo sabe? ¿Y entonces por qué sigue aquí?</p>
          <p xml:id="spa-p-000783">No respondió, y estaba empezando a hablar de otra cosa; pero ella continuó con urgencia: «¿Por qué no le persuade de que se marche? Cuanto más tiempo se quede, peor será para él al final. Aconséjele, por el bien de todos, que abandone Bath de inmediato. La ausencia le dará consuelo con el tiempo; pero aquí no tiene ninguna esperanza, y no hace más que quedarse para ser desgraciado».</p>
          <p xml:id="spa-p-000784">Henry sonrió y dijo: «Estoy seguro de que mi hermano no desearía eso».</p>
          <p xml:id="spa-p-000785">—¿Entonces le persuadirá de que se marche?</p>
          <p xml:id="spa-p-000786">—La persuasión no está a mi disposición; pero perdóneme si no puedo siquiera intentar persuadirle. Yo mismo le he dicho que la señorita Thorpe está comprometida. Él sabe lo que hace y debe ser dueño de sus propios actos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000787">—No, no sabe lo que hace —exclamó Catherine—; no sabe el dolor que le está causando a mi hermano. No es que James me lo haya dicho, pero estoy segura de que está muy incómodo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000788">—¿Y está usted segura de que es obra de mi hermano?</p>
          <p xml:id="spa-p-000789">—Sí, muy segura.</p>
          <p xml:id="spa-p-000790">—¿Es el sufrimiento provocado por las atenciones de mi hermano hacia la señorita Thorpe, o por la admisión de ellas por parte de la señorita Thorpe?</p>
          <p xml:id="spa-p-000791">—¿No es lo mismo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000792">—Creo que Mr. Morland reconocería una diferencia. Ningún hombre se ofende por la admiración de otro hacia la mujer que ama; es la mujer la única que puede convertirlo en un tormento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000793">Catherine se sonrojó por su amiga y dijo: «Isabella está equivocada. Pero estoy segura de que no pretende atormentar, pues está muy apegada a mi hermano. Se ha enamorado de él desde que se conocieron, y mientras el consentimiento de mi padre era incierto, se consumía casi en fiebre de preocupación. Ya sabe usted que tiene que estar apegada a él».</p>
          <p xml:id="spa-p-000794">—Entiendo: está enamorada de James y flirtea con Frederick.</p>
          <p xml:id="spa-p-000795">—¡Oh, no, no flirtea! Una mujer enamorada de un hombre no puede flirtear con otro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000796">—Es probable que no ame tan bien ni flirtee tan bien como podría hacer si hiciera solo una de las dos cosas. Los caballeros han de ceder un poco cada uno.</p>
          <p xml:id="spa-p-000797">Después de una breve pausa, Catherine retomó la conversación: «¿Entonces no cree usted que Isabella esté tan apegada a mi hermano?».</p>
          <p xml:id="spa-p-000798">—Sobre ese asunto no puedo tener ninguna opinión.</p>
          <p xml:id="spa-p-000799">—¿Pero qué puede pretender su hermano? Si conoce su compromiso, ¿qué puede pretender con su conducta?</p>
          <p xml:id="spa-p-000800">—Es usted una interrogadora muy insistente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000801">—¿Lo soy? Solo pregunto lo que quiero que me digan.</p>
          <p xml:id="spa-p-000802">—¿Pero pregunta solo lo que puede esperarse que le diga?</p>
          <p xml:id="spa-p-000803">—Sí, creo que sí; pues debe conocer el corazón de su hermano.</p>
          <p xml:id="spa-p-000804">—El corazón de mi hermano, como usted lo denomina, en la ocasión presente, le aseguro que solo puedo adivinarlo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000805">—¿Bien?</p>
          <p xml:id="spa-p-000806">—¡Bien! Pues nada: si ha de ser conjeturas, conjeturemos cada cual por cuenta propia. Dejarse guiar por conjeturas de segunda mano es lamentable. Las premisas están ante usted. Mi hermano es un joven animado y a veces quizás irreflexivo; lleva más o menos una semana de conocimiento con su amiga, y ha sabido de su compromiso casi desde que la conoce.</p>
          <p xml:id="spa-p-000807">—Pues bien —dijo Catherine, después de algunos momentos de reflexión—, quizás puede usted adivinar las intenciones de su hermano a partir de todo esto; pero estoy segura de que yo no puedo. Pero ¿no está su padre incomodo con ello? ¿No quiere que el capitán Tilney se marche? Seguro que, si su padre le hablara, se iría.</p>
          <p xml:id="spa-p-000808">—Querida señorita Morland —dijo Henry—, en esta amable solicitud por el bienestar de su hermano, ¿no puede estar usted un poco equivocada? ¿No va usted demasiado lejos? ¿Le agradecería él, ni por propia cuenta ni por la de la señorita Thorpe, que usted supusiera que su afecto, o al menos su buena conducta, solo puede asegurarse si ella no ve al capitán Tilney? ¿Está él a salvo únicamente en la soledad? ¿O es su corazón constante a él únicamente cuando nadie más lo solicita? Él no puede pensar eso..., y puede estar usted segura de que no desearía que usted lo pensara. No le digo "no se inquiete", porque sé que lo está en este momento; pero inquiétese lo menos posible. No tiene usted ninguna duda del mutuo apego de su hermano y su amiga; confíe, por tanto, en que entre ellos nunca puede existir verdaderos celos; confíe en que ningún desacuerdo entre ellos puede ser de larga duración. Sus corazones están abiertos el uno al otro, como ninguno de los dos puede estarlo para usted; saben exactamente lo que se requiere y lo que puede soportarse; y puede usted estar segura de que el uno nunca molestará al otro más allá de lo que saben que resulta agradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000809">Al verla seguir con cara de duda y seriedad, añadió: «Aunque Frederick no nos deja Bath, probablemente se quedará muy poco tiempo, quizás solo unos días por detrás de nosotros. Su permiso expirará pronto, y tendrá que volver a su regimiento. ¿Y qué será entonces de su trato? La sala de oficiales brindará por Isabella Thorpe durante una quincena, y ella se reirá con tu hermano del amor del pobre Tilney durante un mes».</p>
          <p xml:id="spa-p-000810">Catherine no quiso seguir resistiéndose al consuelo. Se había resistido a sus aproximaciones durante toda la longitud de un discurso, pero este la hizo prisionera. Henry Tilney tenía que saber mejor que ella. Se culpó por el alcance de sus temores y resolvió no tomar el asunto tan en serio de nuevo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000811">Su resolución quedó respaldada por el comportamiento de Isabella en su entrevista de despedida. Los Thorpe pasaron la última velada de la estancia de Catherine en Pulteney Street, y nada ocurrió entre los enamorados que le produjera inquietud ni que la hiciera despedirse de ellos con aprensión. James estaba de excelente humor, e Isabella de lo más encantadoramente serena. Su ternura hacia su amiga parecía más bien el primer sentimiento de su corazón; pero eso en semejante momento era comprensible; y una vez le dio a su amado una franca contradicción, y una vez retiró su mano; pero Catherine recordó las instrucciones de Henry, y lo atribuyó todo a un afecto juicioso. Los abrazos, las lágrimas y las promesas de la despedida pueden imaginarse.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="20" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-020">
          <head>XX</head>
          <p xml:id="spa-p-000812">Mr. y Mrs. Allen lamentaban perder a su joven amiga, cuyo buen humor y alegría la habían convertido en una compañera valiosa, y en cuya felicidad la suya propia había ido suavemente en aumento. Su dicha al irse con la señorita Tilney, sin embargo, les impedía desearlo de otro modo; y como ellos mismos solo iban a quedarse una semana más en Bath, su partida ahora no se sentiría durante mucho tiempo. Mr. Allen la acompañó a Milsom Street, donde había de desayunar, y la vio sentada con la más amable bienvenida entre sus nuevos amigos; pero tan grande era su agitación al encontrarse como uno de la familia, y tan temerosa estaba de no comportarse exactamente como correspondía y de no ser capaz de mantener su buena opinión, que, en el desconcierto de los primeros cinco minutos, casi habría deseado volver con él a Pulteney Street.</p>
          <p xml:id="spa-p-000813">Los modales de la señorita Tilney y la sonrisa de Henry pronto disiparon parte de sus sentimientos desagradables; pero aún estaba lejos de estar tranquila; ni las atenciones incesantes del propio general podían tranquilizarla del todo. Más aún, por perverso que pareciera, dudaba de si no se habría sentido menos si hubiera recibido menos atenciones. Su solicitud por su comodidad..., sus insistentes ruegos de que comiera, y sus frecuentemente expresados temores de que no encontrara nada de su gusto..., aunque en su vida había visto semejante variedad en una mesa de desayuno..., le hacían imposible olvidar ni por un momento que era una visita. Se sentía completamente indigna de tan gran respeto y no sabía cómo responder a él. Su tranquilidad no mejoró con la impaciencia del general por la aparición de su hijo mayor, ni con el disgusto que expresó ante su pereza cuando el capitán Tilney llegó por fin. Le causó bastante pena la severidad del reproche paterno, que le pareció desproporcionado a la falta; y su preocupación aumentó mucho cuando descubrió que ella era la principal causa de la reprimenda, y que su tardanza era principalmente resentida por ser una falta de respeto hacia ella. Esto la ponía en una situación muy incómoda, y sintió mucha compasión por el capitán Tilney, sin poder esperar su benevolencia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000814">Escuchó a su padre en silencio y no intentó ninguna defensa, lo cual la confirmó en el temor de que la inquietud de su ánimo, por culpa de Isabella, pudiera haber sido, al mantenerle largo tiempo sin dormir, la verdadera causa de su levantarse tarde. Era la primera vez que se encontraba decididamente en su compañía, y había esperado poder formarse ahora su opinión sobre él; pero apenas oyó su voz mientras su padre estaba en la habitación; e incluso después, tan afectado tenía el ánimo, solo pudo distinguir estas palabras, en un susurro a Eleanor: «Qué contento estaré cuando os hayáis marchado todos».</p>
          <p xml:id="spa-p-000815">El trasiego de la partida no fue agradable. El reloj dio las diez mientras llevaban los baúles abajo, y el general había dispuesto salir de Milsom Street a esa hora. Su gabán, en lugar de traérselo para ponérselo de inmediato, estaba extendido en el curricle en el que iba a acompañar a su hijo. El asiento central del carruaje no estaba sacado, aunque había tres personas para ir en él, y la doncella de su hija lo había llenado tanto de paquetes que la señorita Morland no tendría sitio para sentarse; y tan influido estaba por este temor al ayudarla a subir, que tuvo cierta dificultad en salvar su propio escritorio nuevo de que lo tiraran a la calle. Por fin, sin embargo, la puerta se cerró sobre las tres mujeres y partieron al paso sosegado al que los cuatro caballos bien alimentados de un caballero suelen realizar un trayecto de treinta millas: tal era la distancia de Northanger a Bath, que habían de dividir ahora en dos etapas iguales. El ánimo de Catherine se reanimó al alejarse de la puerta; pues con la señorita Tilney no sentía ningún apocamiento; y con el interés de una carretera que le era completamente nueva, con una abadía por delante y un curricle por detrás, contempló la última vista de Bath sin ningún pesar, y se encontró con cada mojón antes de esperarlo. El tedio de una espera de dos horas en Petty France, en la que no había nada que hacer salvo comer sin hambre y holgazanear sin nada que ver, siguió a continuación..., y su admiración por el estilo en que viajaban, por el elegante coche de cuatro caballos, los postillones con librea elegante, subiendo y bajando con tanto ritmo en sus estribos, y los numerosos acompañantes bien montados, decayó un poco con esta consiguiente incomodidad. De haber sido su grupo perfectamente agradable, el retraso no habría significado nada; pero el general Tilney, por encantador que fuera, parecía siempre un freno al espíritu de sus hijos, y apenas se decía nada salvo por él mismo; la observación de lo cual, unida a su descontento ante todo lo que ofrecía la posada, y a su enojada impaciencia con los camareros, hacía que Catherine le fuera cobrando más y más respeto en cada momento, y parecía alargar las dos horas hasta cuatro. Por fin, sin embargo, llegó la orden de partir; y Catherine se sorprendió mucho entonces con la propuesta del general de que ocupara su lugar en el curricle de su hijo para el resto del trayecto: «El día estaba hermoso, y deseaba que ella viera tanto del campo como fuera posible».</p>
          <p xml:id="spa-p-000816">El recuerdo de la opinión de Mr. Allen respecto a los carruajes descubiertos de los jóvenes la hizo sonrojarse al oír mencionar semejante plan, y su primer pensamiento fue rechazarlo; pero el segundo fue de mayor deferencia al criterio del general Tilney; él no podía proponer nada impropio para ella; y en el transcurso de unos minutos se encontró con Henry en el curricle, tan dichosa como el ser que más haya existido. Una prueba muy breve la convenció de que un curricle era el vehículo más bonito del mundo; el coche de cuatro rodó de allí con cierta grandiosidad, desde luego, pero era un asunto pesado y engorroso, y no podía olvidar fácilmente que se había detenido dos horas en Petty France. La mitad del tiempo habría bastado para el curricle, y tan ágiles se mostraban los ligeros caballos para moverse que, de no haber elegido el general que su propio carruaje encabezara la marcha, podrían haberlo adelantado con facilidad en medio minuto. Pero el mérito del curricle no pertenecía todo a los caballos; Henry conducía tan bien..., tan silenciosamente..., sin armar ningún alboroto, sin alardear ante ella ni maldecir a los caballos; ¡tan diferente del único cochero caballero con quien le era posible compararlo! Y luego su sombrero le sentaba tan bien, ¡y las incontables esclavinas de su gabán le conferían una importancia tan favorecedora! Ser conducida por él, lo siguiente en felicidad a bailar con él, era sin duda la mayor dicha del mundo. Además de todos los demás deleites, tenía ahora el de escuchar sus propios elogios; el de que se le agradeciera al menos, por consideración a su hermana, su amabilidad al convertirse en su visitante; de oírlo calificado de auténtica amistad y descrito como suscitador de auténtica gratitud. Su hermana, dijo, se encontraba en una situación poco cómoda..., no tenía ninguna compañera femenina..., y en las frecuentes ausencias de su padre, se quedaba a veces sin ninguna compañía en absoluto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000817">—¿Pero cómo puede ser eso? —dijo Catherine—. ¿No está usted con ella?</p>
          <p xml:id="spa-p-000818">—Northanger no es más que la mitad de mi hogar; tengo mi establecimiento en mi propia casa en Woodston, que está a casi veinte millas de la de mi padre, y es necesario que pase allí parte de mi tiempo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000819">—¡Qué pena debe de darle eso!</p>
          <p xml:id="spa-p-000820">—Siempre me pesa dejar a Eleanor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000821">—Sí; pero además de su afecto por ella, debe de gustarle tanto la abadía. Después de estar acostumbrado a una morada como la abadía, una casa parroquial ordinaria tiene que ser muy desagradable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000822">Él sonrió y dijo: «Se ha formado usted una idea muy favorable de la abadía».</p>
          <p xml:id="spa-p-000823">—Desde luego. ¿No es un bello lugar antiguo, exactamente como los que uno lee?</p>
          <p xml:id="spa-p-000824">—¿Y está usted preparada para afrontar todos los horrores que un edificio «como los que uno lee» puede producir? ¿Tiene usted un corazón valiente? ¿Nervios a prueba de paneles corredizos y tapices?</p>
          <p xml:id="spa-p-000825">—¡Oh! Sí..., no creo que me asustara fácilmente, porque habría tanta gente en la casa..., y además, nunca ha estado deshabitada y abandonada durante años, para que la familia vuelva luego de improviso, sin dar ningún aviso, como suele ocurrir.</p>
          <p xml:id="spa-p-000826">—No, desde luego que no. No tendremos que abrirnos camino a una sala débilmente iluminada por las ascuas agonizantes de un fuego de leña..., ni estaremos obligadas a tender nuestras camas en el suelo de una habitación sin ventanas, puertas ni muebles. Pero ha de tener usted en cuenta que cuando una joven es introducida (por los medios que sean) en una vivienda de este tipo, siempre se la aloja aparte del resto de la familia. Mientras ellos se instalan cómodamente en su ala de la casa, a ella la conduce formalmente Dorothy, la anciana ama de llaves, por una escalera diferente y a través de muchos oscuros pasillos, hasta un aposento que nadie ha usado desde que algún primo o pariente murió en él hace unos veinte años. ¿Puede usted soportar semejante ceremonia? ¿No se le encogerá el corazón cuando se encuentre en esa oscura cámara..., demasiado alta y espaciosa para usted, con solo los débiles rayos de una sola lámpara para intuir su tamaño..., con las paredes colgadas de tapices que exhiben figuras de tamaño natural, y la cama, de tela verde oscura o terciopelo morado, con un aspecto hasta fúnebre? ¿No se le hundirá el corazón?</p>
          <p xml:id="spa-p-000827">—¡Oh! Pero eso no me ocurrirá a mí, estoy segura.</p>
          <p xml:id="spa-p-000828">—¡Con qué terror examinará el mobiliario de su aposento! ¿Y qué discernirá? No mesas, tocadores, armarios ni cómodas, sino quizás a un lado los restos de un laúd roto, al otro un cofre pesadísimo que ningún esfuerzo puede abrir, y sobre la chimenea el retrato de algún apuesto guerrero, cuyas facciones la impresionarán de manera tan incomprensible que no podrá apartar los ojos de él. Dorothy, entretanto, no menos impresionada por su aparición, la contempla con gran agitación y deja caer unas pocas ininteligibles insinuaciones. Para levantarle el ánimo, además, le da motivos para suponer que la parte de la abadía que usted habita está sin duda alguna encantada, y le informa de que no tendrá ni un solo sirviente a su llamada. Con este cordial de despedida hace una reverencia y se retira..., usted escucha el sonido de sus pasos que se alejan todo el tiempo que el último eco puede llegar hasta usted..., y cuando, con espíritu desfalleciente, intenta cerrar su puerta, descubre, con creciente alarma, que no tiene cerradura.</p>
          <p xml:id="spa-p-000829">—¡Oh! Mr. Tilney, ¡qué espantoso! ¡Esto es exactamente como en un libro! Pero no puede ocurrirme realmente a mí. Estoy segura de que su ama de llaves no es en realidad Dorothy. Pues bien, ¿qué viene después?</p>
          <p xml:id="spa-p-000830">—Quizás no ocurra nada más alarmante la primera noche. Después de vencer su invencible horror a la cama, se retirará a descansar y tendrá unas pocas horas de sueño inquieto. Pero la segunda, o a lo sumo la tercera noche después de su llegada, probablemente habrá una violenta tormenta. Truenos tan estruendosos que parecerán sacudir el edificio hasta los cimientos retumbarán por las montañas circundantes..., y durante las aterradoras ráfagas de viento que los acompañan, probablemente creerá discernir (pues su lámpara no se ha apagado) una parte del colgante agitándose más violentamente que el resto. Incapaz, naturalmente, de reprimir su curiosidad en un momento tan favorable para satisfacerla, se levantará de inmediato y, echándose la bata sobre los hombros, procederá a examinar este misterio. Después de una búsqueda muy breve, descubrirá una división en el tapiz tan hábilmente construida como para desafiar la inspección más minuciosa, y al abrirla, aparecerá de inmediato una puerta..., que, estando asegurada solo con gruesos barrotes y un candado, conseguirá abrir después de algunos esfuerzos..., y, con la lámpara en la mano, la atravesará hacia una pequeña sala abovedada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000831">—No, en verdad; tendría demasiado miedo para hacer semejante cosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000832">—¿Cómo? ¿Cuando Dorothy le ha dado a entender que hay una comunicación secreta subterránea entre su aposento y la capilla de San Antonio, que está a casi dos millas de distancia? ¿Podría usted retroceder ante una aventura tan sencilla? No, no; seguirá usted hasta esa pequeña sala abovedada, y a través de ella hacia varias más, sin percibir nada muy notable en ninguna. En una quizás haya una daga, en otra unas gotas de sangre, y en una tercera los restos de algún instrumento de tortura; pero no habiendo nada en todo eso fuera de lo corriente, y estando su lámpara casi agotada, regresará hacia su aposento. Al volver a pasar por la pequeña sala abovedada, sin embargo, sus ojos serán atraídos por un gran y anticuado armario de ébano y oro, que, aunque examinó minuciosamente los muebles antes, había pasado inadvertido. Impulsada por un presentimiento irresistible, se acercará a él ágilmente, abrirá sus puertas plegables y registrará cada cajón..., pero sin descubrir durante algún tiempo nada de importancia..., quizás nada salvo un considerable tesoro de diamantes. Por fin, sin embargo, al tocar un resorte secreto, se abrirá un compartimento interior..., aparece un rollo de papel..., lo toma..., contiene muchos pliegos de manuscrito..., se apresura con el precioso tesoro a su cámara; pero apenas ha sido capaz de descifrar "Oh tú, quienquiera que seas, en cuyas manos puedan caer estas memorias de la desdichada Matilda", cuando su lámpara se apaga de repente en la cubierta y la deja en total oscuridad.</p>
          <p xml:id="spa-p-000833">—¡Oh, no, no! No diga eso. Pues bien, continúe.</p>
          <p xml:id="spa-p-000834">Pero Henry estaba demasiado divertido por el interés que había suscitado para poder llevarlo más lejos; ya no podía dominar la solemnidad ni del tema ni de la voz, y se vio obligado a rogarle que empleara su propia fantasía en la lectura de las desdichas de Matilda. Catherine, recapacitando, se avergonzó de su ardor y empezó a asegurarle con seriedad que su atención había estado fija sin el menor miedo de encontrarse de verdad con lo que él relataba. «¡La señorita Tilney nunca la pondría en semejante cámara como la que había descrito! No tenía ningún miedo en absoluto».</p>
          <p xml:id="spa-p-000835">A medida que se acercaban al final de su viaje, su impaciencia por ver la abadía..., suspendida durante algún tiempo por su conversación sobre temas muy diferentes..., volvió con toda su fuerza, y en cada curva del camino esperaba con solemne expectación que se mostrara un atisbo de sus macizas murallas de piedra gris, surgiendo en medio de un bosque de robles antiguos, con los últimos rayos del sol jugando en magnífico esplendor sobre sus altas ventanas góticas. Pero tan bajo estaba el edificio que se encontró pasando por las grandes puertas de la portería hacia los propios terrenos de Northanger sin haber divisado siquiera una chimenea antigua.</p>
          <p xml:id="spa-p-000836">No sabía que tuviera derecho a sorprenderse, pero había algo en este modo de aproximarse que ciertamente no había esperado. Pasar entre pabellones de apariencia moderna, encontrarse con tanta facilidad en las propias proximidades de la abadía, y ser conducida tan rápidamente a lo largo de un camino liso y nivelado de fino grava, sin obstáculos, alarmas ni solemnidad de ningún tipo, le pareció extraño e inconsistente. Sin embargo, no tardó mucho en tener tiempo para tales reflexiones. Un súbito chubasco de lluvia, que le daba de lleno en la cara, le hizo imposible observar nada más y fijó todos sus pensamientos en el bienestar de su nuevo sombrero de paja; y ya estaba bajo las murallas de la abadía, saltando con la ayuda de Henry del carruaje, bajo el refugio del viejo pórtico, y había pasado incluso al vestíbulo, donde su amiga y el general esperaban para recibirla, sin sentir ni un pavoroso presentimiento de futura desgracia para sí misma ni un momento de sospecha de que en el solemne edificio se hubieran desarrollado algunas escenas de horror pasadas. La brisa no le había parecido llevar los suspiros de los asesinados; no había llevado nada peor que una lluvia espesa y llovizna; y después de sacudir bien su hábito, estaba lista para ser conducida al salón de recibo habitual y capaz de reflexionar sobre dónde se encontraba.</p>
          <p xml:id="spa-p-000837">¡Una abadía! Sí, era delicioso estar de verdad en una abadía. Pero dudó, mientras miraba alrededor de la habitación, de si algo de lo que veía le habría dado esa conciencia. El mobiliario estaba en toda la profusión y elegancia del gusto moderno. La chimenea, donde había esperado la anchura amplia y la talla laboriosa de tiempos pasados, estaba reducida a una hornilla Rumford, con losas de mármol liso aunque bonito, y sobre ella adornos de la más bonita porcelana inglesa. Las ventanas, a las que miraba con especial expectación, habiendo oído al general hablar de haberlas conservado en su forma gótica con cuidado reverencial, eran aún menos de lo que se había figurado su fantasía. A decir verdad, el arco ojival estaba conservado..., su forma era gótica..., podían ser incluso maineles..., pero ¡cada cristal era tan grande, tan claro, tan luminoso! Para una imaginación que había esperado las divisiones más pequeñas y la piedra más pesada, vitrales de colores, suciedad y telarañas, la diferencia era muy decepcionante.</p>
          <p xml:id="spa-p-000838">El general, al percibir cómo se empleaban sus ojos, empezó a hablar de lo reducido de la habitación y lo sencillo del mobiliario, donde todo, siendo de uso cotidiano, solo pretendía comodidad, etc.; lisonjeándose, sin embargo, de que había algunos aposentos en la abadía que no carecían de interés para ella..., y estaba a punto de mencionar el costoso dorado de uno en particular cuando, sacando su reloj, se detuvo bruscamente para anunciar con sorpresa que faltaban menos de veinte minutos para las cinco. Esto pareció la señal de separación, y Catherine se encontró apresurada por la señorita Tilney de una manera que le convenció de que en Northanger se esperaría la puntualidad más estricta a los horarios de la familia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000839">Regresando a través del amplio y elevado vestíbulo, subieron una amplia escalera de roble brillante que, después de muchos tramos y muchos rellanos, las condujo a una galería larga y ancha. A un lado tenía una hilera de puertas, y al otro estaba iluminada por ventanas que Catherine solo tuvo tiempo de descubrir que daban a un patio, antes de que la señorita Tilney la condujera a una cámara y, apenas deteniéndose a esperar que la encontrara cómoda, la dejara con un ruego ansioso de que se cambiara lo menos posible de vestido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000840">Traducido y editado por Elejandría.com</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="21" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-021">
          <head>XXI</head>
          <p xml:id="spa-p-000841">Un momento de mirada bastó para satisfacer a Catherine de que su aposento no se parecía en nada al que Henry había intentado alarmarla describiendo. No era de ningún modo irrazonablemente grande, y no contenía ni tapices ni terciopelo. Las paredes estaban empapeladas, el suelo tenía alfombra; las ventanas no eran ni menos perfectas ni más oscuras que las del salón de abajo; el mobiliario, aunque no del último gusto, era bonito y cómodo, y el ambiente general de la habitación, muy lejos de ser sombrío. Con el corazón al instante tranquilo en ese punto, resolvió no perder tiempo en examinar nada en particular, pues temía mucho disgustar al general por cualquier retraso. Su hábito fue por tanto quitado con toda la prisa posible, y estaba a punto de desdoblar el paquete de ropa blanca que el asiento del carruaje había llevado para su comodidad inmediata, cuando sus ojos cayeron de pronto sobre un gran cofre alto, arrinconado en un hueco profundo a un lado de la chimenea. La sola vista de él la hizo sobresaltarse; y, olvidando todo lo demás, se quedó mirándolo con asombro inmóvil, mientras estos pensamientos le cruzaban la mente:</p>
          <p xml:id="spa-p-000842">«¡Esto es verdaderamente extraño! ¡No esperaba ver semejante cosa! ¡Un cofre enorme y pesado! ¿Qué puede contener? ¿Por qué estará colocado aquí? ¡Empujado hacia atrás también, como si quisieran ocultarlo! Lo examinaré..., cueste lo que cueste, lo examinaré..., y de inmediato..., con la luz del día. Si espero hasta la noche, puede apagarse mi vela».</p>
          <p xml:id="spa-p-000843">Se acercó y lo examinó de cerca: era de cedro, curiosamente taraceado con una madera más oscura, y elevado como un palmo del suelo sobre un pie tallado del mismo material. El cerrojo era de plata, aunque ennegrecida por el tiempo; en cada extremo quedaban los restos imperfectos de unos asideros también de plata, rotos quizás prematuramente por alguna violencia extraña; y en el centro de la tapa había una misteriosa cifra del mismo metal. Catherine se inclinó sobre ella con atención, pero sin poder distinguir nada con certeza. Fuera cual fuere el ángulo desde el que la mirara, no podía creer que la última letra fuera una T; y sin embargo que pudiera ser cualquier otra cosa en aquella casa era una circunstancia que suscitaba un asombro de no poca magnitud. Si no era originalmente de ellos, ¿por qué extraños eventos habría podido caer en manos de la familia Tilney?</p>
          <p xml:id="spa-p-000844">Su temerosa curiosidad crecía a cada momento; y aferrando, con manos temblorosas, el pasador del cerrojo, resolvió a todo trance satisfacerse al menos en cuanto a su contenido. Con dificultad, pues algo parecía resistir sus esfuerzos, levantó la tapa unas pocas pulgadas; pero en ese momento unos golpes repentinos en la puerta de la habitación la hicieron sobresaltarse, soltar el asidero, y la tapa se cerró de golpe con violencia alarmante. Esta inoportuna intrusa era la doncella de la señorita Tilney, enviada por su señora para ayudar a la señorita Morland; y aunque Catherine la despachó de inmediato, el incidente la devolvió al sentido de lo que debería estar haciendo y la obligó, a pesar de su ansioso deseo de penetrar en ese misterio, a proseguir en su arreglo sin más demora. Su avance no fue rápido, pues sus pensamientos y sus ojos seguían fijos en el objeto tan bien calculado para interesar y alarmar; y aunque no se atrevía a perder un momento en un segundo intento, no podía permanecer a muchos pasos del cofre. Por fin, sin embargo, habiendo metido un brazo en el vestido, su toilette parecía tan cerca de concluirse que la impaciencia de su curiosidad podía satisfacerse sin riesgo. Podía ahorrarse seguramente un momento; y con tal desesperado ejercicio de su fuerza que, a menos que estuviera sujeta por medios sobrenaturales, la tapa se levantaría de una vez. Con este espíritu se lanzó hacia delante, y su confianza no la engañó. Su decidido esfuerzo levantó la tapa, y ofreció a sus asombrados ojos la vista de una colcha de algodón blanco, correctamente doblada, reposando en un extremo del cofre en posesión indisputada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000845">La estaba contemplando con el primer rubor de la sorpresa cuando la señorita Tilney, ansiosa de que su amiga estuviera lista, entró en la habitación, y a la naciente vergüenza de haber albergado durante unos minutos una absurda expectativa se añadió entonces la vergüenza de ser sorprendida en búsqueda tan ociosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000846">—Es un cofre antiguo curioso, ¿verdad? —dijo la señorita Tilney mientras Catherine lo cerraba a toda prisa y se volvía hacia el espejo—. Es imposible decir cuántas generaciones lleva aquí. No sé cómo llegó a ponerse en este cuarto al principio, pero no lo he mandado mover porque pensé que podría servir a veces para guardar sombreros y tocados. Lo peor es que su peso lo hace difícil de abrir. En ese rincón, de todas formas, está al menos fuera del paso.</p>
          <p xml:id="spa-p-000847">Catherine no tenía tiempo para hablar, estando a la vez ruborizándose, atándose el vestido y formando sabias resoluciones con la mayor violencia posible. La señorita Tilney insinuó suavemente su temor de llegar tarde; y en medio minuto bajaron corriendo las escaleras juntas, con una alarma no del todo infundada, pues el general Tilney paseaba por el salón, su reloj en la mano, y habiendo, en el preciso instante de su entrada, tirado del cordón de la campanilla con violencia, ordenó: «¡La cena en la mesa de inmediato!».</p>
          <p xml:id="spa-p-000848">Catherine tembló ante el énfasis con que habló, y se sentó pálida y sin aliento, en el estado de ánimo más humilde, preocupada por sus hijos y detestando los cofres viejos; y el general, recuperando su cortesía al mirarla, pasó el resto del tiempo regañando a su hija por haber apresurado tan neciamente a su bella amiga, que estaba absolutamente sin aliento de tanto correr, cuando no había la menor ocasión para semejante prisa en el mundo; pero Catherine no pudo superar del todo la doble angustia de haber metido a su amiga en una reprimenda y haber sido ella misma una gran simplona, hasta que quedaron felizmente sentadas a la mesa, cuando las sonrisas complacientes del general y su propio buen apetito le devolvieron la paz. El comedor era una noble sala, de unas dimensiones adecuadas a un salón mucho mayor que el de uso corriente, y decorada con un lujo y un gasto que se perdían casi en el ojo inexperto de Catherine, quien no veía gran cosa más que su amplitud y el número de sirvientes. De lo primero expresó en voz alta su admiración; y el general, con un semblante muy afable, reconoció que no era de ningún modo una sala de tamaño inadecuado, y confesó además que, aunque descuidado en tales asuntos como la mayoría, sí consideraba un comedor de tamaño tolerable como una de las necesidades de la vida; suponía, sin embargo, «que ella debía de estar acostumbrada a aposentos de mucho mejor tamaño en casa de Mr. Allen».</p>
          <p xml:id="spa-p-000849">—No, en absoluto —fue la honrada afirmación de Catherine—; el comedor de Mr. Allen no era más que la mitad de grande —y nunca había visto una sala tan grande como esta en su vida.</p>
          <p xml:id="spa-p-000850">El buen humor del general aumentó. ¡Pues bien, teniendo tales salas, le parecía absurdo no usarlas; pero, bajo su palabra de honor, creía que podría haber más comodidad en habitaciones de solo la mitad de su tamaño. La casa de Mr. Allen, estaba seguro, debía de ser exactamente del tamaño justo para la felicidad racional.</p>
          <p xml:id="spa-p-000851">La velada transcurrió sin ninguna otra perturbación, y en las ausencias ocasionales del general Tilney, con mucha alegría positiva. Solo en su presencia sentía Catherine el menor cansancio de su viaje; e incluso entonces, incluso en momentos de languidez o de cohibición, predominaba una sensación de felicidad general, y podía pensar en sus amigos de Bath sin un solo deseo de estar con ellos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000852">La noche fue tormentosa; el viento había ido arreciando a intervalos durante toda la tarde; y cuando el grupo se disolvió, soplaba y llovía con violencia. Catherine, al cruzar el vestíbulo, escuchó la tempestad con sensaciones de sobrecogimiento; y cuando la oyó rugir en torno a una esquina del antiguo edificio y cerrar con furia repentina una puerta lejana, sintió por primera vez que estaba realmente en una abadía. Sí, estos eran sonidos característicos; le traían al recuerdo una innumerable variedad de situaciones terribles y escenas horripilantes que tales edificios habían presenciado y tales tormentas habían introducido; ¡y de corazón se alegró de las circunstancias más felices que rodeaban su entrada en muros tan solemnes! No tenía nada que temer de asesinos nocturnos ni de galanes borrachos. Henry sin duda había hablado solo en broma aquella mañana. En una casa tan amueblada y tan vigilada no podía tener nada que explorar ni que sufrir, y podría ir a su dormitorio con tanta tranquilidad como si fuera su propia cámara en Fullerton. Así pertrechada de valor su mente, al subir las escaleras, se vio capacitada, especialmente al percibir que la señorita Tilney dormía solo dos puertas de la suya, para entrar en su habitación con el corazón bastante firme; y su ánimo fue inmediatamente asistido por el resplandor alegre de un fuego de leña.</p>
          <p xml:id="spa-p-000853">—Qué bien está esto —dijo al acercarse a la pantalla—, qué bien encontrar un fuego ya encendido, en lugar de tener que esperar tiritando de frío hasta que toda la familia esté en la cama, como tantas pobres chicas han tenido que hacer, y luego que un viejo y fiel sirviente las asuste entrando con un haz de leña. ¡Qué contenta estoy de que Northanger sea lo que es! Si hubiera sido como algunos otros lugares, no sé si en una noche como esta podría haber respondido por mi valor; pero ahora, desde luego, no hay nada que alarme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000854">Miró por la habitación. Las cortinas de la ventana parecían moverse. No podía ser más que la fuerza del viento penetrando por las divisiones de los postigos; y se adelantó con decisión, tarareando descuidadamente una melodía, para asegurarse de que era así, se asomó con valentía detrás de cada cortina, no vio nada en ninguno de los bajos asientos de las ventanas que pudiera asustarla, y al colocar una mano contra el postigo, sintió la más firme convicción de la fuerza del viento. Una mirada al viejo cofre, al volverse de ese examen, no fue sin utilidad; desdeñó los miedos sin causa de una fantasía ociosa, y empezó con la más feliz indiferencia a prepararse para acostarse. «Se tomaría su tiempo; no se daría prisa; no le importaba ser la última persona despierta de la casa. Pero no avivaría el fuego; eso parecería una cobardía, como si deseara la protección de la luz después de estar en cama.» El fuego fue por tanto extinguiéndose, y Catherine, habiendo empleado la mayor parte de una hora en sus preparativos, estaba empezando a pensar en meterse en la cama cuando, al dar una última mirada por la habitación, llamó su atención la presencia de un alto y anticuado armario negro que, aunque en un sitio lo bastante visible, nunca había captado su atención. Las palabras de Henry, su descripción del armario de ébano que habría de escapar a su observación al principio, le acudieron inmediatamente a la mente; y aunque en verdad no podía haber nada en ello, había algo caprichoso en la coincidencia, era ciertamente una coincidencia muy notable. Tomó su vela y examinó el armario de cerca. No era exactamente de ébano y oro; pero era laca, laca negra y amarilla de la más bonita clase; y al sostener la vela, el amarillo tenía mucho el efecto del oro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000855">La llave estaba en la puerta, y le entró el extraño capricho de mirar dentro; no, sin embargo, con la menor expectativa de encontrar nada, pero era tan muy raro, después de lo que Henry había dicho. En suma, no podría dormir hasta haberlo examinado. Así que, colocando la vela con gran cuidado en una silla, agarró la llave con una mano muy trémula e intentó girarla; pero resistió su mayor esfuerzo. Alarmada, pero no desanimada, la probó de otra manera; un pestillo saltó, y creyó haber tenido éxito; pero ¡qué misteriosamente extraño! la puerta seguía sin moverse. Hizo una pausa, sin aliento de asombro. El viento rugía por la chimenea, la lluvia golpeaba en torrentes contra las ventanas, y todo parecía hablar de lo pavoroso de su situación. Retirarse a la cama, sin embargo, sin haber resuelto tal punto, sería vano, pues el sueño sería imposible con la conciencia de un armario misteriosamente cerrado en su inmediata vecindad. De nuevo, por tanto, se aplicó a la llave, y después de moverla en todos los sentidos posibles por algunos instantes con la celeridad determinada del último esfuerzo de la esperanza, la puerta cedió de pronto a su mano: su corazón dio un brinco de júbilo ante semejante victoria, y al abrir de par en par ambas puertas plegables, la segunda asegurada solo por cerrojos de construcción menos formidable que el cerrojo, aunque en ellos el ojo no podía discernir nada inusual, apareció a su vista una doble hilera de cajoncitos pequeños, con algunos cajones más grandes arriba y abajo; y en el centro, una puertecita, también cerrada con cerrojo y llave, aseguraba en toda probabilidad una cavidad de importancia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000856">El corazón de Catherine latía deprisa, pero su valor no la abandonó. Con la mejilla encendida de esperanza y el ojo anhelante de curiosidad, sus dedos asieron el tirador de un cajón y lo abrieron. Estaba completamente vacío. Con menos alarma y mayor avidez abrió un segundo, un tercero, un cuarto; cada uno estaba igualmente vacío. No quedó ninguno sin registrar, y en ninguno se encontró nada. Versada en el arte de ocultar un tesoro, no se le escapó la posibilidad de fondos falsos en los cajones, y palpó alrededor de cada uno con ansiosa minuciosidad, en vano. El espacio del centro era ahora el único que quedaba sin explorar; y aunque «nunca desde el primer momento había tenido la menor idea de encontrar nada en ninguna parte del armario, y no estaba en lo más mínimo decepcionada por su escaso éxito hasta entonces, sería una tontería no examinarlo a fondo ya que estaba en ello». Sin embargo, tardó algún tiempo antes de poder abrir la puerta, presentándose la misma dificultad en el manejo de esta cerradura interior que de la exterior; pero al fin se abrió; y no fue en vano, a diferencia de todo lo anterior, su búsqueda; sus rápidos ojos cayeron directamente sobre un rollo de papel empujado hacia el fondo de la cavidad, al parecer para ocultarlo, y sus sentimientos en ese momento eran indescriptibles. Su corazón palpitó, sus rodillas temblaron y sus mejillas se pusieron pálidas. Aferró, con mano vacilante, el precioso manuscrito, pues media mirada bastó para comprobar que había caracteres escritos; y mientras reconocía con pavorosas sensaciones esta llamativa ejemplificación de lo que Henry había pronosticado, resolvió al instante leer cada línea antes de intentar descansar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000857">La escasa luz que emitía su vela la hizo volverse hacia ella con alarma; pero no había peligro de que se apagara de repente; le quedaban aún algunas horas de combustión; y para no tener mayor dificultad en distinguir la escritura de la que pudiera ocasionar su antigua fecha, la despabiló a toda prisa. ¡Ay! Se despabiló y apagó de una sola vez. Una lámpara no podría haberse extinguido con efecto más pavoroso. Catherine, durante unos momentos, quedó inmóvil de horror. Fue hecho completamente; ni un vestigio de luz en la mecha podía dar esperanza de reavivarse. Una oscuridad impenetrable e inmóvil llenó la habitación. Una violenta ráfaga de viento, que se levantó con furia repentina, añadió nuevo horror al momento. Catherine tembló de pies a cabeza. En la pausa que siguió, un sonido parecido a pasos que se alejaban y al cierre de una puerta lejana llegó a su oído aterrorizado. La naturaleza humana no podía soportar más. Un sudor frío le cubrió la frente, el manuscrito le cayó de la mano, y tanteando el camino hasta la cama, saltó a ella apresuradamente, y buscó algún alivio a la angustia arrastrándose bien debajo de la ropa. Cerrar los ojos para dormir aquella noche, sentía que era completamente imposible. Con una curiosidad tan justificadamente despertada, y con los sentimientos en todo tan agitados, el reposo era absolutamente imposible. ¡Y la tormenta tan espantosa en el exterior! No había estado acostumbrada a sentir alarma con el viento, pero ahora cada ráfaga parecía preñada de pavorosa información. El manuscrito tan maravillosamente hallado, que cumplía de manera tan maravillosa el pronóstico de la mañana, ¿cómo explicarlo? ¿Qué podría contener? ¿A quién podría referirse? ¿Por qué medios habría podido ocultarse tanto tiempo? ¡Y qué singularmente extraño que fuera precisamente ella quien lo descubriera! Hasta no haberse hecho dueña de su contenido, sin embargo, no podría tener ni reposo ni tranquilidad; y con los primeros rayos del sol estaba decidida a leerlo. Pero muchas eran las tediosas horas que aún tenían que transcurrir. Temblaba, se agitaba en la cama y envidiaba a todo el que dormía tranquilo. La tormenta seguía rugiendo, y varios eran los ruidos, más terroríficos aún que el viento, que a intervalos llegaban a su oído sobresaltado. Las propias cortinas de su cama parecían en movimiento en un momento, y en otro el cerrojo de su puerta se agitó, como en el intento de alguien de entrar. Murmullos huecos parecían deslizarse por la galería, y más de una vez la sangre se le heló con el sonido de gemidos lejanos. Pasaba hora tras hora, y la agotada Catherine había oído dar las tres a todos los relojes de la casa antes de que la tempestad amainara o de que ella se quedara dormida sin saberlo.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="22" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-022">
          <head>XXII</head>
          <p xml:id="spa-p-000858">El sonido de la doncella plegando sus postigos a las ocho de la mañana siguiente fue lo que primero despertó a Catherine; y abrió los ojos, preguntándose cómo podían haberse cerrado alguna vez, sobre objetos alegres; su fuego ya ardía, y una mañana luminosa había sucedido a la tempestad de la noche. Al instante, con la conciencia de existir, le volvió el recuerdo del manuscrito; y saltando de la cama en el preciso momento en que la doncella se marchaba, recogió con avidez todas las hojas dispersas que habían salido volando del rollo al caer al suelo, y voló de nuevo a disfrutar del placer de su lectura sobre su almohada. Pronto vio claramente que no debía esperar un manuscrito de igual longitud que la mayoría de los que la habían hecho estremecer en los libros, pues el rollo, que parecía consistir enteramente en pequeñas hojas inconexas, era en conjunto de tamaño del todo insignificante, y mucho menor de lo que había supuesto al principio.</p>
          <p xml:id="spa-p-000859">Su ávida vista recorrió rápidamente una página. Se sobresaltó ante su contenido. ¿Podía ser posible, o la engañaban los sentidos? ¡Un inventario de ropa blanca, en caracteres toscos y modernos, parecía ser todo lo que tenía ante ella! Si podía confiarse en la evidencia de la vista, tenía en la mano una cuenta de lavandería. Tomó otra hoja, y vio los mismos artículos con pequeñas variaciones; una tercera, una cuarta y una quinta no presentaban nada nuevo. Camisas, calcetines, corbatas y chalecos aparecían en cada una de ellas. Otras dos, escritas por la misma mano, marcaban un gasto apenas más interesante, en letras, polvos de cabello, cordones de zapatos y betún. Y la hoja más grande, que había envuelto el resto, parecía por su primera línea apretada, «Para cataplasmar a la yegua castaña», ¡una factura del veterinario! Tal era la colección de papeles (dejados quizás, como podía suponerse entonces, por negligencia de un sirviente en el lugar del que los había tomado) que la habían llenado de expectativa y alarma, ¡y le habían robado la mitad del sueño de la noche! Se sintió humillada hasta el polvo. ¿No habría podido enseñarle sabiduría la aventura del cofre? Un ángulo de este, al captarlo con la vista mientras yacía, parecía levantarse como un juez en su contra. Nada podía ser ahora más claro que el absurdo de sus recientes fantasías. ¡Suponer que un manuscrito de muchas generaciones atrás podía haber permanecido sin descubrir en una habitación como aquella, tan moderna, tan habitable! ¡O que ella fuera a ser la primera en poseer la habilidad de abrir un armario cuya llave estaba al alcance de todos!</p>
          <p xml:id="spa-p-000860">¿Cómo había podido engañarse así a sí misma? ¡Dios no quisiera que Henry Tilney llegara a saber su necedad! Y en gran medida era obra suya, pues de no haber parecido el armario concordar tan exactamente con su descripción de sus aventuras, nunca habría sentido la menor curiosidad por él. Este era el único consuelo que se le ocurría. Impaciente por deshacerse de esas detestables evidencias de su necedad, esos abominables papeles dispersos por la cama, se levantó de inmediato y, doblándolos lo más aproximadamente posible en la misma forma que antes, los devolvió al mismo lugar dentro del armario, con el muy sincero deseo de que ningún accidente inoportuno los sacara de nuevo a la luz para avergonzarla incluso ante sí misma.</p>
          <p xml:id="spa-p-000861">Por qué los cerrojos habían sido tan difíciles de abrir era, sin embargo, todavía algo notable, pues ahora podía manejarlos con perfecta facilidad. En eso había sin duda algo misterioso, e indulgió en la halagadora sugerencia durante medio minuto, hasta que la posibilidad de que la puerta hubiera estado desbloqueada desde el principio, y de que ella misma la hubiera echado el cerrojo, se le vino a la cabeza y le costó otro rubor.</p>
          <p xml:id="spa-p-000862">Se alejó cuanto antes de una habitación en la que su conducta le producía reflexiones tan desagradables, y encontró el camino con toda la celeridad posible hacia el cuarto del desayuno, según se lo había indicado la señorita Tilney la noche anterior. Henry estaba solo en él; y su inmediata esperanza de que la tempestad no la hubiera perturbado, con una referencia socarrona al carácter del edificio que habitaban, fue algo desconcertante. Por nada del mundo habría querido que se sospechara su debilidad, y sin embargo, incapaz de una falsedad absoluta, se vio obligada a reconocer que el viento la había mantenido despierta un poco.</p>
          <p xml:id="spa-p-000863">—Pero tenemos una mañana encantadora después de él —añadió, deseando deshacerse del tema—; y las tormentas y el desvelo no son nada cuando han pasado. ¡Qué bellos jacintos! Acabo de aprender a amar un jacinto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000864">—¿Y cómo aprendió? ¿Por accidente o por razonamiento?</p>
          <p xml:id="spa-p-000865">—Su hermana me lo enseñó; no podría decir cómo. Mrs. Allen se esforzaba año tras año en hacer que me gustaran; pero nunca pude, hasta que los vi el otro día en Milsom Street; por naturaleza soy indiferente a las flores.</p>
          <p xml:id="spa-p-000866">—Pero ahora ama usted un jacinto. Tanto mejor. Ha ganado una nueva fuente de placer, y es bueno tener tantos puntos de apoyo en la felicidad como sea posible. Además, el gusto por las flores es siempre deseable en su sexo, como medio de hacerla salir al aire libre y tentarla a ejercitarse con más frecuencia de lo que haría en otro caso. Y aunque el amor a un jacinto pueda ser algo doméstico, quién puede saber, una vez suscitado el sentimiento, si no llegará usted con el tiempo a amar una rosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-000867">—Pero no necesito ninguna ocupación de ese tipo para salir. El placer de caminar y respirar aire fresco me basta, y cuando hace buen tiempo estoy fuera más de la mitad del tiempo. Mamá dice que nunca estoy dentro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000868">—De todas formas, me alegra que haya aprendido a amar un jacinto. El mero hábito de aprender a amar es lo importante; y una disposición a dejarse enseñar en una joven es una gran bendición. ¿Tiene mi hermana un modo de instrucción agradable?</p>
          <p xml:id="spa-p-000869">Catherine fue librada de la incomodidad de intentar una respuesta por la entrada del general, cuyas sonrientes cortesías anunciaban un feliz estado de ánimo, pero cuya suave insinuación de haber madrugado por simpatía no mejoró su compostura.</p>
          <p xml:id="spa-p-000870">La elegancia del servicio del desayuno se impuso a la atención de Catherine cuando se sentaron a la mesa; y afortunadamente había sido elección del general. Él estaba encantado con su aprobación de su gusto, confesó que era elegante y sencillo, pensó que era correcto fomentar la manufactura de su país; y en cuanto a él, para su paladar no crítico, el té tenía tan buen sabor hecho con la arcilla de Staffordshire como con la de Dresde o Sèvres. Pero este servicio era bastante antiguo, comprado dos años atrás. La manufactura había mejorado mucho desde entonces; él había visto algunos bellos ejemplares la última vez que estuvo en la capital, y de no haber sido perfectamente ajeno a la vanidad de ese tipo, podría haber tenido la tentación de pedir un servicio nuevo. Confiaba, sin embargo, en que no tardaría en presentarse una oportunidad de elegir uno..., aunque no para sí mismo. Probablemente Catherine fue la única del grupo que no le entendió.</p>
          <p xml:id="spa-p-000871">Poco después del desayuno, Henry los dejó para irse a Woodston, donde los negocios le requerían y le retendrían dos o tres días. Todos le acompañaron al vestíbulo para verle montar a caballo, y al volver de inmediato al cuarto del desayuno, Catherine se acercó a una ventana con la esperanza de echar otro vistazo a su figura.</p>
          <p xml:id="spa-p-000872">—Esto es una llamada un tanto pesada a la fortaleza de su hermano —observó el general a Eleanor—. Woodston tendrá un aspecto bastante sombrío hoy.</p>
          <p xml:id="spa-p-000873">—¿Es un lugar bonito? —preguntó Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000874">—¿Qué dice usted, Eleanor? Exprese su opinión, pues las damas pueden juzgar mejor el gusto de las damas en cuanto a lugares, así como en cuanto a hombres. Creo que el ojo más imparcial reconocería que tiene muchas recomendaciones. La casa se encuentra entre hermosos prados orientados al sureste, con un excelente jardín de cocina en la misma orientación; los muros que lo rodean los construí y equipé yo mismo hace unos diez años, para beneficio de mi hijo. Es un beneficio de familia, señorita Morland; y siendo la propiedad del lugar principalmente mía, puede creer que tengo cuidado de que no sea mala. Si los ingresos de Henry dependieran únicamente de este beneficio, no estaría mal provisto. Quizás parezca extraño que, teniendo solo dos hijos menores, crea necesaria alguna profesión para él; y ciertamente hay momentos en que todos desearíamos verle desligado de todo vínculo de trabajo. Pero aunque no pueda exactamente convertirles a ustedes, jóvenes señoritas, estoy seguro de que su padre, señorita Morland, estaría de acuerdo conmigo en pensar que es conveniente dar a todo joven alguna ocupación. El dinero no importa, no es el objeto, sino que el trabajo lo es. Incluso Frederick, mi hijo mayor, ya ve usted, que quizás herede una propiedad territorial tan considerable como cualquier caballero del condado, tiene su profesión.</p>
          <p xml:id="spa-p-000875">El efecto imponente de este último argumento fue igual a sus deseos. El silencio de la dama lo demostró irrefutable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000876">La noche anterior se había hablado de mostrarle la casa, y él se ofreció ahora como guía; y aunque Catherine había esperado explorarla acompañada solo por su hija, era una propuesta de tanta felicidad en sí misma, bajo cualquier circunstancia, que era imposible no aceptarla de buena gana; pues llevaba ya dieciocho horas en la abadía y solo había visto unos pocos de sus aposentos. La cesta de ganchillo, recién sacada perezosamente, fue cerrada con alegre prisa, y estaba lista para acompañarle en un momento. «Y una vez hubieran recorrido la casa, se prometía además el placer de acompañarla a los arbustos y al jardín». Ella hizo una reverencia en señal de conformidad. «Pero quizás le fuera más agradable hacer de eso su primer objetivo. El tiempo era en ese momento favorable, y en esta época del año era muy grande la incertidumbre de que continuara siéndolo. ¿Cuál prefería? Estaba igualmente a su servicio. ¿Qué creía su hija que acordaría más con los deseos de su bella amiga? Pero creía poder discernirlo. Sí, leía con certeza en los ojos de la señorita Morland un juicioso deseo de aprovechar el tiempo soleado presente. Pero ¿cuándo juzgaba ella mal? La abadía siempre estaría segura y seca. Cedía implícitamente, e iría a buscar el sombrero y las acompañaría en un momento». Salió de la habitación, y Catherine, con cara decepcionada y ansiosa, empezó a hablar de su reticencia a que las sacara de casa contra su propia inclinación, guiado por una idea equivocada de complacerla; pero fue interrumpida por la señorita Tilney, que dijo, con cierta confusión: «Creo que será más prudente aprovechar la mañana mientras está tan buena; y no se inquiete por mi padre; siempre sale a pasear a esta hora del día».</p>
          <p xml:id="spa-p-000877">Catherine no sabía exactamente cómo entender esto. ¿Por qué estaba turbada la señorita Tilney? ¿Podía haber alguna reticencia por parte del general a mostrarle la abadía? La propuesta había sido de él. ¿Y no era raro que siempre saliera a caminar tan temprano? Ni su padre ni Mr. Allen lo hacían. Era ciertamente muy desconcertante. Sentía la mayor impaciencia por ver la casa, y apenas tenía ninguna curiosidad por los jardines. ¡Si Henry hubiera estado con ellas, eso sí! Pero ahora no sabría lo que era pintoresco cuando lo viera. Tales eran sus pensamientos, pero los guardó para sí y se puso el sombrero con un descontento paciente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000878">Se quedó, sin embargo, más impresionada de lo que esperaba por la grandiosidad de la abadía, vista por primera vez desde el césped. El edificio entero encerraba un gran patio; y dos lados del cuadrángulo, ricos en ornamentos góticos, se adelantaban para ser admirados. El resto quedaba oculto por montículos de árboles viejos o plantaciones exuberantes, y las empinadas colinas arboladas que se alzaban detrás para darle refugio eran hermosas incluso en el mes sin hojas de marzo. Catherine no había visto nada que comparar con ello; y sus sentimientos de deleite eran tan fuertes que, sin esperar mejor autorización, los expresó con descaro en admiración y elogio. El general escuchó con asentimiento agradecido; y pareció como si su propia estimación de Northanger hubiera esperado sin fijarse hasta ese momento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000879">El jardín de cocina sería el siguiente en ser admirado, y el general los condujo a través de una pequeña parte del parque hacia él.</p>
          <p xml:id="spa-p-000880">El número de acres contenidos en aquel jardín era tal que Catherine no podía escucharlo sin consternación, siendo más del doble de la extensión de todos los de Mr. Allen, así como los de su padre, incluyendo el cementerio y el huerto. Las tapias parecían innumerables en número, interminables en longitud; un pueblo de invernaderos parecía surgir entre ellas, y toda una parroquia trabajando dentro del recinto. El general fue halagado por sus miradas de sorpresa, que le decían casi tan claramente como pronto la obligó a decírselo con palabras, que nunca había visto ningún jardín siquiera comparable al suyo; y entonces admitió modestamente que, «sin ninguna ambición de ese tipo..., sin ninguna solicitud por ello..., creía que eran sin rival en el reino. Si tenía un hobby, era ese. Le gustaban los jardines. Aunque descuidado en la mayoría de las cuestiones de comer, le gustaba la buena fruta..., o si a él no, a sus amigos y a sus hijos. Sin embargo, acompañaban a un jardín como el suyo grandes contratiempos. El mayor cuidado no podía asegurar siempre los frutos más valiosos. El pinar solo había producido cien en el último año. Mr. Allen, suponía, tenía que sentir esas incomodidades tanto como él mismo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000881">—No, en absoluto. A Mr. Allen no le importaba el jardín y nunca entraba en él.</p>
          <p xml:id="spa-p-000882">Con una sonrisa de triunfante autosatisfacción, el general deseó poder hacer lo mismo, pues nunca entraba en el suyo sin verse contrariado de algún modo, al quedarse corto de su plan.</p>
          <p xml:id="spa-p-000883">—¿Cómo funcionaban los invernaderos de sucesión de Mr. Allen? —describiendo la naturaleza de los suyos al entrar en ellos—. Mr. Allen solo tenía un pequeño invernadero, que Mrs. Allen usaba para sus plantas en invierno, y en el que se encendía un fuego de vez en cuando.</p>
          <p xml:id="spa-p-000884">—¡Es un hombre feliz! —dijo el general, con una mirada de muy feliz desdén.</p>
          <p xml:id="spa-p-000885">Habiéndola llevado por cada división y conducido a lo largo de cada tapia hasta cansarla de ver y asombrarse, permitió por fin a las chicas aprovechar una puerta exterior, y expresando entonces su deseo de examinar el efecto de algunas alteraciones recientes en torno a la casa del té, lo propuso como una extensión del paseo no del todo desagradable, si la señorita Morland no estaba cansada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000886">—¿Pero adónde va usted, Eleanor? ¿Por qué elige usted ese camino frío y húmedo hacia allí? La señorita Morland se mojará. Lo mejor es ir por el parque.</p>
          <p xml:id="spa-p-000887">—Este camino es tan favorito mío —dijo la señorita Tilney— que siempre me parece el mejor y más directo. Pero quizás esté húmedo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000888">Era un estrecho sendero sinuoso a través de un espeso bosquecillo de viejos pinos escoceses; y Catherine, impresionada por su aspecto sombrío y ansiosa por entrar en él, no pudo, ni siquiera por la desaprobación del general, abstenerse de dar un paso adelante. Él percibió su inclinación, y habiendo alegado de nuevo en vano el pretexto de la salud, fue demasiado cortés para oponer más resistencia. Se excusó, sin embargo, de acompañarlas: «Los rayos del sol eran demasiado cálidos para él, y se encontraría con ellas por otro camino». Se alejó; y Catherine se quedó sorprendida de comprobar cuánto se le alivió el ánimo con la separación. La sorpresa, sin embargo, siendo menos real que el alivio, no le causó ningún daño; y comenzó a hablar con fácil alegría de la deliciosa melancolía que semejante bosquecillo inspiraba.</p>
          <p xml:id="spa-p-000889">—Este lugar me gusta especialmente —dijo su compañera con un suspiro—. Era el paseo favorito de mi madre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000890">Catherine nunca había oído mencionar a Mrs. Tilney en la familia, y el interés suscitado por ese tierno recuerdo se manifestó de inmediato en el cambio de su semblante, y en la atenta pausa con que esperó algo más.</p>
          <p xml:id="spa-p-000891">—¡Cuántas veces venía yo aquí a pasear con ella! —añadió Eleanor—; aunque nunca lo amé entonces como lo he amado desde entonces. En aquella época me preguntaba, en verdad, por qué lo elegía. Pero su recuerdo lo hace ahora entrañable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000892">«¿Y no debería —reflexionó Catherine— hacérselo entrañable a su marido? Y sin embargo el general no quiso entrar en él.» Permaneciendo la señorita Tilney callada, se aventuró a decir: «Su muerte tuvo que ser una gran aflicción».</p>
          <p xml:id="spa-p-000893">—Grande y creciente —respondió la otra en voz baja—. Tenía solo trece años cuando ocurrió; y aunque sentí mi pérdida quizás tan profundamente como puede sentirla alguien tan joven, no sabía, no podía saber entonces lo que era perderla. —Se detuvo un momento, y luego añadió, con mucha firmeza—: No tengo hermana, ya sabe..., y aunque Henry..., aunque mis hermanos son muy afectuosos, y Henry está aquí mucho tiempo, por lo que estoy muy agradecida, me es imposible no estar a menudo sola.</p>
          <p xml:id="spa-p-000894">—Sin duda le echa usted mucho de menos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000895">—Una madre siempre habría estado presente. Una madre habría sido una amiga constante; su influencia habría estado por encima de cualquier otra.</p>
          <p xml:id="spa-p-000896">«¿Era una mujer muy encantadora? ¿Era hermosa? ¿Había algún retrato suyo en la abadía? ¿Y por qué había tenido tanta predilección por ese bosquecillo? ¿Era por abatimiento de espíritu?» Fueron preguntas ahora derramadas con urgencia; las tres primeras recibieron una afirmación pronta, las dos últimas fueron eludidas; y el interés de Catherine por la difunta Mrs. Tilney aumentó con cada pregunta, respondida o no. De su infelicidad en el matrimonio estaba persuadida. El general sin duda había sido un marido poco afectuoso. No le gustaba el paseo de ella; ¿podía por tanto haberla amado? Y además, apuesto como era, había algo en el giro de sus rasgos que indicaba que no había sido bueno con ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000897">—Su retrato, supongo —enrojeciéndose ante la consumada habilidad de su propia pregunta—, cuelga en el cuarto de su padre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000898">—No; estaba destinado al salón; pero mi padre no quedó satisfecho con la pintura, y durante algún tiempo no tuvo ningún sitio. Poco después de su muerte lo obtuve para mí, y lo colgué en mi dormitorio..., donde tendré mucho gusto en enseñárselo; se parece mucho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000899">Aquí había otra prueba. Un retrato..., muy parecido..., de una esposa difunta, no valorado por su marido. Tenía que haber sido espantosamente cruel con ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000900">Catherine no intentó ya ocultarse a sí misma la naturaleza de los sentimientos que, a pesar de todas sus atenciones, había suscitado anteriormente en ella; y lo que antes había sido terror y aversión era ahora absoluta repugnancia. ¡Sí, repugnancia! Su crueldad hacia una mujer tan encantadora le hacía odioso. Había leído a menudo sobre tales caracteres, caracteres que Mr. Allen solía calificar de artificiales y exagerados; pero aquí estaba la prueba positiva de lo contrario.</p>
          <p xml:id="spa-p-000901">Acababa de establecer este punto cuando el final del sendero las llevó directamente ante el general; y a pesar de toda su indignación virtuosa, se encontró de nuevo obligada a caminar con él, a escucharle, e incluso a sonreír cuando él sonreía. Al ya no ser capaz de recibir placer de los objetos circundantes, pronto empezó a caminar con languidez; el general lo percibió, y con una preocupación por su salud que parecía reprocharla por su opinión de él, fue el más urgente en regresar con su hija a la casa. Él las seguiría en un cuarto de hora. De nuevo se separaron..., pero Eleanor fue llamada de vuelta en medio minuto para recibir una estricta prohibición de llevar a su amiga a recorrer la abadía hasta su regreso. Esta segunda muestra de su ansiedad por demorar lo que ella tanto deseaba le pareció a Catherine muy notable.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="23" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-023">
          <head>XXIII</head>
          <p xml:id="spa-p-000902">Pasó una hora antes de que el general entrara, empleada por parte de su joven huésped en consideraciones nada favorables a su carácter. «Esta prolongada ausencia, estos paseos solitarios, no hablaban de una mente tranquila ni de una conciencia sin reproches.» Por fin apareció; y fuera cual fuese la lobreguez de sus meditaciones, todavía podía sonreír con ellas. La señorita Tilney, comprendiendo en parte la curiosidad de su amiga por ver la casa, reanimó pronto el tema; y su padre, contrariamente a las expectativas de Catherine, sin estar provisto de ningún pretexto para mayor demora, más allá de detenerse cinco minutos a ordenar que se prepararan refrescos en la sala para cuando volvieran, estaba por fin dispuesto a escoltarlas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000903">Partieron; y con un aire de grandiosidad, un paso digno que captaba la vista pero no podía disipar las dudas de la bien leída Catherine, las condujo a través del vestíbulo, pasando por el salón común y una cámara de paso sin utilidad, hacia una sala magnífica tanto en tamaño como en mobiliario..., el verdadero salón, usado solo con compañía de distinción. ¡Era muy noble..., muy grandioso..., muy encantador! Eso era todo lo que Catherine tenía que decir, pues su ojo sin discernimiento apenas llegaba a distinguir el color del satén; y todo el detalle de los elogios, todos los que tenían algún sentido, los aportaba el general: el coste o la elegancia de la decoración de ninguna sala le importaban a ella; no le interesaba el mobiliario posterior al siglo xv. Cuando el general hubo satisfecho su propia curiosidad en un minucioso examen de cada adorno bien conocido, pasaron a la biblioteca, un aposento, a su manera, de igual magnificencia, que exhibía una colección de libros ante la que un hombre humilde podría haberse sentido orgulloso. Catherine escuchó, admiró y se asombró con un sentimiento más genuino que antes..., reunió todo lo que pudo de ese depósito del saber recorriendo los títulos de media estantería, y estaba lista para continuar. Pero las series de aposentos no brotaban a su voluntad. Grande como era el edificio, había visitado ya la mayor parte; aunque al serle dicho que, con la adición de la cocina, las seis o siete habitaciones que había visto hasta entonces rodeaban tres lados del patio, apenas podía creerlo ni superar la sospecha de que había muchas cámaras secretas. Fue, sin embargo, algún alivio que volvieran a las habitaciones de uso común pasando por algunas de menor importancia, que daban al patio, que con pasillos ocasionales, no del todo exentos de laberintos, conectaban los diferentes lados; y se vio además tranquilizada en su avance al serle dicho que pisaba lo que en otro tiempo había sido un claustro, señalándole vestigios de celdas, y observando varias puertas que no se le abrieron ni se le explicaron..., al encontrarse sucesivamente en una sala de billar y en el aposento privado del general, sin comprender su conexión ni poder orientarse al salir de ellos; y por último, al pasar por un cuartillo oscuro, bajo la autoridad de Henry, sembrado de sus libros, escopetas y gabanes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000904">Desde el comedor, del que, aunque ya había sido visto y habría de verse siempre a las cinco en punto, el general no pudo privarse del placer de medir la longitud, para mayor certeza de la señorita Morland, en cuanto a algo que ella ni dudaba ni le importaba, procedieron por rápida comunicación hacia la cocina..., la antigua cocina del convento, rica en las macizas paredes y el humo de otros tiempos, y en los fogones y alacenas calientes del presente. La mano mejoradora del general no había holgazaneado aquí: todos los inventos modernos para facilitar el trabajo de los cocineros habían sido adoptados dentro de ese espacioso teatro; y cuando el ingenio ajeno había fallado, el propio había producido a menudo la perfección buscada. Sus aportaciones a este solo lugar podrían en cualquier momento haberle situado entre los bienhechores del convento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000905">Con las paredes de la cocina terminaba toda la antigüedad de la abadía; el cuarto lado del cuadrángulo, a causa de su estado de decadencia, había sido derribado por el padre del general, y el actual construido en su lugar. Todo lo venerable terminaba aquí. El nuevo edificio no solo era nuevo, sino que se declaraba serlo; destinado únicamente a dependencias y encerrado por detrás por patios de caballerizas, no se había considerado necesaria ninguna uniformidad de arquitectura. Catherine podría haber maldecido la mano que había barrido lo que debía de haber valido más que todo el resto, para los propósitos de la mera economía doméstica; y de buena gana se habría ahorrado la mortificación de un recorrido por escenarios tan degradados, si el general lo hubiera permitido; pero si tenía alguna vanidad, era en la disposición de sus dependencias; y como estaba convencido de que para una mente como la de la señorita Morland, una visión de las comodidades y conveniencias con que se aliviaba el trabajo de sus inferiores tendría que resultar siempre grata, no le pediría disculpas por conducirla adelante. Echaron un vistazo superficial a todo; y Catherine fue más impresionada de lo que esperaba por su multiplicidad y su comodidad. Los propósitos para los que unas pocas despensas informes y una fregadera incómoda se consideraban suficientes en Fullerton se llevaban aquí a cabo en divisiones apropiadas, amplias y espaciosas. El número de sirvientes que aparecían continuamente no la impresionó menos que el número de sus dependencias. Adondequiera que fueran, alguna chica con zuecos se detenía a hacer una reverencia, o algún lacayo en desaliño se escabullía. ¡Y sin embargo esto era una abadía! Cuán inexpresablemente diferente en estos arreglos domésticos de lo que había leído..., de abadías y castillos en los que, aunque ciertamente más grandes que Northanger, todo el trabajo sucio de la casa había de realizarse con a lo sumo dos pares de manos femeninas. Cómo podían con ello habérselas arreglado siempre había asombrado a Mrs. Allen; y cuando Catherine vio lo que era necesario aquí, empezó a asombrarse ella misma.</p>
          <p xml:id="spa-p-000906">Regresaron al vestíbulo para subir por la escalera principal, cuya belleza en madera y sus adornos de rica talla habían de ser señalados: habiendo alcanzado lo alto, giraron en una dirección opuesta a la galería en la que estaba su cuarto, y entraron pronto en una del mismo plano pero superior en longitud y anchura. Aquí se le mostraron sucesivamente tres grandes dormitorios, con sus tocadores, completísimamente y espléndidamente equipados; todo lo que el dinero y el gusto podían hacer para dar comodidad y elegancia a los aposentos se había prodigado en estos; y, al estar amueblados en los últimos cinco años, eran perfectos en todo lo que sería generalmente del agrado, y carecían de todo lo que pudiera dar placer a Catherine. Al recorrer el último, el general, después de nombrar brevemente a algunos de los personajes distinguidos a quienes habían honrado a veces, se volvió con semblante sonriente hacia Catherine y se aventuró a esperar que en adelante algunos de los primeros inquilinos fueran «nuestros amigos de Fullerton». Ella sintió el inesperado cumplido, y lamentó profundamente la imposibilidad de pensar bien de un hombre tan amablemente dispuesto hacia ella y tan lleno de cortesía para con toda su familia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000907">La galería estaba terminada por unas puertas plegables que la señorita Tilney, avanzando, había abierto de par en par y atravesado, y parecía a punto de hacer lo mismo con la primera puerta a la izquierda, en otra larga sección de galería, cuando el general, avanzando, la llamó de vuelta con prisa y, según Catherine creyó, con cierta irritación, preguntando adónde iba..., ¿Y qué había más que ver?..., ¿No había visto ya la señorita Morland todo lo que podía merecer su atención?..., ¿Y no suponía que su amiga podría alegrarse de algún refresco después de tanto ejercicio? La señorita Tilney retrocedió de inmediato, y las pesadas puertas se cerraron sobre la mortificada Catherine, quien, habiendo visto en un fugaz vistazo más allá de ellas un pasillo más estrecho, más numerosas aperturas y síntomas de una escalera de caracol, se creyó por fin al alcance de algo que valía la pena ver; y sintió, mientras retrocedía a regañadientes por la galería, que preferiría que le permitieran examinar ese extremo de la casa a ver todas las galas del resto. El evidente deseo del general de impedir semejante examen era un estímulo adicional. Sin duda había algo que ocultar; su fantasía, aunque recientemente había traspasado los límites una o dos veces, no podía engañarla aquí; y cuál era ese algo, una breve frase de la señorita Tilney, mientras seguían al general a cierta distancia escaleras abajo, parecía apuntarlo: «Iba a llevarla al que era el cuarto de mi madre..., el cuarto en que murió...», fueron todas sus palabras; pero aunque pocas, transmitían a Catherine páginas de información. No era de extrañar que el general se resistiera a la vista de semejantes objetos como los que debía de contener ese cuarto; un cuarto en toda probabilidad nunca vuelto a entrar por él desde que la terrible escena que había liberado a su sufriente esposa le dejó a él a merced de los aguijones de su conciencia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000908">Se aventuró, cuando estuvo de nuevo sola con Eleanor, a expresar su deseo de que se le permitiera verlo, así como todo el resto de ese lado de la casa; y Eleanor prometió acompañarla cuando tuvieran una hora conveniente. Catherine la entendía: el general tenía que estar fuera de casa antes de que pudiera entrarse en ese cuarto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000909">—¿Sigue igual que estaba, supongo? —dijo, en tono de sentimiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-000910">—Sí, del todo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000911">—¿Y cuánto tiempo hace que murió su madre?</p>
          <p xml:id="spa-p-000912">—Lleva muerta estos nueve años.</p>
          <p xml:id="spa-p-000913">Y nueve años, sabía Catherine, eran una bagatela de tiempo comparados con lo que generalmente transcurría tras la muerte de una esposa agraviada antes de que se arreglara su cuarto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000914">—¿Estuvo usted con ella, supongo, hasta el final?</p>
          <p xml:id="spa-p-000915">—No —dijo la señorita Tilney, suspirando—; lamentablemente estaba fuera de casa. Su enfermedad fue repentina y breve; y cuando llegué ya había concluido todo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000916">La sangre de Catherine se heló con las horripilantes sugerencias que brotaban naturalmente de esas palabras. ¿Podía ser posible? ¿Podía el padre de Henry...? ¡Y sin embargo cuántos eran los ejemplos que justificaban incluso las sospechas más negras! Y cuando lo vio por la noche, mientras trabajaba con su amiga, paseando lentamente por el salón durante una hora seguida en silencioso ensimismamiento, con los ojos bajos y el ceño fruncido, se sintió segura de no poder hacerle ninguna injusticia. ¡Era el aire y la actitud de un Montoni! ¿Qué podía hablar más claramente del sombrío funcionamiento de una mente no completamente muerta a todo sentido de humanidad, en su aterrado repaso de escenas pasadas de culpa? ¡Pobre hombre! Y la inquietud de su ánimo dirigía sus ojos hacia su figura tan repetidamente que llamaron la atención de la señorita Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000917">—Mi padre —susurró— pasea a menudo así por la habitación; no es nada inusual.</p>
          <p xml:id="spa-p-000918">«¡Tanto peor!», pensó Catherine; semejante ejercicio intempestivo era de la misma pieza que la extraña inoportunidad de sus paseos matutinos, y no auguraba nada bueno.</p>
          <p xml:id="spa-p-000919">Después de una velada cuya escasa variedad y aparente duración la hacía peculiarmente consciente de la importancia de Henry entre ellos, se alegró de corazón de ser despedida; aunque fue una mirada del general, no destinada a su observación, la que envió a su hija a llamar al mayordomo. Sin embargo, cuando este quiso encender la vela de su amo, le fue impedido. El último no iba a retirarse. «Tengo muchos folletos que terminar», le dijo a Catherine, «antes de poder cerrar los ojos, y quizás esté absorto en los asuntos de la nación durante horas después de que usted esté dormida. ¿Puede alguno de los dos estar más adecuadamente empleado? Mis ojos se quedarán ciegos por el bien de los demás, y los suyos se prepararán con el descanso para futuras travesuras».</p>
          <p xml:id="spa-p-000920">Pero ni el asunto alegado ni el magnífico cumplido pudieron apartar a Catherine del pensamiento de que algún objeto muy diferente debía de ocasionar una demora tan seria del descanso adecuado. Que se le mantuviera despierto horas, después de que la familia estuviera en cama, por estúpidos folletos era muy poco probable. Tenía que haber una causa más profunda: algo había que hacer que solo podía hacerse mientras dormía la casa; y la probabilidad de que Mrs. Tilney viviera todavía, encerrada por causas desconocidas y recibiendo de las despiadadas manos de su marido un suministro nocturno de alimento grosero, era la conclusión que necesariamente se seguía. Por horrible que fuera la idea, era al menos mejor que una muerte precipitada injustamente, pues en el curso natural de las cosas, no tardaría en ser liberada. La repentinidad de su supuesta enfermedad, la ausencia de su hija, y probablemente de sus otros hijos, en aquel momento..., todo favorecía la suposición de su encierro. Su origen..., quizás los celos, o la crueldad caprichosa..., estaba aún por desentrañar.</p>
          <p xml:id="spa-p-000921">Revolviendo estas cuestiones mientras se desvestía, de repente le pareció no improbable que aquella misma mañana pudiera haber pasado cerca del lugar mismo del encierro de esa desgraciada mujer..., podría haber estado a pocos pasos de la celda en que languideció el resto de sus días; pues ¿qué parte de la abadía podía ser más adecuada para ese propósito que la que aún conservaba las huellas de la distribución monástica? En el pasillo de arco alto, pavimentado con losa, por el que ya había caminado con peculiar sobrecogimiento, recordaba perfectamente las puertas cuya existencia el general no había explicado. ¿Adónde no podían conducir esas puertas? En apoyo de la plausibilidad de esta conjetura, se le ocurrió además que la galería prohibida, en la que se encontraban los aposentos de la infortunada Mrs. Tilney, debía estar, según podía guiarla su memoria, exactamente encima de esa serie sospechosa de celdas, y la escalera que había a un lado de esos aposentos, de la que había captado una visión fugaz, comunicando por algún medio secreto con esas celdas, podría muy bien haber favorecido los bárbaros procedimientos de su marido. ¡Por esa escalera la habrían bajado quizás en estado de bien preparada inconsciencia!</p>
          <p xml:id="spa-p-000922">Catherine a veces se sobresaltaba ante la audacia de sus propias conjeturas, y a veces esperaba o temía haber ido demasiado lejos; pero estaban respaldadas por apariencias tales que hacían imposible descartarlas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000923">El lado del cuadrángulo en que suponía que se desarrollaba la escena culpable, estando, según su creencia, justo enfrente del suyo, se le ocurrió que, si se vigilaba con juicio, algunos rayos de luz de la lámpara del general podrían brillar por las ventanas inferiores, al pasar él hacia la prisión de su esposa; y dos veces, antes de meterse en cama, se deslizó suavemente desde su cuarto hasta la ventana correspondiente de la galería para ver si aparecían; pero fuera todo era oscuridad, y todavía debía de ser demasiado temprano. Los variados ruidos que subían la convencían de que los sirvientes debían de seguir levantados. Hasta medianoche, supuso, sería en vano vigilar; pero entonces, cuando el reloj diera las doce y todo estuviera en calma, saldría, si no del todo aterrorizada por la oscuridad, y miraría una vez más. El reloj dio las doce..., y Catherine llevaba media hora dormida.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="24" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-024">
          <head>XXIV</head>
          <p xml:id="spa-p-000924">El día siguiente no ofreció ninguna oportunidad para el proyectado examen de los misteriosos aposentos. Era domingo, y el general requería todo el tiempo entre el oficio de la mañana y el de la tarde, ya fuera paseando al aire libre o comiendo carne fría en casa; y por grande que fuera la curiosidad de Catherine, su valor no estaba a la altura de desear explorarlos después de comer, ni con la luz menguante del cielo entre las seis y las siete de la tarde, ni con la iluminación más parcial aunque más intensa de una lámpara traicionera. El día pasó por tanto sin ninguna cosa que interesara su imaginación, salvo por la vista de un monumento de gran elegancia en memoria de Mrs. Tilney, que quedaba directamente enfrente del banco de la familia. Sus ojos fueron captados por él de inmediato y lo retuvieron largo tiempo; y la lectura del muy afectado epitafio, en el que su inconsolable marido le atribuía cada virtud, y que debía de haber sido de algún modo su destructor, la conmovió hasta las lágrimas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000925">Que el general, habiendo erigido semejante monumento, fuera capaz de mirarlo de frente, no era quizás muy extraño; y sin embargo que pudiera sentarse con tanta insolente aplomo dentro de su vista, mantener tan elevado el porte, mirar tan intrépidamente alrededor, más aún, que pudiera incluso entrar en la iglesia, le parecía a Catherine asombroso. Sin embargo, no faltaban numerosos ejemplos de seres igualmente endurecidos en la culpa. Podía recordar docenas que habían perseverado en todos los vicios posibles, pasando de crimen en crimen, asesinando a quienes quisieran, sin ningún sentimiento de humanidad ni remordimiento, hasta que una muerte violenta o un retiro religioso cerraban su negra carrera. La erección del monumento en sí misma no podía en el menor grado afectar sus dudas sobre el fallecimiento real de Mrs. Tilney. Aunque descendiera a la cripta familiar donde se suponía que sus cenizas dormían, aunque contemplara el ataúd en que se decía que estaban encerradas..., ¿de qué serviría en tal caso? Catherine había leído demasiado para no ser perfectamente consciente de la facilidad con que podía introducirse una figura de cera y llevarse a cabo un funeral fingido.</p>
          <p xml:id="spa-p-000926">La mañana siguiente prometía algo mejor. El paseo matutino del general, inoportuno en todos los demás aspectos, era favorable aquí; y cuando supo que estaba fuera de casa, propuso de inmediato a la señorita Tilney el cumplimiento de su promesa. Eleanor estaba dispuesta a complacerla; y recordándole Catherine al ir, otra promesa, su primera visita fue por consiguiente al retrato en su dormitorio. Representaba a una mujer muy bella, de semblante suave y pensativo, justificando, hasta cierto punto, las expectativas de su nueva observadora; pero no se cumplían en todos los aspectos, pues Catherine había contado con encontrar unos rasgos, un cabello, un cutis que fueran la contrapartida exacta, la viva imagen, si no de Henry, de Eleanor..., los únicos retratos a los que estaba acostumbrada a pensar, llevando siempre un igual parecido de madre e hijo. Una cara retratada de una vez lo era para generaciones. Pero aquí se vio obligada a mirar y contemplar y estudiar para encontrar un parecido. Lo contempló, sin embargo, a pesar de este contratiempo, con mucha emoción, y, de no ser por un interés aún más fuerte, lo habría dejado a regañadientes.</p>
          <p xml:id="spa-p-000927">Su agitación al entrar en la gran galería era demasiado grande para ningún esfuerzo de conversación; solo podía mirar a su compañera. El semblante de Eleanor era abatido, aunque sereno; y su compostura hablaba de que estaba habituada a todos los sombríos objetos hacia los que se encaminaban. De nuevo pasó por las puertas plegables, de nuevo su mano estaba sobre el importante cerrojo, y Catherine, apenas pudiendo respirar, se volvía para cerrar las anteriores con cautelosa aprensión, cuando la figura, la temida figura del propio general al otro extremo de la galería, se presentó ante ella. El nombre de «Eleanor», al mismo tiempo, con su tono más alto, resonó por el edificio, dando a su hija la primera noticia de su presencia y a Catherine terror sobre terror. Un intento de ocultarse había sido su primer movimiento instintivo al divisarle, aunque apenas podía esperar haber escapado a su vista; y cuando su amiga, con una mirada de disculpa, pasó corriendo junto a ella y se unió a él y desapareció con él, corrió a refugiarse en su propio cuarto y, cerrándose por dentro, creyó que nunca tendría valor para bajar de nuevo. Permaneció allí al menos una hora, en la mayor agitación, compadeciendo profundamente el estado de su pobre amiga y esperando ella misma ser convocada por el enojado general a su propio aposento. Sin embargo, no llegó ninguna convocatoria; y al fin, al ver llegar un carruaje a la abadía, se animó a bajar y encontrarse con él bajo la protección de los visitantes. El cuarto del desayuno estaba animado con compañía; y el general la presentó a ellos como la amiga de su hija, en un estilo tan lleno de cumplidos que ocultaba tan bien su ira resentida que la dejó sentirse segura al menos de vida por el momento. Y Eleanor, con un dominio del semblante que honraba su preocupación por la imagen de él, aprovechando una temprana oportunidad de decirle: «Mi padre solo quería que respondiera a una nota», empezó a esperar que o bien el general no la hubiera visto, o que por alguna consideración política se le fuera a permitir suponer que no la había visto. Confiando en esto, se atrevió a permanecer en su presencia, después de que se marchara la compañía, y nada ocurrió que la perturbara.</p>
          <p xml:id="spa-p-000928">En el curso de las reflexiones de esa mañana, llegó a la resolución de hacer su próximo intento en la puerta prohibida sola. Sería mucho mejor en todos los aspectos que Eleanor no supiera nada del asunto. Implicarla en el peligro de una segunda descubierta, atraerla a un aposento que tenía que desgarrarle el corazón, no podía ser el cometido de una amiga. La mayor cólera del general no podía ser para ella misma lo que podría ser para una hija; y además, pensaba que el examen mismo resultaría más satisfactorio si se hacía sin ninguna compañera. Sería imposible explicarle a Eleanor las sospechas de las que la otra, con toda probabilidad, había sido hasta entonces felizmente ajena; ni podría por tanto, en su presencia, buscar esas pruebas de la crueldad del general que, aunque hasta entonces hubieran escapado al descubrimiento, confiaba en sacar a la luz en algún lugar, en forma de algún diario fragmentado, continuado hasta el último suspiro. El camino hacia el aposento lo dominaba ahora perfectamente; y como deseaba terminarlo antes del regreso de Henry, que se esperaba al día siguiente, no había tiempo que perder. El día era luminoso, su valor alto; a las cuatro, el sol llevaba dos horas sobre el horizonte, y no sería más que retirarse a cambiarse de ropa media hora antes de lo habitual.</p>
          <p xml:id="spa-p-000929">Así se hizo; y Catherine se encontró sola en la galería antes de que los relojes hubieran dejado de dar. No era momento para pensar; se apresuró, se deslizó con el menor ruido posible a través de las puertas plegables, y sin detenerse a mirar ni a respirar, corrió hacia la puerta en cuestión. El cerrojo cedió a su mano, y afortunadamente sin ningún chirrido sordo que pudiera alarmar a ningún ser humano. De puntillas entró; la habitación estaba ante ella; pero tardó algunos minutos en poder dar otro paso. Vio algo que la clavó en el sitio y agitó cada uno de sus rasgos. Vio un aposento grande y bien proporcionado, una cama de dimity bonita, dispuesta como desocupada con el esmero de una doncella, una chimenea de Bath reluciente, armarios de caoba y sillas pintadas con elegancia, ¡sobre los que los cálidos rayos del sol poniente caían alegremente a través de dos ventanas de guillotina! Catherine había esperado que sus sentimientos fueran trabajados, y trabajados lo fueron. El asombro y la duda los asaltaron primero; y un rayo de sentido común, llegado poco después, añadió algunas amargas emociones de vergüenza. No podía equivocarse en cuanto al cuarto; pero ¡cuánto se había equivocado en todo lo demás! En la interpretación de lo que había dicho la señorita Tilney, en su propio cálculo. Este aposento, al que había asignado una fecha tan antigua, una situación tan pavorosa, resultó ser uno de los extremos de lo que el padre del general había construido. Había otras dos puertas en la cámara, que conducían probablemente a tocadores; pero no sentía ninguna inclinación a abrir ninguna. ¿Quedaría el velo con que Mrs. Tilney había paseado por última vez, o el volumen que había leído por última vez, para contar lo que ninguna otra cosa podía susurrar? No: cualesquiera que hubieran sido los crímenes del general, tenía ciertamente demasiado ingenio para dejar que se presentaran como pruebas en su contra. Estaba harta de explorar, y no deseaba más que estar a salvo en su propio cuarto, con solo su propio corazón al tanto de su necedad; y estaba a punto de retirarse tan suavemente como había entrado, cuando el sonido de pasos, no podría decir de dónde, la hizo detenerse y temblar. Ser encontrada allí, incluso por un sirviente, sería desagradable; pero por el general (y parecía estar siempre a mano cuando menos se le quería), ¡mucho peor! Escuchó..., el sonido había cesado; y resolviendo no perder un momento, pasó a través y cerró la puerta. En ese instante una puerta de abajo se abrió apresuradamente; alguien parecía subir con pasos rápidos las escaleras, por cuya cabecera tenía que pasar aún antes de poder llegar a la galería. No tenía poder de moverse. Con un sentimiento de terror no muy definible, fijó los ojos en la escalera, y a los pocos momentos esta le ofreció a la vista a Henry.</p>
          <p xml:id="spa-p-000930">—¡Mr. Tilney! —exclamó en una voz de más que común asombro.</p>
          <p xml:id="spa-p-000931">Él pareció asombrado también.</p>
          <p xml:id="spa-p-000932">—¡Santo Dios! —continuó ella, sin atender a lo que él decía—. ¿Cómo ha venido aquí? ¿Cómo ha subido por esa escalera?</p>
          <p xml:id="spa-p-000933">—¿Que cómo subí por esa escalera? —respondió él, muy sorprendido—. Porque es mi camino más corto desde el patio de las caballerizas a mi propio cuarto; ¿y por qué no habría de subir por ella?</p>
          <p xml:id="spa-p-000934">Catherine recapacitó, se ruborizó profundamente y no pudo decir nada más. Él parecía buscar en su semblante la explicación que sus labios no ofrecían. Ella avanzó hacia la galería.</p>
          <p xml:id="spa-p-000935">—¿Y no puedo yo, a mi vez —dijo él, empujando las puertas plegables—, preguntar cómo ha venido usted aquí? Este pasillo es al menos un camino tan extraordinario desde el cuarto del desayuno hasta su aposento como esa escalera puede serlo desde las caballerizas hasta el mío.</p>
          <p xml:id="spa-p-000936">—He venido —dijo Catherine, bajando los ojos— a ver el cuarto de su madre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000937">—¿El cuarto de mi madre? ¿Hay algo extraordinario que ver allí?</p>
          <p xml:id="spa-p-000938">—No, nada en absoluto. Creía que no iba a volver hasta mañana.</p>
          <p xml:id="spa-p-000939">—No esperaba poder regresar antes cuando me fui; pero hace tres horas tuve el placer de no encontrar nada que me retuviera. Está usted pálida. Me temo que la asusté corriendo tan deprisa por esas escaleras. Quizás no sabía usted..., no era consciente de que conducen desde las dependencias de uso común.</p>
          <p xml:id="spa-p-000940">—No, no lo sabía. Ha tenido usted un día muy bueno para su cabalgada.</p>
          <p xml:id="spa-p-000941">—Muy bueno; ¿y Eleanor la deja a usted encontrar el camino hasta todos los cuartos de la casa sola?</p>
          <p xml:id="spa-p-000942">—¡Oh, no! Me enseñó la mayor parte el sábado..., y veníamos a estos cuartos..., pero solo... —bajando la voz— su padre estaba con nosotras.</p>
          <p xml:id="spa-p-000943">—Y eso lo impidió —dijo Henry, mirándola fijamente—. ¿Ha entrado usted en todos los cuartos de ese pasillo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000944">—No, solo quería ver..., ¿no es muy tarde? Tengo que ir a cambiarme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000945">—Solo son las cuatro y cuarto —mostrando su reloj—; y usted no está ahora en Bath. Sin teatro, sin salas de baile para las que prepararse. Media hora en Northanger tiene que ser suficiente.</p>
          <p xml:id="spa-p-000946">No podía contradecirlo, y por tanto se dejó retener, aunque su temor a nuevas preguntas la hizo desear, por primera vez en su trato con él, alejarse de él. Caminaron despacio por la galería.</p>
          <p xml:id="spa-p-000947">—¿Ha recibido usted alguna carta de Bath desde la última vez que la vi?</p>
          <p xml:id="spa-p-000948">—No, y estoy muy sorprendida. Isabella prometió tan fielmente escribir de inmediato.</p>
          <p xml:id="spa-p-000949">—¡Prometió tan fielmente! ¡Una promesa fiel! Eso me desconcerta. He oído hablar de un cumplimiento fiel. Pero una promesa fiel..., ¡la fidelidad de prometer! Es un poder de escaso valor conocer, sin embargo, puesto que puede engañar y dolerle a usted. El cuarto de mi madre es muy cómodo, ¿verdad? Grande y de aspecto alegre, ¡y los tocadores tan bien dispuestos! Siempre me parece el aposento más confortable de la casa, y me pregunto un tanto por qué Eleanor no lo toma para ella. Ella la envió a usted a verlo, supongo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000950">—No.</p>
          <p xml:id="spa-p-000951">—¿Ha sido obra enteramente suya?</p>
          <p xml:id="spa-p-000952">Catherine no dijo nada. Después de un breve silencio, durante el cual la había observado atentamente, añadió: «Como no hay nada en la habitación en sí misma que suscite curiosidad, esto debe de haber procedido de un sentimiento de respeto por el carácter de mi madre, según lo describió Eleanor, que honra su memoria. El mundo, creo, nunca vio a una mujer mejor. Pero no a menudo puede la virtud presumir de un interés como este. Los merecimientos domésticos y sin pretensiones de una persona nunca conocida no suelen crear ese tipo de tierna veneración fervorosa que impulsaría una visita como la suya. Eleanor, supongo, ha hablado de ella mucho».</p>
          <p xml:id="spa-p-000953">—Sí, mucho. Es decir..., no, no mucho, pero lo que dijo fue muy interesante. Su muerte tan repentina —pronunciado despacio y con vacilación—, y usted..., ninguno de ustedes estando en casa..., y su padre, pensé..., quizás no la había querido mucho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000954">—Y de estas circunstancias —respondió él (sus ojos agudos fijos en los de ella)—, deduce usted quizás la probabilidad de algún descuido..., algún... —ella negó involuntariamente con la cabeza—, o quizás..., algo aún menos perdonable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000955">Ella alzó los ojos hacia él más plenamente de lo que nunca lo había hecho.</p>
          <p xml:id="spa-p-000956">—La enfermedad de mi madre —continuó—, el ataque que acabó en su muerte, fue repentino. La dolencia en sí, de la que había sufrido a menudo, una fiebre biliar..., su causa, por tanto, constitucional. Al tercer día, en suma, en cuanto pudo ser convencida de ello, la asistió un médico, un hombre muy respetable y en quien ella siempre había depositado gran confianza. Ante su opinión sobre el peligro, otros dos fueron llamados al día siguiente, y permanecieron en asistencia casi constante durante veinticuatro horas. Al quinto día murió. Durante el progreso de su enfermedad, Frederick y yo (los dos estábamos en casa) la vimos repetidamente; y por propia observación podemos atestiguar que recibió toda la atención posible que podía brotar del afecto de quienes la rodeaban, o que su situación en la vida podía exigir. La pobre Eleanor estaba ausente, y a tal distancia que solo volvió para ver a su madre en el ataúd».</p>
          <p xml:id="spa-p-000957">—Pero su padre —dijo Catherine—, ¿estaba él afligido?</p>
          <p xml:id="spa-p-000958">—Durante algún tiempo, mucho. Se ha equivocado usted al suponer que no estaba apegado a ella. La amó, estoy convencido, tanto como le era posible..., no todos tenemos, ya sabe, la misma ternura de carácter..., y no pretenderé decir que mientras vivió, puede que no tuviera a menudo mucho que soportar; pero aunque su temperamento la perjudicó, su criterio nunca lo hizo. La valoraba de verdad; y si no de manera permanente, se afligió sinceramente por su muerte.</p>
          <p xml:id="spa-p-000959">—Me alegra mucho saberlo —dijo Catherine—; ¡habría sido muy espantoso!</p>
          <p xml:id="spa-p-000960">—Si la entiendo bien, ha abrigado usted una sospecha de tal horror que apenas tengo palabras para..., Querida señorita Morland, piense en la espantosa naturaleza de las sospechas que ha albergado. ¿A partir de qué ha juzgado usted? Recuerde el país y la época en que vivimos. Recuerde que somos ingleses, que somos cristianos. Consulte su propio entendimiento, su propio sentido de lo probable, su propia observación de lo que ocurre a su alrededor. ¿Nos prepara nuestra educación para tales atrocidades? ¿Las consienten nuestras leyes? ¿Podrían perpetrarse sin que se supiera, en un país como este, donde el trato social y literario está tan desarrollado, donde cada hombre está rodeado por un vecindario de espías voluntarios, y donde los caminos y los periódicos lo ponen todo al descubierto? Queridísima señorita Morland, ¿qué ideas ha estado usted admitiendo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000961">Habían llegado al final de la galería, y con lágrimas de vergüenza ella corrió a su propio cuarto.</p>
          <p xml:id="spa-p-000962">Traducido y editado por Elejandría.com</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="25" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-025">
          <head>XXV</head>
          <p xml:id="spa-p-000963">Las visiones de la novela habían terminado. Catherine había despertado del todo. Las palabras de Henry, por breves que habían sido, le habían abierto los ojos a la extravagancia de sus recientes fantasías más a fondo que todas sus respectivas decepciones juntas. Se sentía abatida en el más alto grado. Lloraba con la más profunda amargura. No era solo ante sí misma donde estaba hundida..., sino ante Henry. Su necedad, que ahora le parecía incluso criminal, quedaba toda expuesta ante él, y tendría que despreciarla para siempre. La libertad que su imaginación se había atrevido a tomarse con el carácter de su padre..., ¿podría él perdonarla alguna vez? El absurdo de su curiosidad y de sus miedos..., ¿podrían olvidarse nunca? Se odiaba a sí misma más de lo que podía expresar. Él había..., creía que él había mostrado, una o dos veces antes de aquella fatal mañana, algo parecido al afecto por ella. Pero ahora..., en suma, se hizo tan desgraciada como pudo durante media hora aproximadamente, bajó cuando el reloj dio las cinco, con el corazón partido, y apenas pudo dar una respuesta inteligible a la pregunta de Eleanor de si estaba bien. El formidable Henry la siguió pronto a la habitación, y la única diferencia en su conducta hacia ella fue que le prestó algo más de atención de lo habitual. Catherine nunca había necesitado tanto consuelo, y él parecía estar al tanto de ello.</p>
          <p xml:id="spa-p-000964">La velada transcurrió sin ninguna mengua de esa tranquilizadora cortesía; y su ánimo fue gradualmente elevándose hasta una modesta serenidad. No aprendió ni a olvidar ni a justificar el pasado; pero aprendió a esperar que nunca trascendiera más lejos, y que no le costara todo el aprecio de Henry. Con sus pensamientos aún fijos principalmente en lo que había sentido y hecho con tan infundado terror, nada podría ser en breve más claro que el hecho de que todo había sido una delusión voluntaria y autoinfligida, cada pequeña circunstancia adquiriendo importancia de una imaginación resuelta a alarmarse, y todo forzado a doblarse a un propósito por una mente que, antes de entrar en la abadía, había estado ansiosa de ser asustada. Recordó con qué sentimientos se había preparado para conocer Northanger. Vio que la ilusión había sido creada, el daño fijado, mucho antes de salir de Bath, y le pareció como si todo pudiera rastrearse hasta la influencia de esa clase de lecturas a la que allí se había entregado.</p>
          <p xml:id="spa-p-000965">Por encantadoras que fueran todas las obras de Mrs. Radcliffe, y encantadoras incluso como lo eran las de todos sus imitadores, no era quizás en ellas donde había que buscar la naturaleza humana, al menos en los condados centrales de Inglaterra. De los Alpes y los Pirineos, con sus bosques de pinos y sus vicios, podían dar una representación fiel; e Italia, Suiza y el sur de Francia podían ser tan fértiles en horrores como allí se los representaba. Catherine no se atrevía a dudar más allá de su propio país, y aún de este, si se la apretaba mucho, habría cedido los extremos del norte y del oeste. Pero en la parte central de Inglaterra había sin duda alguna seguridad para la existencia incluso de una esposa no amada, en las leyes del país y en las costumbres de la época. El asesinato no era tolerado, los sirvientes no eran esclavos, y ni el veneno ni los somníferos podían adquirirse, como el ruibarbo, en cualquier droguería. Entre los Alpes y los Pirineos, quizás, no había personajes de naturaleza mixta. Allí, los que no eran tan inmaculados como un ángel podían tener la índole de un demonio. Pero en Inglaterra no era así; entre los ingleses, creía, en sus corazones y en sus hábitos, había una mezcla general aunque desigual de bien y de mal. Partiendo de esta convicción, no se sorprendería si incluso en Henry y Eleanor Tilney apareciera alguna ligera imperfección en el futuro; y partiendo de esta convicción no necesitaba temer reconocer algunas manchas reales en el carácter de su padre, quien, aunque exonerado de las sospechas groseramente injuriosas que siempre le haría sonrojarse haber abrigado, sí creía, tras seria reflexión, que no era perfectamente amable.</p>
          <p xml:id="spa-p-000966">Con la mente resuelta en estos varios puntos y tomada la resolución de juzgar y actuar siempre en el futuro con el mayor sentido común, no tenía más que hacer que perdonarse a sí misma y ser más feliz que nunca; y la mano indulgente del tiempo hizo mucho por ella mediante graduales e insensibles avances en el transcurso de otro día. La asombrosa generosidad y nobleza de conducta de Henry, al no aludir de la manera más leve a lo que había pasado, fueron de la mayor ayuda para ella; y antes de lo que podría haber supuesto posible al principio de su angustia, su ánimo se volvió absolutamente cómodo y capaz, como siempre, de mejora continua con cualquier cosa que él dijera. Seguía habiendo, en verdad, algunos temas bajo los cuales creía que siempre temblería..., la mención de un cofre o de un armario, por ejemplo..., y no le gustaba ver la laca en ninguna forma; pero incluso ella podía reconocer que un recordatorio ocasional de la necedad pasada, por doloroso que fuera, podría no ser del todo inútil.</p>
          <p xml:id="spa-p-000967">Las ansiedades de la vida ordinaria empezaron pronto a suceder a las alarmas de la novela. Sus deseos de tener noticias de Isabella crecían cada día más. Sentía mucha impaciencia por saber cómo andaba el mundo de Bath y qué tal concurrían las salas de baile; y especialmente le inquietaba saber si Isabella había conseguido el hilo de encaje que, cuando ella se fue, buscaba con empeño; y si seguían en los mejores términos con James. Su única dependencia para información de cualquier tipo era Isabella. James había protestado contra escribirle hasta su vuelta a Oxford; y Mrs. Allen no le había dado esperanzas de carta hasta que ella estuviera de regreso en Fullerton. Pero Isabella había prometido, y prometido de nuevo; ¡y cuando prometía algo, era tan escrupulosa en cumplirlo! Esto hacía que fuera tan particularmente extraño.</p>
          <p xml:id="spa-p-000968">Durante nueve mañanas consecutivas, Catherine se preguntó con asombro por la repetición de una decepción que cada mañana se volvía más severa; pero a la décima, al entrar en el cuarto del desayuno, lo primero que vio fue una carta, tendida por la complaciente mano de Henry. Le dio las gracias tan de corazón como si él mismo la hubiera escrito.</p>
          <p xml:id="spa-p-000969">—Aunque es solo de James —dijo al ver el sobre.</p>
          <p xml:id="spa-p-000970">La abrió; era de Oxford; y decía lo siguiente:</p>
          <p xml:id="spa-p-000971">Querida Catherine:</p>
          <p xml:id="spa-p-000972">Aunque Dios sabe con escasa inclinación para escribir, creo que es mi deber decirte que todo ha terminado entre la señorita Thorpe y yo. La dejé a ella y a Bath ayer, para no volver a ver ninguno de los dos. No entraré en detalles..., solo te harían sufrir más. Pronto sabrás suficiente por otro conducto para saber dónde está la culpa; y espero que me absuelvas de todo salvo de la necedad de creer demasiado fácilmente correspondido mi afecto. ¡Gracias a Dios que estoy desengañado a tiempo! Pero es un golpe duro. Después de que el consentimiento de papá se hubiera dado con tanta bondad..., pero basta de esto. ¡Me ha hecho desgraciado para siempre! Escríbeme pronto, querida Catherine; eres mi única amiga; en tu cariño me apoyo. Desearía que tu visita a Northanger hubiera terminado antes de que el capitán Tilney anuncie su compromiso, pues de lo contrario tu situación sería incómoda. El pobre Thorpe está en la ciudad: temo verle; su corazón honrado lo sentiría tanto. Le he escrito a él y a papá. Su duplicidad me duele más que todo; hasta el último momento, si le razonaba, se declaraba tan apegada a mí como siempre, y se reía de mis temores. Me avergüenza pensar cuánto tiempo lo soporté; pero si algún hombre tuvo razón para creer que le amaban, ese hombre era yo. Ni siquiera ahora puedo entender qué pretendía, pues no había ninguna necesidad de utilizarme a mí para asegurarse a Tilney. Nos separamos al final por mutuo acuerdo..., ¡feliz para mí si nunca nos hubiéramos conocido! ¡Nunca podré esperar conocer a otra mujer igual! Queridísima Catherine, cuídate de a quién das tu corazón.</p>
          <p xml:id="spa-p-000973">Tuyo, etc.</p>
          <p xml:id="spa-p-000974">Catherine no había leído tres líneas cuando su súbito cambio de semblante y sus breves exclamaciones de sorpresa y pesar declararon que estaba recibiendo noticias desagradables; y Henry, observándola atentamente durante toda la carta, vio claramente que terminaba tan mal como había empezado. Fue impedido, sin embargo, de mostrar su sorpresa ni siquiera con la mirada por la entrada de su padre. Fueron de inmediato a desayunar; pero Catherine apenas podía comer nada. Las lágrimas le llenaron los ojos y le corrieron por las mejillas mientras estaba sentada. La carta estaba un momento en su mano, al siguiente en su regazo y al siguiente en su bolsillo; y tenía el aspecto de no saber lo que hacía. El general, entre su cacao y su periódico, no tenía afortunadamente tiempo de fijarse en ella; pero para los otros dos su angustia era igualmente visible. En cuanto se atrevió a dejar la mesa se apresuró a su propio cuarto; pero las doncellas estaban ocupadas en él, y se vio obligada a bajar de nuevo. Se metió en el salón para tener intimidad, pero Henry y Eleanor también se habían retirado allí, y en ese momento estaban enfrascados en profunda consulta sobre ella. Retrocedió intentando pedirles perdón, pero fue, con suave violencia, obligada a volver; y los otros se retiraron, después de que Eleanor hubiera expresado afectuosamente el deseo de ser de utilidad o consuelo para ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-000975">Después de media hora de libre entrega al dolor y la reflexión, Catherine se sintió en condiciones de enfrentarse a sus amigos; pero si debía o no hacerles partícipes de su angustia era otra consideración. Quizás, si le preguntaban con particular insistencia, podría dar una idea..., solo insinuarlo de lejos..., pero no más. Exponer a una amiga, a una amiga como Isabella había sido para ella..., ¡y su propio hermano tan directamente implicado! Creía que tendría que dejar el tema de lado por completo. Henry y Eleanor estaban solos en el cuarto del desayuno; y los dos, al entrar ella, la miraron con ansiedad. Catherine tomó su lugar en la mesa, y después de un breve silencio, Eleanor dijo:</p>
          <p xml:id="spa-p-000976">—Espero que no sean malas noticias de Fullerton. Mr. y Mrs. Morland..., sus hermanos y hermanas..., espero que ninguno de ellos esté enfermo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000977">—No, gracias —respondió Catherine suspirando—; están todos muy bien. Mi carta era de mi hermano en Oxford.</p>
          <p xml:id="spa-p-000978">No se dijo nada más durante unos minutos; y entonces, hablando entre lágrimas, añadió: «¡Creo que nunca más desearé recibir una carta!».</p>
          <p xml:id="spa-p-000979">—Lo siento —dijo Henry, cerrando el libro que acababa de abrir—; si hubiera sospechado que la carta contenía algo desagradable, la habría entregado con muy diferentes sentimientos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000980">—¡Contenía algo peor de lo que nadie podría suponer! El pobre James está tan desgraciado. Pronto sabrá usted el motivo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000981">—Tener una hermana tan bondadosa y tan afectuosa —respondió Henry con calor— tiene que ser un consuelo para él en cualquier angustia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000982">—Tengo un favor que pedir —dijo Catherine poco después, con tono agitado—: que, si su hermano viene aquí, me lo avisen, para poder marcharme.</p>
          <p xml:id="spa-p-000983">—¿Nuestro hermano? ¿Frederick?</p>
          <p xml:id="spa-p-000984">—Sí; estoy segura de que lamentaría mucho dejarles tan pronto, pero ha ocurrido algo que haría muy penoso para mí estar en la misma casa que el capitán Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000985">Eleanor dejó su labor mirando con creciente asombro; pero Henry comenzó a sospechar la verdad, y algo en lo que el nombre de la señorita Thorpe estaba incluido pasó por sus labios.</p>
          <p xml:id="spa-p-000986">—¡Qué rápido es usted! —exclamó Catherine—; ¡lo ha adivinado, lo juro! Y sin embargo, cuando hablamos de ello en Bath, poco pensábamos que acabaría así. Isabella..., no es de extrañar que no haya sabido nada de ella..., Isabella ha abandonado a mi hermano, ¡y va a casarse con el suyo! ¿Podría haber creído usted que hubiera semejante inconstancia y veleidad, y todo lo que hay de malo en el mundo?</p>
          <p xml:id="spa-p-000987">—Espero, en lo que respecta a mi hermano, que esté usted mal informada. Espero que no haya tenido ninguna parte material en provocar la decepción de Mr. Morland. Que se case con la señorita Thorpe no es probable. Creo que debe usted estar equivocada en eso. Siento mucho lo de Mr. Morland..., siento que cualquier persona que usted quiera sea desgraciada; pero mi sorpresa sería mayor ante el matrimonio de Frederick con ella que ante cualquier otra parte de la historia.</p>
          <p xml:id="spa-p-000988">—Sin embargo es muy cierto; puede usted leer la carta de James usted mismo. Espere..., hay una parte... —recordando con un rubor las últimas líneas.</p>
          <p xml:id="spa-p-000989">—¿Me hará usted el favor de leerme los pasajes que conciernen a mi hermano?</p>
          <p xml:id="spa-p-000990">—No, léala usted mismo —exclamó Catherine, cuyos segundos pensamientos fueron más claros—. No sé en qué estaba pensando —ruborizándose de nuevo por haberse ruborizado antes—; James solo quiere darme buen consejo.</p>
          <p xml:id="spa-p-000991">Él recibió la carta de buena gana, y habiéndola leído con detenida atención, la devolvió diciendo: «Pues bien, si ha de ser así, solo puedo decir que lo siento. Frederick no será el primer hombre que ha elegido esposa con menos juicio del que esperaba su familia. No le envidio su situación, ni como amante ni como hijo».</p>
          <p xml:id="spa-p-000992">La señorita Tilney, invitada por Catherine, leyó también la carta, y habiendo expresado igualmente su preocupación y su sorpresa, empezó a indagar sobre las conexiones y la fortuna de la señorita Thorpe.</p>
          <p xml:id="spa-p-000993">—Su madre es una mujer muy buena —fue la respuesta de Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-000994">—¿A qué se dedicaba su padre?</p>
          <p xml:id="spa-p-000995">—Abogado, creo. Viven en Putney.</p>
          <p xml:id="spa-p-000996">—¿Son una familia acomodada?</p>
          <p xml:id="spa-p-000997">—No, no mucho. No creo que Isabella tenga ninguna fortuna; pero eso no importará en su familia. ¡Su padre es tan generoso! Me dijo el otro día que solo valoraba el dinero en la medida en que le permitía promover la felicidad de sus hijos.</p>
          <p xml:id="spa-p-000998">El hermano y la hermana se miraron.</p>
          <p xml:id="spa-p-000999">—Pero —dijo Eleanor, tras una breve pausa—, ¿favorecería su felicidad permitirle casarse con semejante chica? Ha de ser una mujer sin principios, o no habría podido tratar así a su hermano. ¡Y qué extraña infatuación la de Frederick! ¡Una chica que, ante sus propios ojos, está violando un compromiso contraído voluntariamente con otro hombre! ¿No es inconcebible, Henry? ¡Frederick, también, que siempre llevó el corazón con tanto orgullo! ¡Que no encontraba ninguna mujer lo bastante buena para ser amada!</p>
          <p xml:id="spa-p-001000">—Esa es la circunstancia más desfavorable, la presunción más fuerte en su contra. Cuando pienso en sus declaraciones pasadas, le doy por perdido. Es más, tengo tan buena opinión de la prudencia de la señorita Thorpe que no supongo que se deshiciera de un caballero antes de tener asegurado al otro. ¡Frederick está verdaderamente acabado! Es un hombre difunto..., muerto de entendimiento. Prepárate para tu cuñada, Eleanor, ¡y qué cuñada es la que tendrás! Franca, sincera, sencilla, inocente, con afectos fuertes pero simples, sin ninguna pretensión y sin ningún disimulo.</p>
          <p xml:id="spa-p-001001">—Semejante cuñada, Henry, me encantaría —dijo Eleanor con una sonrisa.</p>
          <p xml:id="spa-p-001002">—Pero quizás —observó Catherine—, aunque se ha portado tan mal con nuestra familia, se porte mejor con la suya. Ahora que tiene de verdad al hombre que le gusta, puede ser constante.</p>
          <p xml:id="spa-p-001003">—Me temo que así sea —respondió Henry—; me temo que sea muy constante, a menos que se le presente un baronet en el camino; esa es la única oportunidad de Frederick. Buscaré el periódico de Bath y repasaré las llegadas.</p>
          <p xml:id="spa-p-001004">—¿Cree usted que es todo por ambición? A decir verdad, hay algunas cosas que lo parecen mucho. No puedo olvidar que, cuando supo por primera vez lo que mi padre haría por ellos, pareció bastante decepcionada de que no fuera más. Nunca en mi vida me habían engañado tanto con el carácter de nadie.</p>
          <p xml:id="spa-p-001005">—Entre toda la gran variedad que ha conocido y estudiado.</p>
          <p xml:id="spa-p-001006">—Mi decepción y mi pérdida son muy grandes; pero en cuanto al pobre James, supongo que no se recuperará fácilmente.</p>
          <p xml:id="spa-p-001007">—Su hermano merece ciertamente mucha compasión en este momento; pero no debemos, en nuestra preocupación por sus sufrimientos, infravalorar los de usted. Supongo que siente que al perder a Isabella pierde la mitad de sí misma; que siente un vacío en el corazón que nada más puede llenar. La sociedad se vuelve fastidiosa; y en cuanto a las diversiones en que solía participar en Bath, la mera idea de ellas sin ella le resulta odiosa. No iría usted ahora, por ejemplo, a un baile por nada del mundo. Siente que ya no tiene ninguna amiga a quien hablarle sin reserva, en cuyo afecto pueda confiarse, ni cuyo consejo, en cualquier dificultad, podría buscarse. ¿Siente usted todo eso?</p>
          <p xml:id="spa-p-001008">—No —dijo Catherine, después de unos momentos de reflexión—; no lo siento..., ¿debería? A decir verdad, aunque estoy herida y apenada, que no pueda seguir queriéndola, que nunca vuelva a saber nada de ella, que quizás no vuelva a verla, no me siento tan, tan profundamente afligida como podría esperarse.</p>
          <p xml:id="spa-p-001009">—Siente usted, como siempre, lo que más honra a la naturaleza humana. Tales sentimientos merecen ser examinados para que se conozcan a sí mismos.</p>
          <p xml:id="spa-p-001010">Catherine, por algún azar u otro, encontró su ánimo tan muy aliviado por esta conversación que no pudo lamentarse de haber sido conducida a mencionar, aunque de manera tan inexplicable, la circunstancia que la había producido.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="26" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-026">
          <head>XXVI</head>
          <p xml:id="spa-p-001011">A partir de ese momento, el tema fue examinado con frecuencia por los tres jóvenes; y Catherine descubrió, con cierta sorpresa, que sus dos jóvenes amigos estaban perfectamente de acuerdo en considerar que la falta de posición y de fortuna de Isabella era probable que pusiera grandes dificultades en el camino de su matrimonio con su hermano. Su convicción de que el general, por ese solo motivo, independientemente de las objeciones que pudieran levantarse contra su carácter, se opondría al enlace, volvió además sus sentimientos con cierta alarma hacia ella misma. Era tan insignificante y quizás tan sin fortuna como Isabella; y si el heredero de la propiedad Tilney no tenía suficiente grandeza y riqueza en sí mismo, ¿en qué punto de interés habían de descansar las exigencias de su hermano menor? Las reflexiones muy dolorosas a las que este pensamiento conducía solo podían dispersarse confiando en el efecto de esa particular predilección que, según le habían dado a entender tanto sus palabras como sus acciones, había tenido desde el principio la fortuna de suscitar en el general; y recordando algunos sentimientos de lo más generosos y desinteresados sobre el asunto del dinero, que le había oído expresar más de una vez, y que la tentaban a pensar que su disposición en tales materias había sido malentendida por sus hijos.</p>
          <p xml:id="spa-p-001012">Estaban, sin embargo, tan firmemente convencidos de que su hermano no tendría el valor de solicitarle en persona el consentimiento a su padre, y le aseguraron tan repetidamente que nunca en su vida había sido menos probable que viniera a Northanger que en ese momento, que ella dejó descansar su mente en cuanto a la necesidad de ningún traslado repentino suyo. Pero como no podía suponerse que el capitán Tilney, cuando presentara su solicitud, daría a su padre ninguna idea justa de la conducta de Isabella, se le ocurrió que sería muy conveniente que Henry expusiera todo el asunto ante él tal como era en realidad, permitiendo así al general formarse una opinión fría e imparcial, y preparar sus objeciones sobre una base más equitativa que la desigualdad de situaciones. Se lo propuso en consecuencia; pero él no se aferró a la medida con tanta avidez como ella había esperado.</p>
          <p xml:id="spa-p-001013">—No —dijo—; no hay que fortalecer la mano de mi padre, ni anticiparse a la confesión de la necedad de Frederick. Él debe contar su propia historia.</p>
          <p xml:id="spa-p-001014">—Pero contará solo la mitad de ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-001015">—Un cuarto sería suficiente.</p>
          <p xml:id="spa-p-001016">Pasaron uno o dos días sin que hubiera noticias del capitán Tilney. Su hermano y su hermana no sabían qué pensar. A veces les parecía que su silencio sería el resultado natural del compromiso que se sospechaba, y otras veces que era completamente incompatible con él. El general, entre tanto, aunque contrariado cada mañana por la negligencia de Frederick en escribir, estaba libre de cualquier ansiedad real sobre él, y no tenía solicitud más urgente que la de hacer que la estancia de la señorita Morland en Northanger fuera agradable. Expresaba a menudo su inquietud en este punto, temía que la monotonía de la sociedad y los entretenimientos de cada día la disgustara del lugar, deseaba que las damas Fraser hubieran estado en el campo, hablaba de vez en cuando de organizar una gran cena, y una o dos veces llegó incluso a calcular el número de jóvenes aficionados al baile en los alrededores. Pero entonces era una época tan muerta del año, sin caza mayor ni menor, y las damas Fraser no estaban en el campo. Y todo acabó, al fin, en que una mañana le dijo a Henry que la próxima vez que este fuera a Woodston, lo sorprenderían alguno de esos días y comerían con él. Henry quedó muy honrado y muy contento, y Catherine estaba del todo encantada con el plan.</p>
          <p xml:id="spa-p-001017">—¿Y cuándo cree usted, señor, que puedo anticipar ese placer? Tengo que estar en Woodston el lunes para asistir a la reunión parroquial, y probablemente estaré obligado a quedarme dos o tres días.</p>
          <p xml:id="spa-p-001018">—Pues bien, ya aprovecharemos alguno de esos días. No hay necesidad de fijar fecha. No se ponga en modo alguno fuera de camino. Con lo que tenga en casa bastará. Creo que puedo responder de que las jóvenes señoritas serán indulgentes con la mesa de un soltero. Veamos; el lunes estará usted muy ocupado, no iremos el lunes; y el martes estaré muy ocupado yo. Espero por la mañana al inspector de Brockham con su informe; y después no puedo en conciencia dejar de asistir al club. No podría mirar a mis conocidos a la cara si faltara ahora; pues como se sabe que estoy en el campo, se tomaría muy a mal; y tengo por norma, señorita Morland, no ofender nunca a ninguno de mis vecinos si un pequeño sacrificio de tiempo y atención puede evitarlo. Son un conjunto de hombres muy dignos. Reciben medio ciervo de Northanger dos veces al año; y yo ceno con ellos cuando puedo. El martes, pues, podemos decir que está descartado. Pero el miércoles, creo, Henry, puede esperarnos; y llegaremos temprano, para tener tiempo de echar un vistazo. Dos horas y tres cuartos nos llevarán a Woodston, supongo; estaremos en el carruaje a las diez; de modo que, hacia un cuarto para la una del miércoles, puede esperarnos.</p>
          <p xml:id="spa-p-001019">Un baile en sí no habría podido ser más bienvenido para Catherine que esta pequeña excursión, tan grande era su deseo de conocer Woodston; y su corazón seguía rebosante de alegría cuando Henry, una hora después, entró calzado con botas y con el gabán puesto en la habitación donde estaban sentadas ella y Eleanor, y dijo: «Vengo, jóvenes señoritas, en un tono muy moralizante, a observar que nuestros placeres en este mundo siempre tienen que pagarse, y que a menudo los compramos con gran desventaja, dando felicidad real y efectiva por una letra a fecha futura que quizás no sea honrada. Sea testigo yo mismo en este momento. Porque tengo que esperar la satisfacción de verlas en Woodston el miércoles, que el mal tiempo u otras veinte causas pueden impedir, debo marcharme de inmediato, dos días antes de lo que tenía previsto».</p>
          <p xml:id="spa-p-001020">—¿Marcharse? —dijo Catherine con cara muy larga—. ¿Y por qué?</p>
          <p xml:id="spa-p-001021">—¿Por qué? ¿Cómo puede hacer esa pregunta? Porque no hay tiempo que perder para espantar a mi vieja ama de llaves fuera de sus cabales, porque tengo que ir a preparar una cena para ustedes, claro está.</p>
          <p xml:id="spa-p-001022">—¡Oh! ¡No, en serio!</p>
          <p xml:id="spa-p-001023">—Sí, y con pena también..., pues preferiría con mucho quedarme.</p>
          <p xml:id="spa-p-001024">—Pero ¿cómo puede pensar en tal cosa, después de lo que dijo el general? Cuando tan particularmente le pidió que no se pusiera en modo alguno fuera de camino, porque cualquier cosa serviría.</p>
          <p xml:id="spa-p-001025">Henry solo sonrió.</p>
          <p xml:id="spa-p-001026">—Estoy segura de que es completamente innecesario por cuenta de su hermana y la mía. Tiene que saberlo así; y el general hizo tanto hincapié en que no preparara nada extraordinario; además, aunque no hubiera dicho ni la mitad de lo que dijo, siempre tiene una cena tan excelente en casa que sentarse a una mediocre un solo día no podría tener importancia.</p>
          <p xml:id="spa-p-001027">—Ojalá pudiera razonar como usted, por el bien de él y el mío. Adiós. Como mañana es domingo, Eleanor, no volveré.</p>
          <p xml:id="spa-p-001028">Se fue; y siendo para Catherine en todo momento una operación mucho más simple dudar de su propio criterio que del de Henry, pronto se vio obligada a darle crédito por tener razón, por muy desagradable que le resultara su marcha. Pero la inexplicabilidad de la conducta del general ocupaba mucho sus pensamientos. Que era muy particular en su comer, ya lo había descubierto por su propia observación sin ayuda de nadie; pero ¡por qué habría de decir una cosa tan positivamente y querer decir otra todo el rato era de lo más incomprensible! ¿Cómo iba a entenderse así a la gente? ¿Quién salvo Henry podría haber adivinado lo que pretendía su padre?</p>
          <p xml:id="spa-p-001029">Del sábado al miércoles, sin embargo, habían de estar ahora sin Henry. Ese era el triste remate de toda reflexión: y la carta del capitán Tilney llegaría sin duda en su ausencia; y el miércoles estaba muy segura de que llovería. El pasado, el presente y el futuro estaban igualmente oscurecidos. Su hermano tan desgraciado, y su pérdida en Isabella tan grande; y el ánimo de Eleanor siempre afectado por la ausencia de Henry. ¿Qué había para interesarla o divertirla? Estaba cansada de los bosques y los arbustos..., siempre tan lisos y tan secos; y la abadía en sí no era ya más para ella que cualquier otra casa. El doloroso recuerdo de la necedad que había contribuido a nutrir y perfeccionar era la única emoción que podía brotar de una contemplación del edificio. ¡Qué revolución en sus ideas! Ella, que tanto había anhelado estar en una abadía. Ahora no había nada tan encantador para su imaginación como la sencilla comodidad de una buena casa parroquial, algo parecido a Fullerton, pero mejor; Fullerton tenía sus defectos, pero Woodston probablemente no tenía ninguno. ¡Si llegara el miércoles alguna vez!</p>
          <p xml:id="spa-p-001030">Llegó, y exactamente cuando podía esperarse razonablemente. Llegó..., fue un día claro..., y Catherine pisaba el aire. A las diez, el coche de cuatro llevó al trío fuera de la abadía; y después de un agradable viaje de casi veinte millas, entraron en Woodston, un pueblo grande y populoso, en una situación no desagradable. Catherine se avergonzaba de decir lo bonito que le parecía, pues el general parecía creer necesario pedir disculpas por la llanura del campo y el tamaño del pueblo; pero en su corazón lo prefería a cualquier lugar en que hubiera estado, y miraba con mucha admiración cada casa limpia de mayor categoría que una cabaña, y todos los pequeños comercios de ultramarinos que pasaban. En el extremo más lejano del pueblo, y bastante apartada de él, estaba la rectoría, una sólida casa de piedra de nueva construcción, con su entrada semicircular y sus verjas verdes; y, al acercarse a la puerta, Henry, con los amigos de su soledad, un gran cachorro de terranova y dos o tres terriers, estaba listo para recibirlos y festejarlos.</p>
          <p xml:id="spa-p-001031">La mente de Catherine estaba demasiado llena al entrar en la casa para observar o decir mucho; y hasta que el general le pidió su opinión sobre ella, tenía muy poca idea de la habitación en que estaba sentada. Al mirar entonces a su alrededor, percibió de inmediato que era la habitación más cómoda del mundo; pero estaba demasiado guardada para decirlo, y la frialdad de sus elogios le decepcionó.</p>
          <p xml:id="spa-p-001032">—No la estamos llamando una buena casa —dijo él—. No la estamos comparando con Fullerton y Northanger..., la estamos considerando como una mera rectoría, pequeña y estrecha, lo reconocemos, pero decente quizás, y habitable; y en conjunto no inferior a la generalidad; o, en otras palabras, creo que hay pocas rectorías rurales en Inglaterra que sean la mitad de buenas. Admite, sin embargo, mejoras. Lejos de mí decir lo contrario; y cualquier cosa razonable..., quizás una ventana saliente..., aunque, entre nosotros, si hay una cosa que aborrezco más que otra, es una ventana postiza.</p>
          <p xml:id="spa-p-001033">Catherine no escuchó suficiente de este discurso para entenderlo o que le doliera; y al ser Henry quien traía intencionadamente otros temas y los mantenía al mismo tiempo que su sirviente introducía una bandeja llena de refrescos, el general fue pronto devuelto a su complacencia, y Catherine a toda su facilidad habitual de ánimo.</p>
          <p xml:id="spa-p-001034">La habitación en cuestión era de un tamaño cómodo y bien proporcionado, y estaba elegantemente decorada como comedor; y al salir a pasear por los jardines, se le mostró primero un aposento más pequeño, propio del amo de la casa, y adecentado inusitadamente para la ocasión; y después lo que habría de ser el salón, con cuya apariencia, aunque sin amueblar, Catherine estaba suficientemente encantada como para satisfacer al general. Era una sala de bonita forma, con ventanas que llegaban hasta el suelo y una vista desde ellas agradable, aunque solo fuera sobre verdes praderas; y expresó su admiración en ese momento con toda la sencilla honestidad con que la sentía.</p>
          <p xml:id="spa-p-001035">—¡Oh! ¿Por qué no amuebla usted esta habitación, Mr. Tilney? ¡Qué lástima no tenerla amueblada! ¡Es la habitación más bonita que he visto en mi vida; es la habitación más bonita del mundo!</p>
          <p xml:id="spa-p-001036">—Confío —dijo el general con la más satisfecha de las sonrisas— en que muy pronto estará amueblada; ¡solo espera el gusto de una dama!</p>
          <p xml:id="spa-p-001037">—Pues bien, si fuera mi casa, nunca me sentaría en ningún otro sitio. ¡Oh, qué casita tan encantadora hay entre los árboles..., manzanos también! ¡Es la casita más encantadora!</p>
          <p xml:id="spa-p-001038">—Le gusta..., la aprueba como objeto..., con eso basta. Henry, recuerda que se hable con Robinson al respecto. La casita se queda.</p>
          <p xml:id="spa-p-001039">Semejante cumplido devolvió a Catherine toda su conciencia y la silenció de inmediato; y aunque el general le señaló expresamente para que opinara sobre el color predominante del papel pintado y los colgantes, no pudieron sacarle nada parecido a una opinión sobre el asunto. La influencia de objetos frescos y aire fresco fue, sin embargo, de gran utilidad para disipar esas desconcertantes asociaciones; y, habiendo llegado a la parte ornamental de la finca, consistente en un paseo que rodeaba dos lados de un prado, en el que el genio de Henry había empezado a actuar hacía medio año, se había recuperado lo suficiente para encontrarlo más bonito que cualquier jardín de recreo en el que hubiera estado, aunque no había en él ni un arbusto más alto que el banco verde del rincón.</p>
          <p xml:id="spa-p-001040">Un paseo por otras praderas y por parte del pueblo, con una visita a las caballerizas para examinar algunas mejoras, y un encantador juego con una camada de cachorros que apenas podían rodar, los llevaron a las cuatro, cuando Catherine apenas pensaba que serían las tres. A las cuatro habían de comer y a las seis partir de vuelta. ¡Nunca había pasado un día tan rápido!</p>
          <p xml:id="spa-p-001041">No pudo dejar de observar que la abundancia de la cena no parecía crear el menor asombro en el general; más aún, que estaba incluso mirando en la mesa auxiliar en busca de carne fría que no estaba allí. Las observaciones del hijo y la hija eran de otra clase. Rara vez le habían visto comer con tanto apetito en ninguna mesa que no fuera la suya, ni le habían conocido antes tan poco perturbado porque la mantequilla derretida estuviera aceitosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-001042">A las seis, el general habiendo tomado su café, el carruaje los recibió de nuevo; y tan grata había sido la tónica de su conducta durante toda la visita, tan bien asegurada quedaba su mente en cuanto a sus expectativas, que, de haber podido estar igualmente segura de los deseos de su hijo, Catherine habría abandonado Woodston con escasa ansiedad sobre el cómo o el cuándo podría volver a él.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="27" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-027">
          <head>XXVII</head>
          <p xml:id="spa-p-001043">La mañana siguiente trajo la siguiente carta, muy inesperada, de Isabella:</p>
          <p xml:id="spa-p-001044">Bath, abril —</p>
          <p xml:id="spa-p-001045">Queridísima Catherine:</p>
          <p xml:id="spa-p-001046">Recibí tus dos amables cartas con el mayor deleite, y tengo mil disculpas que ofrecerte por no haberlas contestado antes. Realmente me avergüenzo de mi pereza; pero en este horrible lugar uno no encuentra tiempo para nada. He tenido la pluma en la mano para empezar a escribirte casi todos los días desde que te fuiste de Bath, pero siempre me lo ha impedido algún necio trivial u otro. Escríbeme pronto, y manda la carta a mi propia casa. Gracias a Dios, mañana abandonamos este lugar vil. Desde que te fuiste, no he tenido ningún placer en él..., el polvo está más allá de todo; y todos los que a uno le importan se han ido. Creo que si pudiera verte no me importaría el resto, pues me eres más querida de lo que nadie puede concebir. Estoy muy inquieta por tu querido hermano, sin haber sabido nada de él desde que fue a Oxford; y me temo que haya algún malentendido. Tus buenos oficios lo arreglarán todo: él es el único hombre al que he amado o podría amar, y confío en que le convencerás de ello. Las modas de primavera están llegando en parte; y los sombreros son los más espantosos que puedas imaginar. Espero que pases el tiempo de manera agradable, pero temo que no pienses nunca en mí. No diré todo lo que podría decir de la familia con quien estás, porque no quisiera ser poco generosa ni ponerte en contra de los que estimas; pero es muy difícil saber en quién confiar, y los jóvenes no saben lo que quieren dos días seguidos. Me alegro de poder decir que el joven a quien, de todos, particularmente aborrezco, ha dejado Bath. Sabrás, por esta descripción, que me refiero al capitán Tilney, quien, como recordarás, tenía una asombrosa propensión a seguirme y molestarme antes de que te fueras. Después empeoró, y se convirtió en mi sombra. Muchas chicas podrían haber caído en la trampa, pues nunca se han visto tales atenciones; pero yo conocía demasiado bien al sexo voluble. Se fue a su regimiento hace dos días, y confío en no volver a ser molestada por él. Es el más engreído que he visto, y asombrosamente desagradable. Los dos últimos días estaba siempre al lado de Charlotte Davis: le compadecía el gusto, pero no le presté ninguna atención. La última vez que nos vimos fue en Bath Street, y me metí directamente en una tienda para que no pudiera hablarme; ni siquiera le miré. Fue luego a la Sala de las Bombas; pero no le habría seguido por nada del mundo. ¡Qué contraste con tu hermano! Mándame noticias de este último..., estoy muy preocupada por él; parecía tan incómodo cuando se fue, con un resfriado, o algo que le afectaba al ánimo. Yo misma le escribiría, pero he extraviado sus señas; y, como insinué antes, me temo que tomó algo de mi conducta a mal. Explícale todo a su satisfacción; o si aún alberga alguna duda, una carta suya a mí, o una visita a Putney la próxima vez que esté en la ciudad, podría arreglarlo todo. No he ido a las salas en siglos, ni a la función, salvo anoche que fui con los Hodges, de farra, a mitad de precio: me enredaron en ello; y estaba decidida a que no dijeran que me encerraba porque Tilney se había ido. Casualmente nos sentamos al lado de los Mitchell, y fingieron estar muy sorprendidos de verme fuera. Ya conocía su rencor: en otros tiempos no podían ser amables conmigo, pero ahora son toda amistad; pero no soy tan tonta como para dejarme engañar por ellos. Ya sabes que tengo bastante carácter propio. Anne Mitchell había intentado ponerse un turbante como el mío, según lo llevé la semana anterior en el Concierto, pero le quedó de pena..., me sucedió que le favorecía a mi cara rara, creo que así, al menos Tilney me lo dijo en ese momento, y dijo que todos los ojos estaban puestos en mí; pero él es el último hombre a quien haría caso. No llevo más que morado ahora: sé que me queda horroroso, pero no importa..., es el color favorito de tu querido hermano. No tardes ni un momento, queridísima y dulcísima Catherine, en escribirle a él y a mí,</p>
          <p xml:id="spa-p-001047">Que siempre soy, etc.</p>
          <p xml:id="spa-p-001048">Una andanada de artificio tan superficial no podía engañar ni siquiera a Catherine. Sus inconsistencias, contradicciones y falsedades la hirieron desde el principio mismo. Se avergonzaba de Isabella, y se avergonzaba de haberla querido alguna vez. Sus protestas de apego le resultaban ahora tan repugnantes como vacías sus disculpas, y descaradas sus exigencias. «¿Escribir a James en su favor? No; Isabella nunca volvería a ser mencionada por ella ante James.»</p>
          <p xml:id="spa-p-001049">A la llegada de Henry de Woodston, les hizo saber a él y a Eleanor que su hermano estaba bien, felicitándoles con sinceridad por ello, y leyendo en voz alta los pasajes más relevantes de su carta con viva indignación. Cuando hubo terminado:</p>
          <p xml:id="spa-p-001050">—Ahí tenemos a Isabella —exclamó—, ¡y toda nuestra intimidad! Ha de creerme una idiota, o no podría haber escrito así; pero quizás esto ha servido para hacerme conocer su carácter mejor de lo que ella conoce el mío. Veo lo que ha estado maquinando. Es una coqueta vanidosa, y sus manejos no le han salido bien. No creo que tuviera nunca ningún afecto ni por James ni por mí, y desearía no haberla conocido nunca.</p>
          <p xml:id="spa-p-001051">—Pronto será como si nunca la hubiera conocido —dijo Henry.</p>
          <p xml:id="spa-p-001052">—Solo hay una cosa que no puedo entender. Veo que tenía proyectos sobre el capitán Tilney, que no han dado resultado; pero no entiendo lo que ha estado haciendo el capitán Tilney todo este tiempo. ¿Por qué habría de prestarle tales atenciones como para hacerla pelearse con mi hermano, y luego huir él mismo?</p>
          <p xml:id="spa-p-001053">—Tengo muy poco que decir en favor de los motivos de Frederick, según los entiendo yo. También tiene sus vanidades, lo mismo que la señorita Thorpe, y la principal diferencia es que, teniendo la cabeza más fuerte, todavía no le han perjudicado a él mismo. Si el efecto de su conducta no le justifica ante usted, mejor no indagar la causa.</p>
          <p xml:id="spa-p-001054">—¿Entonces no supone que llegara a interesarle de verdad?</p>
          <p xml:id="spa-p-001055">—Estoy convencido de que no.</p>
          <p xml:id="spa-p-001056">—¿Y solo fingió hacerlo por maldad?</p>
          <p xml:id="spa-p-001057">Henry inclinó la cabeza en señal de asentimiento.</p>
          <p xml:id="spa-p-001058">—Pues bien, entonces debo decir que no me gusta nada. Aunque ha salido bien para nosotros, no me gusta nada. Resulta que no ha habido gran daño, porque no creo que Isabella tenga corazón que perder. Pero ¿y si la hubiera enamorado profundamente de él?</p>
          <p xml:id="spa-p-001059">—Pero primero tendríamos que suponer que Isabella tenía un corazón que perder..., y en consecuencia que era una criatura muy diferente; y en tal caso, habría recibido un trato muy diferente.</p>
          <p xml:id="spa-p-001060">—Es muy justo que defienda usted a su hermano.</p>
          <p xml:id="spa-p-001061">—Y si usted defendiera al suyo, la decepción de la señorita Thorpe le causaría mucho menos pesar. Pero su mente está sesgada por un principio innato de integridad general, y por tanto no es accesible a los fríos razonamientos de la parcialidad familiar ni al deseo de venganza.</p>
          <p xml:id="spa-p-001062">Catherine fue sacada de cualquier amargura ulterior por el cumplido. Frederick no podía ser imperdonablemente culpable mientras Henry se mostraba tan agradable. Resolvió no contestar la carta de Isabella, e intentó no pensar más en ella.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="28" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-028">
          <head>XXVIII</head>
          <p xml:id="spa-p-001063">Poco después de esto, el general se encontró obligado a ir a Londres por una semana; y dejó Northanger lamentando sinceramente que ninguna necesidad pudiera robarle ni por una hora la compañía de la señorita Morland, y recomendando ansiosamente el cuidado de su comodidad y entretenimiento a sus hijos como su principal objetivo en su ausencia. Su partida dio a Catherine la primera convicción experimental de que una pérdida puede ser a veces una ganancia. La felicidad con que pasaron ahora el tiempo, cada ocupación voluntaria, cada risa permitida, cada comida una escena de distensión y buen humor, caminando donde les gustaba y cuando les gustaba, sus horas, sus placeres y sus cansancios a su propio mando, la hizo plenamente consciente de la cohibición que la presencia del general había impuesto, y sentir con el más profundo agradecimiento su liberación presente de ella. Semejante facilidad y semejantes delicias le hacían querer el lugar y la gente cada día más; y de no ser por el temor a que pronto fuera conveniente dejar el uno, y la aprensión de no ser igualmente amada por los otros, habría sido en cada momento de cada día perfectamente feliz; pero estaba ya en la cuarta semana de su visita; antes de que el general volviera a casa, la cuarta semana habría pasado, y quizás parecería una intrusión si se quedaba mucho más. Esto era una consideración dolorosa siempre que ocurría; y ansiosa de deshacerse de semejante peso en su mente, resolvió muy pronto hablar con Eleanor de ello, proponer marcharse y dejarse guiar en su conducta por la manera en que su propuesta fuera recibida.</p>
          <p xml:id="spa-p-001064">Consciente de que si se daba demasiado tiempo podría serle difícil sacar a relucir un tema tan desagradable, aprovechó la primera oportunidad de quedarse sola de repente con Eleanor, y de que Eleanor estuviera en medio de un discurso sobre algo muy diferente, para lanzar su obligación de marcharse muy pronto. Eleanor pareció y se declaró muy apenada. Había «esperado el placer de su compañía mucho más tiempo..., se había dejado llevar (quizás por sus deseos) a suponer que se había prometido una visita mucho más larga..., y no podía dejar de pensar que si Mr. y Mrs. Morland supieran el placer que era para ella tenerla allí, serían demasiado generosos para apresurar su vuelta.»</p>
          <p xml:id="spa-p-001065">Catherine explicó: «¡Oh! En cuanto a eso, papá y mamá no tenían ninguna prisa. Mientras ella fuera feliz, siempre estarían satisfechos».</p>
          <p xml:id="spa-p-001066">—¿Entonces por qué, si podía preguntarlo, ella misma tenía tanta prisa en dejarles?</p>
          <p xml:id="spa-p-001067">—¡Oh! Porque llevaba allí tanto tiempo.</p>
          <p xml:id="spa-p-001068">—Si puede usted usar semejante palabra, no puedo seguir urgiendo. Si le parece mucho tiempo...</p>
          <p xml:id="spa-p-001069">—¡Oh, no! En verdad que no. Por mi propio gusto, podría quedarme con usted otro tanto.</p>
          <p xml:id="spa-p-001070">Y se acordó de inmediato que hasta que así fuera, ni siquiera habría que pensar en su marcha. Al verse así quitada de manera tan agradable esta causa de inquietud, la fuerza de la otra también se debilitó. La amabilidad, la sinceridad de los modales de Eleanor al rogarle que se quedara, y la mirada de gratificación de Henry al saber que su estancia estaba determinada, fueron tan dulces pruebas de su importancia para ellos que le dejaron solo la cantidad justa de inquietud que la mente humana nunca puede prescindir cómodamente. Creía..., casi siempre..., que Henry la amaba, y absolutamente siempre que su padre y su hermana la amaban e incluso deseaban que les perteneciera; y creyendo hasta ese punto, sus dudas y ansiedades no eran más que irritaciones lúdicas.</p>
          <p xml:id="spa-p-001071">Henry no pudo obedecer la orden de su padre de quedarse enteramente en Northanger atendiendo a las damas durante su ausencia en Londres, pues los compromisos de su coadjutor en Woodston le obligaban a dejarlas el sábado por un par de noches. Su ausencia no era ahora lo que había sido mientras el general estaba en casa; redujo su alegría, pero no arruinó su comodidad; y las dos chicas, acordando en ocupaciones y estrechando la intimidad, se encontraron tan bien suficientes para sí mismas durante ese tiempo que eran las once, hora bastante tardía para la abadía, antes de que abandonaran la sala de cena el día de la partida de Henry. Estaban justo llegando a lo alto de las escaleras cuando les pareció, en la medida en que el grosor de las paredes se lo permitía juzgar, que un carruaje se acercaba a la puerta, y el momento siguiente confirmó la idea por el fuerte ruido del timbre de la casa. Después de que el primer sobresalto de sorpresa hubiera pasado, con un «¡Dios mío! ¿Qué puede ser esto?», Eleanor decidió rápidamente que era su hermano mayor, cuya llegada era a menudo así de repentina, si no igualmente inoportuna, y en consecuencia bajó corriendo a recibirle.</p>
          <p xml:id="spa-p-001072">Catherine siguió hacia su cuarto, haciéndose a la idea lo mejor que podía de un conocimiento más íntimo con el capitán Tilney, y consolándose ante la impresión desagradable que su conducta le había producido, y la persuasión de que era con mucho demasiado elegante para aprobarla a ella, en que al menos no se encontrarían en circunstancias que hicieran su encuentro materialmente penoso. Confiaba en que nunca hablaría de la señorita Thorpe; y en efecto, como para entonces debía de avergonzarse del papel que había desempeñado, no había peligro de ello; y mientras se evitara toda mención de las escenas de Bath, creía que podría comportarse con él con mucha cortesía. En tales consideraciones pasó el tiempo, y sin duda era en su favor que Eleanor se alegrara tanto de verle y tuviera tanto que decir, pues habían transcurrido casi media hora desde su llegada y Eleanor no había subido.</p>
          <p xml:id="spa-p-001073">En ese momento Catherine creyó oír sus pasos en la galería, y escuchó para oír si continuaban; pero todo estaba en silencio. Apenas había convencido a su fantasía de que era un error, cuando el ruido de algo que se movía junto a su puerta la hizo sobresaltarse; parecía como si alguien estuviera tocando el propio umbral..., y al momento siguiente un leve movimiento del cerrojo demostró que alguna mano debía de estar sobre él. Tembló un poco ante la idea de que alguien se acercara con tanta cautela; pero resolviendo no volver a ser vencida por apariencias triviales de alarma, ni engañada por una imaginación excitada, avanzó tranquilamente y abrió la puerta. Eleanor, y solo Eleanor, estaba allí. El ánimo de Catherine, sin embargo, quedó tranquilo solo un instante, pues las mejillas de Eleanor estaban pálidas y sus modales sumamente agitados. Aunque visiblemente con intención de entrar, parecía un esfuerzo entrar en la habitación, y un esfuerzo aún mayor hablar cuando estaba allí. Catherine, suponiendo cierta inquietud por el capitán Tilney, solo podía expresar su preocupación con silenciosa atención, la obligó a sentarse, le frotó las sienes con agua de lavanda y se inclinó sobre ella con afectuosa solicitud.</p>
          <p xml:id="spa-p-001074">—Mi querida Catherine, no debes..., no debes en modo alguno... —fueron las primeras palabras coherentes de Eleanor—. Estoy perfectamente bien. Esta amabilidad me desconcierta..., no puedo soportarla..., vengo a ti con semejante encargo.</p>
          <p xml:id="spa-p-001075">—¿Un encargo? ¿Para mí?</p>
          <p xml:id="spa-p-001076">—¿Cómo te lo diré? ¡Oh! ¿Cómo te lo diré?</p>
          <p xml:id="spa-p-001077">Una idea nueva se disparó en ese momento en la mente de Catherine, y poniéndose tan pálida como su amiga, exclamó: «¡Es un mensajero de Woodston!».</p>
          <p xml:id="spa-p-001078">—Te equivocas, en verdad —respondió Eleanor mirándola con la mayor compasión—; no es nadie de Woodston. Es mi padre en persona.</p>
          <p xml:id="spa-p-001079">Su voz titubeó, y sus ojos se volvieron al suelo al pronunciar su nombre. Su regreso inesperado era en sí mismo suficiente para que el corazón de Catherine se hundiera, y por unos momentos apenas supuso que hubiera nada peor que contar. No dijo nada; y Eleanor, esforzándose en serenarse y hablar con firmeza, aunque con los ojos todavía bajos, continuó pronto:</p>
          <p xml:id="spa-p-001080">—Eres demasiado buena, estoy segura, para pensar peor de mí por el papel que me veo obligada a desempeñar. En verdad soy una mensajera de lo más reacia. Después de lo que tan recientemente ha pasado, tan recientemente se ha acordado entre nosotras..., ¡con cuánta alegría, con cuánta gratitud por mi parte! de que siguieras aquí durante semanas y semanas más, ¿cómo puedo decirte que tu amabilidad no puede ser aceptada..., y que la felicidad que hasta ahora nos ha dado tu compañía ha de ser recompensada con...? Pero no debo fiarme de mí misma con palabras. Querida Catherine, hemos de separarnos. Mi padre ha recordado un compromiso que se lleva a toda nuestra familia el lunes. Vamos a casa del lord Longtown, cerca de Hereford, durante quince días. La explicación y la disculpa son igualmente imposibles. No puedo intentar ninguna de las dos.</p>
          <p xml:id="spa-p-001081">—Querida Eleanor —exclamó Catherine, conteniendo sus sentimientos lo mejor que podía—, no estés tan angustiada. Un segundo compromiso ha de ceder al primero. Siento mucho, mucho que hayamos de separarnos..., tan pronto, y además tan de repente; pero no estoy ofendida, en absoluto que no. Puedo terminar mi visita aquí, ya sabes, en cualquier momento; o espero que tú vengas a verme. ¿Puedes, cuando vuelvas de casa de ese lord, venir a Fullerton?</p>
          <p xml:id="spa-p-001082">—No estará en mi mano, Catherine.</p>
          <p xml:id="spa-p-001083">—Pues ven cuando puedas.</p>
          <p xml:id="spa-p-001084">Eleanor no respondió; y los pensamientos de Catherine, volviendo a algo de más directo interés, añadió, pensando en voz alta: «El lunes..., tan pronto como el lunes; y os vais todos. Pues bien, estoy segura de..., podré despedirme, de todas formas. No necesito irme hasta justo antes que vosotros, ya sabes. No te angusties, Eleanor, puedo irme el lunes muy bien. El que papá y mamá no hayan recibido aviso tiene muy poca importancia. El general me mandará un sirviente la mitad del camino, me imagino..., y entonces pronto estaré en Salisbury, y de allí solo hay nueve millas a casa».</p>
          <p xml:id="spa-p-001085">—¡Ah, Catherine! Si estuviera así arreglado, sería algo menos intolerable, aunque en semejantes atenciones comunes no habrías recibido más que la mitad de lo que mereces. Pero..., ¿cómo decírtelo?, mañana por la mañana está fijado para tu partida, y ni siquiera la hora se deja a tu elección; el mismísimo carruaje está encargado, y estará aquí a las siete, y no se te ofrecerá ningún sirviente.</p>
          <p xml:id="spa-p-001086">Catherine se quedó sentada, sin aliento y sin palabras.</p>
          <p xml:id="spa-p-001087">—Apenas podía dar crédito a mis sentidos cuando lo oí; y ningún disgusto, ningún resentimiento que puedas sentir en este momento, por muy justamente grandes que sean, puede ser más que lo que yo misma..., pero no debo hablar de lo que sentí. ¡Oh, si pudiera sugerir algo en atenuación! ¡Dios mío! ¡Qué dirán tu padre y tu madre! Después de haberte alejado de la protección de verdaderos amigos hasta casi el doble de distancia de tu casa, ¡para que te expulsen de la casa sin la consideración de la más elemental cortesía! Querida, querida Catherine, al ser portadora de semejante mensaje, parece que soy yo misma culpable de toda su insolencia; y sin embargo confío en que me absuelvas, pues debes de llevar tiempo suficiente en esta casa para ver que no soy más que su señora nominal, que mi poder real es ninguno.</p>
          <p xml:id="spa-p-001088">—¿He ofendido al general? —dijo Catherine con voz vacilante.</p>
          <p xml:id="spa-p-001089">—¡Ay! Por mis sentimientos como hija, todo lo que sé, todo lo que puedo asegurar, es que no puedes haberle dado ningún motivo justo de ofensa. Está ciertamente muy, muy perturbado; rara vez le he visto así. Su temperamento no es feliz, y ahora ha ocurrido algo que lo altera en un grado inusual; alguna decepción, algún contratiempo que en este momento parece importante, pero en el que apenas puedo suponer que tengas ninguna intervención, pues ¿cómo es posible?</p>
          <p xml:id="spa-p-001090">Era con esfuerzo que Catherine podía hablar en absoluto; y fue solo por el bien de Eleanor que lo intentó. «Estoy segura», dijo, «de que siento mucho haberle ofendido. Era lo último que hubiera querido hacer. Pero no te pongas triste, Eleanor. Un compromiso, ya sabes, ha de cumplirse. Solo siento que no se hubiera recordado antes, para haber podido escribir a casa. Pero es de muy poca importancia.»</p>
          <p xml:id="spa-p-001091">—Espero, lo espero vivamente, que para tu seguridad real no lo sea; pero para todo lo demás es de la mayor importancia: para el consuelo, las apariencias, la dignidad, para tu familia, para el mundo. Si tus amigas, los Allen, siguieran en Bath, podrías ir a verlos con relativa facilidad; unas pocas horas te llevarían allí; pero ¡un viaje de setenta millas, que has de hacer en silla de posta, a tu edad, sola, sin acompañante!</p>
          <p xml:id="spa-p-001092">—¡Oh! El viaje no es nada. No pienses en eso. Y si hemos de separarnos, unas horas antes o después, ya sabes, no marcan ninguna diferencia. Puedo estar lista a las siete. Que me llamen a tiempo.</p>
          <p xml:id="spa-p-001093">Eleanor vio que deseaba estar sola; y creyendo que sería mejor para cada una que evitaran cualquier conversación adicional, la dejó ahora con un «Te veré por la mañana».</p>
          <p xml:id="spa-p-001094">El corazón oprimido de Catherine necesitaba alivio. En presencia de Eleanor, la amistad y el orgullo habían contenido igualmente sus lágrimas, pero en cuanto se fue estas brotaron a torrentes. Echada de la casa, ¡y de semejante manera! Sin ningún motivo que pudiera justificarlo, sin ninguna disculpa que pudiera compensar la brusquedad, la grosería, más aún, la insolencia de ello. Henry a distancia..., incapaz incluso de despedirse de él. Toda esperanza, toda expectativa de él suspendida, al menos, ¡y quién podía decir por cuánto tiempo! ¿Quién podía decir cuándo volverían a encontrarse? ¡Y todo esto por un hombre como el general Tilney, tan cortés, tan de buenas maneras, y hasta entonces tan particularmente afecto a ella! Era tan incomprensible como mortificante y penoso. De qué podía proceder, y adónde llevaría, eran consideraciones de igual perplejidad y alarma. El modo en que se hacía era tan groseramente descortés, apresurarla a irse sin ninguna referencia a su propia conveniencia, ni permitirle siquiera la apariencia de elección en cuanto al momento o el modo de su viaje; de dos días, el más temprano el elegido, y casi la hora más temprana de ese día, como si estuviera resuelto a que se fuera antes de que él estuviera levantado, para no verse obligado ni siquiera a verla. ¿Qué podía significar todo esto sino una afrenta intencionada? Por algún medio u otro tenía que haber tenido la desgracia de ofenderle. Eleanor había querido ahorrarle tan dolorosa idea, pero Catherine no podía creer posible que ninguna injuria ni ninguna desgracia pudieran provocar semejante mala voluntad contra una persona que no estuviera conectada, o al menos no se supusiera que estuviera conectada, con ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-001095">La noche pesó mucho. El sueño, o el reposo que mereciera el nombre de sueño, estaba fuera de cuestión. Aquella habitación, en la que su agitada imaginación la había atormentado la primera noche de su llegada, era de nuevo escenario de espíritus perturbados y sueños inquietos. Y sin embargo, ¡qué diferente ahora la fuente de su inquietud de lo que había sido entonces..., qué tristemente superior en realidad y en sustancia! Su ansiedad tenía fundamento en los hechos, sus temores en la probabilidad; y con una mente tan ocupada en la contemplación del mal real y natural, la soledad de su situación, la oscuridad de su cámara, la antigüedad del edificio, se sentían y se consideraban sin la menor emoción; y aunque el viento era fuerte y a menudo producía ruidos extraños y repentinos por toda la casa, lo oía todo mientras yacía despierta, hora tras hora, sin curiosidad ni terror.</p>
          <p xml:id="spa-p-001096">Poco después de las seis, Eleanor entró en su cuarto, ansiosa por mostrar atención o prestar ayuda donde fuera posible; pero muy poco quedaba por hacer. Catherine no había holgazaneado; estaba casi vestida y su maleta casi hecha. La posibilidad de algún mensaje conciliatorio del general se le ocurrió al ver aparecer a su hija. ¿Qué cosa más natural que el enojo pasara y la arrepentimiento le siguiera? Y solo quería saber en qué medida, después de lo ocurrido, podría recibir correctamente una disculpa. Pero ese conocimiento habría sido inútil aquí; no era necesario; ni la clemencia ni la dignidad se pusieron a prueba..., Eleanor no traía ningún mensaje. Muy poco pasó entre ellas al encontrarse; cada una encontraba su mayor seguridad en el silencio, y pocas y triviales fueron las frases intercambiadas mientras permanecían arriba, Catherine en afanosa agitación terminando de vestirse, y Eleanor con más buena voluntad que experiencia ocupada en llenar el baúl. Cuando todo estuvo hecho bajaron de la habitación, Catherine deteniéndose solo medio minuto detrás de su amiga para echar una mirada de despedida a cada objeto bien conocido y querido, y bajaron al cuarto del desayuno, donde el desayuno estaba preparado. Intentó comer, tanto para ahorrarse el dolor de ser apremiada como para poner cómoda a su amiga; pero no tenía apetito y no podía tragar muchos bocados. El contraste entre este desayuno y el último que había tomado en aquella misma sala le producía nueva miseria y le aumentaba el desagrado por todo lo que tenía delante. No habían pasado veinticuatro horas desde que se habían reunido allí para el mismo desayuno, ¡pero en qué circunstancias tan diferentes! ¡Con qué alegre facilidad, qué seguridad feliz, aunque falsa, había mirado entonces a su alrededor, disfrutando de todo lo presente y temiendo poco en el futuro, más allá de que Henry fuera a Woodston un día! ¡Feliz, feliz desayuno! Pues Henry había estado allí; Henry había estado a su lado y la había atendido. Estas reflexiones se prolongaron largamente sin ser interrumpidas por ningún discurso de su compañera, que estaba tan absorta en sus pensamientos como ella; y la aparición del carruaje fue lo primero que las sacudió y las devolvió al momento presente. El color de Catherine subió al verlo; y la indignidad con que era tratada, golpeándola en ese instante en la mente con especial fuerza, la hizo por un breve momento consciente solo del resentimiento. Eleanor pareció entonces impulsada a la resolución y a las palabras.</p>
          <p xml:id="spa-p-001097">—Tienes que escribirme, Catherine —exclamó—; tienes que dejarme tener noticias tuyas cuanto antes. Hasta saber que estás sana y salva en casa, no tendré una hora de tranquilidad. Para una sola carta, a cualquier riesgo, a cualquier peligro, tengo que rogarte. Déjame tener la satisfacción de saber que estás en Fullerton y que has encontrado a tu familia bien, y luego, hasta que pueda pedirte correspondencia como debo, no esperaré más. Dirige la carta a casa del lord Longtown, y..., he de pedírtelo..., dentro de una cubierta a Alice.</p>
          <p xml:id="spa-p-001098">—No, Eleanor, si no se te permite recibir una carta mía, estoy segura de que mejor no escribo. No puede haber ninguna duda de que llegaré sana y salva a casa.</p>
          <p xml:id="spa-p-001099">Eleanor solo respondió: «No me sorprende lo que sientes. No te importune. Confío en la bondad de tu corazón cuando esté lejos de ti». Pero esto, con la mirada de tristeza que lo acompañaba, bastó para ablandar el orgullo de Catherine en un momento, y al instante dijo: «Oh, Eleanor, te escribiré, en verdad».</p>
          <p xml:id="spa-p-001100">Había aún otro punto que la señorita Tilney estaba ansiosa por resolver, aunque algo avergonzada de mencionarlo. Se le había ocurrido que después de tan larga ausencia de casa, Catherine podría no tener suficiente dinero para los gastos de su viaje, y al sugerirle el asunto con los ofrecimientos más afectuosos de ayuda, resultó ser exactamente el caso. Catherine no había pensado en el asunto hasta ese momento, pero al examinar su bolso, se convenció de que, de no ser por esta amabilidad de su amiga, podría haber sido despachada de la casa sin siquiera los medios para llegar a su hogar; y la angustia en que se hubiera visto así envuelta llenando la mente de las dos, apenas se dijo nada más por ninguna de ellas durante el tiempo en que permanecieron juntas. Corto fue, sin embargo, ese tiempo. El carruaje fue anunciado pronto como listo; y Catherine, levantándose de inmediato, un largo y afectuoso abrazo suplió el lugar del lenguaje al despedirse; y al entrar en el vestíbulo, incapaz de abandonar la casa sin mencionar a aquel cuyo nombre no había sido pronunciado aún por ninguna de las dos, se detuvo un momento, y con labios temblorosos lo hizo apenas inteligible que dejaba «sus amables recuerdos para su amigo ausente». Pero con esta aproximación a su nombre terminó toda posibilidad de contener sus sentimientos; y ocultando la cara lo mejor que pudo con el pañuelo, cruzó el vestíbulo de un salto, subió al carruaje, y en un momento fue llevada de la puerta.</p>
          <p xml:id="spa-p-001101">Traducido y editado por Elejandría.com</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="29" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-029">
          <head>XXIX</head>
          <p xml:id="spa-p-001102">Catherine estaba demasiado desgraciada para tener miedo. El viaje en sí no tenía terrores para ella; y lo emprendió sin temer su duración ni sentir su soledad. Recostada en un rincón del carruaje, en un violento torrente de lágrimas, fue conducida varias millas más allá de los muros de la abadía antes de levantar la cabeza; y el punto más alto del terreno dentro del parque casi había desaparecido de su vista antes de que fuera capaz de volver los ojos hacia él. Por desgracia, la carretera que ahora recorría era la misma por la que solo diez días antes había pasado tan felizmente yendo y volviendo de Woodston; y durante catorce millas, cada amargo sentimiento se hizo más agudo por el recuerdo de objetos que había visto por primera vez bajo impresiones tan diferentes. Cada milla, al acercarla más a Woodston, aumentaba su sufrimiento, y cuando estuvo a cinco de distancia, pasó el cruce que llevaba hasta allí, y pensó en Henry, tan cerca y sin embargo tan ajeno a todo, y su pena y su agitación fueron excesivas.</p>
          <p xml:id="spa-p-001103">El día que había pasado en aquel lugar había sido uno de los más felices de su vida. Allí, en aquel día, el general se había expresado con respecto a Henry y a ella de tal modo, había hablado y mirado de manera que le daba la convicción más positiva de que deseaba de verdad su matrimonio. Sí, solo diez días atrás la había colmado de júbilo con sus significativas atenciones..., ¡incluso la había confundido con su referencia demasiado elocuente! Y ahora..., ¿qué había hecho, u omitido hacer, para merecer semejante cambio?</p>
          <p xml:id="spa-p-001104">La única ofensa contra él de la que podía acusarse a sí misma era de aquellas que apenas podían llegar a su conocimiento. Solo Henry y su propio corazón eran depositarios de las horribles sospechas que tan neciamente había abrigado; y creía igualmente seguro su secreto con cada uno de los dos. Henry no podía haberla traicionado deliberadamente. Si, en efecto, por algún extraño accidente su padre hubiera llegado a enterarse de lo que ella se había atrevido a pensar y buscar, de sus fantasías sin fundamento y sus injuriosos exámenes, no podría sorprenderse ante ningún grado de su indignación. Si supiera que ella le había considerado un asesino, no podría asombrarse de que la echara de su casa. Pero una justificación tan llena de tormento para ella misma, confiaba, no estaría a su alcance.</p>
          <p xml:id="spa-p-001105">Por ansiosas que fueran todas sus conjeturas en este punto, no era, sin embargo, en el que más se detenía. Había un pensamiento más cercano, una preocupación más dominante y más apremiante. Cómo pensaría, sentiría y miraría Henry cuando volviera al día siguiente a Northanger y se enterara de su partida era una pregunta de tal fuerza e interés que se alzaba por encima de cualquier otra, que no cesaba nunca, que ora irritaba, ora consolaba; a veces sugería el temor de su tranquila aquiescencia, y otras era respondida por la más dulce confianza en su pesar y su resentimiento. Al general, naturalmente, no se atrevería a hablarle; pero a Eleanor..., ¿qué no podría decirle a Eleanor sobre ella?</p>
          <p xml:id="spa-p-001106">En esta incesante recurrencia de dudas e interrogantes, sobre ningún artículo de los cuales podía su mente descansar más que un momento, pasaron las horas, y su viaje avanzó mucho más deprisa de lo que esperaba. Las apremiantes ansiedades del pensamiento, que le impedían fijarse en nada que tuviera delante, una vez dejados atrás los alrededores de Woodston, la salvaron al mismo tiempo de estar pendiente de su avance; y aunque ningún objeto del camino podía reclamar un momento de atención, no encontró ninguna etapa de él tediosa. De esto la preservó también otra causa: no sentir ningún afán porque su viaje terminara; pues regresar de aquella manera a Fullerton era casi destruir el placer del reencuentro con quienes más amaba, incluso después de una ausencia como la suya..., una ausencia de once semanas. ¿Qué tenía que decir que no la humillara a ella misma y que no causara pena a su familia, que no aumentara su propio dolor con la confesión de él, que no prolongara un resentimiento inútil y que quizás no implicara al inocente con el culpable en una indistinta mala voluntad? Nunca podría hacer justicia al mérito de Henry y Eleanor; lo sentía con demasiada fuerza para expresarlo; y si se tomaba aversión a ellos, si se pensaba mal de ellos por culpa de su padre, le partiría el corazón.</p>
          <p xml:id="spa-p-001107">Con estos sentimientos, más bien temía que buscara la primera vista de aquel conocido campanario que anunciaría que estaba a veinte millas de casa. Salisbury era, según sabía, su punto al salir de Northanger; pero tras la primera etapa había dependido de los maestros de postas para los nombres de los lugares que la habían de conducir hasta allí; tan grande era su ignorancia de su ruta. Sin embargo, no encontró nada que la afligiera ni asustara. Su juventud, sus modales corteses y su generosa propina le procuraron toda la atención que una viajera como ella podía requerir; y deteniendo solo para cambiar de caballos, viajó unas once horas sin accidente ni alarma, y entre las seis y las siete de la tarde se encontró entrando en Fullerton.</p>
          <p xml:id="spa-p-001108">Una heroína que regresa, al final de su carrera, a su pueblo natal, con todo el triunfo de la reputación recuperada y toda la dignidad de una condesa, con una larga fila de nobles parientes en sus respectivos faetones y tres doncellas de cámara en un coche de cuatro caballos a sus espaldas, es un evento en el que la pluma del artífice puede bien complacerse en detenerse; da crédito a toda conclusión, y el autor debe compartir la gloria que prodiga tan generosamente. Pero mi asunto es muy diferente; devuelvo a mi heroína a su hogar en soledad y desgracia; y ninguna dulce exaltación del ánimo puede llevarme al detalle. Una heroína en un coche de posta de alquiler es semejante golpe al sentimiento que ningún intento de grandiosidad o patetismo puede resistirlo. Rápidamente, pues, pasará su postillón por el pueblo entre la mirada de grupos dominicales, y rápida será su bajada del vehículo.</p>
          <p xml:id="spa-p-001109">Pero, cualquiera que fuera la angustia del ánimo de Catherine al avanzar así hacia la rectoría, y cualquiera que fuera la humillación de su biógrafa al relatarlo, estaba preparando para quienes la esperaban una alegría nada ordinaria; primero, la aparición del carruaje..., y segundo, ella misma. Siendo el coche de un viajero una rareza en Fullerton, toda la familia estaba de inmediato en la ventana; y que se detuviera ante la verja de la entrada fue un placer para alegrar todos los ojos y ocupar todas las fantasías..., un placer del todo inesperado para todos salvo para los dos hijos más pequeños, un niño y una niña de seis y cuatro años, que esperaban a un hermano o hermana en cada carruaje. ¡Feliz la mirada que distinguió primero a Catherine! ¡Feliz la voz que proclamó el descubrimiento! Pero si semejante felicidad era legítima propiedad de George o de Harriet nunca pudo establecerse con exactitud.</p>
          <p xml:id="spa-p-001110">Su padre, su madre, Sarah, George y Harriet, todos reunidos en la puerta para darle la bienvenida con afectuoso entusiasmo, fue una visión para despertar los mejores sentimientos del corazón de Catherine; y en el abrazo de cada uno, al bajar del carruaje, se encontró consolada más allá de lo que hubiera creído posible. Así rodeada, así acariciada, ¡era incluso feliz! En la alegría del amor familiar todo quedó suavizado por un breve tiempo, y el placer de verla, dejándoles al principio poco margen para la curiosidad tranquila, todos estaban sentados alrededor de la mesa del té, que Mrs. Morland había apresurado para comodidad de la pobre viajera, cuyo aspecto pálido y fatigado no tardó en llamar su atención, antes de que se le dirigiera alguna pregunta tan directa que exigiera una respuesta positiva.</p>
          <p xml:id="spa-p-001111">Con reticencia y mucha vacilación empezó entonces lo que quizás, al cabo de media hora, podría llamarse, por la cortesía de sus oyentes, una explicación; pero apenas en ese tiempo pudieron descubrir en absoluto la causa, ni reunir los pormenores, de su regreso repentino. Estaban lejos de ser una familia de temperamento irritable; lejos de ninguna viveza para captar, ni amargura para resentir, los agravios; pero aquí, cuando se reveló todo, había una afrenta que no podía pasarse por alto, ni, durante la primera media hora, perdonarse fácilmente. Sin sufrir ninguna alarma romántica ante la consideración del largo y solitario viaje de su hija, Mr. y Mrs. Morland no pudieron sino sentir que podría haberle causado mucha incomodidad; que nunca lo habrían consentido voluntariamente; y que, al obligarla a tomar semejante medida, el general Tilney no había obrado ni honrablemente ni con sensibilidad..., ni como caballero ni como padre. Por qué lo había hecho, qué podría haberle provocado a semejante falta de hospitalidad y a haber convertido tan de repente toda su parcial estima por su hija en auténtica mala voluntad, era algo en lo que estaban al menos tan lejos de adivinar como la propia Catherine; pero no los oprimió mucho tiempo; y, después de la debida ronda de conjeturas inútiles, el «es un asunto extraño, y debe de ser un hombre muy raro» bastó para toda su indignación y su asombro; aunque Sarah, en verdad, seguía indulgiendo en las delicias de lo incomprensible, exclamando y conjeturando con ardor juvenil.</p>
          <p xml:id="spa-p-001112">—Querida, te estás causando una cantidad innecesaria de molestias —dijo su madre por fin—; no cabe duda de que es algo que no vale en absoluto la pena entender.</p>
          <p xml:id="spa-p-001113">—Puedo entender que quisiera que Catherine se fuera, una vez que recordó su compromiso —dijo Sarah—, pero ¿por qué no lo hizo con educación?</p>
          <p xml:id="spa-p-001114">—Siento lo de los jóvenes —respondió Mrs. Morland—; tienen que haberlo pasado mal; pero en cuanto a todo lo demás, ya no importa; Catherine está sana y salva en casa, y nuestro bienestar no depende del general Tilney.</p>
          <p xml:id="spa-p-001115">Catherine suspiró.</p>
          <p xml:id="spa-p-001116">—Pues bien —continuó su filosófica madre—, me alegra no haber sabido nada de tu viaje en ese momento; pero ahora que ha pasado todo, quizás no se ha hecho gran daño. Siempre es bueno para los jóvenes verse obligados a valerse por sí mismos; y ya sabes, querida Catherine, que siempre has sido una criaturita muy alocada y descabezada; pero ahora sin duda has tenido que tener el juicio en su sitio, con tanto cambio de carruajes y demás; y espero que resulte que no has dejado nada olvidado en ninguno de los bolsillos.</p>
          <p xml:id="spa-p-001117">Catherine lo esperaba también, e intentó sentir interés en su propia enmienda, pero tenía el ánimo completamente deshecho; y, haciéndose pronto su único deseo el estar en silencio y sola, accedió de buen grado al siguiente consejo de su madre de irse pronto a la cama. Sus padres, no viendo en su mala cara y su agitación más que la consecuencia natural de sentimientos mortificados y del ejercicio y la fatiga inusuales de semejante viaje, se despidieron de ella sin ninguna duda de que pronto quedarían disipados con el sueño; y aunque, cuando todos se encontraron a la mañana siguiente, su recuperación no era igual a sus esperanzas, seguían siendo perfectamente incapaces de sospechar que hubiera ningún mal más profundo. ¡Nunca pensaron en su corazón, lo cual, para los padres de una joven de diecisiete años recién vuelta de su primera salida de casa, era bastante extraño!</p>
          <p xml:id="spa-p-001118">En cuanto terminó el desayuno, se sentó a cumplir su promesa a la señorita Tilney, cuya confianza en el efecto del tiempo y la distancia sobre la disposición de su amiga estaba ya justificada, pues ya se reprochaba Catherine a sí misma el haberse despedido de Eleanor con frialdad, el no haber valorado nunca suficientemente sus méritos y su bondad, y el no haberla compadecido nunca lo bastante por lo que el día anterior le había tocado soportar. La fuerza de estos sentimientos, sin embargo, estaba lejos de ayudar a su pluma; y nunca le había sido más difícil escribir que al dirigirse a Eleanor Tilney. Componer una carta que al mismo tiempo hiciera justicia a sus sentimientos y a su situación, transmitiera gratitud sin servilismo arrepentido, fuera discreta sin frialdad y honrada sin resentimiento..., una carta que Eleanor no sufriera al leer..., y sobre todo, una carta de la que ella misma no tuviera que ruborizarse si Henry llegaba a verla por casualidad, era una empresa capaz de ahuyentar todas sus capacidades de realización; y después de largas reflexiones y mucha perplejidad, ser muy breve fue todo lo que pudo resolver con alguna confianza de seguridad. El dinero que Eleanor le había adelantado fue por tanto devuelto con poco más que gracias agradecidas y los mil buenos deseos de un corazón de lo más afectuoso.</p>
          <p xml:id="spa-p-001119">—Ha sido un conocimiento extraño —observó Mrs. Morland, al terminar la carta—; hecho pronto y acabado pronto. Siento que haya ocurrido así, pues Mrs. Allen los encontraba una clase de jóvenes muy simpáticos; y también has tenido muy mala suerte con tu Isabella. ¡Ah, pobre James! Pues bien, hay que vivir y aprender; y espero que las próximas amistades que hagas valgan más la pena de conservar.</p>
          <p xml:id="spa-p-001120">Catherine se ruborizó al responder con calor: «Ninguna amiga puede valer más la pena de conservar que Eleanor».</p>
          <p xml:id="spa-p-001121">—Si es así, querida, me atrevo a decir que os volveréis a ver en algún momento; no te inquietes. Hay diez probabilidades contra una de que os reencuentren en el transcurso de unos pocos años; ¡y entonces qué placer será!</p>
          <p xml:id="spa-p-001122">Mrs. Morland no acertó en su intento de consuelo. La esperanza de volver a encontrarse en el transcurso de unos pocos años solo podía poner en la cabeza de Catherine lo que podría ocurrir dentro de ese tiempo para hacer un encuentro terrible. Nunca podría olvidar a Henry Tilney, ni pensar en él con menos ternura de la que sentía en ese momento; pero él podría olvidarla; ¡y en ese caso, encontrarse...! Los ojos se le llenaron de lágrimas al imaginar su conocimiento renovado así; y su madre, al percibir que sus reconfortantes sugerencias no habían producido ningún buen efecto, propuso, como otro expediente para restablecerle el ánimo, que fueran a visitar a Mrs. Allen.</p>
          <p xml:id="spa-p-001123">Las dos casas estaban a solo un cuarto de milla de distancia; y mientras caminaban, Mrs. Morland despachó rápidamente todo lo que sentía sobre la decepción de James. «Lo sentimos por él», dijo, «pero por lo demás no hay ningún daño en que el enlace se deshaga; pues no habría podido ser deseable que él se comprometiera con una chica de quien no teníamos el menor conocimiento, y que no tenía ninguna fortuna en absoluto; y ahora, después de semejante conducta, no podemos tener ninguna buena opinión de ella. En este momento le resulta duro al pobre James; pero eso no durará siempre; y me atrevo a decir que será un hombre más prudente toda su vida por la necedad de su primera elección.»</p>
          <p xml:id="spa-p-001124">Esto era exactamente la clase de visión sumaria del asunto que Catherine podía escuchar; otra frase habría puesto en peligro su compostura y hecho su respuesta menos racional; pues pronto quedaron todas sus potencias pensantes absorbidas en la reflexión sobre su propio cambio de sentimientos y ánimo desde la última vez que había recorrido aquel camino bien conocido. No hacían tres meses que, enloquecida de alegre expectativa, había ido y venido por él unas diez veces al día, con el corazón ligero, alegre e independiente; mirando hacia adelante con placeres sin gustar y sin mezcla, y libre de la aprensión del mal como de su conocimiento. Tres meses atrás la había visto así; ¡y ahora, como criatura tan distinta regresaba!</p>
          <p xml:id="spa-p-001125">Los Allen la recibieron con toda la amabilidad que su aparición inesperada, actuando sobre un afecto estable, podía naturalmente suscitar; y grande fue su sorpresa, y vivo su disgusto, al oír cómo había sido tratada..., aunque el relato de Mrs. Morland no era ninguna representación exagerada, ningún llamamiento estudiado a sus pasiones. «Catherine nos dio una gran sorpresa ayer por la noche», dijo. «Viajó todo el camino en silla de posta sola, y no supo que venía hasta el sábado por la noche; pues el general Tilney, por alguna extravagancia u otra, de pronto se hartó de tenerla allí y casi la echó de la casa. Muy poco amistoso, desde luego; y debe de ser un hombre muy raro; pero ¡estamos tan contentos de tenerla de nuevo entre nosotros! Y es un gran consuelo comprobar que no es una pobrecita indefensa, sino que sabe arreglárselas muy bien sola.»</p>
          <p xml:id="spa-p-001126">Mr. Allen se expresó en la ocasión con el razonable resentimiento de un amigo sensato; y Mrs. Allen encontró sus expresiones suficientemente buenas para ser inmediatamente empleadas de nuevo por ella misma. Sus asombros, sus conjeturas y sus explicaciones se convirtieron sucesivamente en los de ella, con el añadido de una única observación..., «en verdad que no tengo paciencia con el general»..., para llenar toda pausa accidental. Y «en verdad que no tengo paciencia con el general» fue pronunciado dos veces después de que Mr. Allen saliera de la sala, sin ninguna atenuación de la ira ni ninguna digresión material del pensamiento. Un grado de divagación más considerable acompañó a la tercera repetición; y habiendo completado la cuarta, añadió de inmediato: «Imagínate, querida, que conseguí que me remendaran de maravilla, antes de salir de Bath, ese espantoso siete tan grande en mi mejor encaje de Malinas, que apenas se ve dónde estaba. Tengo que enseñártelo algún día. Bath es un lugar bonito, Catherine, después de todo. Te aseguro que no me gustó nada marcharme. El que Mrs. Thorpe estuviera allí fue tanto consuelo para nosotras, ¿verdad? Ya sabes, tú y yo estábamos bastante desoladas al principio».</p>
          <p xml:id="spa-p-001127">—Sí, pero eso no duró mucho —dijo Catherine, animándosele los ojos al recordar lo que por primera vez le había dado vida allí.</p>
          <p xml:id="spa-p-001128">—Muy cierto: pronto nos encontramos con Mrs. Thorpe, y entonces nada nos faltó. Querida, ¿no te parece que estos guantes de seda se conservan muy bien? Me los puse la primera vez que fuimos a las Lower Rooms, ya sabes, y desde entonces los he llevado mucho. ¿Recuerdas aquella noche?</p>
          <p xml:id="spa-p-001129">—¿Si recuerdo? ¡Oh! Perfectamente.</p>
          <p xml:id="spa-p-001130">—Fue muy agradable, ¿verdad? Mr. Tilney tomó el té con nosotras, y siempre pensé que era una gran ventaja, es tan muy agradable. Tengo la idea de que bailaste con él, pero no estoy del todo segura. Recuerdo que llevaba puesto mi vestido favorito.</p>
          <p xml:id="spa-p-001131">Catherine no pudo responder; y, después de un breve intento con otros temas, Mrs. Allen volvió de nuevo a: «¡En verdad que no tengo paciencia con el general! ¡Un hombre tan agradable y respetable como parecía! No supongo, Mrs. Morland, que usted haya visto en su vida un hombre de mejores modales. Sus alojamientos fueron ocupados al mismo día de haberlos dejado él, Catherine. Pero no es de extrañar; Milsom Street, ya sabe.»</p>
          <p xml:id="spa-p-001132">Al volver a casa, Mrs. Morland se esforzó por inculcar en el ánimo de su hija la felicidad de contar con amigos tan firmes y bien dispuestos como Mr. y Mrs. Allen, y la escasísima consideración que el descuido o la falta de amabilidad de simples conocidos como los Tilney debería merecer de ella, mientras pudiera conservar el buen afecto y la estima de sus amigos más antiguos. Había mucho sentido común en todo esto; pero hay algunas situaciones de la mente humana en las que el sentido común tiene muy poco poder; y los sentimientos de Catherine contradecían casi todas las proposiciones que su madre avanzaba. Era del comportamiento de esos mismos simples conocidos de quien dependía toda su felicidad presente; y mientras Mrs. Morland confirmaba con éxito sus propias opiniones por la justeza de sus propias observaciones, Catherine reflexionaba en silencio que ahora Henry debía de haber llegado a Northanger; ahora debía de haberse enterado de su partida; y ahora, quizás, todos se ponían en camino hacia Hereford.</p>
        </div>
        <div type="chapter" n="30" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-030">
          <head>XXX</head>
          <p xml:id="spa-p-001133">El carácter de Catherine no era naturalmente sedentario, ni sus hábitos habían sido nunca muy aplicados; pero cualesquiera que hubieran sido hasta entonces sus defectos en ese sentido, su madre no podía sino percibir que ahora habían aumentado mucho. No podía estarse quieta ni ocuparse durante diez minutos seguidos, dando vueltas por el jardín y el huerto una y otra vez, como si el movimiento fuera lo único que hiciera voluntariamente; y parecía como si prefiriera pasear incluso por dentro de la casa antes que quedarse fija mucho tiempo en el salón. La pérdida de su animación era un cambio aún mayor. En su deambular y su ociosidad no era quizás más que una caricatura de sí misma; pero en su silencio y su tristeza era exactamente lo contrario de todo lo que había sido antes.</p>
          <p xml:id="spa-p-001134">Durante dos días Mrs. Morland lo dejó pasar sin ni siquiera una insinuación; pero cuando la tercera noche de descanso no le había devuelto la alegría, mejorado en útil actividad, ni dado mayor inclinación por la costura, ya no pudo abstenerse del suave reproche de: «Querida Catherine, me temo que te estás convirtiendo en una señorita muy fina. No sé cuándo estarían hechas las corbatas del pobre Richard si no tuviera más amiga que tú. Tienes la cabeza demasiado puesta en Bath; pero hay un tiempo para todo..., un tiempo para los bailes y las funciones, y un tiempo para el trabajo. Has tenido una larga temporada de diversiones, y ahora debes intentar ser útil».</p>
          <p xml:id="spa-p-001135">Catherine cogió su labor de inmediato, diciendo en voz apagada que «la cabeza no se le iba tanto en Bath».</p>
          <p xml:id="spa-p-001136">—Entonces te estás consumiendo por el general Tilney, y eso es una gran simpleza por tu parte; pues hay diez probabilidades contra una de que vuelvas a verle. Nunca deberías consumirte por nimiedades. —Después de un breve silencio—: Espero, querida Catherine, que no estés enojándote con casa porque no es tan grande como Northanger. Eso sería convertir tu visita en un daño de verdad. Dondequiera que estés deberías estar siempre contenta, pero especialmente en casa, porque es donde debes pasar la mayor parte del tiempo. No me gustó mucho, en el desayuno, oírte hablar tanto del pan francés de Northanger.</p>
          <p xml:id="spa-p-001137">—Estoy segura de que no me importa el pan. Para mí es lo mismo lo que coma.</p>
          <p xml:id="spa-p-001138">—Hay un ensayo muy inteligente en uno de los libros de arriba sobre un tema muy parecido, sobre jóvenes a quienes los grandes conocidos han echado a perder para la vida en casa..., El espejo, creo. Lo buscaré para ti algún día, porque estoy segura de que te hará bien.</p>
          <p xml:id="spa-p-001139">Catherine no dijo más, y, con el esfuerzo de hacer bien, se aplicó a su labor; pero a los pocos minutos volvió a hundirse, sin saberlo ella misma, en el languidez y la indolencia, moviéndose en su silla, por la irritación del cansancio, mucho más a menudo de lo que movía la aguja. Mrs. Morland observó el progreso de esta recaída; y viendo, en la mirada ausente y descontenta de su hija, la prueba plena de ese espíritu quejumbroso al que había empezado a atribuir su falta de alegría, salió apresuradamente de la habitación a buscar el libro en cuestión, ansiosa por no perder tiempo atacando tan terrible dolencia. Tardó algún tiempo en encontrar lo que buscaba; y al ocuparla otros asuntos familiares, había transcurrido un cuarto de hora antes de que bajara de nuevo con el volumen en el que tanto se esperaba. Sus ocupaciones en el piso de arriba habían amortiguado todo ruido salvo el que ella misma hacía, de modo que ignoraba que había llegado una visita en los últimos minutos, hasta que, al entrar en la sala, el primer objeto que vio fue un joven a quien nunca había visto antes. Con gesto de mucho respeto, se levantó de inmediato, y siendo presentado a ella por su avergonzada hija como «Mr. Henry Tilney», con el embarazo de la sensibilidad verdadera comenzó a disculparse por su presencia allí, reconociendo que después de lo ocurrido tenía escaso derecho a esperar una bienvenida en Fullerton, y alegando su impaciencia por saber que la señorita Morland había llegado sana y salva a casa como causa de su intrusión. No se dirigía a un juez poco bondadoso ni a un corazón resentido. Lejos de incluir a él o a su hermana en la mala conducta de su padre, Mrs. Morland había sido siempre bien dispuesta hacia los dos, y al instante, complacida por su apariencia, le recibió con las simples profesiones de una benevolencia sin afectación; agradeciéndole semejante atención a su hija, asegurándole que los amigos de sus hijos eran siempre bienvenidos allí, y rogándole que no dijera ni una palabra más del pasado.</p>
          <p xml:id="spa-p-001140">No estaba mal dispuesto a obedecer esta petición, pues aunque su corazón quedó muy aliviado por semejante benevolencia inesperada, no era precisamente ese el momento en que le fuera posible decir nada adecuado. Volviendo pues en silencio a su asiento, permaneció durante algunos minutos respondiendo muy cortésmente a todos los comentarios habituales de Mrs. Morland sobre el tiempo y los caminos. Catherine entretanto..., la ansiosa, agitada, feliz, febril Catherine..., no dijo ni una palabra; pero sus mejillas encendidas y sus ojos brillantes hicieron confiar a su madre en que esa visita bien intencionada al menos le calmaría el corazón por algún tiempo, y de buena gana dejó pues a un lado el primer volumen de El espejo para una hora futura.</p>
          <p xml:id="spa-p-001141">Deseosa de contar con la ayuda de Mr. Morland, tanto para dar aliento como para encontrar conversación para su huésped, cuya turbación por culpa de su padre compadecía sinceramente, Mrs. Morland había mandado muy pronto a uno de los niños a llamarle; pero Mr. Morland estaba fuera de casa..., y así, sin ningún apoyo, al cabo de un cuarto de hora ya no tenía nada que decir. Después de un par de minutos de silencio ininterrumpido, Henry, volviéndose a Catherine por primera vez desde que entró su madre, le preguntó con súbita vivacidad si Mr. y Mrs. Allen estaban ahora en Fullerton; y al descifrar, de entre toda su perplejidad de palabras en la respuesta, el significado que una sola sílaba breve habría bastado para dar, expresó de inmediato su intención de presentarles sus respetos y, con el color subiéndole a la cara, le preguntó si tendría la bondad de indicarle el camino.</p>
          <p xml:id="spa-p-001142">—Puede ver la casa desde esta ventana, señor —fue la información por parte de Sarah, que no produjo más que una reverencia de reconocimiento por parte del caballero y una negativa con la cabeza por parte de su madre; pues Mrs. Morland, pensando probable, como consideración secundaria en su deseo de visitar a sus dignos vecinos, que tuviera alguna explicación que dar sobre la conducta de su padre, que le sería más agradable comunicar solo a Catherine, no pondría por nada del mundo obstáculos a que ella le acompañara. Emprendieron el paseo, y Mrs. Morland no estaba del todo equivocada en cuanto a su objeto al desearlo. Tenía que dar alguna explicación sobre la conducta de su padre; pero su primer propósito era explicarse a sí mismo, y antes de que llegaran a los terrenos de Mr. Allen lo había hecho tan bien que Catherine pensó que nunca podría repetirse demasiado. Se le aseguró su afecto; y ese corazón fue a su vez solicitado, que quizás sabían los dos bastante igualmente que era enteramente suyo ya; pues aunque Henry estaba ahora sinceramente apegado a ella, aunque sentía y se deleitaba en todas las excelencias de su carácter y amaba de verdad su trato, he de confesar que su afecto no tuvo origen más noble que la gratitud, o, en otras palabras, que la persuasión de la parcialidad de ella hacia él había sido la única causa de haberla tomado en serio. Es una circunstancia nueva en la novela, lo reconozco, y dreadfully reductora de la dignidad de una heroína; pero si es igualmente nueva en la vida común, el crédito de una imaginación extravagante será al menos todo mío.</p>
          <p xml:id="spa-p-001143">Una visita muy breve a Mrs. Allen, en la que Henry habló al azar, sin sentido ni conexión, y Catherine, envuelta en la contemplación de su propia dicha inefable, apenas abrió los labios, los despachó para los éxtasis de otro tête-à-tête; y antes de que se permitiera que concluyera, ella pudo juzgar en qué medida estaba él autorizado por la autoridad paterna en su presente solicitud. A su vuelta de Woodston, dos días antes, le había salido al encuentro cerca de la abadía su impaciente padre, informado en términos airados del precipitado de la partida de la señorita Morland y ordenado a no pensar más en ella.</p>
          <p xml:id="spa-p-001144">Tal era el permiso con el cual le había ofrecido ahora su mano. La aterrorizada Catherine, entre todos los temores de la expectativa, mientras escuchaba este relato, no podía sino alegrarse de la amable precaución con la que Henry la había salvado de la necesidad de un rechazo de conciencia, comprometiendo su palabra antes de mencionar el asunto; y al proseguir él con los pormenores y explicar los motivos de la conducta de su padre, sus sentimientos pronto se endurecieron hasta llegar a un deleite incluso triunfante. El general no tenía nada de que acusarla, nada que imputarle, salvo ser el objeto involuntario e inconsciente de un engaño que su orgullo no podía perdonar, y que un orgullo mejor habría tenido vergüenza de reconocer. Solo era culpable de ser menos rica de lo que él había supuesto. Bajo la persuasión equivocada de su fortuna y sus aspiraciones, había solicitado su conocimiento en Bath, la había invitado a Northanger y la había destinado para su nuera. Al descubrir su error, echarla de la casa le pareció la mejor, aunque para sus sentimientos insuficiente, prueba de su resentimiento hacia ella y su desprecio de su familia.</p>
          <p xml:id="spa-p-001145">John Thorpe había sido el primero en inducirle a error. El general, al percibir una noche en el teatro que su hijo prestaba considerable atención a la señorita Morland, había preguntado casualmente a Thorpe si sabía de ella algo más que su nombre. Thorpe, muy complacido de poder hablar con un hombre de la importancia del general Tilney, se había mostrado comunicativo con júbilo y orgullo; y siendo en ese momento no solo en espera diaria de que Morland se comprometiera con Isabella, sino también bastante decidido a casarse él mismo con Catherine, su vanidad le indujo a representar a la familia como más acaudalada aún de lo que su vanidad y su avaricia le habían hecho creer. Con quienquiera que estuviera o fuera probablemente a estar relacionado, su propia importancia requería siempre que la de ellos fuera grande, y a medida que su intimidad con cualquier conocido crecía, crecían regularmente también sus fortunas. Las expectativas de su amigo Morland, por tanto, sobrevaloradas desde el principio, habían ido aumentando gradualmente desde su presentación a Isabella; y con solo añadir el doble por la grandiosidad del momento, doblando lo que se dignaba considerar la cuantía del beneficio de Mr. Morland, triplicando su fortuna particular, otorgándole una tía rica y reduciendo a la mitad el número de hijos, pudo representar a toda la familia ante el general bajo la luz más respetable. Para Catherine, sin embargo, el objeto peculiar de la curiosidad del general y de sus propias especulaciones, tenía aún algo más en reserva, y las diez o quince mil libras que su padre podría darle serían un bonito añadido a la propiedad de Mr. Allen. La intimidad de ella allí le había llevado a determinar seriamente que le dejaría una herencia generosa; y hablar de ella por tanto como de la futura heredera casi reconocida de Fullerton seguía naturalmente de ello. Sobre semejante información había procedido el general; pues nunca se le había ocurrido dudar de su autoridad. El interés de Thorpe en la familia, por el próximo enlace de su hermana con uno de sus miembros y sus propias miras sobre otro (circunstancias de las que se jactaba con casi igual franqueza), parecían avales suficientes de su veracidad; y a estos se añadían los hechos absolutos de que los Allen eran ricos y no tenían hijos, de que la señorita Morland estaba bajo su tutela, y..., en cuanto su conocimiento le permitió juzgar..., de que la trataban con ternura paternal. Su resolución se formó pronto. Ya había discernido en el semblante de su hijo una simpatía hacia la señorita Morland; y agradecido por la comunicación de Mr. Thorpe, decidió casi de inmediato no escatimar esfuerzos para debilitar el proclamado interés de este y arruinar sus más queridas esperanzas. La propia Catherine no podía haber estado más ignorante en aquel momento de todo esto que sus propios hijos. Henry y Eleanor, sin percibir nada en la situación de ella que fuera probable que captara el respeto particular de su padre, habían visto con asombro la repentinidad, continuidad y alcance de sus atenciones; y aunque en los últimos tiempos, por algunas insinuaciones que habían acompañado a una orden casi positiva a su hijo de hacer todo lo que estuviera en su poder para encadenarla a él, Henry estaba convencido de que su padre la consideraba una relación ventajosa, no fue hasta la reciente explicación en Northanger cuando tuvieron la menor idea de los falsos cálculos que le habían precipitado. Que eran falsos, el general lo había sabido por la misma persona que los había sugerido, por el propio Thorpe, a quien había tenido la oportunidad de encontrar de nuevo en la ciudad, y quien, bajo la influencia de sentimientos exactamente opuestos, irritado por el rechazo de Catherine, y aún más por el fracaso de un intento muy reciente de lograr una reconciliación entre Morland e Isabella, convencido de que estaban separados para siempre y desdeñando una amistad que ya no podía resultarle útil, se apresuró a contradecir todo lo que había dicho antes a favor de los Morland..., confesó haber estado totalmente equivocado en su opinión sobre sus circunstancias y carácter, inducido a error por la fanfarronería de su amigo a creer que su padre era un hombre de sustancia y crédito, mientras que las transacciones de las dos o tres últimas semanas probaban que no era ninguna de las dos cosas; pues después de haberse adelantado ávidamente ante la primera propuesta de un enlace entre las familias, con las proposiciones más generosas, había, al ser llevado al punto por la perspicacia del relator, sido obligado a reconocer que era incapaz de dar a los jóvenes siquiera un apoyo decente. Eran, en realidad, una familia necesitada; numerosa también, más allá de toda medida; de ningún modo respetada en su propio vecindario, como él había tenido recientemente ocasión particular de descubrir; aspirando a un estilo de vida que su fortuna no podía garantizar; buscando mejorar su situación mediante conexiones adineradas; una raza atrevida, fanfarrona e intrigante.</p>
          <p xml:id="spa-p-001146">El aterrorizado general pronunció el nombre de Allen con mirada interrogante; y aquí también Thorpe había aprendido su error. Los Allen, creía, habían vivido cerca de ellos demasiado tiempo, y conocía al joven sobre quien debería recaer la propiedad de Fullerton. El general no necesitaba más. Enojado con casi todo el mundo en el mundo salvo consigo mismo, partió al día siguiente hacia la abadía, donde sus actuaciones han sido ya vistas.</p>
          <p xml:id="spa-p-001147">Dejo a la sagacidad de mi lector determinar cuánto de todo esto le fue posible a Henry comunicar en ese momento a Catherine, cuánto de ello pudo haber sabido de su padre, en qué punto podrían haberle asistido sus propias conjeturas, y qué porción quedaba aún por revelarse en una carta de James. He unido para su comodidad lo que ellos debían dividir para la mía. Catherine, en todo caso, oyó suficiente para sentir que al sospechar que el general Tilney había asesinado o encerrado a su esposa, apenas había pecado contra su carácter ni exagerado su crueldad.</p>
          <p xml:id="spa-p-001148">Henry, al tener que relatar semejantes cosas sobre su padre, era casi tan digno de compasión como al haberlas avocado por primera vez ante sí mismo. Se ruborizó ante el consejo de miras tan estrechas que se veía obligado a exponer. La conversación entre ellos en Northanger había sido de la clase más poco amistosa. La indignación de Henry al oír cómo había sido tratada Catherine, al comprender las miras de su padre y al ser ordenado a asentirlas, había sido abierta y valiente. El general, acostumbrado en toda ocasión ordinaria a imponer la ley en su familia, sin prepararse para ninguna resistencia que no fuera la de los sentimientos, ni para ningún deseo opuesto que osara revestirse de palabras, llevó mal la oposición de su hijo, firme como podía hacerla el refrendo de la razón y el dictado de la conciencia. Pero en semejante causa, su ira, aunque tenía que impresionarle, no podía intimidar a Henry, que se sostenía en su propósito por la convicción de su justicia. Se sentía obligado tanto en honor como en afecto hacia la señorita Morland, y creyendo que ese corazón era suyo que se le había ordenado conquistar, ninguna retractación indigna de un consentimiento tácito, ningún decreto revocatorio de una ira injustificable, podía hacer vacilar su fidelidad ni influir en las resoluciones que esta suscitaba.</p>
          <p xml:id="spa-p-001149">Se negó resueltamente a acompañar a su padre a Herefordshire, un compromiso formado casi en ese mismo momento para facilitar el despido de Catherine, y declaró con igual firmeza su intención de ofrecerle su mano. El general fue furioso en su ira, y se separaron en terrible desacuerdo. Henry, en una agitación de ánimo que muchas horas solitarias tardaron en apaciguar, había regresado casi de inmediato a Woodston, y en la tarde del día siguiente había emprendido su viaje a Fullerton.</p>
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        <div type="chapter" n="31" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-chapter-031">
          <head>XXXI</head>
          <p xml:id="spa-p-001150">La sorpresa de Mr. y Mrs. Morland cuando Mr. Tilney les pidió su consentimiento para casarse con su hija fue, durante unos minutos, considerable, no habiéndoseles ocurrido nunca sospechar apego alguno por ninguna de las dos partes; pero como nada podía ser más natural, después de todo, que el hecho de que Catherine fuera amada, pronto aprendieron a considerarlo solo con la feliz agitación del orgullo satisfecho, y, en lo que a ellos solos concernía, no tenían ni una sola objeción que poner. Sus agradables modales y su buen juicio eran recomendaciones evidentes por sí mismas; y no habiendo oído hablar mal de él, no era su costumbre suponer que pudiera decirse ningún mal. La buena voluntad supliendo el lugar de la experiencia, su carácter no necesitaba ningún aval. «Catherine sería desde luego una ama de casa muy descuidada e irreflexiva», era el presagio de su madre; pero rápido fue el consuelo de que no hay nada como la práctica.</p>
          <p xml:id="spa-p-001151">Solo había un obstáculo que mencionar; pero hasta que ese único fuera eliminado, les sería imposible sancionar el compromiso. Sus temperamentos eran suaves, pero sus principios eran firmes, y mientras el padre de él se opusiera tan expresamente a la relación, no podían permitirse alentarla. Que el general se adelantara a solicitar la alianza, o que la aprobara muy cordialmente, no eran tan refinados como para hacerlo una condición estipulada pomposamente; pero debía cederse la apariencia decente del consentimiento, y una vez obtenida esta..., y sus propios corazones les hacían confiar en que no podría demorarse demasiado..., su pronta aprobación habría de seguir de inmediato. Su consentimiento era todo lo que deseaban. No estaban ni más inclinados que con derecho a exigir su dinero. De una fortuna muy considerable su hijo quedaba, mediante capitulaciones matrimoniales, eventualmente garantizado; su renta presente era una renta de independencia y comodidad, y bajo cualquier punto de vista pecuniario, era un partido que superaba las aspiraciones de su hija.</p>
          <p xml:id="spa-p-001152">Los jóvenes no podían sorprenderse ante semejante decisión. Lo sintieron y lo deploraron..., pero no pudieron resentirlo; y se separaron, esforzándose en esperar que semejante cambio en el general, que cada uno consideraba casi imposible, pudiera producirse pronto para reunirlos de nuevo en la plenitud del afecto privilegiado. Henry regresó a lo que era ya su único hogar, a cuidar sus jóvenes plantaciones y extender sus mejoras a cuenta de ella, en cuya participación en ellas miraba ansiosamente hacia adelante; y Catherine se quedó en Fullerton a llorar. Si los tormentos de la ausencia fueron mitigados por una correspondencia clandestina, no indaguemos. Mr. y Mrs. Morland nunca lo hicieron..., habían sido demasiado bondadosos para exigir ninguna promesa; y siempre que Catherine recibía una carta, lo que en aquella época ocurría con bastante frecuencia, ellos siempre miraban para otro lado.</p>
          <p xml:id="spa-p-001153">La ansiedad que en este estado de su apego había de ser la suerte de Henry y Catherine, y de todos los que amaban a uno u otro, en cuanto a su desenlace definitivo, difícilmente puede extenderse, me temo, al pecho de mis lectores, quienes verán en la reveladora contracción de las páginas que tienen ante ellos que todos nos apresuramos juntos hacia la felicidad perfecta. Los medios por los que se efectuó su temprano matrimonio son la única duda: ¿qué circunstancia probable podría obrar sobre un temperamento como el del general? La circunstancia que principalmente valió fue el matrimonio de su hija con un hombre de fortuna y distinción, que tuvo lugar en el transcurso del verano..., una adquisición de dignidad que lo precipitó en un acceso de buen humor del que no se recuperó hasta después de que Eleanor hubiera obtenido su perdón de Henry y su permiso de que «hiciera el tonto si le parecía bien».</p>
          <p xml:id="spa-p-001154">El matrimonio de Eleanor Tilney, su alejamiento de todos los males de una casa como Northanger había llegado a ser por el destierro de Henry, para instalarse en la casa de su elección y con el hombre de su elección, es un acontecimiento del que espero dar satisfacción general entre todos sus conocidos. Mi propia alegría en la ocasión es muy sincera. No conozco a nadie con más derecho, por méritos sin pretensiones, ni mejor preparada por el sufrimiento habitual, para recibir y disfrutar de la felicidad. Su predilección por este caballero no era de origen reciente; y durante mucho tiempo él solo había sido retenido por la inferioridad de su situación de dirigirse a ella. Su inesperada adquisición de título y fortuna había eliminado todas sus dificultades; y nunca había el general amado tanto a su hija en todas sus horas de compañía, utilidad y paciente resignación como cuando la saludó por primera vez con un «¡Señora Vizcondesa!». Su marido era realmente digno de ella; independientemente de su título nobiliario, de su riqueza y de su apego, siendo con toda precisión el joven más encantador del mundo. Cualquier definición ulterior de sus méritos debe de ser innecesaria; el joven más encantador del mundo se presenta al instante ante la imaginación de todos nosotros. En cuanto al que nos ocupa, por tanto, solo tengo que añadir..., consciente de que las reglas de la composición prohíben la introducción de un personaje no relacionado con mi fábula..., que este era el caballero cuyo descuidado sirviente dejó atrás aquella colección de cuentas de lavandería, procedentes de una larga visita a Northanger, por la que mi heroína se vio envuelta en una de sus más alarmantes aventuras.</p>
          <p xml:id="spa-p-001155">La influencia del vizconde y la vizcondesa en favor de su hermano quedó asistida por ese conocimiento justo de las circunstancias de Mr. Morland que, tan pronto como el general quisiera dejarse informar, estaban en condiciones de darle. Le enseñó que había sido apenas más inducido a error por la primera fanfarronada de Thorpe sobre la riqueza de la familia que por su posterior maliciosa destrucción de ella; que en ningún sentido de la palabra eran necesitados ni pobres, y que Catherine tendría tres mil libras. Esta era una enmienda tan material de sus recientes expectativas que contribuyó mucho a suavizar el descenso de su orgullo; y no fue sin efecto alguno la información privada que se tomó la molestia de procurarse: que la propiedad de Fullerton, estando enteramente a disposición de su actual propietario, estaba por consiguiente abierta a toda especulación codiciosa.</p>
          <p xml:id="spa-p-001156">Sobre esta base, el general, poco después del matrimonio de Eleanor, permitió a su hijo volver a Northanger, y desde allí le hizo portador de su consentimiento, redactado muy cortésmente en una página llena de vanas profesiones a Mr. Morland. El acontecimiento que autorizaba siguió pronto: Henry y Catherine se casaron, las campanas repicaron y todo el mundo sonrió; y como esto tuvo lugar dentro de los doce meses contados desde el primer día de su encuentro, no parecerá, después de todos los terribles retrasos ocasionados por la crueldad del general, que se hubieran perjudicado esencialmente. Empezar la felicidad perfecta a las respectivas edades de veintiséis y dieciocho años es bastante satisfactorio; y declarando además mi convicción de que la injusta interferencia del general, lejos de ser en realidad perjudicial para su felicidad, fue quizás más bien propicia, al mejorar su conocimiento mutuo y añadir fuerza a su apego, dejo por resolver, a quien corresponda, si la tendencia de esta obra es en conjunto recomendar la tiranía paterna o premiar la desobediencia filial.</p>
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      <div type="publisher-note" xml:id="austen-northanger-abbey-spa-back-publisher-note">
        <head>Nota del editor electrónico</head>
        <p xml:id="spa-p-001157">Gracias por leer este libro de Elejandría. El EPUB remite a la colección de obras de dominio público en castellano de www.elejandria.com.</p>
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