Acto III

Escena VII

[Entran RICARDO y BUCKINGHAM]
RICARDO.

¡A ver, a ver! ¿Qué dice el pueblo?

BUCKINGHAM.

¡Virgen santa, el pueblo está mudo, no suelta ni palabra!

RICARDO.

¿Habéis contado que los hijos de Eduardo son bastardos?

BUCKINGHAM.

Sí. Les he hablado de (su compromiso con Doña Lucy y de su otro compromiso por poderes en Francia) su insaciable lascivia, de la violencia desatada sobre las mujeres de la ciudad; (de su gusto por las trifulcas,) de su propia bastardía, de cómo fue concebido mientras vuestro padre estaba en Francia, y de cómo no se le parecía en nada. Les he dicho que vos sí sois la viva imagen de vuestro padre, tanto en formas como en nobleza de corazón; (me extendí sobre todas vuestras victorias en Escocia,) tan estricto en la guerra como prudente en la paz. Bondadoso, virtuoso, humilde. Manipulé todo cuanto pudiera servir a vuestros propósitos (en mi discurso). Y cuando mi oratoria tocaba a su fin, les pedí que, si de verdad amaban a su país, gritaran conmigo: "¡Dios salve a Ricardo, el Rey de Inglaterra!"

RICARDO.

¿Y lo hicieron?

BUCKINGHAM.

¡Que Dios me asista!, pues no; no soltaron palabra. Se quedaron mirándose entre ellos como estatuas mudas; pálidos, como muertos. Yo les reñí (por lo que vi), y (le pregunté al alcalde que significaba ese voluntario silencio. Me respondió que sólo estaban acostumbrados a que les hablara el magistrado. Entonces le dije que contara él la historia: “Eso dice el duque, eso quiere decir”. Pero no añadió nada para reafirmarlo. Cuando acabó) algunos seguidores nuestros que estaban en las últimas filas agitaron los sombreros; y al oir unas diez voces gritar: "¡Dios salve al rey Ricardo!", aproveché para decir: "Gracias, gentiles ciudadanos y amigos. Esta ovación generalizada y estos gritos de aliento son buena muestra de vuestra inteligencia y vuestro amor por Ricardo." (Puse punto final) Y me marché.

RICARDO.

¡Tarugos sin lengua! ¿No saben hablar? ¿Y el alcalde y su tropa, no van a venir?

BUCKINGHAM.

El alcalde está en nuestras manos. Mostraos receloso, no habléis directamente, sólo mediante emisario. Llevad un libro de oraciones en la mano y un sacerdote a cada lado. Con esa clave compondré una bendita partitura para que no cedáis fácilmente a nuestros ruegos. Representad el papel de doncella casadera: decid que no queréis, pero no lo soltéis.

RICARDO.

Salgo, y si me imploráis tan bien como yo os voy a rechazar, nos aseguramos la ovación final.

BUCKINGHAM.

¡Vamos, meteos entre bastidores, que entra el alcalde! [Sale RICARDO. Entran el ALCALDE y otros.] ¡Bienvenido, mi señor! Aquí estoy esperando con inquietud. Creo que el duque no quiere hablar con nadie. [Entra CATESBY.] Bien, Catesby. ¿Qué responde vuestro señor a mi solicitud?

CATESBY.

Mi noble señor le ruega a vuestra gracia que volváis mañana o pasado. Ahora se encuentra reunido con dos reverendos entregado a la meditación, y no hay nada en este mundo material que pueda apartarle de su ejercicio espiritual.

BUCKINGHAM.

Volved a entrar, buen Catesby, y decidle al duque que el alcalde, (sus acompañantes) y yo estamos tratando un asunto de vital importancia para el interés general y queremos intercambiar impresiones con su gracia.

CATESBY.

Se lo haré saber de inmediato.

[Sale.]
BUCKINGHAM.

¡Ay, mi señor, este príncipe no es ningún Eduardo! No se lanza sobre un lecho lascivo; reza, y de rodillas. No se va de parranda entre dos cortesanas, sino que medita entre dos reverendos. No duerme para engordar su cuerpo ocioso, sino que reza para enriquecer su alma piadosa. Bienaventurada sería Inglaterra si este príncipe virtuoso aceptara el cetro soberano. Pero me temo que no lo vamos a conseguir.

ALCALDE.

¡No quiera Dios que diga que no!

BUCKINGHAM.

Me temo que sí.
[Entra CATESBY.] Aquí viene Catesby otra vez. ¿Qué dice su gracia?

CATESBY.

Se pregunta por qué estáis todos aquí reunidos sin haberle avisado con antelación. Teme que queráis causarle algún mal.

BUCKINGHAM.

Lamento que mi noble primo sospeche que yo quiero causarle algún mal. ¡Por los cielos, venimos con todo nuestro amor! ¡Por favor volved y decídselo a su gracia! [Sale CATESBY.] Cuando hombres religiosos tan devotos como él tienen el rosario en la mano, cuesta mucho apartarles de tan dulce y mística contemplación.

[Entra RICARDO entre dos curas, con CATESBY.]
ALCALDE.

Ved cómo viene su gracia, entre dos clérigos.

BUCKINGHAM.

Dos apoyos virtuosos para evitar que un príncipe cristiano caiga en la vanidad. Mirad, un libro de oraciones en la mano, ornamentos sinceros que definen a un hombre de bien. Glorioso Plantagenet, prestad oído propicio a nuestros ruegos y perdonad que interrumpamos vuestra entrega cristiana a la oración.

RICARDO.

Mi señor, no hay necesidad de que os disculpéis; más bien soy yo quien os pido perdón por hacer esperar a mis amigos con mi fervoroso culto a Dios. Pero dejemos eso ahora. ¿Qué desea vuestra gracia?

BUCKINGHAM.

Algo que agradaría a Dios y a todos los hombres de buena voluntad en esta isla desgobernada.

RICARDO.

¿Quizá hice algo involuntariamente ofensivo a los ojos de la ciudad, y ahora venís a reprenderme por mi ignorancia?

BUCKINGHAM.

Lo habéis hecho, mi señor. ¿Quiere vuestra gracia enmendar su error?

RICARDO.

¿Podría, si no, seguir viviendo en tierra cristiana?

BUCKINGHAM.

Sabed entonces que vuestra ofensa es rechazar la poltrona suprema, el trono majestuoso ocupado por vuestros antecesores y que ahora os corresponde por linaje, por la gloria sucesora de vuestra casa real que ha sido manchada por una oveja negra. (De vuestros dulces sueños queremos despertaros, ¡por el bien de nuestro país! !Esta noble isla quiere alzarse sobre miembros potentes! Su rostro deformado por cicatrices de infamia; su pura cepa real injertada con hierbajos innobles y casi engullida por la voraz barriga del olvido profundo y oscuro. Para recuperarla) Os pedimos de corazón que vuestra noble persona se haga cargo del gobierno de esta vuestra tierra; no como protector, regente, sustituto o ayudante al servicio de otros, sino como sucesor por sangre, por derecho de nacimiento y por legítima autoridad. (Por tanto, de común acuerdo con los ciudadanos, con vuestros amigos que os quieren y os adoran, y me instigan con vehemencia a que conmueva a vuestra gracia por esta justa causa.)

RICARDO.

No sé si marchar en silencio o reprobaros amargamente, según corresponde a mi rango y a vuestra condición. Si no respondo podríais pensar que (con callada ambición) cedo a vuestros ruegos para llevar el soberano yugo dorado que generosamente me queréis imponer. Si rechazo vuestra oferta, tan rebosante de amor fiel hacia mí, (por otra parte) ofendo a mis amigos. Así que voy a contestar para evitar lo primero, y al hacerlo, no incurrir en lo segundo: vuestro amor merece mi agradecimiento, pero yo no merezco vuestro oferta. Aunque se eliminasen todos los obstáculos en el camino hacia la corona, que a mí me corresponde por derecho de nacimiento, es tal mi pobreza de espíritu, tantos y tan grandes mis defectos, que prefiero apartarme de mi grandeza, por ser yo un tronco a la deriva en un mar bravío, antes que codiciarla y ahogarme en los vapores de mi gloria. ¡Gracias a Dios, no tenéis necesidad de mí, pues si la tuvierais, no podría ayudaros! El árbol real nos ha dejado un fruto real que, cuando madure con el paso del tiempo, ocupará el trono real, y sin duda nos hará felices con su reinado. A él cedo lo que me queréis conceder a mí: el derecho y la fortuna que le corresponden por su feliz estrella. ¡Y no permita Dios que yo se los quite!

BUCKINGHAM.

Mi señor, esto demuestra la buena conciencia de vuestra gracia, pero estas consideraciones son secundarias si se tienen en cuenta otras más importantes. Vos decís que Eduardo es el hijo de vuestro hermano, y estamos de acuerdo; pero no de su esposa. (Primero estuvo unido a Doña Lucy, vuestra madre es testigo viviente de aquel compromiso, y después le ofreció matrimonio por poderes a Bona, hermana del rey de Francia. Una vez se hubo librado de las dos, una mísera mendiga,) Es hijo de una pobre viuda, madre de familia numerosa (obsesionada con el cuidado de sus hijos,) quien con belleza decadente y en el ocaso de sus días aún pudo conquistar los ojos lascivos del rey rebajando su alto rango hasta la inmunda bigamia. En su cama ilegítima se concibió a este Eduardo, a quien ahora todo el mundo llama príncipe. ¡Y más que podría contar!, pero contendré mi lengua por deferencia hacia alguien que aún está viva. Por tanto, mi buen señor, que vuestra real persona se digne aceptar este ofrecimiento, si no para bendecir a nosotros y a nuestra tierra, al menos para poner freno a la corrupción de los tiempos de abuso que corren y devolverlos a su legítimo cauce con vuestra estirpe.

ALCALDE.

Hacedlo, buen señor, los ciudadanos os lo piden.

BUCKINGHAM.

No rechacéis, poderoso señor, esta muestra de amor.

CATESBY.

Hacedles dichosos; acceded a sus legítimos ruegos.

RICARDO.

¿Pero por qué volcáis tantas obligaciones sobre mí? Yo no estoy hecho para mandar y reinar. Os ruego no lo toméis a mal, pero no puedo ni quiero ceder a vuestras pretensiones.

BUCKINGHAM.

Pues si las rechazáis, (y os negáis, por amor y fervor, a deponer al hijo de vuestro hermano) por la conocida ternura de vuestro corazón y un remordimiento gentil, amable y femenino hacia vuestros parientes y otros congéneres, os hago saber que, aceptéis o no, el hijo de vuestro hermano jamás será nuestro rey. Pondremos a otro en el trono para desgracia de vuestra casa real. Con esta decisión nos marchamos. Venid ciudadanos. ¡Por las llagas de Cristo, basta ya de ruegos!

RICARDO.

¡Oh, noble Buckingham, no blasfeméis!

[Salen BUCKINGHAM, el ALCALDE y otros.]
CATESBY.

Llamadle, dulce príncipe, y aceptad su ofrecimiento. Si os negáis todo el reino será un lamento.

RICARDO.

¿Queréis atosigarme con un mundo de responsabilidades? Llamadles vos. No soy de piedra, sino vulnerable a vuestras amables súplicas, aunque sean contra mi conciencia y mi corazón. [Sale CATESBY. Entran BUCKINGHAM y el resto.] Primo Buckingham y demás hombres respetables: ya que queréis echar sobre mi espalda el peso de la grandeza, lo quiera yo o no, soportaré la carga con resignación. Pero si algún día vuestra imposición trae secuelas (negras o sucios reproches), yo me lavo las manos de cualquier mancha impura porque me habéis forzado. ¡Sabe Dios, como podéis ver, cuán lejos estoy de apetecer todo esto!

ALCALDE.

¡Dios bendiga a vuestra gracia! Así lo vemos y así lo contaremos.

RICARDO.

Si así lo contáis, contaréis la verdad.

BUCKINGHAM.

Os saludo entonces con vuestro título real: ¡Viva Ricardo, digno rey de Inglaterra!

TODOS.

¡Amén!

BUCKINGHAM.

¿Os complace ser coronado mañana?

RICARDO.

Cuando os plazca, ya que así lo queréis.

BUCKINGHAM.

Mañana, pues, coronaremos a vuestra gracia. Nos despedimos rebosantes de alegría.

RICARDO.

¡Vamos, reanudemos nuestra cristiana labor! ¡Adiós primo, adiós queridos amigos!

[Salen]