Acto IV

Escena II

[En palacio]
[Suenan trompetas. Entran RICARDO, BUCKINGHAM, CATESBY, RATCLIFFE, LOVELL y otros.]
RICARDO.

¡Apartaos (todos)! ¡Buckingham!

BUCKINGHAM.

¡Mi bondadoso soberano!

RICARDO.

Dame la mano. [Sube al trono. Suenan las trompetas.] Como rey Ricardo me siento tan alto gracias a tu ayuda y consejo. ¿Será esta gloria flor de un día o podremos gozarla mucho tiempo?

BUCKINGHAM.

¡Vivamos esta gloria, y que dure para siempre!

RICARDO.

¡Ay, Buckingham, ahora te pongo a prueba para ver si tu brillo es de oro de ley! Quien vive es el joven Eduardo; ya sabes qué quiero decir.

BUCKINGHAM.

Decidlo, mi amado señor.

RICARDO.

Pero, Buckingham, digo que quiero ser rey.

BUCKINGHAM.

¡Ya lo sois, mi señor, y tres veces proclamado!

RICARDO.

¡Ja! ¿Yo, rey? ¡Sí, ya sé! ¡Pero Eduardo vive!

BUCKINGHAM.

¡Así es, noble príncipe!

RICARDO.

¡Así es, por desgracia: “noble príncipe”, pues Eduardo aún sigue vivo! Primo, nunca fuiste tan duro de mollera. ¿Lo quieres más claro aún? ¡Quiero muertos a esos bastardos, y los quiero ya! ¿Qué dices? Sé rápido y breve.

BUCKINGHAM.

Vuestra gracia puede hacer lo que le plazca.

RICARDO.

¡Uy, uy! Te has quedado helado y tu ayuda congelada. Dime, ¿hay consenso entre nosotros sobre su muerte?

BUCKINGHAM.

Dadme un respiro, querido señor, antes de daros mi opinión. Os contestaré de inmediato.

[Sale.]
CATESBY.

El rey está furioso, se muerde el labio.

RICARDO.

( Converso con tontos estúpidos y mocosos irresponsables; no me sirven los que miran con ojos compasivos. ¡El ambicioso Buckingham se vuelve cauto!) ¡Muchacho!

PAJE.

¿Mi señor?

RICARDO.

¿Conoces a alguien que se deje tentar por una bolsa de oro corrupto para entregarse a una sangrienta misión?

PAJE.

Conozco a un señor muy enfadado, escaso de medios pero con abundante arrogancia, para quien el oro vale más que veinte oradores, y se prestará a lo que sea necesario.

RICARDO.

¿Cómo se llama?

PAJE.

Su nombre es Tyrrel.

RICARDO.

Le recuerdo de algo. ¡Llámale! [Sale PAJE.][Aparte]El ingenioso y retorcido Buckingham ya no es mi consejero. ¡Tanto tiempo aguantando incansable, y ahora se toma un respiro! ¡Que se lo tome! [Entra STANLEY.] Noble Stanley, ¿qué noticias traes?

STANLEY.

Sabed, mi querido señor, que Dorset ha huido para unirse a Richmond.

RICARDO.

Ven aquí, Catesby. (Haz correr el rumor de que mi esposa Ana está gravemente enferma; daré orden para que la tengan encerrada. Búscame a un pobre y mezquino caballero para casarlo en seguida con la hija de Clarence. El hijo es tonto, no le tengo miedo. ¡No te quedes durmiendo! Te repito) Haz correr el rumor de que Ana, mi esposa, está gravemente enferma y a punto de morir. No debo abrigar vanas esperanzas, sólo aumentarían mi dolor. [Sale CATESBY.] Debo casarme con la hija de mi hermano, o mi reino se elevará sobre arenas movedizas. Asesino a sus hermanos y me caso con ella. ¡Juego fuerte! Pero en sangre estoy tan bañado que el pecado lava el pecado. Estos ojos no albergan ni una lágrima de compasión. [Entra TYRREL.] ¿Te llamas Tyrrel?

TYRREL.

James Tyrrel, vuestro súbdito más obediente,

RICARDO.

¿De verdad lo eres?

TYRREL.

Probadme, mi señor.

RICARDO.

¿Estás dipuesto a matar a un amigo mío?

TYRREL.

Haré lo que digáis, pero preferiría matar a dos enemigos.

RICARDO.

¡Has dado en el clavo! Son dos enemigos declarados que perturban mi sosiego e interrumpen mi dulce sueño. De ellos quiero que te encargues, Tyrrel, de los bastardos que están en la Torre.

TYRREL.

Dadme recursos para llegar a donde están y yo os liberaré de vuestro temor.

RICARDO.

Eso me suena a música celestial. Acércate Tyrrel, toma este salvoconducto y escucha lo que te voy a decir. [Le susurra al oído.] Eso es todo; cuanto antes me informes que la misión está cumplida, más te querré y recompensaré.

TYRREL.

Les despacharé de inmediato.

RICARDO.

¿Tendré noticias tuyas antes de acostarme?

TYRREL.

Las tendréis, mi señor.

[Sale TYRREL.]
[Entra BUCKINGHAM.]
BUCKINGHAM.

Mi señor, ya reflexioné sobre lo que me pedíais.

RICARDO.

Bien, déjalo estar. Dorset ha huido con Richmond.

BUCKINGHAM.

Ya lo sé, mi señor.

RICARDO.

Stanley, es hijo de tu esposa. Vigílala.)

BUCKINGHAM.

Mi señor, os reclamo lo que me prometisteis por vuestro honor y vuestra fe: que me entreguéis el condado de Hereford y todos sus bienes (que vos me prometisteis).

RICARDO.

Stanley, vigila a tu esposa; si le envía cartas a Richmond, tú responderás por ello.)

BUCKINGHAM.

¿Qué responde su majestad a mi justa petición?

RICARDO.

Recuerdo cuando Enrique VI presagió que Richmond, siendo aún un simple mocoso irritable, llegaría a ser rey. Rey, ya veremos, ya veremos...

BUCKINGHAM.

¡Mi señor!

RICARDO.

¿Cómo puede ser que no adivinase que le mataría yo, si me tenía delante?

BUCKINGHAM.

¡Mi señor, vuestra promesa sobre el condado...!

RICARDO.

¡Richmond! Cuando estuve en Exeter por última vez el alcalde me enseñó cortésmente un castillo llamado Rougemont; y al oír el nombre me alarmé, pues un poeta irlandés me dijo una vez que no viviría mucho tiempo después de ver a Richmond.

BUCKINGHAM.

¡Mi señor!

RICARDO.

¡Ay! ¿Qué hora es?

BUCKINGHAM.

Me atrevo a recordarle a su gracia lo que me prometió.

RICARDO.

Bueno, bueno, ¿pero qué hora es?

BUCKINGHAM.

Van a dar las diez.

RICARDO.

Pues que las den.

BUCKINGHAM.

¿Por qué?

RICARDO.

Porque como un cencerro me estás dando jaqueca con tanto ruego mientras medito. Hoy no estoy en vena generosa.

BUCKINGHAM.

¿Podéis dar respuesta a mi reclamación?

RICARDO.

Me estás irritando. Hoy no estoy en vena.

[Salen todos menos BUCKINGHAM.]
BUCKINGHAM.

¿Y eso es todo? ¿Con este desprecio me paga los servicios prestados? ¿Para eso le hice rey? Huiré a Brecknock y de Hastings me acordaré; mientras conserve la cabeza, esto haré.

[Sale.]